Editorial

7 de Septiembre del 2020

 

Contra el federalismo y el derecho de autodeterminación aplicados a España

Editorial

Aunque desde hace pocos años se han empezado a alzar algunas voces contra el fundamento filosófico de la izquierda indefinida en España, esto es, esa izquierda que carece de un proyecto político definido respecto del Estado y que se orienta, por el contrario, a luchar por cuestiones sociológicas, culturales o filosóficas (feminismo, movimiento queer, ecologismo, grupos LGTBIQ+, animalismo, diversos intelectuales y artistas, universitarismo, etc.), lo cierto es que el ataque al postmodernismo se realiza, en muchos casos, desde grupos que viven todavía anclados en una suerte de militancia política o bien pre-podemita o pre-15M de 2011, o bien pre-caída de la Unión Soviética, por no irnos más atrás, hablando de grupos que quieren ser tan folclóricamente puros que pretenden defender posturas previas al XX Congreso del PCUS de 1956 en el que Kruschev mintió sobre la obra política de Stalin, comenzando así, en el propio campo soviético, la Leyenda Negra anticomunista a afianzarse como parte de la ideología dominante en la URSS, empezando a poner de esta manera los clavos en su ataúd. Y no podemos negar que la crítica al postmodernismo es necesaria, sobre todo desde posturas netamente marxistas y materialistas, ni tampoco que la crítica a la filosofía postmoderna, realizada desde las posiciones del materialismo dialéctico surgido en la Unión Soviética, dé algunos resultados satisfactorios.


No obstante, no se puede combatir el postmodernismo mirando hacia atrás, haciéndose trampas al solitario afirmando que se mira hacia el porvenir. Los grupos políticos antipostmodernistas que empiezan a pulular en España quieren volver a 1950, no pretenden construir un marxismo netamente español, y en español, adaptado a la realidad política concreta del aquí y ahora, la cual no puede entenderse sin los siglos de Historia de España. Se trata de grupos que, en realidad, son izquierda indefinida también, porque no tienen un proyecto político definido respecto del Estado, sino que calcan y copian proyectos que, desde la década de 1940, han ido demostrando su continuo fracaso en España, pues nunca consiguieron el favor de los trabajadores, ni entendieron bien la realidad política e histórica de España. Además, prefieren tirar de una mala inercia histórica. Estos grupos falsamente “comunistas”, en realidad izquierda extravagante, empiezan y acaban su andadura y acción política negando el método materialista construido por Marx, Engels, Lenin, Stalin y Rosa Luxemburgo, que en sus textos explicitan que el modelo de Estado socialista marxista es republicano, centralista y jacobino, que el federalismo es un resabio liberal-anarquista, que el derecho de autodeterminación aplicado a España significa no comprender el ABC del marxismo pues España realizó sus revoluciones nacionales entre 1808 y 1868, y que España jamás asimiló en su construcción histórica unas supuestas “naciones” catalana, vasca, gallega, canaria o andaluza, que jamás existieron, ni como unidad política independiente ni como realidad étnica histórica.

 

La acusación de doctrinarismo o dogmatismo a los que, como en La Razón Comunista, defendemos el método materialista del marxismo, por parte de aquellos que siguen calcando y copiando lo realizado en la URSS de Stalin para aplicarlo en España, carece de fundamento, salvo que les importe más el mantenimiento de una identidad política que en España ha demostrado históricamente su absoluto fracaso, pues nunca entendió la nación en que surgió, antes que el tan cacareado “análisis concreto de la realidad concreta”. Esta expresión de Lenin no puede desconectarse del método materialista, que exige ser dialéctico: realidad concreta – abstracción en regressus – realidad concreta en progressus. Y la inercia política de los grupos de izquierda indefinida “con hoz y martillo”, que siguen empeñándose en aplicar a la España de 2020 lo que se aplicó en la URSS de 1936, o en la Albania de Enver Hoxha (algo ridículo, pues la realidad histórica albanesa no es analogable, en absoluto, a la de España), es algo a combatir.


De nada sirve tener grupos políticos organizados en torno a ideas erradas cuando, dejando de lado aciertos y éxitos puntuales, el final del camino solo puede llevar a lo que siempre ha llevado: el fracaso, la frustración y el abandono de las ideas, que acaban siendo condenadas por sus antiguos defensores, entre otras cosas, porque jamás las conocieron de verdad, sobre todo debido a la mediocridad de los dirigentes políticos que ha tenido dicha militancia. Solo esto puede explicar que el PCE, en las décadas de 1950, 60 y 70 se llenara de antifranquistas, pero que fracasara en tratar de convertir a dichos antifranquistas en “comunistas”. Al fracasar dicho partido, al convertirse en legal, dichos antifranquistas se dispersaron, se volvieron socialdemócratas, liberales, conservadores o, directamente, anticomunistas. Pero militando en un anticomunismo prácticamente tan zafio como el “comunismo” en el que militaron. Y si bien cada uno es hijo de su tiempo, y las cosas fueron como fueron porque no pudieron ser de otra manera, hay una cierta negligencia militante entre aquellos antiguos “comunistas” que, conociendo la doctrina marxista-leninista sobre la cuestión nacional y sobre el Estado, que exige elevar al proletariado a la condición de clase nacional y de construir un Estado socialista jacobino y centralista, prefirieron ponerse a cuatro patas frente al secesionismo étnico catalanista, vasquista o galleguista, entre otros. Muchos militantes jóvenes actuales, sin saberlo, siguen reproduciendo este actuar, por mala fe, por ignorancia o por confianza ciega en unos dirigentes irresponsables, más pendientes de convertirse en los nuevos Pablo Iglesias que en construir un marxismo netamente español y en español.


Por eso, el método materialista es la raíz de una militancia comunista verdadera. Y aplicada a España, antes y ahora, exige luchar no ya solo contra el separatismo y contra la balcanización de España, sino también contra su tonto útil, su Caballo de Troya: el federalismo y la autodeterminación, que no son otra cosa que separatismo en diferido. Estos son los más peligrosos postmodernos en realidad, porque relativizan la nación política española, su historia y su unidad, poniéndola al mismo nivel de “naciones” que jamás han existido, y a las que dan pábulo solo porque existe una “voluntad”, más o menos amplia entre cierta población de ciertas regiones, de querer separarse de España o de “pensarse nación”. El postmodernismo es el triunfo de la voluntad que filmaron los nazis. Y los grupos de izquierda indefinida “con hoz y martillo”, federalistas y pro-autodeterminación, son, en realidad, los peores postmodernos, porque no saben que lo son. La postmodernidad no es algo reciente, sino que hunde sus raíces en el idealismo alemán, en el Romanticismo de Fichte, Herder, Schelling y Wagner, teniendo a Nietzsche y Heidegger como sus filtros hacia el siglo XX. De ellos, y no de otros, parte la ideología postmoderna más peligrosa, el nacionalismo étnico separatista. Contra ellos, y contra sus tontos útiles federalistas y pro-autodeterminación, La Razón Comunista.

 

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