Editorial

7 de Marzo del 2021

 

Un año de pandemia

Editorial

Se cumplirá este mes de marzo un año justo del reconocimiento público, a escala de las sociedades políticas "occidentales", de la existencia de una pandemia global provocada por el estallido de contagios de la COVID-19, enfermedad cardiorespiratoria provocada por una variante de coronavirus, el SARS-COV 2, que ha provocado ya más de 2,5 millones de muertos en todo el mundo, y más de 115 millones de casos confirmados que han desarrollado la enfermedad. El total de personas que han sido contagiadas de SARS-COV 2 en todo el Planeta ascienda ya a más de 780 millones de personas.

 

El mundo ha cambiado y ya nada volverá a ser como antes de la pandemia. La economía ha visto un proceso de aceleración de los procesos de financiarización de los sectores agrícola, ganadero, pesquero e industrial. La digitalización de diversas monedas nacionales (yuán, dólar, euro, libra esterlina), tras el experimento que supuso el Bitcoin pocos años antes, más la aceleración de la transmisión de información bancaria debido a las tecnologías 5G en telefonía móvil, el Big Data, la computación cuántica en desarrollo, están permitiendo dicha financiarización, el auge sin parangón del comercio electrónico, la práctica absorción de territorios de dicho comercio por el que los distribuidores clásicos están perdiendo su lugar, y la distancia entre el campo y la ciudad, aún existente, se está acortando.

 

Al mismo tiempo, la robotización de buena parte de las tareas laborales, la uberización masiva de muchos trabajos que permiten una parcial "acumulación por desposesión", en palabras de David Harvey, y el confinamiento en los hogares reducen la necesidad de desplazamientos para conseguir bienes y servicios. Sin embargo, la pérdida de empleos, la desaparición de pequeños comercios cada vez en más número, los numerosos ERTEs mantenidos y la crisis económica que todo ello acompaña, se han visto catapultadas por la pandemia, la cual solo acelerará dicha crisis económica, cuyas fauces solo ahora estamos empezando a vislumbrar.

 

A todo esto hay que añadir la fluidez de identidades sociales que acompañan estos procesos económicos y tecnológicos tan fluidos. La disolución de España en la Unión Europea sigue su proceso casi imparable, camino de una "España federal en una Europa federal". El auge de la ideología Queer, cuya puerta fue abierta por el feminismo radical (el cual, ahora, paga las consecuencias de su estupidez), ha permitido que en los colegios los niños y adolescentes cuestionen su sexualidad bajo el mantra metafísico de la idea de género, y pretendan resolver dichas crisis o dudas mutilandose y hormonandose, para beneficio de diversas clínicas de cirugía estética. Ya Pedro Hoyos, en el primero número de La Razón Comunista, advirtió de los peligros de la ideología Queer en los niños. La puesta en crisis de la identidad personal biológica, de la nacional española y de la civilizatoria grecorromana-judeocristiana son partes de un mismo proceso: el de la fluidización de las relaciones personales en un marco capitalista cada vez más financiarizado y dependiente de un cada vez mayor fundamentalismo tecnológico, al cual está supeditado el desarrollo científico y el económico, perdiendo su lugar el industrialismo capitalista clásico, el cual solo es defendido, hoy día, por la República Popular China de manera efectiva como Estado-Civilización.

 

La precariedad laboral actual nos augura un mundo sin pensiones públicas, sin casas en propiedad personal, sin familia, sin arraigo social, de clase y de patria. En palabras de Alicia Melchor, el sujeto hidropónico que, como el cultivo de plantas sin raíces firmes en el suelo, necesita el capital actual, está camino de cumplir el (pen) último capítulo del desarrollo del modo de producción capitalista, cuyo leit motiv real ya definieron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: "Todo lo sólido de desvanece en el aire, todo lo sagrado se profana". La infancia, la familia, la Patria, la socialización primaria, el cuerpo mismo, están siendo profanados, y tratan de ser desvanecidos en nombre del progreso sin fin aparente de la reproducción ampliada del capital, cuyo desarrollo y universalización a través de las cadenas globales de valor parece ilimitado, que no infinito. El siguiente paso será la instauración del transhumanismo (en realidad, transcapitalismo como diría Santiago Armesilla) como ideología que de ese siempre (pen) último paso de la producción de capital. No es, en realidad, el postmodernismo el enemigo principal de nosotros, los marxistas. Dicho postmodernismo solo es una vuelta de tuerca del modernismo, o iluminismo, o la Ilustración, la ideología que acompaña al modo de producción capitalista. La perpetua salida del ser humano de su estado de infancia mental, su nunca colmada emancipación personal y colectiva a través de la producción de mercancías, mientras blande la Declaración Universal de los Derechos Humanos, encuentra en la postmodernidad solo un rizar el rizo más. Pero no es más que pura, y simplemente, Modernidad. La Revolución Permanente de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, incluidas la naturaleza y la vida humana, es el bombeo de sangre del capital. Y esta pandemia es, solo, el penúltimo episodio de dicha Revolución.

 

Solo una gran guerra, a escala global, podría acelerar, aún más, estos procesos, dandoles una dirección que, ahora, apenas podemos vislumbrar. ¿Qué hacer, qué diría Lenin? En primer lugar tener en cuenta todo lo dicho. En segundo, contar con la teoría, o cartografía, adecuada desde la que partir en la actual situación. En tercero, persuadir al todavía dudoso, necio de todo ello, y tratar de reforzar, con argumentos, a quien por intuición sabía todo esto pero no podía definir. Y en cuarto, estar preparado para presentar soluciones, alternativas y giros de timón a una situación que, cada vez más, se hace insostenible. Allí estará siempre La Razón Comunista, también en tiempos de postpandemia, bajo esta u otras denominaciones, cuya acción requiera algo más que hacer cartografías. Más pronto que tarde, habrá que desplegar las velas y navegar en los procelosos océanos de la Historia. Así lo hicieron otros, y así lo haremos nosotros, pues este es el mayor servicio que podemos dar a los trabajadores y a España en el siglo XXI.