4.2- De la Peste Negra al Coronavirus: el Resurgimiento de China en la Segunda Guerra Fría

Actualizado: jun 11

Por Santiago Armesilla [1]


Resumen: En este artículo repasamos los acontecimientos que han dado lugar a la pandemia de la COVID-19, sus efectos sociales, políticos y económicos a escala global, y la analogía histórica que tiene con el desarrollo de la pandemia más devastadora de la Historia, la Peste Negra que, en el siglo XIV, arrasó con buena parte de la población de Afroeurasia. Asimismo, enmarcamos esta analogía histórica, muy tenida en cuenta desde la República Popular China, en un proceso en marcha que ya algunos analistas han denominado Segunda Guerra Fría. Más allá de conclusiones concretas de cara al futuro, lo que podemos apuntar, como hipótesis, es que la batalla ideológica, económica, (geo) política y cultural que se avecina será larga, más allá de la duración efectiva de la pandemia actual en caso de encontrarse una pronta vacuna (cosa que podría no suceder), y que su desenlace, al contrario del de la Primera Guerra Fría, con la derrota del Imperio Soviético frente al Estadounidense, podría no ser, ideológica, política, ni históricamente, el mismo debido a factores de partida que la Unión Soviética, en comparación con la República Popular China, jamás consiguió realizar. A pesar de todo, la pandemia de la COVID-19 podría no frenar los planes y programas del Imperio del Centro.


Palabras clave: China, EEUU, coronavirus, COVID-19, dialéctica de clases, Estados e Imperios.







I. Introducción: sobre el concepto de Segunda Guerra Fría.


El 13 de marzo de 2016, el diario español El País publicaba un artículo de la profesora de Relaciones Internacionales de la London School of Economics, Mary Kaldor, titulado “La Segunda Guerra Fría” (Kaldor, 2016). En este escrito, la académica británica sostenía la hipótesis de un regreso a la geopolítica posterior a la Segunda Guerra Mundial, en la que se establecieron las bases del enfrentamiento entre las dos grandes superpotencias surgidas de la derrota de la Alemania nazi en 1945: los Estados Unidos de América, que lideraron el bando capitalista, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que lideraron el bando socialista y marxista. Desde entonces, y hasta 1991, con la caída definitiva de la URSS, la Primera Guerra Fría se desarrolló no solo a través de batallas culturales, económicas, de espionaje, tecnológico-científicas (la carrera espacial fue el gran hito tecnológico-científico de aquella época, junto con el desarrollo de Internet en sus fases primitivas), económicas o diplomáticas, sino también a través de conflictos bélicos geográficamente localizados que nunca llegaron a desatar un conflicto de escala internacional similar a las dos Guerras Mundiales de la primera mitad del siglo XX. Para Kaldor, lo que en aquel año se entendía como “Segunda Guerra Fría” era una repetición “imaginaria” de la primera, en la que además los actores involucrados eran, prácticamente, los mismos, solo sustituyendo a la caída Unión Soviética por la Rusia liderada por Vladimir Putin.


Kaldor aseguraba en aquel artículo que durante la Primera Guerra Fría, Europa occidental, lo que fue luego la Comunidad Económica Europea (CEE) y luego Unión Europea (UE) desde 1992, y los Estados Unidos estaban prácticamente aislados de los conflictos bélicos de otras partes del globo. Dejando aparte la Guerra Civil Griega (1946-1950), la Revolución de los Claveles en Portugal de 1974 o, más prolongadamente, la acción de grupos terroristas separatistas como el IRA en Irlanda del Norte y el Reino Unido o de ETA en España, el conjunto de naciones políticas que conformaron la UE pudieron vivir una relativa tranquilidad y aislamiento respecto de otra serie de guerras que sí definieron claramente el escenario geopolítico de la Guerra Fría: Guerra de Corea (1950-1953), Guerra de Indochina (1946-1954), Guerra de Vietnam (1955-1975), Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles de 1962 (que casi detonó una Tercera Guerra Mundial, que acabó resuelto tras desmontar los misiles soviéticos en Cuba que descubrieron los estadounidenses, a cambio de desmontar misiles estadounidenses en Turquía), la Guerra Civil Libanesa (1975-1990), Guerra de Afganistán (1978-1992), Guerra de Irán-Iraq (1980-1988), Guerra Civil Angoleña (1975-2002), Guerra Civil Salvadoreña (1979-1992), toda la serie de golpes de Estado militares desarrollados en Suramérica durante la llamada Operación Cóndor (1968-1990), por citar solo algunos escenarios bélicos, siempre se desarrollaron alejados de los epicentros de poder político, económico y militar del bando capitalista de la Guerra Fría, EEUU y la CEE, luego UE. Sin embargo, con la caída de la URSS y el inicio del proceso de Globalización impulsado por EEUU, que seguía teniendo a la UE como centro fundamental de operaciones de dicha Globalización (proceso de universalización de la democracia liberal burguesa, del libre comercio, del capital financiero y de la sociedad de consumo masivo, además de las telecomunicaciones instantáneas que, supuestamente, asegurarían la consolidación rápida de dicha Globalización), los nuevos conflictos bélicos también consiguieron llegar a los lugares que, durante toda la segunda mitad del siglo XX, se habían considerado seguros, a salvo de cruentas guerras. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 que derribó las Torres Gemelas de Nueva York, y que tuvo como consecuencia la invasión de Afganistán e Iraq por parte de tropas de los EEUU y otras naciones, fueron un indicativo de la nueva situación que se avecinaba, aunque su antecedente real fueron los grupos yijadistas que operaron en Bosnia-Herzegovina y en Kósovo durante las Guerras Balcánicas que entre 1991 y 2000 se desarrollaron, destruyendo con ellas la unidad de Yugoslavia. Después de la destrucción de Iraq en la invasión de la llamada Segunda Guerra del Golfo (2003-2011) por parte de las tropas estadounidenses, que acabaron con el gobierno de Saddam Hussein, y de los procesos políticos de las llamadas Primaveras Árabes (2010-2012) llegaría la Guerra Civil Siria, iniciada en 2011 y que todavía continúa, la expansión internacional del terrorismo de corte yijadista llegaría a naciones como Francia, España, Reino Unido, Alemania, EEUU, Holanda, etc. Es decir, la Globalización desde el centro capitalista a sus periferias mundiales conllevó no solo la llegada de fuerza de trabajo migrante masiva y de mercancías baratas producidas en las naciones subdesarrolladas fruto del proceso de Descolonización, sino también el fin de la seguridad y aislamiento de EEUU y la UE de los conflictos que, en gran medida, los Estados capitalistas occidentales lograron desatar en diversas zonas del Planeta. Como diría Kaldor, “ya no es tan fácil aislar a Europa occidental y EEUU de los problemas de otras partes del mundo”. Los conflictos en Chechenia, Ucrania y Siria podrían analogarse, por la implicación de Rusia en los mismos, con la Primera Guerra Fría. Salvo que “estas [nuevas] guerras no sólo son difíciles de terminar, también son complicadas de contener”, debido al éxodo de desplazados y refugiados, el crimen organizado, la extensión universal del yijadismo o, como contestación, del fundamentalismo cristiano y de la llamada derecha alternativa, en una escala que EEUU y la CEE jamás sufrieron.


En criterios parecidos se expresó el periodista cubano y disidente anticastrista, Carlos Alberto Montaner, en otro artículo de similar título publicado en el medio conservador argentino Infobae el 26 de diciembre de 2016 (Montaner, 2016). La política de Putin encaminada a “burlar el escudo de misiles protectores con que Estados Unidos dota sus propias defensas y las de Occidente”, en palabras de Montaner, tenía como objetivo, siguiendo el argumento de Kaldor, acabar con la seguridad geopolítica de la UE y de EEUU, mediante lo que se llamó la “tríada” rusa: “el efecto de la cohetería nuclear de tierra, la acción de los submarinos dotados de armas atómicas y las bombas arrojadas desde los aviones”. Lejos de las críticas del actual presidente francés, Emmanuel Macron, a la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte, fundada en 1949 como organización militar interestatal de protección y apoyo mutuo entre Europa occidental y EEUU contra la URSS y sus aliados militares del Pacto de Varsovia, sobre, entre otras cosas, el “incumplimiento alemán de sus compromisos de financiación” (Voz de América, 2019), el presidente de EEUU, Donald Trump, exigió a Europa “que pague más en defensa y haga más concesiones a los intereses comerciales de Estados Unidos”. A juicio de Trump, acertado por otra parte, “nadie necesita más la OTAN que Francia”, pues ha sido una nación invadida dos veces durante dos guerras mundiales. El gasto en defensa que Trump exige al resto de socios de la OTAN tiene que ver con la reconstrucción del poder militar y diplomático ruso, con el auge yijadista en regiones que, durante la Primera Guerra Fría, parecían seguras y, sobre todo, por el auge un actor geopolítico que, poco a poco, ha ido recuperando un poder que había perdido, en realidad, hace siete siglos: China.


Fue ya en 2020 cuando fue editado uno de los primeros artículos que señalaba la llamada, hasta ahora, “Guerra comercial entre China y Estados Unidos”, como una “Nueva Guerra Fría”, pero con el nuevo actor chino como el antagonista principal frente a los EEUU. Se publicó el 7 de enero en The New York Times, y fue firmado por el historiador estadounidense Niall Ferguson. Para este historiador y ensayista, sus homólogos del futuro dirán que la “Segunda Guerra Fría” comenzó en 2019. Ferguson explica por qué Rusia no es el antagonista principal en este nuevo conflicto geopolítico de alcance universal:

Algunos insistirán en que la nueva Guerra Fría ya había comenzado –con Rusia- en 2014, cuando Moscú envió sus tropas a Ucrania. Pero el deterioro de las relaciones ruso-estadounidenses palidece en comparación con el ascenso del antagonismo chino-estadounidense que se ha desarrollado en los últimos años. Y aunque Estados Unidos y China probablemente pueden evitar una guerra “caliente”, una segunda Guerra Fría todavía es una posibilidad desalentadora. Algunos académicos pedantes tal vez digan que la nueva Guerra Fría comenzó con la elección de Donald Trump en noviembre de 2016 o en enero de 2018, con su imposición inicial de aranceles a lavadoras y paneles solares importados, muchos de los cuales se fabrican en China. Otros sugerirán como punto de partida admisible octubre de 2018, cuando el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, denunció el uso de Pekín de “herramientas políticas, económicas y militares, así como de propaganda, para ampliar su influencia”. Sin embargo, no fue sino hasta 2019 que miembros de la elite política de todos los bandos adoptaron de manera definitiva el enfoque de confrontación a China del gobierno de Trump. Con notable rapidez, la hostilidad de Trump pasó a ser de una idiosincrasia de política exterior a aceptarse como sabiduría convencional. Hasta la senadora Elizabeth Warren, candidata presidencial demócrata, comenzó a pedir una postura más severa respecto a Pekín. La opinión pública dio un giro similar. Una encuesta del Pew Research Center mostró que el porcentaje de estadounidenses con una visión desfavorable de China aumentó de un 47% en 2018 a un 60% en 2019. […] Lo que comenzó como una guerra comercial –un toma y daca por los aranceles mientras las dos partes discutían sobre el déficit comercial estadounidense y el robo de propiedad intelectual por parte de China- se convirtió rápidamente en un cúmulo de otros conflictos. En poco tiempo, Estados Unidos y China se vieron involucrados en una guerra tecnológica originada por el dominio global de la compañía china Huawei en las telecomunicaciones de red 5G y en una confrontación ideológica en respuesta a los abusos infligidos a los uigures, una minoría musulmana, en la provincia china de Xinquiang, así como en una clásica rivalidad entre superpotencias por el predominio en ciencia y tecnología. También surgió la amenaza de una guerra de divisas por el tipo de cambio del yuan chino, cuyo debilitamiento frente al dólar fue autorizado por el Banco Popular Chino (Ferguson, 2020).

Ferguson apuntaba que, debido a la inferioridad en armamento nuclear de China respecto de EEUU, una eventual confrontación entre ambas superpotencias se dirima en el ciberespacio o, incluso, en el espacio exterior, algo que parece ya apuntado por Trump con su decisión de no reconocer a la Luna ni al resto de cuerpos celestes como propiedad común de la “Humanidad”, y susceptibles de explotación y colonización tanto estatal como empresarial por parte de los EEUU, así como la creación de la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, precisamente para tratar de minar la exploración espacial de los taikonautas chinos. Pero EEUU realiza un juego geopolítico heredero de la Primera Guerra Fría que podría no funcionar con China como funcionó con la URSS, entre otras cosas porque la URSS, Imperio de herencia grecorromana y judeocristiana, eran tan centrífugo en sus pretensiones expansionistas como los EEUU, mientras que la República Popular China, de herencia cultural confuciana, “no tiene el mismo enfoque de expansionismo global que la Unión Soviética”. China significa “Reino del Medio”, “Nación Central” o “Imperio del Centro” en mandarín (Zhōngguó, (中國 en chino tradicional o 中国 en chino simplificado), y desde que su primer uso en el Shujing (siglo VI a. C.), o Clásico de historia que, en 58 capítulos, recoge toda la historia antigua de la Civilización China, se concibió a sí misma como el “centro de la Civilización”, entre los cuatro puntos cardinales (Norte o Di, Sur o Man, Este o Yi y Oeste o Rong). Diversos Estados posteriores al de la Dinastía Zhou, gobernante entre 1122-249 a. C. y segunda dinastía, tras la Shang, de la que se tiene constancia histórica, diversos Estados se han reclamado como Zhōngguó, es decir, como “Imperio del Centro”. Hoy, y desde 1949, la República Popular China fundada por Mao Zedong es la que se reclama, y es mayoritariamente reconocida, como Zhōngguó, como “Imperio del Centro”. Desde esta concepción civilizatoria milenaria, China se ve a sí misma como el Sol, y al resto de Estados de la Tierra como planetas o satélites que giran a su alrededor. Y esta visión influye en su geoestrategia actual, cuyo interés consiste en no expandir su modelo político, económico y social como hacía la URSS, sino su poder gravitatorio:

El dinero chino se destina a proyectos de infraestructura y a los bolsillos de políticos, no a movimientos guerrilleros extranjeros. La Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, el emblemático programa de inversión en el extranjero del presidente Xi Jinping, no apunta a una revolución mundial (Ferguson, 2020).

La política exterior de Trump, además, se ha caracterizado desde su inicio en 2017 en no participar en conflictos bélicos abiertos. Sabe que ello supone un gran desgaste económico para EEUU, que debe reorganizar sus fuerzas económicas, de recursos materiales, en la nueva Segunda Guerra Fría que le enfrentará a China. De ahí la batalla por la inversión tecnológica en computación cuántica en Sillicon Valley, el inicio de una nueva carrera espacial abiertamente bélica y las pretensiones de reindustrializar la metrópoli imperial estadounidense, que perdió músculo industrial, entre otras cosas, por la relocalización de centrales productivas y de ensamblaje, sobre todo, en Asia y, particularmente, en China. Esto dejó sin empleo a millones de personas en EEUU, curiosamente las mismas que hace tres años dieron la victoria electoral a Trump cuando les prometió recuperar sus empleos y no dejar que ninguna fábrica se fuese a China o a México, entre otras latitudes. Sin embargo, aunque la ventaja estratégica, militar, tecnológica y cultural la sigue teniendo EEUU, el riesgo para el Imperio es estar convencido de que ganará esta Segunda Guerra Fría igual que ganó la Primera. Ferguson advierte:

[…] China plantea hoy un desafío económico mucho mayor del que en su tiempo fue la Unión Soviética. Los cálculos históricos del producto interno bruto muestran que en ningún momento durante la [Primera] Guerra Fría la economía soviética excedió el 44% de la de Estados Unidos. China ya ha superado a Estados Unidos en al menos un indicador desde 2014: el PIB basado en la paridad del poder adquisitivo, que refleja el hecho de que el costo de vida es menor en China. La Unión Soviética nunca pudo recurrir a los recursos de un sector privado dinámico. China puede. En algunos mercados, especialmente en el de la tecnología financiera, China ya está por delante de Estados Unidos. (Ferguson, 2020).

La situación de partida de la Segunda Guerra Fría, por tanto, no es la de la Primera, si bien la confrontación sigue siendo capitalismo vs. comunismo, pero desde un enfoque culturalmente confunciano, y cuya conexión con lo grecorromano y lo judeocristiano es, precisamente, el marxismo-leninismo pero pasado por el filtro de Mao, de Deng Xiaoping y, ahora, de Xi Jinping. La OTAN se creó para confrontar a la URSS, pero China no puede ser contenida como lo fue la Unión Soviética. Esta nueva Guerra Fría será larga, quizás de tantas décadas como la anterior, y aunque no sea la pretensión de China expandir su modelo sociopolítico, no puede descartarse en diversas naciones del mundo se puedan producir procesos revolucionarios socialistas y marxistas de nuevo cuño. Eso sí, ahora ni EEUU ni la UE son territorios a salvo de esos procesos como en la Primera Guerra Fría. Al saber esto, toda la carne en el asador que EEUU y sus aliados están poniendo para contrarrestar a China y su avance, en realidad su resurgimiento, se dirige a minar su credibilidad y potencia debido a la crisis derivada de la pandemia global por la COVID-19.


II. Breve cronología de la guerra comercial chino-estadounidense previa a la pandemia global por la COVID-19.


En marzo de 2018, Trump anunció la intención de imponer aranceles de 50.000 millones de dólares estadounidenses a los productos chinos, amparándose en el artículo 301 de la Ley de Comercio de 1974 del país que preside. Trump ordenó a la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (ORCEU), encargada de desarrollar la política comercial que seguirá el Presidente de los EEUU en su gestión, que se aplicaran dichos aranceles. Para Trump, China llevaba años desarrollando prácticas comerciales que calificó de “desleales”, así como el robo de propiedad intelectual estadounidense para desarrollar sus propias manufacturas. Como represalia, Xi impuso aranceles a más de 128 productos estadounidenses, incluyendo la soja, la principal exportación estadounidense a la República Popular China. Los aranceles también alcanzaron a aviones, automóviles, chatarra de aluminio, productos derivados del cerdo, frutos secos, frutas y tuberías de acero. Los aranceles iban de un mínimo del 15% a un máximo del 25% en la soja. Después de esto, la ORCEU publicó una lista de más de 1300 categorías de importaciones chinas por un valor total de 50.000 millones de dólares estadounidenses, a las que también se establecerían aranceles, entre ellas armas, satélites, piezas de aviones, baterías, televisores de pantalla plana y dispositivos médicos.


En mayo, China canceló pedidos de importación de soja proveniente de EEUU. Entonces, es cuando la situación comienza a ser denominada “guerra comercial” por parte del secretario de Hacienda de Trump, Steven Mnuchin (Crutsinger y Wiseman, 2018). El capital financiero chino también sufrió los aranceles estadounidenses, pues hasta 50.000 millones de dólares en productos de tecnología industrial china los sufrieron en hasta un 25%, y se impusieron restricciones a la mejora e inversión en los controles de exportación de China para tratar de prevenir la adquisición de tecnología estadounidense. Ante esto, el gobierno chino anunció que cualquier negociación comercial entre ambas superpotencias sería nula en tanto que se establecieran dichas sanciones. De los 50.000 millones antedichos, 34.000 fueron gravados en julio, y el resto entre junio y agosto de 2018. China acusó a EEUU de iniciar la guerra comercial, cosa que era cierta, y advirtió de establecer aranceles similares a importaciones estadounidenses. A ello respondió EEUU con la imposición de aranceles adicionales de hasta un 10% a otros 200.000 millones de importaciones chinas si el gobierno comunista chino respondía con aranceles similares. China respondió amenazando con aranceles sobre 50.000 millones de mercancías producidas en EEUU, volviendo a acusar a Trump de iniciar la guerra comercial. En agosto, la ORCEU publicó una lista final de hasta 279 productos chinos que serían objeto de aranceles de hasta un 25%, por un valor total de 16.000 millones de dólares.


Desde el inicio de la contienda, China inició los procedimientos de solución de controversias de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en relación con los aranceles que impuso a las importaciones de productos fotovoltaicos de silicio cristalino y servicios relacionados con energías renovables, todo producido en China. David Malpass, subsecretario de Asuntos Internacionales del Departamento del Tesoro de EEUU, y Wang Shouwen, viceministro de comercio de China, se reunieron en agosto en Washington DC, para tratar de reiniciar las negociaciones comerciales entre ambos Estados. Sin embargo, al día siguiente de la reunión empezaron a regir los aranceles sobre mercancías chinas por un total de 16.000 millones de dólares (WTO 2018). En diciembre, durante la reunión del G-20 en Buenos Aires, Argentina, Trump y Xi acordaron postponer la imposición de nuevos aranceles comerciales por un plazo de tres meses para permitir la reanudación de negociaciones. Pero transcurrido ese plazo, volvieron las hostilidades, incluso de manera aún más acusada, rebasando lo meramente comercial.


En mayo de 2019, y siguiendo instrucciones de la administración estadounidense, Google anunció que dejaría de proporcionar actualizaciones de Android, su sistema operativo para telefonía móvil, a todos los propietarios de teléfonos de esta marca. Esto repercutió en las nuevas unidades que produjo entonces Huawei, la empresa cooperativa china de telefonía móvil, que ya no podía utilizar las aplicaciones básicas de Google para funcionar como Play Store (aunque ya tenía App Gallery como sustituta), Gmail, Google Maps, etc. Huawei respondió que generaría sus propias actualizaciones. Todo ello fue precedido, en diciembre de 2018, del arresto en Canadá de Meng Wanzhou, directora ejecutiva de Huawei, acusada de fraude, conspiración y usurpación. Huawei fue incluida en la Lista Negra de EEUU de entidades chinas (46 en total) susceptibles de veto comercial, lo que provocó el cese de relaciones empresariales entre estas 46 empresas y muchas empresas estadounidenses. Facebook, Intel, Qualcomm, entre otras, terminaron relaciones comerciales con Huawei. No obstante, EEUU concedió prórrogas comerciales a sus empresas respecto a sus relaciones con Huawei. La cooperativa china, que ya en 2019 era la segunda empresa con mayor número de ventas a escala mundial de dispositivos móviles, muy cerca de la líder del sector, la surcoreana Samsung, aseguró que para 2020 tendría listo su propio sistema operativo alternativo a Android, llamado HarmonyOS (que ya venía desarrollando desde 2012), aunque en principio solo para televisores inteligentes y a la espera de recuperar sus relaciones empresariales con Google cuando el gobierno estadounidense lo permitiera. Huawei pretende convertir HarmonyOS es un sistema operativo orientado a aplicaciones industriales, a telefonía móvil compatible con aplicaciones Android, y al Internet de las cosas, interconexión de objetos cotidianos a nivel digital.


Trump negó, prácticamente desde el inicio de sus ataques, que se tratara de una guerra comercial. Desde su cuenta de twitter, @realDonaldTrump, el actual presidente estadounidense afirmó que “la guerra se perdió hace muchos años por la gente tonta o incompetente que representaba a los Estados Unidos”, agregando que el país sufría un déficit comercial de 500 millones de dólares anuales y un robo comercial por parte de china de 300 millones de dólares, situación insostenible comercialmente para el país. Supuestamente, el total de los aranceles que Trump estableció a las mercancías chinas solo suponía un 0,3% del PIB estadounidense, y su gabinete entendía que, en el largo plazo, las medidas beneficiarían a EEUU.


Pronto ocurriría el episodio más serio de esta guerra comercial, la cuestión de la tecnología 5G. EEUU prohibió a Huawei desplegar redes 5G dentro de su territorio, acusando a China de utilizar dicha tecnología para el espionaje. Sin embargo, China le recordó a EEUU los casos de espionaje masivo a través de las tecnologías de vigilancia Xkeyscore y PRISM, desarrollados por la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU, escándalo destapado por el exempleado de dicha Agencia y de la CIA, Edward Snowden, en 2013, publicado por Wikileaks. Dichas tecnologías implicaban en actos de vigilanica y espionaje a empresas estadounidenses que, además, habían dejado de tener relaciones comerciales con Huawei, como Facebook, Google, Microsoft, pero también Dropbox, Yahoo! y Apple. De hecho, para evitar acciones de inteligencia estadounidenses en territorio chino es por lo que la República Popular desarrolló una aplicación de chat propia WeChat, desarrollada por la empresa Tencent, y la red social Weibo, con 368 millones de usuarios registrados a nivel mundial. Por motivos parecidos, la empresa china Alibaba desarrolló Aliexpress, como alternativa al proveedor de mercancías internacionales de Jeff Bezos, Amazon. 5G hace referencia a las tecnologías de telefonía móvil de quinta generación, sucesora de la 4G actual, por lo que todavía se encuentra en desarrollo. A diferencia de la 4G, cuyas velocidades máximas de transmisión de datos está entre los 12,5 MB/s para movilidad alta y los 125 MG/s para movilidad baja, la 5G en sus primeras versiones estandarizadas de 2019 sería, previsiblemente, “entre 10 y 20 veces más rápido que las actuales conexiones móviles”, provocando que “las interacciones con Internet o la nube serán casi instantáneas” (Yubal FM, 2020):

[…] el 5G todavía no ha sido implementado. Esto quiere decir que podemos teorizar u opinar sobre qué beneficios puede traer, pero que no lo sabremos definitivamente hasta que no se implemente y empiece a explotarse. De momento ya hemos visto demostraciones con cirugías teleasistidas en tiempo real, en la que el cirujano realiza las intervenciones a kilómetros de distancias. […] el 4G sirvió para conectar personas entre ellas, y el 5G es un nuevo salto que permitirá “conectar personas con todo lo que nos rodea”, impulsando ya no solo las comunicaciones, sino otros sectores como la automoción, la medicina, la salud o los hogares. (Yubal FM, 2020).

Lo cierto es que es difícil que una tecnología todavía en desarrollo pueda ya servir como fuente de información de contrainteligencia para los servicios secretos chinos dentro de EEUU. De hecho, las acusaciones estadounidenses a China todavía no han sido probadas, a pesar de los intentos de EEUU de que ni la UE ni países aliados suyos en otras latitudes como Australia o Nueva Zelanda, se nieguen a desarrollar dicha tecnología en sus territorios beneficiando a empresas chinas, a pesar de que una de las primeras empresas en desarrollar traspaso de información mediante tecnologías 5G fuese la sueca Ericsson. Reino Unido (que ya no está en la UE), Alemania, España y Francia (dentro de la UE), además de Suiza y, en América, Canadá, se han negado a seguir las advertencias estadounidenses sobre el 5G, aunque sí se han comprometido a realizar revisiones exhaustivas de las redes e infraestructuras que Huawei despliegue en estos países, o a condicionar las infraestructuras de Huawei a colaborar con empresas propias, como la ya nombrada Ericsson en Suecia o Nokia en Finlandia, algo que no perjudica a Huawei en principio. Sin embargo, las ya mencionadas Australia, Nueva Zelanda y también Japón sí se han comprometido a mantener restricciones severas contra las operaciones económico-tecnológicas de Huawei en sus territorios.


Así pues, mientras sí está probada la red de vigilancia en Internet por parte de empresas estadounidenses relacionadas con la ANS, no se ha probado la relación entre Huawei y una supuesta red de espionaje chino a escala internacional, y ya Nokia y Ericcson aseguraron que su desarrollo tecnológico no puede competir con los costes de producción baratos de Huawei, y de ahí su interés en cooperar con la cooperativa china. EEUU pretende impedir el avance tecnológico e industrial de China, pues amenaza la hegemonía global estadounidense, y de ahí el interés de Trump de relanzar la inversión en robótica, inteligencia artifical y redes inalámbricas a través del financiamiento de empresas como Apple (que no se dedica a la construcción de redes inalámbricas), Google y AT&T. Por eso se plantean alternativas al 5G como las redes LTE-M (la más rápida) y NB-loT, LPWAN (Ortiz, 2017), o el desarrollo de la computación cuántica que utiliza cúbits (|0>,|1> como estados básicos, α|0>+β|1> tras la superposición cuántica) en vez de bits (1,0 como estados básicos de información, que nunca pueden darse a la vez, al contrario que los estados de información informática cuántica), y que viene estudiándose desde la década de 1980, pero no fue hasta el 2019 que la empresa estadounidense IBM comercializó el primer ordenador cuántico de sobremesa, año en que Google afirmó haber alcanzado la “supremacía cuántica” en traspaso de información (Murgia y Waters, 2019). Sin embargo, China también puja por ser la primera superpotencia en computación cuántica, a través del físico cuántico Pan Jianwei, académico de la Universidad de la Ciencia y la Tecnología de China (USTC), “el Caltech de China”, y llamado allí el “padre lo cuántico”. Fue el responsable del cifrado cuántico del primer enlace de vídeoconferencia intercontinental del mundo basado en criptografía cuántica, realizado el 29 de septiembre de 2017, entre Pekín y Viena, a través del satélite chino Micius (Giles, 2019).


Las comunicaciones cuánticas y la computación cuántica aún están emergiendo, pero se encuentran entre los “megaproyectos” tecnológicos de los que el Gobierno de China espera avances importantes para 2030. Con este apoyo, el país espera convertirse en líder de la naciente era cuántica como hizo EEUU durante la era informática y la revolución de la información que siguió después. Pan, quien en 2011 se convirtió en el miembro más joven de la Academia China de Ciencias [con 40 años, actualmente tiene 49], es fundamental para que el Gobierno chino logre este objetivo. En una entrevista con MIT Technology Review, Pan habló sobre la importancia de la colaboración internacional, pero también dejó claro que China ve una ventana única para crear el próximo cambio de metas del panorama tecnológico. El experto detalló: “En el nacimiento de la ciencia de la información moderna solo éramos seguidores y aprendices. Ahora tenemos la oportunidad… de ser líderes”. Las ambiciones de Pan incluyen un plan para crear una constelación de satélites que se extienda por todo el mundo y forje el internet cuántico súper seguro. También espera ayudar a China a alcanzar, y quizás superar, a Estados Unidos en la construcción de los poderosos ordenadores cuánticos (Giles, 2019).


III. Guerra comercial, “guerra vírica” y guerra de propaganda alrededor de la COVID-19.


Nadie puede poner en duda que esta Segunda Guerra Fría recién iniciada vive un salto cualitativo a partir de la pandemia de la COVID-19, enfermedad desarrollada a partir del SARS-Cov2, una variedad de coronavirus. Una cronología del desarrollo de esta pandemia puede hallarse en la web oficial de noticias de la Organización de las Naciones Unidas del 15 de abril de 2020, así como las acciones llevadas a cabo al respecto por la Organización Mundial de la Salud (OMS), organismo de la ONU especializado en la gestión de políticas de prevención, promoción e intervención global en materia de salud física, mental y social (News UN, 2020). El 31 de diciembre de 2019, China notificó un “conglomerado de casos de neumonía en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei”, que con posterioridad se determinaron como causados por una nueva variedad de coronavirus. El 1 de enero de 2020, la OMS estableció el correspondiente Equipo de Apoyo a la Gestión de Incidentes en sus tres niveles (Sede central, sedes regionales y países adscritos), poniendo así a la OMS en “estado de emergencia” para abordar el brote de Wuhan. El 4 de enero, a través de sus redes sociales, la OMS informó de la existencia de un conglomerado de casos de neumonía en Wuhan, todavía sin fallecimientos. Al día siguiente, se publicó su primer parte sobre brotes epidémicos relativo al nuevo virus. Se trató de una publicación técnica de referencia para la comunidad científica y, también, para los medios de comunicación. Contenía una evaluación de riesgo y recomendaciones, así como información proporcionada por China a la OMS sobre la situación de sus pacientes, así como la respuesta de la salud pública china ante los casos de neumonía de Wuhan. El día 10, la OMS publicó en Internet un conjunto amplio de orientaciones técnicas con recomendaciones para todos los países sobre cómo detectar y gestionar casos y realizar pruebas de laboratorio. Sus orientaciones se basaron en los conocimientos sobre el virus que existían hasta esa fecha, y se remitieron a los directores regionales para emergencias a fin de que las distribuyeran entre los representantes de la OMS a cada Estado. Para aquel día, los datos científicos disponibles apuntaban a que no había transmisión entre seres humanos o ésta era limitada (News UN, 2020). Tomando como referencias pandemias similares del pasado como el SARS, Síndrome Respiratorio Agudo también originado en China en 2002 y que causó 765 muertes en 24 países (fue controlada en 2004), y el MERS, Coronavirus del síndrome respiratorio de Oriente Medio surgido en 2012 en Arabia Saudita y hoy aparentemente controlado, así como vías de transmisión de otros virus respiratorios, la OMS publicó orientaciones sobre prevención y control de infecciones destinadas a la protección de profesionales sanitarios, recomendando la adopción de precauciones contra la transmisión por gotículas y por contacto durante la atención a pacientes, y contra la transmisión aérea en intervenciones asociadas a generación de aerosoles.


El 12 de enero, China hizo pública la secuencia genética del virus causante de la COVID-19. Al día siguiente se confirmó un caso de la enfermedad en Tailandia, el primero fuera de China. Un día después la jefa técnica de la OMS, durante una rueda de prensa, señaló que podía haberse producido una transmisión limitada del coronavirus entre seres humanos en los 41 casos confirmados hasta entonces, a través de familiares, admitiendo por primera vez que existía riesgo de un posible brote más amplio. Los días 20 y 21 de enero, expertos de la oficina de la OMS en China y de la Oficina Regional para el Pacífico Occidental efectuaron una visita sobre el terreno en Wuhan. Dicha visita emitió una declaración el 22 en la que afirmaron que se había demostrado la transmisión entre seres humanos, advirtiendo que eran necesarias “más investigaciones para comprender plenamente la magnitud de esta transmisión”. El 23 de enero, el director general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Gebreyesus, convocó un Comité de Emergencias según lo previsto en el RSI 2005 (Reglamento Sanitario Internacional seguido por la OMS), para poder evaluar si el brote constituía una emergencia de salud pública de importancia internacional. Los miembros independientes de dicho Comité, procedentes de distintas partes del Mundo, partiendo de los datos conocidos hasta aquel momento, piden que se les convocase de nuevo en un plazo de diez días una vez que recibiesen más información, pues no alcanzaron un consenso evaluador al respecto. Sin embargo, antes de aquel plazo y solo dos días después de notificarse los primeros casos de transmisión limitada del coronavirus entre seres humanos fuera de China, Gebreyesus convocó de nuevo al Comité de Emergencias, llegando, esta vez sí, a un consenso, recomendándole generar la declaración de emergencia internacional. Gebreyesus aceptó la recomendación y declaró el 30 de enero que el brote del nuevo coronavirus, llamado entonces 2019-nCov, constituía “una emergencia de salud pública de importancia internacional” (News UN, 2020). Desde la entrada en vigor del RSI 2005, es la sexta vez que la OMS declaraba este tipo de emergencia.


Dos días antes, una delegación de alto nivel de la OMS encabezada por el propio Gebreyesus viajó a Pekín para reunirse con los dirigentes del gobierno, conocer in situ la respuesta al brote dentro del país y, en caso de necesidad, ofrecer asistencia técnica. Durante su estancia en la capital del Imperio del Centro, Gebreyesus acordó con el gobierno chino que un equipo internacional de científicos se desplazara en misión al país para comprender mejor el contexto y la respuesta general, así como intercambiar experiencias e información. Al mes siguiente, entre el 11 y el 12, la OMS convocó un foro de investigación e innovación sobre la COVID-19, al que asistieron más de 400 expertos y representantes de instituciones de financiación de programas de salud de todo el Mundo. En aquel foro intervinieron Wu Zunyou, jefe del Centro de Control de Enfermedades de China y epidemiólogo, y George Gao, su director general. Entre el 16 y el 24 de febrero, la misión conjunta de la OMS y China, en la que participaron miembros de diversos Institutos Nacionales de Salud y de Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de EEUU, Canadá, Alemania, Corea del Sur, Singapur, Japón, Nigeria y Rusia, trabajaron en Pekín, Wuhan y otras ciudades chinas, trabajando junto a diversos científicos, funcionarios de salud y otros profesionales sanitarios chinos, recogiendo todas sus impresiones en un informe de misión conjunta. Como consecuencia, la OMS publicó el 3 de marzo el Plan Estratégico de Preparación y Respuesta de la comunidad internacional para ayudar a proteger a los Estados con los sistemas sanitarios más débiles. El 11 de marzo la OMS, habida cuenta de los alarmantes niveles de propagación de la COVID-19, por la gravedad de sus efectos sobre la salud y por los todavía entonces alarmantes niveles de inacción de muchos Estados, determina en su evaluación que la COVID-19 “puede caracterizarse como una pandemia” (News UN, 2020).


Dos días después se estableció el Fondo de Respuesta Solidaria contra la COVID-19 para recibir donaciones de instituciones, empresas y particulares para combatir la pandemia. Y el 18 de marzo, OMS y asociados pusieron en marcha el ensayo clínico internacional denominado “Solidaridad” (frente a la COVID-19), para con él poder desarrollar datos sólidos con el fin de encontrar tratamientos más eficaces contra la enfermedad. El resto es ya conocido por prácticamente todos los ciudadanos de las diversas naciones que integran el Mundo. Gebreyesus reclamó apoyo a la OMS pues, a su juicio, “es absolutamente fundamental para los esfuerzos en la lucha contra el coronavirus COVID-19”, pero lo hizo después de que Trump anunciara que suspendería los fondos que EEUU destinaba a la Organización, a expensas de una revisión de su respuesta al brote inicial en Wuhan de COVID-19. Y es que Trump dejó caer que el origen de la COVID-19 podría ser “artificial”, no producido por zoonosis (enfermedad animal traspasada a los humanos), y su expansión haber resultado bien por accidente, bien de manera deliberada para realizar la “dominación mundial” por parte de China. Siguiendo estas palabras de Trump, diversos bufetes de abogados de EEUU, Reino Unido e Israel han presentado demandas a China, con la intención de que ésta pague cantidades billonarias por los efectos causados por la pandemia. Esta respuesta de EEUU y sus más directos aliados contra China enmarcan el desarrollo de dicha pandemia dentro de uno de los episodios, de momento el más intenso, de lo que ya se puede denominar Segunda Guerra Fría. No en vano, y antes de estas demandas, la denominación de la COVID-19 como “virus chino” por parte de Trump, que parece consensuarse tanto entre republicanos como demócratas en EEUU, se encuadra en esta estrategia de propaganda ideológica contra China.


No obstante, la propaganda antichina fue inmediatamente contestada. Diversos artículos desmintiéndola fueron publicados en la web canadiense Global Research, en la agencia de noticias rusa Russia Today, y a través de la agencia oficial de noticias china Xinhua. Uno de los primeros artículos que ponía en solfa la propaganda estadounidense fue escrito por Larry Romanoff (2020), publicado en Global Research el 24 de febrero de este año. El autor recogió una información de una cadena de televisión japonesa, Asahi Corporation of Japan, según la cual 14.000 estadounidenses que murieron en 2019 supuestamente por influenza (gripe), realmente fallecieron por coronavirus, y que por tanto la COVID-19 se originó fuera de territorio chino, en los EEUU. El medio japonés aseguró, además, que era posible que el SARS-Cov2 fuese introducido en China durante la celebración de los Juegos Militares Mundiales, celebrados en Wuhan entre el 18 y el 27 de octubre de 2019, por parte de la delegación estadounidense, no se dice si deliberadamente o por accidente. Esta misma noticia fue recogida en la edición en inglés del Diario del Pueblo, periódico oficial del Partido Comunista de China fundado en 1948. La noticia fue editada un día antes (People’s Daily, 2020). Según medios estadounidenses, ya se desarrollaron en China casos de COVID-19 entre agosto y diciembre de 2019, sin poder demostrarse todavía estas informaciones. Esta línea de investigación, que trataba de analizar el verdadero origen de la enfermedad, fue seguida por el economista canadiense y profesor de la Universidad de Ottawa, Michel Chossudovsky, a la sazón fundador de Global Research. Según este profesor, que se declarase pandemia la COVID-19 el 30 de enero por la OMS, con solo 150 casos confirmados fuera de China, y solo seis en EEUU, obedeció a la presión de poderosos intereses económicos estadounidenses, que trataron de hacer responsable a China de lo sucedido, estrategia que pareció abortarse debido a la rápida respuesta sanitaria a escala nacional y global, construyendo hospitales de campaña en apenas diez días en pleno Wuhan y exportando multitud de material sanitario a diversos países afectados, como Italia o España, si bien con diverso grado de efectividad. Al boicot de Trump a los aranceles chinos en materia mercantil, se unió la denegación de entrada de ciudadanos chinos y estadounidenses que hubiesen visitado china 14 días antes del 31 de enero. El 11 de marzo, Trump amplió estas restricciones migratorias a personas provenientes de la Unión Europea. La web china, Global Times, además, hizo públicas unas declaraciones en el Congreso de los Estados Unidos de Robert Redfield, Director del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades del país, en las que aseguró, sin dar fechas concretas, que varios estadounidenses (los 14.000 antes nombrados), aparentemente fallecidos por gripe, fueron diagnosticados póstumamente como fallecidos por COVID-19 (Chossudovsky, 2020). El portavoz del gobierno chino, Zhao Lijian, tras las declaraciones de Redfield, preguntó abiertamente dónde y cuándo surgió el “paciente número cero”, sino en China o en EEUU.


Por su parte, Russia Today afirmó el 5 de marzo de 2020 que la COVID-19 podría ser un producto de un ataque biológico estadounidense no solo sobre China, sino también sobre la República Islámica de Irán, uno de los países más afectados por la pandemia y enemigo geopolítico del Imperio Estadounidense (RT, 2020), una información que parte del jefe de la Organización de Defensa Civil de Irán, el general Gholam Reza Jalali pero que, como el propio general advirtió, “su sospecha requiere investigación en laboratorio y estudio del genoma del virus”. Según información de Philip Giraldi (2020), el SARS-Cov2 podría tener componentes relacionados con el VIH, virus que ocasiona la enfermedad conocida como Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), algo que no podría ocurrir de manera “natural”. Por ello, para Giraldi, solo cabrían dos posibilidades: o un escape accidental del SARS-Cov2 desde el propio laboratorio del Instituto de Virología de Wuhan, uno de los más seguros del Mundo a pesar de todo, o mediante su introducción desde fuera del país quizás durante los Juegos Militares Mundiales del 2019 en aquella ciudad, epicentro de la actual pandemia de la COVID-19. Sobre la primera posibilidad informó la RAI italiana en un reportaje en 2015, pero sobre lo segundo se sabe que el Instituto de Investigación de Galilea, Israel, que ahora afirma poder desarrollar una vacuna contra la COVID-19 en apenas tres meses, lleva al menos desde 2016 investigando sobre los efectos del coronavirus en aves, subvencionado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Agricultura israelí, lo que podría dar a entender que este instituto, al igual que el de Wuhan, podría haber desarrollado el virus y su vacuna al mismo tiempo. Pues sería prácticamente imposible desarrollar una vacuna tan rápido, ya que estas requieren para su implementación final un periodo de, mínimo, diez meses y máximo dieciocho mediante procesos que pasan por su ensayo en animales y, si pasan estos ensayos, después en humanos infectados.


También se ha desarrollado una batalla informativa en torno a la cantidad de cepas de coronavirus que se han dispersado durante la pandemia. Según un virólogo chino de Taiwán, la cepa de SARS-Cov2 que se propagó por China y otras naciones de Asia como Japón, las dos Coreas, Filipinas o Singapur, eran una sola, mientras que las de Europa e Irán eran distintas a las asiáticas. Solo en EEUU se propagaron las tres cepas de coronavirus que, supuestamente, están expandiéndose por el Planeta. Así lo recogía en una investigación el Instituto Malbrán en Argentina (Telam, 2020), algo que negó el proyecto de investigación en código abierto Nextstrain de la Universidad de Glasgow (Infosalus, 2020), mientras que otro estudio de la Universidad de Cambridge afimraba que sí había tres cepas distintas de coronavirus distribuidas a escala global durante la pandemia (Infobae, 2020). Para liar más el asunto, un islandés dio positivo de COVID-19 en marzo infectado, simultáneamente, por dos cepas (Clarín, 2020). La supuesta existencia de varias cepas de SARS-Cov2 expandidas en diversos lugares del mundo, expandiendo con ello la COVID-19, reforzaría las teorías que afirman el posible origen fuera de China de la pandemia, mientras que su negación darían supuesta solidez a las que insisten en el origen exclusivamente chino, natural, accidental o deliberado de la enfermedad.


Lo cierto es que estas informaciones fácilmente pueden llevar a teorías de la conspiración esgrimidas por ambos bandos en esta Segunda Guerra Fría, ya con el coronavirus como arma arrojadiza entre EEUU y China. Una de las más llamativas e impactantes es la teoría de la Misión Anglosajona. Esta teoría, popularizada por los youtubers hispánicos Dross Rotzank (el novelista venezolano Ángel David Revilla) y El Mundo de Zowi, parten de un periodista e investigador de la web conspiranoica Project Avalon, y antes de otra similar, Project Camelot, llamado Bill Ryan. Sí es cierto que Ryan grabó un vídeo hace diez años, que puede encontrarse en YouTube subtitulado al español en el canal conspiranoico Fabio Complejo, dividido en seis partes y que, efectivamente, aparece en YouTube fechada su subida en 2010. En dicho vídeo Ryan, quien parece seguir una ideología espiritualista New Age, afirma no creer que los eventos que describe vayan a ocurrir realmente. Asegura que relata una información que le brindó un agente de inteligencia británico retirado, que durante una reunión con diversas personalidades de gran poder de la City de Londres, asociados a la francmasonería, en 2005, se planeaba tanto el bombardeo de Irán por parte de Israel (cosa que nunca ha ocurrido), como la liberación de armas biológicas dentro de China (en el vídeo lo afirma a partir del minuto 4:58):

Liberarán una especie de virus de la gripe genéticamente dirigido contra la población de China. Será dirigido racialmente contra China. Diseñado para expandirse como fuegos artificiales y noquear gran número de los chinos. Y estas personas en esa reunión se reían de esto. Dijeron: “China pescará un resfriado”. Luego, lo que efectivamente será una especie de plaga, se esparcirá por todo el mundo hasta el Occidente también. Nuestra fuente no tenía claro si se trataba de una represalia china, o si la cosa se extendería sola, fuera de control, en una forma que será muy difícil de distinguir si fue dirigido racialmente o no. Estas cosas, de hecho, mutan (Ryan, 2010).

Según el informante que afirma tener Ryan, el objetivo sería desatar una Tercera Guerra Mundial tras el bombardeo israelí sobre Irán y el esparcimiento de una variedad de virus de la gripe sobre China, convertida en pandemia mundial, de cara a reducir malthusianamente la población mundial hasta unos 500 millones de habitantes, y así preparar el Planeta ante un evento geofísico (sin especificar) que causaría una suerte de apocalipsis que permitiría, entre otras cosas, desplazar a China de la hegemonía mundial para dirigir lo que quedase de Humanidad bajo la hégira de EEUU y el Reino Unido más otros aliados culturales, llamando a este proceso Misión Anglosajona, recordando a las misioneros que, en el siglo VIII, expandieron el cristianismo celta por todo el Imperio Franco. Dejando aparte la mala prensa (merecida, cierto) que tienen este tipo de teorías conspiranoicas, no se puede negar que el vídeo es de 2010, y que efectivamente han existido, existen y existirán conspiraciones llevadas a cabo, en ocasiones, por sectas escatológicas más o menos secretas (o más masivas a nivel social, como el DAESH, quienes creen efectivamente que con su acción de terror yijadista contribuyen a la llegada del Mahdi a la Tierra, que llegaría durante la batalla del fin del Mundo en Dabiq, Siria, y de ahí el nombre de su principal publicación seriada y órgano de difusión de propaganda y noticias). Dichas sectas, asociadas a centros de poder económico, político, religioso y/o militar, efectivamente desarrollan planes y programas que pueden filtrarse de manera más o menos literal por canales de todo tipo, incluidos canales conspiranoicos. Y, ciertamente, estos planes, si fueran ciertos, pueden no salir, como el del bombardeo nuclear de Israel a Irán, o pueden salir mal, como es el caso de la pandemia de la COVID-19 con epicentro en China que, más que minar a China, la está, aparentemente, catapultando a la hegemonía mundial.



IV. Paralelismos históricos entre la pandemia del COVID-19 y la Peste Negra y el papel de China en ambos eventos.


La pandemia de la COVID-19 que actualmente vivimos, y sufrimos, tiene ciertos paralelismos históricos con una gran pandemia, la Peste Negra, que además involucró también a China e Italia como epicentros mundiales de expansión. Claro que también hay evidentes diferencias epocales, si bien la Peste Negra, surgida en el siglo XIV, en plena Baja Edad Media, fue un punto inflexión histórico en la evolución histórica tanto de la vida económica como de la vida política y cultural de aquel momento, pues abrió el mundo a transformaciones de gran calado y repercusión. Y quizás, la actual pandemia de la COVID-19 podría tener repercusiones epocales similares.


A diferencia, por ahora, con la pandemia de la COVID-19, la Peste Negra fue la pandemia de peste más devastadora de la Historia, afectando a tres continentes, Asia, África y, sobre todo, Europa. Su punto máximo de expansión fue entre los años 1347 y 1353. Su origen fue una variante de la bacteria de la Yersenia pestis, un bacilo descubierto por el bacteriólogo franco-suizo Alexandre Yersin en 1894, que entonces trabajaba en el Instituto Pasteur de París, aunque el mérito también le corresponde al médico japonés Kitasato Shibasaburo, que trabajo de manera independiente y paralela a Yersin en las investigaciones sobre la Yersenia pestis. Después de la malaria, la Yersenia pestis es el mayor originador de pandemias de la Historia, pues de ella derivaron la Plaga de Justiniano (541-542), originada en el Imperio Bizantino y que llegó a acabar con hasta 50 millones de personas, la mencionada Peste Negra y la llamada Tercera Pandemia (1855-1918), que también surgió en China e India y que se extendió por toda Asia y partes de África y América. La peste es, principalmente, una enfermedad que afecta a roedores, sobre todo a ratas. Al ser infectadas, estas suelen morir pero las supervivientes quedan como fuente de la bacteria. El vector de contagio de las ratas es la pulga de rata, la cual chupa la sangre del animal infectado ingiriendo a su vez la Yersinia pestis, que se multiplica en el intestino de la pulga, transmitiendo por tanto la bacteria a otra rata que infecte. Al ir minando la población de ratas, la pulga busca nuevos hospedadores de los que poder alimentarse, entre los que encuentra al ser humano, que acaba por ser infectado por dicha bacteria.


Cuando la pandemia empezó a expandirse, la situación política y económica era relativamente estable en Afroeurasia. Las Cruzadas cristianas en Palestina habían cesado, el Imperio Mongol se había dividido, los musulmanes se habían convertido en el enlace entre el China y Europa por la vieja Ruta de la Seda, habían cesado las invasiones vikingas, vándalas y húngaras y el Califato Abasí quedó herido de muerte tras las invasiones de los mongoles. No obstante, Europa era el escenario de la llamada Guerra de los Cien Años (1337-1453), conflicto entre Francia e Inglaterra por el control de tierras que en las actuales costas atlánticas de Francia controlaba Inglaterra, entonces gobernada por una dinastía de origen francés. El aumento de la población en Europa entonces, que llegó a tener 80 millones de habitantes, requirió aumentar tierras de cultivo, algo dificultado por la Pequeña Edad de Hielo (1300-1850) que dificultaba la extensión de tierras de cultivo con las técnicas existentes entonces (cultivo de alternancia trienal, arado con reja de hierro, empleo de caballos en lugar de bueyes, etc.). Esto provocó hambrunas y malnutrición generalizadas, suponiendo un caldo de cultivo idóneo para la extensión de la pandemia, la cual también llegó por vía marítima, debido a la mejora entonces de las técnicas de construcción de navíos y de navegación, que aprovecharon a su favor potencias de entonces en el Mar Mediterráneo como Florencia, Francia, Génova y la Corona de Aragón, cuyos barcos también transportaban productos desde puertos en el Mar Negro, punto importante de conexión marítima con la Ruta de la Seda. Todo ello empezó a provocar una reconcentración de población en las ciudades en desmedro del campo, fenómeno que no ocurría desde antes de la llamada Antigüedad Tardía, periodo de transición entre los modos de producción esclavista y feudal en Europa occidental y, durante el cual, cayó el Imperio Romano de Occidente. Es el periodo de surgimiento de la relación capital-trabajo, de extensión de gremios manufactureros en burgos medievales y de secularización de los tiempos de oración, convertidos en horarios de división de las tareas laborales de laicos en muchos Estados medievales (Armesilla, 2019). A todo ello hay que unir el hecho de que la medicina era más técnica que empírica, basada todavía en textos de la Grecia clásica, y que el Papado se había trasladado de Roma a Aviñón.


Es probable que la Peste Negra se originara en China, debido a que la mayoría de variedades de Yersinia pestis se encontraron allí. Ya entonces los síntomas aparecían de manera brusca, pudiendo provocar la muerte del infectado en un solo día. Fiebre alta superando algunas veces los 40 grados, tos y esputos con sangre, sangrados por varios orificios (sobre todo la nariz), mucha sed, manchas azules o negras en la piel debido a hemorragias cutáneas, aparición de inflamaciones o bubones negros en ingles, cuello, axila, brazos, piernas o detrás de las orejas, provocadas por la inflamación de ganglios del sistema linfático y que al romperse supuraban un pestilente líquido negro (de ahí el nombre de Peste Negra) y gangrena en la punta de extremidades (lo que conllevaba, en muchos casos, amputaciones). Se podían dar todos o algunos de estos síntomas, lo que indicaba infección, aunque también había casos de muerte en 14 horas en pacientes infectados asintomáticos. La agonía de los infectados hasta su muerte podía durar hasta cinco días. Los que sobrevivían a la enfermedad no se contagiaban de nuevo, y los síntomas no tardaban más de 39 días en aparecer. De ahí que navegantes y viajeros pasaran hasta 40 días confinados en sus barcos o en algunos puntos de las ciudades a las que arribaban, y de ahí el término cuarentena, que surge entonces. La rápida propagación de la Peste Negra pudo deberse a que el periodo de latencia asintomático, dentro de esos 39 días, era de hasta doce días.

Todavía hoy no hay consenso científico acerca de cuál fue el agente infeccioso, ni si fue una enfermedad emergente, en torno a su novedad alrededor de 20 años hasta los primeros casos, o reemergente, ocurrida antes de ese periodo. No obstante, todavía hoy hay investigadores que niegan la conexión entre peste bubónica y peste negra, como Graham Twigg.


El origen chino de la Peste Negra, todavía en disputa, que llegó a Europa a través de la Ruta de la Seda y de las invasiones mongólicas, situó la ciudad de Caffa (hoy Feodosia, en la Península de Crimea, Rusia) como lugar del primer foco infeccioso. Entonces era un enclave comercial genovés asediado por los mongoles, que mediante catapultas lanzaban cadáveres infectados por la Peste Negra a la ciudad para propagarla y acelerar su caída. De las catapultas saltó a los barcos que arribaban a Génova y otras ciudades, como Marsella o Mesina, en Sicilia, entonces parte de la Corona de Aragón. En ocasiones, algunos barcos llegaban a los puertos italianos sin nadie vivo. Con la llegada de la Peste Negra a esas ciudades, Hungría entró en guerra con el Reino de Nápoles, y ello facilitó la propagación de la pandemia por la Península Ibérica y Europa central y oriental. Para la mitad del siglo XIV, el número de muertos totales por la pandemia se estima fue de 85 millones de personas en Afroeurasia. Muchas localidades quedaron totalmente despobladas, y ciudades como Marsella perdieron hasta el 50% de su población. La pandemia provocó también un impresionante aumento de la movilidad social, pues los campesinos huían de sus obligaciones tradicionales, provocando una fuerte contracción de las tierras cultivadas, descendiendo la producción agraria. La masiva muerte de muchos representantes de la clase noble, junto al fenómeno de los desabastecimientos campesinos, provocó, además de un gran aumento del consumo de carne, una crisis notable del modo de producción feudal. La industria textil, que fue motor de las primeras formas económicas capitalistas en la llamada Plena Edad Media (siglos XI-XIII) sufrió una contracción, debido a que las pulgas que portaban la Yersenia pestis solían campar a sus anchas entre los paños comercializados entonces. Hasta tal punto que mucha ropa de infectados era quemada, se prohibieron cargamentos de tejidos en las ciudades y había viajeros a los que se obligaba a entregar su ropa al llegar a las ciudades, las cuales les proporcionaban ropas “seguras” para poder transitar por la ciudad.


Sin embargo, a pesar de estos efectos sobre los comerciantes y capitalistas textiles, la burguesía fue una de las clases menos afectadas, demográficamente hablando, por la Peste Negra. Empezaron a convertirse en motor productivo de muchas sociedades políticas, respecto de unos señores feudales caídos en desgracia debido a la inflación galopante de productos agrarios; lo que obligó a muchas monarquías a concentrar recursos y, por tanto, poder, para evitar alzas de los precios agrícolas. Esto provocaría, en apenas un siglo, la transformación de las monarquías feudales, mediante la fusión entre ellas, en monarquías autoritarias, antesala de las monarquías absolutas. Las consecuencias culturales también fueron evidentes. Muchos comenzaron a desarrollar comportamientos apocalípticos y escatológicos, como las órdenes de los flagelantes, y los judíos, que debido a su vestimenta distinta del resto y a que, debido a las instrucciones bíblicas en el Deuteronomio en que se describían cómo responder a plagas, supieron evadir mayoritariamente la pandemia, fueron víctimas de progromos y expulsiones de varios Estados. Otros recuperaron comportamientos epicúreos, hedonistas y dionisíacos, pensando que el fin del mundo se acercaba. Y otros comenzaron a centrarse en el desarrollo científico, médico y filosófico, provocando el comienzo de una nueva concepción del mundo que germinaría en el siglo XV, dando lugar al humanismo que, en algunas ciudades de la Península Itálica, dio lugar al Renacimiento.


Pero también hubo repercusiones epocales en Asia, y particularmente con China, entonces gobernada por la Dinastía Yuan, de origen mongol. Tras el gran brote de la pandemia, alrededor de 1350, el Tibet y la Península de Corea, a través de la dinastía Koryo, organizaron reinos independientes del Imperio Yuan, y hacia 1368 también se independizaron los reinos de Yunán y Sichuan, al tiempo que el Imperio se divide en dos Estados enfrentados, al norte los Yuán y al sur una nueva dinastía reinante, la Ming, que pronto recuperaría Yunán y Sichuán. Los Oirates, nómadas mongoles, conquistaron el reino Yuan en 1438, por lo que la Dinastía Ming quedó como el único Estado chino hegemónico, con un territorio muy disminuido respecto al anterior Imperio Yuan, hasta que en 1616 la Dinastía Qing se alza en el noreste, actual territorio manchú, y logran hacerse con el territorio, logrando una hegemonía política que duró de 1644 a 1912. Durante su existencia, el Imperio Qing logró recuperar el Tibet, Mongolia exterior, el Turquestán oriental (hoy Xinquiang) y lo que hoy es la Rusia suroriental, donde se encuentra el puerto de Vladivostok, que los Qing perdieron entre 1858 y 1860. En toda esta historia bajomedieval y moderna de China hay que contar con los siguientes hechos. El territorio actual de China, en toda su extensión, fue por primera vez unificado por el Imperio Mongol, del cual descendió el Imperio Yuan. La progresiva debilidad de esta dinastía se vio acrecentada por la Peste Negra, que provocó hambrunas y revueltas, como la de los Turbantes Rojos en 1351, auténtica revolución que acabó con el poder de la Dinastía Yuan. Así pues, el gran poder mongol que había convertido a China en el epicentro político y comercial del Imperio que inició Gengis Khan, había llegado a su fin. El Imperio Ming se prolongó casi tres siglos. Pero la conexión con Europa a través de la Ruta de la Seda que los Yuan tenían gracias a la expansión mongola, y debido tanto a la Peste Negra como al auge del Islam en Asia Central, y más tras la conquista de Constantinopla por parte de los otomanos en 1453, y luego por el Descubrimiento de América en 1492 por los españoles, China había dejado de convertirse en el atractor mundial mercantil que fue. Durante la Dinastía Ming, y a través de las grandes flotas que abrieron rutas comerciales por el Índico, como la capitaneada por Zheng He, China logró gran prosperidad económica, lo que les permitió la restauración del Gran Canal Pekín-Hangzhou, el río artificial más largo del Mundo, que empezó a construirse realmente en el siglo VII, y que sigue existiendo actualmente, dividido en siete subcanales, que transportan hasta 100 millones de toneladas de carga de carbón y otros materiales. También se construyó la Ciudad Prohibida de Pekín, residencia oficial de los emperadores de China, y se reconstruyó la Gran Muralla hacia el siglo XVI con ladrillos y piedra, que sin embargo no impidió la conquista Qing de China. Al reconquistar Mongolia exterior, la Gran Muralla dejó de tener utilidad bélica y política.


El Imperio Ming, sin embargo, se vio envuelto en la Primera Globalización producto del Descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra debida a la expedición Magallanes-Elcano. Españoles, portugueses, holandeses, japoneses y somalíes monopolizaban el comercio en los puertos de la China Ming. El papel moneda, inventado en China, fue sustituido por la plata traída por dicho comercio, que fue disminuyendo poco a poco dañando su economía. Los portugueses consiguieron establecer la colonia comercial de Macao en 1557, en la China meridional, que China no pudo recuperar hasta 1999. Macao permitió a Portugal controlar durante un tiempo el comercio de la zona, y proteger a los Ming de incursiones neerlandesas. Tras la rebelión Shimabara en Japón, levantamiento de campesinos católicos japoneses, se decapitaron 37.000 rebeldes católicos, expulsando a comerciantes portugueses de Japón, asesinando jesuitas asentados en el Shogunato Tokugawa y proscribiendo el cristianismo católico, por lo que Japón dejó de comerciar con Macao y este puerto perdió importancia, aunque Portugal no dejó de conservar el dominio sobre el mismo. Las exportaciones de seda y porcelana china fueron, desde entonces, hegemonizadas por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales durante todo el siglo XVII. A cambio de este comercio, China compraba plata a españoles en Filipinas, portugueses en Macao y japoneses, llegando a exportar por el “lago español” (el Océano Pacífico entonces) entre 150 y 350 toneladas de plata hacia Acapulco, en el Virreinato de Nueva España. Los desastres y depresiones económicas de los Mingo llevó a que Felipe IV de España combatiera el contrabando de plata entre México y Perú, ante la insolvencia china, por lo que el transporte directo solo se efectuaría directamente entre Filipinas y España. Japón cerró su comercio exterior con las potencias europeas y los Ming se vieron asfixiados económicamente, que definitivamente fueron vencidos con el levantamiento del campesino soldado manchú Li Zicheng, que culminó con el suicidio del emperador Chongzhen, ahorcándose de un árbol en el jardín de la Ciudad Prohibida. Así inició el Imperio Qing.


El comercio del Imperio Ming con Japón, Portugal, España y Holanda garantizó cierta el auge de varias ciudades portuarias chinas y las riquezas de la nobleza china, pero también la dependencia económica china respecto de otras potencias. Esta tónica siguió con la Dinastía Qing, acentuada sobre todo a partir de finales del siglo XVIII, tras la muerte en 1790 del emperador Qianlong. Las Guerras del Opio del siglo XIX, que enfrentaron al Imperio Qing con el Imperio Británico, impusieron a China tratados desiguales, extraterritorialidad masiva (multitud de bienes y edificios chinos pasaron a convertirse en propiedad extranjera), puertos bajo control extranjero y libre comercio en beneficio de británicos, pero también de franceses, portugueses, japoneses, rusos, neerlandeses y, más tarde, alemanes. Las rebeliones Taiping y Dunghan no consiguieron mejorar la situación, y la Guerra Sino-Japonesa de 1895 hizo perder a los Qing su influencia sobre Joseon, luego llamada Corea. Entre 1899 y 1901 se produjo la rebelión de los Boxers, que trató de desembarazar a China de la subordinación multi-imperial que sufría. Al no ponerse de acuerdo sobre el reparto de China, las potencias aliadas disolvieron su asociación, también comprometidas en otros conflictos coloniales y económicos más serios, y Rusia y Japón, que no se ponían de acuerdo sobre el dominio de Manchuría, desarrollaron una guerra en 1905 en la que venció el Imperio Japonés. Solo la Revolución de Sun Yat Sen, en 1911, empezó a revertir una situación que, en China, se prolongaba desde el brote pandémico de la Peste Negra en el siglo XIV, que tuvo a esta en Asia, y a lo que luego fue Italia en Europa, como epicentros de la pandemia, al igual que ha ocurrido durante los dos primeros meses de expansión global de la COVID-19 en este 2020, al menos hasta que EEUU se ha convertido en el país con más infectados y más muertos.


Así pues, el declive de China, tras el periodo de esplendor tecnológico, científico, económico y cultural de la Dinastía Song (960-1279), y luego geopolítico de la dinastía Yuan iniciada por Kublai Khan, comenzó con la Peste Negra, y se prolongó durante seis siglos, hasta la Revolución de Xinhai, que estableció la efímera República de China en 1911, y a la que siguieron multitud de escisiones territoriales (Tanú Tuvá y Mongolia exterior en 1921, Weihai que pasó a pertenecer al Imperio Británico, el reino de Manchukuo que fue títere del Imperio Japonés, que logró controlar amplias zonas de China durante la Segunda Guerra Mundial), hasta la fundación por Mao Tse Tung de la República Popular China en 1949. Por lo que vemos, la situación es análoga a la de entonces, si bien la situación de China tras la pandemia, podría no ser tras la misma que sufrió tras la Peste Negra del siglo XIV.


V. Conclusiones: la COVID-19 y lo que podemos esperar en los siguientes acontecimientos de esta Segunda Guerra Fría.


A finales de abril de 2020, la COVID-19 ha contagiado ya a más de 2,6 millones de personas en todo el Mundo, de los cuales se han recuperado y han sido dados de alta más de 714 mil y han fallecido más de 182 mil. Seguramente, ningún Estado del Planeta haya contabilizado realmente toda la cantidad real de contagiados, “curados” ni fallecidos. Y en el futuro se tendrán que realizar nuevas contabilidades, a expensas todavía de una más que posible segunda oleada de contagios, habida cuenta de la necesidad de todas las economías nacionales de reactivar sus actividades antes de que la pandemia acelere los primeros efectos de la nueva Gran Depresión que se avecina. El lunes 20 de abril, además, será recordado como el día en que el West Texas (o WTI), petróleo de referencia en EEUU, cotizó en negativo por primera vez en su historia. Esto dio lugar a una situación inaudita para los términos de la síntesis neoclásico-keynesiana, corriente hegemónica de la economía académica capitalista, pero también para la Escuela Austriaca: se daba la típica crisis por sobreproducción que Marx trató en El Capital, y ante esas situaciones al capital no le queda otra que, o bien destruir capital sobrante (normalmente mediante la guerra caliente, que ya llegará) o para poder realizarlo por su venta. Solo que, al no poder venderse por mecanismos habituales, el productor paga dinero al comprador, que no es extraña en ciertos mercados como los energéticos. Ocurre en electricidad, por ejemplo, siendo esta una situación preferible a parar una central productora (Fresco, 2020). La sobreproducción se da, entre otras cosas, por falta de demanda, y debido a ello también se da falta de almacenamiento, algo que es común en la electricidad pero no en el crudo.


La situación se ha producido así:

A principios de marzo, y ante la caída de la demanda de crudo, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) quiso pactar con Rusia una reducción de la producción. Ésta no quiso y, ante la negativa, Arabia Saudí comenzó a bombear más crudo para hundir el precio y hacer así daño a los rusos, como agresivo método de presión. Con este aumento se estaba produciendo más petróleo del demandado, lo que llevaba a aumentar las reservas. Lo que Arabia Saudí no imaginó al hacer aquella jugada es que la crisis de la COVID-19 se extendería por Occidente de la manera que lo hizo. En muy pocos días, casi toda Europa entró en confinamiento y en una semi-paralización económica, la epidemia avanzó hacia los Estados Unidos y los países de América Latina y el consumo internacional de petróleo se hundió. La previsión para el mes de abril es que la demanda de crudo caiga alrededor de un 30%, más o menos 30 millones de barriles diarios, algo sin precedentes y con mucha incertidumbre respecto a una posible recuperación los meses posteriores. Este exceso de producción llevó a aumentar todavía más las reservas, ya que no tenía sentido convertir ese petróleo en derivados invendibles. Ante este panorama, la OPEP y Rusia volvieron a la mesa de negociaciones y pactaron un recorte de 10 millones de barriles durante los meses de abril y mayo. Esa cantidad es muy inferior al hundimiento de la demanda, por lo que no corregía los desequilibrios, si acaso los minoraba, así que el precio del petróleo siguió una senda bajista fuera de algún altibajo habitual en estos casos. Se supone que otros productores que no estaban en el acuerdo, como EEUU, apoyaban los recortes y harían su parte, pero entonces llegamos a este lunes negro. Los precios negativos que estamos viendo son una cuestión puntual de un tipo de contrato determinado, pero muestran un problema de fondo mucho mayor. Los contratos de referencia WTI requieren una entrega física en mayo y nadie quiere ese petróleo en esa fecha porque no tiene sitio para almacenarlo (Fresco, 2020).

Otros tipos de petróleos como el Brent no tienen este problema de límite temporal, pero también su cotización se ve afectada por la situación, pues la sobreproducción de petróleo rebasa la capacidad de almacenamiento de los barriles de diversos enclaves, y ello hace triplicar las tarifas de los buques petroleros. Además, no es fácil parar la producción petrolera en la situación descrita tras el conflicto Rusia-OPEP (o mejor dicho, Rusia-Arabia Saudita) y en plena pandemia global por la COVID-19. Esto endeuda a la industria petrolera estadounidense y, por ello, tiene que vender como sea el petróleo WTI, llegando a pagar al comprador debido a los precios cotizados en negativo a que se han llegado, para tratar de evitar el dumping (vender por debajo del coste de producción). La necesidad de encarecer el precio del barril de petróleo lo más rápido posible, y no esperar a una recuperación lenta de los precios habituales, obligará a muchos países que dependen del petróleo para sanear sus presupuestos públicos a presionar al resto del mundo, y por ello no les interesaría una larga etapa de petróleo barato. Todo, además, dependerá de lo que dure la pandemia global de la COVID-19 y los confinamientos de la población en muchos Estados.


Mientras tanto, y como comentamos más arriba, a pesar de la pandemia y de las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) de retrocesos en el crecimiento económico mundial, también de China, esta se prepara ya para efectuar medidas económicas para remontar la situación, mediante nuevos planes de financiamiento de su deuda y recortes adicionales de sus tipos de interés, para así limitar los efectos económicos de la pandemia y garantizar la recuperación. China recibió los elogios de la OMS por sus medidas de contención de la misma, y tiene que prepararse para la continuación de la Segunda Guerra Fría en su próxima fase, ahora que en EEUU parece que la curva de contagios está, por fortuna, empezando a bajar.


China va a enfocarse en la construcción de nuevas infraestructuras, fomento de la venta en línea y el teletrabajo, así como la reducción de la tasa de referencia de préstamos del Banco Popular de China en un 0,2%, reduciendo así los costos de financiación para el gobierno y sectores empresariales (Chen, 2020):

El Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh) celebró este viernes una reunión en la que aseguró que el país utilizará herramientas más fuertes de política macroeconómica para amortiguar las consecuencias. En el primer trimestre, el PIB de China cayó un 6,8% interanual, mientras que los indicadores sugerían una recuperación sustancial en marzo de las actividades empresariales. El repentino brote del nuevo coronavirus ha tenido un “impacto sin precedentes” en el desarrollo económico y social de China, “extremadamente inusual” dentro del primer trimestre, destacó una declaración emitida después de la reunión del Buró Político del Comité Central del PCCh. La reunión fue presidida por Xi Jinping, secretario general del Comité Central del PCCh. Para ayudar a estabilizar la economía, el presidente Xi pidió medidas fiscales más proactivas, incluyendo el aumento del coeficiente del déficit fiscal, la emisión de bonos especiales del gobierno central y el aumento de la cuota de bonos de los gobiernos locales. Las políticas monetarias deben ser más flexibles, aprovechando instrumentos de política como el recorte de los coeficientes de reserva obligatoria y de los tipos de interés, así como la cesión de créditos, para mantener una liquidez razonablemente amplia y orientar los tipos de interés de los préstamos del mercado a la baja. El capital debería canalizarse hacia la economía real, especialmente para apoyar a las medianas, pequeñas y microempresas, subrayó durante la reunión (Chen, 2020).

El crecimiento económico chino que se espera para el segundo trimestre de este año 2020 probablemente se vea frenado por el frenazo que la demanda extranjera provoque al debilitar el consumo, de ahí que la reanudación de la producción china requiera la reactivación de las economías de EEUU y Europa occidental. Y en plena batalla por el relato (como se dice ahora) por ver quién tiene “la culpa” del virus y que desde EEUU se está fomentando, la carrera existente por ver quién llega antes a producir la tan ansiada vacuna (si es que llega a producirse dicha vacuna), ante una crisis por sobreproducción de petróleo que, seguramente, afecte a más sectores económicos, el comienzo de una batalla por el dominio del espacio exterior (parece que ya vivimos en una total distopía cyberpunk) y los intentos de EEUU y aliados de conseguir que China pague económicamente por los “daños que ha causado su virus”, el mundo llamado occidental (básicamente la dupla EEUU-UE, a la que habría que unir Japón, Corea del Sur, Austria y Nueva Zelanda), heredero en gran medida de aquel que se levantó tras la devastadora Peste Negra del siglo XIV, y que fue hegemónico durante los seis siglos restantes, pretende lograr que China, parafraseando al filósofo español José Ortega y Gasset, no vuelva a asomar su coleta más allá de los Urales. Desde el Imperio del Centro, en cambio, consideran que jamás tenían que haber perdido el liderazgo del Mundo que perdieron tras el siglo XIV, y esperan que la COVID-19 solo sirva para acelerar unos planes y programas de hegemonía mundial que, en realidad, nunca desaparecieron del todo en China, pero que ha sido con la República Popular como han vuelto a tener visos de convertirse en realidad.


Estamos en una Segunda Guerra Fría, y no podemos descartar que su desenlace sea el inverso al de la Primera.






Bibliografía:



Sobre el autor: [1] Becario Interno Postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC), adscrito a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) dentro del programa oficial de Doctorado en Economía Política y Social en el Marco de la Globalización. Master Universitario en Formación del Profesorado de ESO, Bachillerato, FP y Enseñanza de Idiomas, en la especialidad de Formación y Orientación Laboral. Master en Ciencias Políticas y de la Administración con la especialidad de Análisis Político. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UCM. Autor de los libros La política en 100 preguntas (Nowtilus, 2020), Breve Historia de la Economía (Nowtilus, 2019), La economía en 100 preguntas (Nowtilus, 2018), El marxismo y la cuestión nacional española (El Viejo Topo, 2017) y Trabajo, utilidad y verdad (Maia, 2015).

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