4.8- Neoliberalismo en descomposición. De cómo la pandemia pudo con Goliath


Por Yesurún Moreno Gallardo [1]



Resumen: El presente artículo trata de abordar sucintamente qué es exactamente el neoliberalismo y en qué doctrina filosófica se fundamenta (posmodernismo). Asimismo, pretende cuestionar el marco según el cual se plantea que la crisis de la covid19 nos arroja a un escenario de excepcionalidad, ¿por qué? Porque este enfoque anula el hecho de que hayamos estado viviendo en un escenario de completa excepcionalidad durante cuarenta años: la larga noche del neoliberalismo. El derivado de -simplemente- sugerir que estamos inmersos en un momento verdaderamente excepcional hace deseable volver a la “normalidad” neoliberal.

Hoy más que nunca conviene rescatar aquellas poéticas a la vez que demoledoras palabras del de Tréveris con las que inauguraba su célebre obra “Der achtzehnte brumaire des Louis Bonaparte” publicada en la revista Die Revolution en 1852: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa” (Marx, [1852] 1971: p.5). ¿Qué son sino “hecho y “personaje” Margaret Thatcher y su vástago predilecto?

Palabras clave: Neoliberalismo, Posmodernismo, Capitalismo, Utopía, Excepción, Pandemia.






Introducción: ¿qué es exactamente el neoliberalismo?

“El libre mercado es el único mecanismo que se ha descubierto para conseguir la democracia representativa”.   Friedrich A. Hayek

Todos nosotros en un momento u otro de nuestras vidas hemos oído hablar de aquello del “neoliberalismo”, pero ¿Qué es en realidad? ¿Es tan sólo un modelo económico? “¿Qué pasaría si, este orden económico no fuera más que la instrumentalización de una utopía?” (Bourdieu, 1997).


Lo cierto es que han corrido ríos de tinta acerca del origen del llamado “neoliberalismo”. Sin embargo, dados sus rasgos “mutantes” se ha hecho -en mi opinión- poco hincapié al estudio de su naturaleza.


Que sus padres fundadores fueron Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek [1] es ampliamente sabido. Que sus ideas fueron recuperadas y renovadas por Milton Friedman y la “Escuela de Chicago” también. Que sus programas se llevaron a cabo por las administraciones de Jimmy Carter, Ronald Reagan y Margaret Thatcher -entre otros- es de dominio público.


Del mismo modo, podríamos hacer una detallada lista de los valores que propugna; el individualismo, la competitividad, la flexibilidad, la desregulación, la privatización, la mercantilización… y un largo etcétera más. Básicamente vemos “el triomf cultural de la desigualtat” (Puigverd, 2018). Aun así, seguiríamos sin saber qué es exactamente el neoliberalismo. A finales del pasado mes de marzo, se publicaba un artículo en CTXT del laureadísimo geógrafo David Harvey en el que decía las siguientes palabras: “Los trabajadores han sido socializados para que se comporten como sujetos neoliberales y se culpen a sí mismos, o a Dios, si algo sale mal, pero nunca al capitalismo” [2]. Entonces, ¿existe un ethos propiamente neoliberal? ¿Y un cierto fetichismo por este que desvía la atención de las bases de acumulación capitalista?


La primera idea que debe quedar clara es que -en esencia- es “un proyecto político llevado a cabo por la clase capitalista corporativa” (Skaerlund, 2016) que tenía la pretensión de convertirse en lo que Pierre Bourdieu (1998) denomina “un modelo de racionalidad”.


De este modo, el neoliberalismo sólo triunfará cuando sus dos principales enemigos caen, uno como proyecto económico antagónico: el keynesianismo [3] y, el otro, como proyecto político alternativo: el comunismo [4]. De hecho, “en el frente ideológico se siguió el consejo de un tipo llamado Lewis Powell [5], que escribió un memorándum en el que decía que las cosas habían llegado demasiado lejos, que el Capital necesitaba un proyecto colectivo” (Skaerlund, 2016). Juan Carlos Monedero sostiene que en aquel entonces “el establishment apostaba por nuevas recetas”. Mucho antes ya Milton Friedman argüiría que “se necesitaba un cambio (…) y ya había una alternativa preparada” [6], el neoliberalismo. Esta “alternativa” tenía una idea constitutiva: la “intención de construir una nueva hegemonía basada en la sospecha del Estado” (Monedero, 2008).


En su libro Keynes vs Hayek el periodista Nicholas Wapshott explica que “ni Tatcher ni Reagan hicieron más que empezar en su intento por conseguir el objetivo último de Hayek de reemplazar el Estado por la empresa privada”. Esto se vería reflejado en la vertiginosa pérdida de “estatalidad que iba a parar a Estados extranjeros o manos privadas” (Monedero, 2008). Así, que “el proyecto neoliberal [como] conjunto de ideas novedosas, promovido por una red coherente de pensadores y activistas con una estrategia clara” (Monbiot, 2016) sea “tan fuerte y difícil de combatir solo [se explica] porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas” (Bourdieu, 1997).



I. Características generales del liberalismo



I.-1 La utopía del neoliberalismo

“Me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo”. Friedrich A. Hayek

A estas alturas, es importante destacar el carácter utópico de las ideas de Hayek. Nicholas Wapshott es tajante al columbrar que “el utopismo de Hayek acababa derivando en religiosidad”. Traigo a colación al teólogo de la liberación Frei Betto para tratar de establecer una relación entre capitalismo y neoliberalismo. Para Betto “el capitalismo es una religión laica fundada en dogmas que, históricamente, merecen poca credibilidad”. Así, de forma contraintuitiva, de dos doctrinas que -a priori- parecen profundamente materialistas observamos un denominador común: este carácter pseudo-religioso, utópico que nos remite a la idea bourdeuneana del “modelo de racionalidad”. Monedero coincide al formular que el neoliberalismo es “la utopía del capitalismo dejado a su libre articulación”. Gareth Stedman Jones, por otro lado, va mas allá al decir que “cuesta encontrar otra utopía que se haya hecho realidad de un modo tan absoluto”.


Pero el triunfo del neoliberalismo no se debe sólo a el cuestionamiento del keynesianismo como doctrina económica, ni a la desintegración de la URSS como contrapeso al prominente capitalismo, ni siquiera se explica por el hecho de conseguir que todo quedase “restringido a un solo espacio: el mercado, equivocadamente adjetivado de libre” (Betto, 2005).


Si bien es cierto que “las palabras que usa el neoliberalismo tienden más a ocultar que a esclarecer (…) asumimos y reproducimos su credo” (Monbiot, 2016) sin pestañear. ¿Por qué?

En primer lugar, porque utiliza la conmoción para aturdir e imponer.