13.7- El marxismo en el mundo actual

Por Eduardo Alonso Franch


Resumen: Este artículo trata sobre la significación del concepto “Marxismo” en la vida actual, después de la caída del Muro de Berlín y de los sistemas de socialismo real surgidos a raíz de la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Y también se aborda, en base a una amplia bibliografía, la vigencia y valor actual del pensamiento de filósofos y políticos de izquierda como Marx y Engels, Lenin y Stalin, Trotski y Karl Korsch, Walter Benjamin y la Escuela de Frankfurt o Althusser y Sartre, Albert Camus, etc. Más en concreto, se analizan la forma en que la teoría de Marx y Engels sobre la revolución se aplicó en Rusia a partir de 1917, la interpretación leninista de la teoría marxista y su propia elaboración de la teoría del Estado y cómo Trotski y Stalin trataron de jugar sus cartas a partir de Octubre y durante el período stalinista.


Palabras clave: Marxismo, Historia, Filosofía, Unión Soviética, Comunismo, Socialismo.


Estatua de Karl Marx en la Plaza del Teatro . (Moscú 2016) .Fotografía del autor.


Ningún otro teórico ha sido tan estudiado y tan discutido durante el siglo XX como Karl Marx, según la Enciclopedia Encarta. Ningún otro pensador moderno ha tenido tanta influencia sobre los movimientos políticos y sociales. Tras la Revolución Rusa (1917), Lenin añadió a la doctrina marxista una interpretación del imperialismo, una teoría del Estado y los principios de la organización revolucionaria liderada por el partido. La formulación del leninismo permite hablar de una doctrina marxista – leninista.


Stalin convirtió la atrasada Unión Soviética en una auténtica potencia mundial con un crecimiento vertiginoso que nunca consiguieron los jefes de Estado soviéticos posteriores, que llamaron a la desestalinización. De 1917 a 1924, Lenin, Trotsky y Stalin a menudo aparecieron juntos, pero de hecho sus diferencias nunca se saldaron[1].


A pesar de todo, el marxismo independiente mostró una sorprendente capacidad para sobrevivir y aun florecer frente al estalinismo. Rosa Luxemburg se mostraba de acuerdo con Trotsky en que la revolución debía rápidamente asumir proporciones internacionales para no perecer, pero el concepto de una toma minoritaria del poder chocaba con sus más profundos instintos. Esta divergencia entre democracia o dictadura queda bien ilustrada por la controversia que se desarrolló entre Lenin y Rosa Luxemburg. Rosa Luxemburg criticó duramente la acción bolchevique de disolver la Asamblea Constituyente (en la que representaban una minoría) en enero de 1918 y de destruir la libertad de prensa, así como de establecer restricciones sobre la libre asociación. En 1918, Rosa Luxemburg criticó el Estado leninista y en 1904 ya había criticado el partido de Lenin. Bajo el régimen soviético, Mayakovski se suicidó; Pasternak acabó sus días en desgracia y Eisenstein vio cómo mutilaban su película Iván el Terrible[2].


En Moscú, el 1 de enero de 1918 (según el calendario juliano) una inusual alegría dominaba a casi todo el mundo, nos cuenta Ivan Bunin. El 6 de febrero, anota que el poeta Blok se ha sumado públicamente a los bolcheviques. El 14 de febrero los tranvías están llenos de soldados con sus petates, que huyen de Moscú ante el temor de que les envíen a defender San Petersburgo de los alemanes. Hay, como de costumbre, montones de gente frente a los cines, escrutando ávidamente los carteles. De noche, se llenan las salas a rebosar. Y así, todo el invierno. El 17 de febrero, Blok está en Moscú y le sirve de secretario personal a Lunacharski. El 21 de febrero, Lenin está también en Moscú, encerrado en el Kremlin[3].


El 24 de febrero, anota que los anarquistas parecen gente alegre y amable. El Soviet bolchevique les teme. En Odessa, en 1919, en la madrugada del 24 de abril, Bunin anota la llegada de Lenin a San Petersburgo. El 25 de abril, señala cómo la gente tala árboles para asegurarse la calefacción. El 31 de mayo, habla del entierro de Rosa en Berlín, motivo por el cual Odessa está de duelo.


Leningrado simboliza la época más gloriosa de la historia del pensamiento ruso, y conserva el esplendor que le confirieran el zar Pedro y el escritor Pushkin. Como ciudad más occidental de Rusia, Leningrado ha mantenido contacto con Occidente en un grado superior del resto del país. El número de estudiantes ha crecido rápidamente. La gente lee muchísimas obras literarias y todo el mundo contribuye a perfeccionar la propia cultura[4].


Probablemente, en ninguna parte dentro de la Unión Soviética se ha discutido tan intensamente como en los campos de trabajos forzados acerca de la relación entre el comunismo, por una parte, y el leninismo y estalinismo, por otra. La excomunión de Stalin ha ido aparejada con una intensa glorificación de Lenin.


Los autores favoritos de Thomas Mann eran los rusos. Klaus Mann menciona la Plaza Roja, con las macizas murallas del Kremlin, las cúpulas multicolores de la iglesia de San Basilio y la construcción del mausoleo. Pero también mantenía una relación cordial con el filósofo Ernest Bloch. Maxim Gorki era saludado y celebrado con fervor espontáneo por las masas. El pensativo y noble poeta Borís Pasternak, el pedante pero inteligentísimo y trabajador Bujarin, incluso Karl Radek, contribuían más a esclarecer las cuestiones literarias y político – culturales. Pero era Gorki quien era aclamado por la multitud. Creía en la posibilidad y conveniencia de una colaboración entre el Este y el Oeste, entre la democracia y el socialismo. Creía en la posibilidad y conveniencia de un frente común de todos los intelectuales progresistas y antifascistas[5]. Klaus Mann, a pesar de toda su crítica al socialismo de tipo soviético, rechaza los intentos de colocar al comunismo en el mismo nivel del fascismo[6].


Marx y Engels jamás se sintieron cómodos en las organizaciones partidistas. Ante todo, Marx sentía una desconfianza instintiva ante los revolucionarios o conspiradores profesionales. La generación de Lenin vio cómo las previsiones de Marx entraban en la primera fase de su realización. Pero el marxismo se había convertido en la ideología predominante del movimiento obrero continental y a través de la obra de sus grades teóricos ejercía una fecunda influencia en el pensamiento europeo. En la medida en que el marxismo se convertía en institución, su espíritu revolucionario disminuía. Los intelectuales en rebeldía se dedicaron a aplicar a la sociedad llamada socialista el mismo criterio del que Marx se había servido para comprender la estructura económica y política de las demás sociedades[7].


En la propiedad privada se apoyan la explotación del hombre por el hombre, la división de clases de la sociedad y las instituciones políticas derivadas de ella, sobre todo el Estado. El hombre necesita una cierta medida de individualidad que se acrecienta con el bienestar y el nivel cultural de la sociedad. Marx fue un adversario apasionado y radical de toda limitación de la libertad para la creación espiritual por razones políticas. Y el problema consiste en que en las sociedades socialistas se forma una élite que de modo natural goza de una posición social privilegiada[8].


I. La crisis del movimiento comunista.


La culpa de la crisis del movimiento comunista no radica en el marxismo, sino en su aplicación errónea e incompatible con las tesis de la teoría por parte de sus desafortunados partidarios. Rusia se vio condenada a enfrentar con sus propias fuerzas la gigantesca tarea de construir el socialismo en un solo país[9].


Adam Schaff nació en 1913. La teoría marxista le condujo a la práctica revolucionaria, pero ante todo le fascinó desde el punto de vista científico. El proceso de desestalinización fue más lejos en Polonia que en otros países socialistas. En Europa Occidental, surgió el eurocomunismo, que tuvo su principal heraldo en el Partido Comunista Italiano y como base el rechazo radical del modelo soviético. Los partidos comunistas tienen que superar su tradicional dogmatismo, porque de no conseguirlo se verán desarmados ideológicamente. La competencia en el mercado interno o internacional es una fuerza motriz incuestionable del desarrollo económico. El problema consiste en reemplazar el caos propio de la economía de mercado con los mecanismos de la economía planificada, pero sin perder esa fuerza matriz que es la competencia económica.


La China Popular, Vietnam y Cuba son producto de luchas revolucionarias propias que, en algunos casos, duraron muchísimos años. En cada uno de estos tres países, tienen aplicación las reservas que generan las divergencias existentes entre su modelo real y el modelo ideal del socialismo. Schaff era un polaco de origen judío. Marx fue un hombre de su época. Schaff responsabiliza del mal, no a la doctrina, sino a su aplicación errónea en la práctica. Se siente orgulloso de haber pertenecido a ese movimiento comunista y de haber crecido en sus filas, lo que no significa aprobar todo lo que ese movimiento ha hecho.


Las ideas al respecto de Marx se pueden resumir en la siguiente tesis: el socialismo tiene que ser un régimen en el que la gente viva mejor y más feliz desde todos los puntos de vista que en el sistema capitalista. En la mayoría de las esferas, las expectativas no se han visto cumplidas. Al igual que no hay un marxismo “auténtico”, sino toda una serie de interpretaciones y de escuelas relacionadas con las ideas plasmadas en los escritos de K. Marx y F. Engels que se atribuyen el derecho a representar el pensamiento marxista – por lo general, con razón -, hay también muchos partidos comunistas con sus propias ideas teóricas e ideológicas. La aceptación del marxismo es un rasgo propio de los comunistas, aunque no todos los marxistas son comunistas. Los comunistas no solo predicaban el principio del altruismo y su voluntad de sacrificarse, sino que vivían en armonía con lo que predicaban. Vivían en la miseria, iban a la cárcel y a los campos de concentración y, cuando la situación y la causa lo exigían, daban sus vidas.


En muchos sectores de la investigación, en especial en la historia en general, en la historia de la economía – y también en la historia de diversos campos de la cultura -, los descubrimientos de Marx han desempeñado un papel ingente. La utopía es el elemento de la revolución. La izquierda no puede existir sin utopía. La libertad representa el máximo bien del hombre[10].


Herbert Marcuse nació en Alemania en 1898, estudió filosofía en Berlín y Friburgo, participó en el movimiento revolucionario de Rosa Luxemburg, ayudó a fundar (con Max Horkheimer y T.W. Adorno) la Escuela de Frankfurt de sociología marxista, dejó Alemania en 1933 y después emigró a América. Como Sartre, Marcuse clama que la violencia es un rasgo de todos los regímenes existentes[11].


En arte y literatura, los años veinte se caracterizaron por numerosas obras de valor. Los primeros años posteriores a la Guerra Civil en Rusia testimoniaron un renacimiento en todas las formas de la cultura. El nuevo régimen hizo un gran esfuerzo por abolir el analfabetismo y promover la educación. Aparte de Marx y Engels, Plejanov era considerado como la principal autoridad[12].


Los escritos más importantes fueron los de Lukács y Korsch. En Inglaterra, Maurice Dobb defendió la teoría económica marxista. El aislamiento de la Unión Soviética respecto al mundo de la cultura fue casi total. El estalinismo llegó a ser una continuación del leninismo, basado en la tradición rusa y en una forma de marxismo convenientemente adaptada. Lefebvre es un hombre de amplia cultura, sobre todo francesa. El marxismo italiano, fiel a su tradición, destaca la nota de “historicismo”. La filosofía marxista italiana estaba muy lejos de las normas leninistas y estalinistas. Probablemente, Gramsci es el escritor político más original de la generación de comunistas posterior a Lenin. No creía en la inevitabilidad natural del progreso y tendía a confiar en la fuerza de la voluntad humana y de las ideas más de lo permitido por la ortodoxia de la época. La hegemonía cultural era una condición fundamental y previa para la consecución del poder político. Muchos de sus argumentos coinciden con las críticas de Rosa Luxemburg.


Se considera en general a György Lukács como el filósofo marxista más destacado durante el período de la ortodoxia estalinista. Las voluminosas obras de Lukács están dedicadas en su mayor parte a cuestiones de estética y crítica literaria. Historia y consciencia de clase fue la obra que suscitó más controversia y dejó la más profunda huella en el movimiento marxista.


A principios de los años veinte, Karl Korsch era una figura muy conocida en el movimiento comunista. Participó activamente en la revolución de noviembre de 1918. En 1926 fue expulsado del Partido. En los años treinta seguía considerándose marxista. La Escuela de Frankfurt estuvo claramente representada por la interpretación del marxismo desarrollado por Lukács y Korsch durante los años veinte. Casi todos los principales miembros de la Escuela fueron judíos alemanes de clase media. Horkheimer y Adorno pueden ser considerados como la encarnación misma de la Escuela de Frankfurt. Durante los años treinta, después de que el Instituto abandonara Alemania, se unió a él Walter Benjamin (1892 – 1940). La violencia está justificada cuando su meta es la liberación. Marcuse no escribía desde un punto de vista comunista, sino más bien desde el de la Nueva Izquierda, que en términos generales compartía sus ideas.


Las obras de Bloch son llamadas proféticas. El interés por su filosofía ha ido en alza últimamente. Bloch se desanimó cada vez más con el socialismo del Este de Europa y en el verano de 1961 decidió unirse a los millones de personas que huyeron de la República Democrática Alemana a Alemania Occidental. Se convirtió en defensor de una renovación del comunismo. La filosofía de Bloch, sobre todo, supone una cierta rehabilitación de la religión. El revisionismo llamó la atención hacia aspectos olvidados de la tradición marxista y dio un gran impulso a los estudios históricos. La doctrina del materialismo histórico ha sido una contribución valiosa a nuestro bagaje intelectual y ha enriquecido nuestra comprensión del pasado.


El marxismo no es más que otra filosofía de la historia[13]. En 1917, Lenin en el poder hace lo contrario de lo que había anunciado en su libro publicado al comienzo de este año crucial, El Estado y la Revolución: en lugar de llevar al Estado al debilitamiento, lo va a reforzar. Sería revalorizar el pensamiento de Marx poner el acento sobre su lado utópico. Marx proclama a la historia reina del saber, incluso ciencia única. Marx presentía grandes posibilidades revolucionarias en Rusia y en Asia[14] .


Desde el principio, García Bacca introduce una analogía legítima entre cristianismo y marxismo que sustituirá la médula sustancial de su personalísimo análisis del pensamiento de Marx[15]. El marxismo ha sido la avanzadilla de Occidente en Rusia. Lenin y Trotsky no escondían su ascendencia jacobina[16]. La democracia, según Trotsky, también ha tenido su historia, y en ella no han faltado los horrores. La democracia no apareció de ningún modo por medios democráticos[17]. Las investigaciones efectuadas bajo el signo del freudo – marxismo (Reich, Marcuse, Fromm) y los trabajos realizados por la Escuela de Frankfort (Adorno, Horkheimer, Benjamin) presentan con el marxismo occidental afinidades electivas que no escapan a nadie[18].


Marx y Engels hicieron progresar las ciencias sociales de modo decisivo. Marx y Engels analizan el mundo que describen Balzac y Zola. Engels pensó que los socialistas podrían conquistar el poder por los votos. Todas las revoluciones demuestran que los oprimidos se convierten rápidamente en opresores, los explotados en explotadores[19]. Todas las revoluciones modernas acabaron robusteciendo al Estado. La tarea del materialismo histórico no puede ser otra que la de formular la crítica de la sociedad presente. Todo revolucionario termina, según Albert Camus, siendo opresor o hereje[20].


George Lukács llamó Escuela de Budapest a aquel grupo de filósofos y sociólogos húngaros cuya actividad teórica comenzó durante el “deshielo” bajo su propia dirección espiritual. La utopía moderna debe postular la pluralidad de valores y formas de vida[21].


II. El marxismo occidental.

La tradición del marxismo occidental fue normalmente tangencial y prudente en sus críticas a los Estados comunistas. En Europa, Althusser fue el pensador marxista más destacado e influyente que cifró gran parte de esperanza de un comunismo democrático en el proyecto maoísta de China. La crítica eurocomunista se sumó a la apuntada por Korsch o Gramsci cuarenta años antes. No toda contribución al socialismo como cuerpo de pensamiento coincide con la producción del marxismo, que tampoco tiene el monopolio de la teoría crítica en la izquierda[22]. Louis Althusser se transformó a partir del Mayo francés en el filósofo oficial del marxismo latino. Althusser, Della Volpe y Poulantzas serían las grandes figuras del marxismo latino en los años setenta. Durante los años sesenta, coincidiendo con la formación de lo que entonces se llamó la nueva izquierda, en las universidades de casi todos los países industrializados surgió un interés nuevo y casi sin precedentes por el pensamiento de Marx[23].


Ahora se rechaza en bloque la secuencia revolución / dictadura del proletariado y se pasa a afirmar la posibilidad de establecer el dominio de la mayoría y la superación de la propiedad privada por medios democráticos.


El hombre no se ha puesto a trabajar por el bien común con más ardor que por su bien propio. Lenin terminó por fundar la dictadura del proletariado a través del terror[24]. Si el eurocomunismo en Europa occidental tuvo muy poco impacto sobre la vida política de Italia, Francia y España, de igual forma impresionó sustancial y específicamente a algunos miembros de la élite soviética, incluyendo a Gorbachev. Gorbachev tendría éxito en democratizar el Partido, siendo la mayor consecuencia no deseada destruir el significado bolchevique – leninista del papel dirigente del Partido. En 1989, el bloque soviético se extinguió, y la Unión Soviética no solo toleró, sino que instigó su colapso. La fragmentación es la realidad dominante en la Europa del Este. El problema de la identidad cívica / étnica es definitorio para todos los estados sucesores del imperio soviético[25].


El comunismo cayó en 1989 en Europa del Este y se disolvió también en Moscú en 1991. El símbolo del fin del Estado revolucionario por antonomasia fue la caída del Muro de Berlín: sucedió el 9 de noviembre de 1989. El fin del comunismo es el fin de su ideología. El fin del marxismo como ideología no es el fin del marxismo como filosofía[26].


Los marxistas críticos tienen un buen motivo para la satisfacción intelectual: la Luxemburg, Trotsky, Korsch, Pannekoek, Bordiga, Gramsci acertaron. Cada cual con su trozo de razón. En la nueva formación, el comunismo de raíz marxista será una corriente entre otras. Desde el momento de la muerte de Karl Marx, ha habido varios marxismos[27].


La identificación entre disidencia política y locura ha sido habitual en la URSS hasta la época de Gorbachov. Nicolái Bujarin, el más joven y querido de los héroes de la revolución rusa, dejó como testamento una lúcida y amarga reflexión sobre la barbarie staliniana[28]. La experiencia comunista ofrece un poderoso apoyo a la opinión de que la innovación económica exige alguna forma de competencia. La economía política soviética y del Este europeo ha demostrado ser indefendible[29]. Gorbachov tenía un claro interés en rehabilitar a Bujarin, ya que se había acercado a toda una serie de sus ideas, especialmente la necesidad de restaurar el mercado. El alcalde de Moscú, Popov, depositó todas las estatuas comunistas de la ciudad en el parque Gorki y las declaró reliquias históricas[30].


Se ha producido un empobrecimiento sin precedentes de la inmensa mayoría de la población. En los países excomunistas, en vez del paraíso democrático, se ha instalado el marasmo económico, la demolición de los sistemas de instrucción y cultura, el caos ideológico, la degradación moral y el aumento de la criminalidad[31]. La crisis del socialismo soviético no significa que debamos poner en cuestión necesariamente los aportes científicos de Marx. El gran aporte de Marx fue dilucidar la dinámica social[32]


El siglo XX ha visto al comunismo producir algunos de sus héroes más grandes y generosos, pero también a algunos de sus monstruos morales más inescrupulosos[33].


III. Marxismo en el siglo XX.


Los marxistas denominan socialismo científico la doctrina desarrollada por ellos, aunque sin duda se dejaban guiar, ante todo, por sentimientos morales. No se puede poner en duda el gran significado de Karl Marx en el desarrollo de la economía y la filosofía. La depresión adquirió en 1990 dimensiones de catástrofe histórica[34].


Las izquierdas son muy diversas y están en conflicto, a veces a muerte, entre sí. Ha sido la igualdad la característica más comúnmente utilizada como definición de la izquierda[35]. Eric J. Hobsbawm cree que hoy en día el comunismo está muerto. Pero, al final, la diferencia clave está entre los comunistas que se pasaron la vida en la oposición y aquellos cuyos partidos se alzaron con el poder. Lo que ha transformado el mundo occidental es la revolución cultural de los sesenta[36].


En ciertas historiografías nacionales o locales, la incidencia del marxismo resultaría importante, al menos durante dos o tres décadas. Una crisis político – social como la que supone el derrumbe del socialismo en los países del Este salpicó a la historiografía marxista, pero más se percibe la erosión de la idea de progreso lineal. En algunos países, el marxismo conserva una fuerte representación en el conjunto de la producción historiográfica[37].


Hacia los años ochenta, la Unión Soviética fue atropellada por una profunda y cada vez más grave crisis económica que influyó negativamente, ya sea sobre su capacidad de otorgar grandes ayudas financieras a los partidos comunistas extranjeros, ya sea sobre el grado de control que los dirigentes soviéticos podían ejercer sobre los países satélites[38].


La experiencia del siglo XX demuestra, según Jorge Semprún, que la socialdemocracia tuvo razón contra el marxismo - leninismo[39].


Aunque ni Marx ni Engels escribieron mucho sobre Rousseau, la huella de sus concepciones es inequívoca. En varias ocasiones, tanto Marx como Engels habían suscrito la dictadura revolucionaria y el terror. Sin embargo, Marx y Engels no podían presentir los usos que se harían de sus extraordinarias doctrinas. A los ciudadanos se les garantizaba la vivienda, calefacción, petróleo, escolarización, transporte público y sanidad a escaso o nulo coste. La URSS llegó a su fin al dar la medianoche del último día de 1991. Se recuperó la tradición religiosa y cultural. Casi en todas partes, los partidos comunistas adoptaron nombres y líderes nuevos y un ideario más cercano a la socialdemocracia que al comunismo[40].


Marx ha reconquistado cierto crédito como pensador, por sus previsiones de largo alcance sobre el capitalismo del futuro, pero totalmente mutilado de las ambiciones de ponerle fin[41].


La destrucción de la privacidad fue la consecuencia directa del proceso revolucionario. Las referencias cristianas del comunismo son notables. El comunismo tenía sus mártires, sus sacrificios, su formulación de un nuevo mundo[42].


Sartre y Camus se reconocían un parentesco y se profesaban una estima mutua. El renombre y el éxito de Sartre fueron extraordinarios. Los dos escritores se apreciaban y se juzgaban por sus obras. Pero Camus mostraba muchas más reservas que Sartre hacia el comunismo. Fue entonces cuando las figuras de Sartre y Camus empezaron a parecer cada vez más contrastadas. El estructuralismo se imponía entre los filósofos y el marxismo cayó bajo su influencia a través de la obra de Louis Althusser. La izquierda, bajo la influencia directa o indirecta del marxismo, luchaba con el problema de su identidad, maltrecha por la caída de los mitos que siguió al hundimiento ideológico de la Unión Soviética y de los demás países del “socialismo real”[43].


El Marx de los últimos años se interesó por el desarrollo desigual de las sociedades, se ocupó de analizar los innegables elementos regresivos del capitalismo y rompió, siquiera fuera parcialmente, con la idea de un progreso unilineal. La propiedad estatal de los medios de producción no equivalía a una socialización efectiva de la riqueza y las desigualdades sociales se hacían notar de forma significativa. La extensión de la enseñanza universitaria fue formidable[44].


El marxismo, a pesar del evidente envejecimiento de toda una serie de tesis, sigue siendo una doctrina viva e, incluso, un instrumento incomparable para las ciencias sociales y sus estudios, así como una directriz pragmática para la actividad social de la izquierda. Esta nueva visión implica la necesidad de que el movimiento socialista modifique sus planteamientos y coloque en el centro de su atención los problemas del individuo. La teoría marxista es una teoría viva, aunque requiera retoques y modificaciones[45].


Walter Benjamin, adelantado a las inquietudes ecológicas de fines del siglo XX, piensa en un nuevo pacto entre los seres humanos y su medio ambiente[46].


La utopía eco – pacifista ha estado en la base de los nuevos movimientos sociales alternativos. No hay utopía triunfante. La herencia de Ernest Bloch ha sido reivindicada por cristianos impacientes y por marxistas críticos[47].


IV. Trotski y el marxismo.


Trotski se sentía orgulloso de los logros obtenidos durante sus años en el poder. Se esforzaba en justificar las medidas revolucionarias del gobierno soviético, así como también la violencia empleada. No se pueden negar sus cualidades excepcionales como orador, organizador y líder. También poseía una innegable sensibilidad para la literatura. Durante la guerra civil, apenas se molestó en ocultar su gusto por la dictadura y el terror. Sus influencias políticas y literarias eran rusas. Pero Liev se resistía al marxismo. Trotski era valiente. Por orientación política y cultural, era un cosmopolita. Sus intereses culturales eran europeos. Al mismo tiempo, le gustaban los clásicos de la literatura rusa. Trotski abraza con entusiasmo la revolución política por medios violentos. Lenin era de la misma opinión. Trotski se ganó la reputación de ser excesivamente partidario de las ejecuciones, como manera de dirigir las fuerzas armadas. Trotski adaptaba el marxismo a su experiencia del tiempo de guerra. Las ejecuciones sumarias eran una de sus medidas preferidas. La guerra entre rojos y blancos alcanzó su máxima intensidad en los inicios de 1919. Lenin y Trotski se enfrentaron. Trotski había sido un héroe revolucionario en 1917 y en la guerra civil. Era un escritor destacado. En 1923, Trotski publicó Literatura y revolución. Trotski leía a Marx en alemán. Era valiente, impetuoso e impredecible[48].


V. Marxismo e historia.


Durante los primeros diez años de la revolución bolchevique, existió cierto grado de coexistencia entre los historiadores, un debate entre los marxistas ortodoxos y sus oponentes “burgueses”. Mijaíl Suslov prestó atención especial a la historia. Gorbachov abrió la puerta a la historia. La historia y la literatura eran ahora noticia[49].


Ni los más contumaces críticos de Marx negarán que él transformó nuestra manera de entender la historia humana. El propio Marx predijo el declive numérico de la clase obrera y el aumento pronunciado del trabajo intelectual. También previó lo que hoy llamamos globalización. En su breve aunque sangrienta vida, el marxismo ha provocado una atroz cantidad de violencia. Pero muy pocos marxistas actuales están dispuestos a defender tan horrendos crímenes. Las revoluciones socialistas solo pueden ser democráticas. Marx era europeo, pero Asia fue el primer lugar donde sus ideas arraigaron, y sería en el llamado Tercer Mundo donde florecerían con mayor vigor. Para él, el socialismo era heredero de los grandes legados de la clase media: la libertad, los derechos civiles y la prosperidad material[50].


VI. Rusia y el marxismo.


Según Ernesto Sábato, perteneciente Rusia a la periferia de Europa, con rasgos de sociedad y mentalidad feudales, siempre mostró cierta similitud con España. Marx recitaba a Shakespeare de memoria, se extasiaba con Byron y Shelley, elogiaba a Heine y consideraba al reaccionario Balzac como un admirable gigante. Marx anuncia los principios de un nuevo humanismo. Este filósofo fue una naturaleza dual, pues su romanticismo lo llevaba a adorar a Shakespeare y a los grandes poetas alemanes, así como a sentir cierta nostalgia por los valores caballerescos; y, por otra parte, tenía una poderosa mentalidad racionalista[51].


El principal defensor de una lectura ascética y utópica de la doctrina comunista, cuando empezaba a decaer el fervor en la Rusia posestalinista, fue Mijaíl Suslov. La creencia en una especie de socialismo cristianizado siguió siendo una constante del pensamiento social ruso. Gueorgui Plejánov (1856 - 1918) se dirigió al Occidente del movimiento obrero internacional y se convirtió en el padre del marxismo ruso. Al mismo Marx no le gustaba ninguno de los rusos que había conocido. No obstante, le halagaba la atención que recibieron sus obras en Rusia. El marxismo estaba destinado a ejercer una gran atracción entre los intelectuales. El mayor interés por la cultura europea no acarreó la indiferencia hacia la tradición rusa. A pesar de su perspectiva centrada en el partido, Lenin tuvo muchas amistades entre los intelectuales no militantes, estuvo expuesto durante muchos años al contacto con Occidente y tenía un bagaje cultural bastante rico de los clásicos rusos del siglo XIX. El novelista preferido de Lenin era Turguéniev. Los innumerables cines, grandes y pequeños, que aparecieron por toda la URSS en las décadas de los veinte y treinta fueron en el nuevo régimen el equivalente de las iglesias de una era anterior. Es irónico que el comunismo llegara al poder en el Este campesino y no en el Oeste industrial y, sobre todo, en la Rusia que tanto disgustaba y en la que tan poca confianza tenían Marx y Engels, y que la ideología que hablaba tan enfáticamente de determinismo económico dependiera tanto de los llamamientos visionarios y del liderazgo particular de Lenin. Es irónico que la revolución devorara a sus creadores[52].


Notas:

[1] Wikipedia, la enciclopedia libre. [2] CAUTE, David: Las izquierdas europeas desde 1789. Madrid: Guadarrama, 1965. [3] BUNIN, Ivan: Días malditos. Barcelona: Acantilado, 2007. [4] MEHMET, Hans: El hombre soviético. Observaciones y experiencias de doce viajes por la U.R.S.S. Barcelona: Noguer, 1959. [5] MANN, Klaus: Cambio de rumbo. Crónica de una vida. Barcelona: Alba, 2007. [6] MANN, Frido: “Nota final. Cambio de rumbo. Ayer y hoy”. Ibid. [7] PAPAIANNOU, Kostas: El marxismo, ideología fría. Madrid: Guadarrama, 1967. [8] SCHAFF, ADAM: Marxismo e individuo humano. México, D.F.: Grijalbo, 1967. [9] SCHAFF, Adam: Perspectivas del socialismo moderno. Reflexiones de un marxista polaco. Barcelona: Sistema, 1988. [10] KOLAKOVSKI, Leszek: El hombre sin alternativas. Sobre la posibilidad e imposibilidad de ser marxista. Madrid: Alianza, 1970. [11] CRANSTON, Maurice: “Herbert Marcuse”. Encounter, marzo 1969, pp. 38 – 50. [12] KOLAKOVSKI, Leszek: Las principales corrientes del marxismo. III. La crisis. Madrid: Alianza, 1983. [13] CASTORIADIS, Cornelius: L’institution imaginaire de la société. 3éme éd. rev. et corr. Paris: Seuil, 1975. [14] LEFEVBRE, Henri: Une pensé devenue monde. Faut – il abandonner Marx? Paris: Fayard, 1980. [15] GURMENDEZ, Carlos: “García Bacca analiza el marxismo”. Indice, 214 – 215, pp. 79 – 80. [16] GLUCKSMANN, André: La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el Estado, el marxismo y los campos de concentración. Barcelona: Mandrágora, 1977. [17] TROTSKY, León: Su moral y la nuestra. Barcelona: Fontamara, 1978. [18] FOUGEYROLLAS, Pierre: Ciencias sociales y marxismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1981. [19] DUVERGER, Maurice: Los naranjos del lago Balaton. Lo muerto y lo vivo en la ciencia social de Marx. Barcelona: Ariel, 1981. [20] CAMUS, Albert: El hombre rebelde. Madrid: Alianza, 1982. [21] KRIZAN, Mujmir y KIESCHE, Eberhard: “Dictadura sobre las necesidades. La Escuela de Budapest”. Nueva Sociedad, nº 80, Noviembre – Diciembre 1985, pp. 41 – 55. [22] ANDERSON, Perry: Tras las huellas del materialismo histórico. Madrid: Siglo XXI de España, 1986. [23] PARAMIO, Ludolfo: Tras el diluvio. La izquierda ante el fin de siglo. Madrid: Siglo XXI, 1988. [24] BUKOVSKI, Vladímir: La Unión Soviética. De la utopía al desastre. Madrid: Arias Montano, 1991. [25] JOWITT, Ken: New World Disaster. The Leninist Extintion. Berkeley: University of California, 1992. [26] SARTORI, Giovanni: La democracia después del comunismo. Madrid: Alianza, 1993. [27] FERNANDEZ BUEY, Francisco: Discursos para insumisos discretos. Madrid: Ediciones Libertarias, 1993. [28] FERNANDEZ BUEY, Francisco: La barbarie de ellos y de los nuestros. Barcelona: Paidós, 1995. [29] BLACKBURN, Robin: “Fin de siécle: el socialismo después de la quiebra” en Después de la caída. El fracaso del comunismo y el futuro del socialismo. Robin Blackburn, ed. Barcelona: Crítica, 1993. [30] GRANT, Ted: Rusia. De la revolución a la contrarrevolución. Un análisis marxista. Madrid: Fundación Federico Engels, 1997. [31] ZINOVIEV, Alexandr: La caída del imperio del mal. Ensayo sobre la tragedia de Rusia. Ed. rev. y coord. por Francisco Fernández Buey. Barcelona: Bellaterra, 1999. [32] HARNECKER, Marta: La izquierda en el umbral del siglo XXI. Haciendo posible lo imposible. 3ª ed. Madrid: Siglo XXI de España, 2000. [33] HELLER, Agnes y FEHER, Ferenc: Anatomía de la izquierda occidental. 2ª ed. Barcelona: Península, 2000. [34] HOLZER, Jerry: El comunismo en Europa. Movimiento político y sistemas de poder. Madrid: Siglo Veintiuno de España, 2000. [35] BUENO, Gustavo: El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha. Barcelona: Ediciones B, 2003. [36] HOBSBAWM, Eric: Años interesantes. Una vida en el siglo XX. Barcelona: Crítica, 2003. [37] HERNANDEZ SANDOICA, Elena: Tendencias historiográficas. Escribir historia hoy. Madrid: Akal, 2004. [38] ZASLAVSKY, Victor: Lo stalinismo e la sinistra italiana. Dal mito dall’URSS alla fine del comunismo 1945 – 1991. II ed. Milano: Mondadori, 2004. [39] SEMPRUN, Jorge: “La experiencia del totalitarismo (1996)” en Jorge Semprún: Pensar Europa. Barcelona: Tusquets, 2006. [40] SERVICE, Robert: Camaradas. Breve historia del comunismo. Barcelona: Ediciones B, 2009. [41] MAGRIS, Claudio: El sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX. Hechos y reflexiones. Barcelona: El Viejo Topo, 2010. [42] PAZ, Fernando: El fracaso de una utopía. Historia de los crímenes comunistas. Barcelona: Altera, 2010. [43] WINOCK, Michel: El siglo de los intelectuales. Barcelona: Edhasa, 2010. [44] TAIBO, Carlos: Historia de la Unión Soviética 1917 – 1991. Madrid: Alianza, 2010. [45] SCHAFF, Adam: El marxismo a final de siglo. Barcelona: Ariel, 1994. [46] LÓWY, Michael: Walter Benjamin. Aviso de incendio. Una lectura de las tesis “Sobre el concepto de historia”. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005. [47] FERNANDEZ BUEY, Francisco: Utopías & ilusiones naturales. Barcelona: El Viejo Topo, 2007. [48] SERVICE, Robert: Trotski. Una biografía. Barcelona: Ediciones B, 2010. [49] REMMICK, David: La tumba de Lenin. Los últimos años del imperio soviético. Barcelona: Random House Mondadori, 2011. [50] EAGLETON, Terry: Por qué Marx tenía razón. Barcelona: Península, 2011. [51] SABATO, Ernesto: El escritor y sus fantasmas. Barcelona: Seix Barral, 2011. [52] BILLINGTON, James: El icono y el hacha. Una historia interpretativa de la cultura rusa. Tres Cantos (Madrid): Siglo XXI de España, 2012.


Sobre el autor:


Eduardo Alonso Franch es licenciado en Filosofía y Letras en diversas especialidades. Ha publicado relatos literarios y artículos sobre cine en diversas antologías y revistas.