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14.5- Entrevista a Jaime Ortega Reyna

por Alfonso Vázquez Salazar


Resumen: Althusser reactivado, Entrevista con Jaime Ortega Reyna a propósito de la publicación de su libro La incorregible imaginación. Itinerarios de Louis Althusser en América Latina y el Caribe.


Palabras clave: Marxismo, Althusser, Estado, política, América Latina, Siglo XX.



La incorregible imaginación. Itinerarios de Louis Althusser en América Latina y el Caribe (Doble ciencia, 2019) es el más reciente libro del politólogo y latinoamericanista mexicano Jaime Ortega Reyna (1983), quien ha desarrollado en un lapso relativamente breve una consistente labor teórica caracterizada por el análisis de los efectos de la teoría marxista en distintos pensadores latinoamericanos y corrientes surgidas del propio marxismo o emparentadas en línea directa con él. El gran mérito de la obra de Jaime Ortega es no sólo trazar un mapa de la recepción de la obra del pensador francés en América Latina, particularmente Cuba, Chile, Argentina y México, sino evidenciar el lazo orgánico entre filosofía y política en las tesis del autor comunista, las cuales contribuyeron de manera decisiva a la renovación del marxismo y de las ciencias sociales en la década de los sesenta y setenta del pasado y aún cercano siglo XX. Otro dato importante es que la joven editorial chilena que publica este libro, Doble Ciencia, continúa una veta de trabajo abierta ya por revistas teóricas como Demarcaciones. Revista Latinoamericana de Estudios Althusserianos que se ha caracterizado por revalorar la tradición de pensamiento y el espacio teórico conformado por Althusser en América Latina. Todos estos hechos manifiestan una verdad cada vez más evidente: la reactivación de Althusser en el siglo XXI, cuyo punto de despliegue en América Latina, como lo ha señalado Jaime Ortega en su libro, puede ser identificado en el Coloquio Internacional celebrado en la ciudad de Morelia, Michoacán, en México en el año 2012 que reunió a todo un verdadero “bloque histórico” de jóvenes pensadores latinoamericanos, entre ellos al propio Jaime Ortega, con el propósito fundamental de poner nuevamente en circulación las ideas y la recepción de Althusser en una nueva coyuntura para la región. A este propósito se ciñe la presente entrevista con el autor mexicano Jaime Ortega Reyna.

1. Alfonso Vázquez — ¿Qué representó Louis Althusser para América Latina y, sobre todo, para una generación de intelectuales —filósofos, científicos sociales, artistas, literatos— en los años setentas y ochentas, y cuál es ahora la nueva coyuntura, de la que hablas en tu libro, en la que se da su relectura? ¿Hay un regreso a Althusser? ¿De qué forma se da esta vuelta a un autor que desató tantas polémicas, a menudo violentas, en su tiempo, y cómo se está llevando a cabo esta nueva circulación de su obra? ¿Qué trae de novedoso esta circunstancia actual para la realización de la lectura althusseriana? ¿Plantea sólo la vuelta a la obra de Althusser en términos estrictamente teóricos o académicos o es posible hablar incluso de una reactivación política de su pensamiento? ¿Cuáles son los límites de esta reactivación tomando en cuenta un contexto poco favorable al marxismo y donde no se advierte aquello que en los setenta se denominó, con razón o sin ella, como la “actualidad de la revolución”?


Jaime Ortega — Gracias Alfonso. Te respondería que efectivamente detecto una nueva coyuntura de lectura, cuya piedra inicial la dio Fernanda Navarro cuando publicó Filosofía y marxismo, pues ahí se esboza el programa de lo que hoy vemos como un desarrollo teórico en torno al nombre de Althusser. Pero, además, esta coyuntura, como suele pasar con la tradición marxista, tiene una disposición geo-política entre lo que sucede en Europa y Estados Unidos y lo que sucede en América Latina. No entraré en esta diferencia, pues lo que más conozco es lo que se produce en la región latinoamericana, pero es perceptible, al ver los índices de los libros y revistas en inglés o francés –principalmente, aunque ahora también en italiano– que existen tanto diferencias como campos compartidos.


La nueva coyuntura tiene varias novedades. La primera es un compromiso de menor intensidad con el marxismo. Para hablar de Althusser no es necesario hablar de Marx ni de las disputas de antaño, como, por ejemplo, las que atendían a conceptos como “dictadura del proletariado”, etc. Queda claro, también, que una polémica como la del humanismo ha perdido el suelo, al menos tal como se dio en los años sesenta. Hoy la polémica sobre el humanismo tendría que pensar más en Heidegger y menos en Garaudy. Esto abre un espacio para pensar lo que el propio Althusser denominó como una corriente subterránea: su nombre hoy está involucrado con referentes ausentes del marxismo occidental, salvo quizá Maquiavelo. Me refiero a Rousseau, Hobbes, Lucrecio, Spinoza, Simondon, solo por mencionar algunos.


Otra vertiente de esta nueva coyuntura son los estudios de recepción. No se trata de realizar “historias” sobre la influencia de un pensador, sino de captar los momentos productivos, en donde a partir de una seña o provocación, se asumían problemas específicos. Así descubrimos hoy que lo que Natalia Romé llama la “empresa althusseriana” siempre tuvo muchos flancos: quienes desarrollaron el tema de la epistemología, quienes se avocaron al problema del análisis de la coyuntura, quienes rondaron la crítica a la filosofía de la historia y con ello la temporalidad múltiple en una época en donde nadie –al menos en América Latina– leía a Walter Benjamin; etc.

Finalmente, creo que si bien hoy ya no hablamos de “actualidad de la revolución” ello no oscurece el compromiso político. Desde 2012 se labró esta convergencia y los encuentros en Buenos Aires y Santiago de Chile, ambos momentos en procesos electorales, mostraron un compromiso mayoritario –no total ni mucho menos homogéneo– con las perspectivas populares o de avanzada. Creo que algo que se entiende bien en este periodo es que más que un compromiso con una abstracta “actualidad de la revolución”, lo que debe prevalecer es un análisis concreto de la situación concreta a partir de determinadas coyunturas.


2. A.V. — Víctor Hugo Pacheco afirma que tu libro no sólo es una investigación sobre la recepción de la obra de Althusser en América Latina, sino que es fundamentalmente una propuesta de acercamiento a dicha recepción, y que la clave de ello consiste en la “traducción” política que tuvo el pensamiento de Althusser en la región, el cual al no distinguir de manera tajante entre la práctica política y la práctica teórica generó múltiples efectos en la manera de asumir el compromiso político y la actividad intelectual. ¿Estás de acuerdo con esta apreciación o consideras más bien que la clave se encuentra en el mismo contexto “sobredeterminado” de América Latina en aquellos años, y de eventos como la Revolución cubana, las oleadas voluntaristas de los grupos guerrilleros que se extendieron por el continente a consecuencia de tal acontecimiento, el golpe militar contra el gobierno de la Unidad Popular en Chile, etc.?


J.O. — Estaría de acuerdo con las dos afirmaciones. Pacheco Chávez, quien es un gran amigo y un interlocutor permanente, escribe eso, me parece, pensando en un cierto contexto en donde él y yo nos formamos: aquel en donde las luminarias del marxismo –aún con cierta convocatoria– revelaban el secreto de los textos sagrados, como los Grundrisse y El Capital. Asistíamos admirados a las clases de “crítica de la economía política” en donde el gurú nos mostraba parágrafo por parágrafo la verdad, que aunque estaba ahí, frente a nosotros, no lográbamos descifrar. La aversión de ese marxismo a la obra de Althusser era furiosa. Hoy mismo siguen dictando cursos sobre “la tergiversación de Althusser” a Marx: así, con ese título, es decir, aceptando que hay una proposición correcta y el resto son desviaciones. Frente a ello Pacheco opone la idea de que el marxismo es siempre una posición política, una recuperación histórica y militante. Frente a la cátedra dogmática revestida de refinación teórica, esa posición más mundana –como diría Armando Bartra– me parece más potente, interesante y pertinente. Tu matiz o hipótesis también me parece correcta y yo la encaro pensando que aquella fue una coyuntura de lectura que hoy está superada, pero que entenderla permite diagnosticar el por qué la obra de Althusser, a diferencia de la de Sartre o la de Lukács (y ya ni hablar de Kosik o Schaff) no fue solo cosas de intelectuales. Lo interesante es que, a su manera, la obra de Althusser hizo parte de combates candentes: ahí tienes a Roque Dalton en su defensa de Debray o a Carlos Pereyra en la intervención en la insurgencia sindical de los 70´s en México, o a Malamud en Argentina.


Creo que, a pesar de su diversidad, quienes circulamos en torno a Althusser somos muy desconfiados de grandes aventuras teleológicas sobre la realización de la historia; pero también de discursos que otorgan una garantía política a nociones de origen (de ahí la tensión con el trotskismo, el zapatismo o la lectura decolonial); y, sobre todo, de cualquier noción de sujeto trascendental, más allá de las prácticas y las coyunturas específicas.


3. A.V. — ¿Podrías profundizar más sobre la relación entre Louis Althusser y la política? ¿De qué modo Althusser rodeaba a la política por la teoría y qué efectos tuvo esta operación en el campo del marxismo a finales de los sesenta?


J. O. — Este tema es uno de los de más polémica y de los que cuesta más trabajo hablar en nuestros días, por una razón: las coordenadas que demandaban que a la política se le rodeara por la teoría han desaparecido. Es muy complicado, para nosotros, imaginar la necesidad de permanecer en un Partido Comunista, más aún en el francés, que tiene tan mala fama en el mundo occidental después de 1968.


Althusser, con sus citas de autoridad de Engels o Stalin, con sus referencias al PCF y todo eso que a veces resulta tan incómodo, no dejaba de permanecer en un horizonte que hoy ha desaparecido. Permanecer en el PCF era una cuestión de vital importancia para un teórico marxista. Ceder, renunciar, abandonar o claudicar no era otra cosa que condenarse al ostracismo. Al menos así fue hasta los años cincuenta y bien entrados los sesenta, pensemos sólo en el caso de Henri Lefebvre, quien no vuelve a tener resonancia sino hasta 1968.


Creo que de alguna manera la coyuntura de finales de los sesentas, con el advenimiento del maoísmo, la muerte del Ché Guevara y las movilizaciones globales, es que esto se rompe. Aún así, Althusser permanece en el PCF. En ese momento sus críticas son más abiertas y la confrontación se vuelve abierta. La relación entre filosofía y política adquiere en la práctica política y teórica de Althusser una determinación, que solo en los setentas se abre a la posibilidad de discutir directamente con el aparato partidario, cuestión que queda suspendida a raíz de los terribles acontecimientos de principios de los años ochenta.


4. A.V. — Me gustaría ahora hablar un poco sobre el título de tu libro ¿Por qué La incorregible imaginación? ¿Por qué elegiste ese título para referirte a los itinerarios del pensamiento de Althusser en América Latina? Lo pregunto porque la imaginación, de acuerdo con el propio Althusser, linda con la ideología y, en ese sentido, se opondría al conocimiento teórico o científico. Spinoza, por otro lado, sostiene que el cuerpo imagina, o es afectado de múltiples formas por otros cuerpos que lo hacen imaginar inevitablemente. Más que una incorrección, la imaginación supone, en el caso de Spinoza, un efecto –y también un afecto – sumamente potente e inevitable, en la medida en que tenemos un cuerpo y éste se encuentra en relación con otros modos o fuerzas de existir. Ciertamente la imaginación en Spinoza no puede ser corregida porque escapa a esos criterios de lo justo o de lo adecuado, además de que esa pretensión es algo tan imposible porque la imaginación depende del cuerpo y éste no se engaña, sino que es el primer indicador de la realidad efectiva, constituye el primer género de conocimiento: “La idea verdadera del sol no suprime la imagen o el afecto del sol en nuestro cuerpo”, dice Spinoza; pero en el caso de Althusser todo esto no parece tan evidente. En otro lugar de tu investigación también señalas que la libertad de la imaginación lleva a trazar una línea de demarcación en una coyuntura determinada a la usanza althusseriana, pues “coyuntura no es contexto, sino línea de demarcación”, y la coyuntura tiene que ver más con la libertad y la imaginación que con la necesidad y su carácter historizante. ¿Es esto así verdaderamente? ¿La imaginación nos exime de nuestra responsabilidad política? ¿Esto acaso no nos aleja del planteamiento althusseriano que busca el rigor analítico en el momento de comprender y de intervenir en la coyuntura?


J. O. — Muy buena pregunta, Alfonso. Me recuerdas la imperiosa necesidad que tengo de volver a continuar la lectura de Spinoza. Cuando leía las memorias de Rossana Rossanda, ella se refería a Althusser de una manera muy simpática, contrastando esa imagen con la del profesor o teórico. De ahí que siempre me haya resultado sugerente el texto de respuesta a las preguntas que la comunista italiana le hizo: “Así las cosas, la idea de que la teoría marxista es algo "finito" excluye totalmente la idea de que sea una teoría "cerrada". Cerrada es, por ejemplo, la filosofía de la historia, ya que en ella se concentra de un modo anticipado todo el curso de la historia. Sólo una teoría "finita" puede estar realmente "abierta" a las tendencias contradictorias que descubre en la sociedad capitalista, abierta a su porvenir aleatorio, a las imprevisibles "sorpresas" que no han dejado de distinguir a la historia del movimiento obrero; abierta, y por lo tanto atenta, capaz de tomarse en serio y de asumir a tiempo la incorregible imaginación de la historia”.


Era esto lo que tenía en mente cuando elegí el título del libro. Porque en mi perspectiva esto resulta la clave para distinguir a Althusser de otras variantes. En primer lugar: la declaración de la teoría “finita”, frente a quienes la consideran un nuevo saber absoluto. Después el porvenir aleatorio, que no es otro que el de la política. Después el de las sorpresas del movimiento –obrero u otro– algo que en un país como México nos hace sentido, pues si algo no ha existido es un guión de el cómo supuestamente las clases debieron manifestarse. En fin, este párrafo me resonó mucho tiempo en la cabeza y mostraba la dificultad de lo que tú señalas en la última parte: efectivamente, la intención es siempre intervenir en la coyuntura a partir del análisis detallado, minucioso, pero al no existir garantía de nada, éste siempre se encuentra abierto. Creo que en esto Althusser sí era un gran lector de Lenin, pues el “porvenir aleatorio” del que habla, no es sino el reconocimiento de que en la aritmética política los números no suman nunca igual. Intervención y coyuntura, pues, hacen parte del entramado abierto, en donde no sólo la razón, sino también la pasión, juegan; en donde los efectos y los afectos pueden más que los programas y los proyectos.


5. A.V — ¿En qué medida tu trabajo de investigación se aleja de la denominada “historia intelectual”? ¿Cómo se diferencia de ella? Tu señalas que más que realizar una historia intelectual del althusserianismo en América Latina prefieres pensar tu intervención como un ejercicio de “contramemoria”, retomando el planteamiento de Bruno Bosteels; sin embargo, parecería que ese ejercicio de “contramemoria” se convierte en una mera historia intelectual invertida, ya que pretendes recuperar muchos autores en seis países y mostrarlos en sus divergencias y, a veces, extravagancias, sin tomar una postura respecto a aquellos que tú consideras más adecuados o más cercanos al pensamiento althusseriano. Parece que no quieres tomar una posición o trazar una línea de demarcación respecto a aquellas lecturas con las cuales tú te identificas más. ¿Estás de acuerdo con esta apreciación? ¿No es un tanto contradictorio, asumiendo una posición althusseriana, eludir la toma de postura para realizar la valoración de autores y tendencias adscritas al althusserianismo?


J. O. — Creo que la historia intelectual es un modo pertinente, como lo fue la historia de las ideas (en clave latinoamericanista) en la que yo me formé. Daría un paso atrás: desde mi punto de vista, la historia de la circulación de Althusser es algo así como un archivo saqueado, al que hay que reconstruir: imaginemos que llegamos a la escena del robo y nos han dejado solo un desastre, papeles y libros tirados por aquí y por allá. Bueno, pues ahora estamos recogiendo, reordenando, acomodando y desechando después del saqueo. Esto que entrego es el primer intento de reconstrucción de ese archivo: desempolvar libros, buscar por debajo de las pilas de documentos olvidados, rastrear en la memoria de quienes cambiaron de bando. Mi toma de posición es esa: Althusser fue potente y productivo y el “althusserianismo” fue más bien un recurso posterior, para omitir las profundas divergencias que se labraban a partir de motivaciones diversas.


Tengo mis autores preferidos en esa estela, el más de todos, Carlos Pereyra, no sólo por la cercanía de sus planteamientos sino por cierta “actualidad” y creo que en esto tú y yo coincidimos. No me gusta hablar de “actualidad” como algo per se positivo, pero creo que el gesto del análisis en la coyuntura (es decir, inmerso en ella) y no de la coyuntura (como mirador externo) es el más poderoso de todos. Otros autores me parecen altamente productivos, como el caso de Fernando Martínez Heredia o de Saúl Karsz; de otros se ha escrito ya hasta la saturación, como el caso de José Aricó. No me pronuncio, porque justamente el esfuerzo fue el de captar la productividad de su esfuerzo en un conjunto de coordenadas que ya no existen hoy.


La manera de exposición no es la más afortunada, pero fue la mejor que encontré. Ello por varias razones, pero tres fundamentales. La primera es, efectivamente, la sobredeterminación, es decir, el papel específico de la lucha política en la que emergían estas figuras o posicionamientos y ahí, el peso de lo nacional sigue siendo clave. Tanto es así que, aquella historia terminó, en muchos países a partir de las improntas golpistas de las burguesías reaccionarias. La segunda es la de la dispersión: el día de hoy nosotros podemos pensar los puntos de encuentro, la circulación de lecturas, pero lo cierto es que había pocos puntos de contacto, las motivaciones y las temáticas eran tan diversas que sucumbí a un desarrollo en esquema. La tercera es la reconstrucción del archivo del que hablé antes, existe un acervo muy desigual: lugares en donde la potencia y diversidad era enorme y lugares donde alguien clamaba en el desierto. Muchos de esos materiales eran, no debemos olvidarlo, resultado de un proceso de formación, de una toma de postura. Esto se nota en la búsqueda que tienen, más que en la respuesta. El problema de trabajar con un archivo tan disperso y tan variopinto es que la escritura no aparece tan integrada y tuve que recurrir a la salida que me pareció más lógica.


De nuevo, creo que en tanto que uno lucha contra sus propios fantasmas, en mi caso pesa mucho la formación en un conjunto de círculos en donde Althusser era o un mal recuerdo o, de plano, lo peor que le había pasado al marxismo. Como ejemplo se puede ver el prólogo a la última edición de El discurso crítico de Marx de Bolívar Echeverría, escrito por uno de sus más brillantes alumnos, un profesor con cientos de seguidores: ahí, increíblemente, Althusser es un “filo-stalinista”. ¡Eso dicho en 2018! El libro en sí es una toma de postura: prefiero la dispersión de una corriente que piensa los problemas de coyuntura a la gran interpretación develada por el “maestro”.

6. A.V. — Pienso que la lectura de tu trabajo quizá hubiera sido más provechosa si hubieras decidido circunscribirte a menos autores, incluso, reduciendo aún más los países de elección, por ejemplo, tomar sólo los casos de Cuba, Chile, Argentina y México; y esto lo señalo porque llega un momento en que la secuencia de tantos autores y posiciones teóricas y políticas respecto a Althusser llega a ser tan abigarrada que el lector se satura con tanta información e ideas. ¿Cómo valoras este planteamiento? ¿Lo llegaste a considerar?


J. O. — Sí, de hecho gran parte del trabajo previo había rondado en temas específicos. Creo que me ganó el entusiasmo de mostrar que la recepción y circulación de Althusser no se delimitaba a los lugares comunes. Creo que, si hoy tuviera que elegir, definitivamente dejaría fuera la sección de Colombia y Venezuela, que es la más débil frente a otras. Aún así, creo que el trabajo tiene más la intención de ser más extensivo, que intensivo. Aún y con todo esto, debo decir que mucho material quedó fuera de la discusión. Es el caso de la teología de la liberación con autores como Ignacio Ellacuría y Clodovis Boff y, por supuesto, el gigante brasileño. Acepto la crítica, por momentos el libro se puede ir y no quedar claro el lugar de anclaje, pero es que, en gran medida, las múltiples recepciones del francés circulan a partir de formular preguntas, más que respuestas.


7. A.V. — Como tú has señalado en La incorregible imaginación, los efectos del pensamiento de Althusser en el espacio teórico del marxismo en América Latina fueron diversos y contradictorios y más que plantear una “lectura correcta” del althusserianismo has preferido mostrar en tu trabajo la pluralidad y el carácter abigarrado de la apropiación que hicieron distintos filósofos en la región para pensar la coyuntura desde diversos flancos y particularidades nacionales, pero también el pensamiento de Althusser tuvo un efecto político que muchas veces no se puede disociar del teórico y, sobre todo, un efecto que se relacionó de manera orgánica con el horizonte abierto por la lucha armada en el continente a través del pensamiento y la práctica política de intelectuales como Debray, Harnecker y Malamud, entre otros. Insistiendo con el planteamiento de la pregunta respecto al título de tu obra, el althusserianismo ciertamente son sus efectos, pero también son sus excesos, ¿no crees que valdría la pena matizar y trazar una línea de demarcación en torno a la cuestión del problema político que supuso la traducción del pensamiento de Althusser en América Latina? ¿No resulta contradictorio no pronunciarse o no tomar una posición respecto a la traducción o a las lecturas correctas o incorrectas del althusserianismo en América Latina?


J.O. — Sin duda, parte del ejercicio de contra-memoria que mencionábamos antes tenía como epicentro el señalar el exceso de la crítica de nuestros días hacia la figura de Althusser: ni fue la única figura, ni eclipsó a otras. Sin embargo, el exceso de Althusser también es claro. Yo lo veo en diversos niveles, el primero es una lectura que no despliega un ejercicio propositivo en otros campos, como, por ejemplo, la crítica de la economía política. Hay una insuficiencia. Por el otro, hay una vuelta en círculos en torno a temáticas que, en cierto grado, sólo corresponden al horizonte parisino de la segunda mitad del siglo XX, pero que, por ejercicios propios del eurocentrismo, pronto se trasladan a nuestra realidad.


Pero el tema que tocas, sin duda, refiere al problema de la traducción y a cierta desmesura. Es cierto que un segmento de la herencia de Althusser tocó en la perspectiva de la lucha armada y es justo esto lo que el propio francés criticaba al “Ché”: el convertir el método de lucha en un a priori. Sobre esto, como bien sabes, hay una cantidad inmensa de literatura, tanto de testimonios como de análisis: la voluntad de esta perspectiva armada se impuso sobre cualquier otra consideración. El supuesto cientificismo no devino en parlamentarismo, sino en privilegio de la voluntad por sobre todos los factores.


8. A.V. — ¿Por qué no mencionaste a Pereyra en el bloque de pensadores althusserianos que se opusieron abiertamente a la teoría del foco guerrillero en el continente y rechazaron las tesis de Regis Debray que condujeron al aventurerismo armado y a lo que el filósofo mexicano identificó como “ultraizquierdismo despolitizado” en distintos momentos de su obra, pero, sobre todo en Política y violencia de 1974?


J. O. — Tienes toda la razón. Esa omisión es imperdonable, por dos razones. Una primera que tiene que ver con la claridad y potencia de los argumentos de Pereyra. Ni el propio Lenin –al que tanto admiro, leo y releo– tiene argumentos tan contundentes para desacreditar al ultra izquierdismo. Pereyra logró conceptualizar con claridad esta situación en una época en donde las puertas democráticas estaban cerradas, pero en el que advirtió en el voluntarismo un riesgo enorme. El otro motivo que evidencia mi error es que a diferencia de a quienes opongo a Debray –muchos de ellos dentro de la lucha armada, también–, me centro en los más anquilosados. Cuando escribí ese apartado quería contrastar el posicionamiento de Debray con el anquilosamiento de cierto marxismo teleológico. No advirtiendo que era más productivo hacerlo con alguien que incorporaba plenamente a Althusser –y Poulantzas– de manera central. El error está ahí y haces muy bien en señalármelo.


9. A.V. — ¿Cuál es el porvenir de Althusser en América Latina? ¿El porvenir es largo?


J.O. — Ese fue el título que elegí para una aproximación a Althusser en México que nunca se publicó. “El porvenir fue largo” titulé a una intervención en un Coloquio de Investigación de una institución universitaria, la cual prometía publicar las memorias, pero esto no ocurrió. Creo que en todas y todos los que abordamos la obra de Althusser siempre se encuentra la tentación de nombrar a un texto de esta manera.


Creo que tenemos que aceptar el cambio de coyuntura. No nos encontramos más en la época del marxismo considerado como el arma fundamental del proletariado, ni mucho menos. Lejos estamos ya de las coordenadas de la izquierda principista del siglo XX. Hoy hay tantas cosas tan revueltas y tan confusas, que la izquierda debe asumir que su posicionamiento siempre es tal advertido por la coyuntura. Izquierda es más una posición que un principio, y las posiciones cambian.


Así, creo que la minoritaria izquierda marxista tiene dos posibilidades de salir adelante. Una más anclada en la perspectiva del siglo XX se aferró a Gramsci. El italiano fue el pensador más influyente después de la caída del Muro y el colapso del socialismo. No es para menos, con Gramsci aún podemos soñar el reestablecimiento de las coordenadas previas y pensar en un gran proyecto.


La otra es Althusser. Y ahí creo que el porvenir es largo en América Latina, porque larga e interminable es la lucha. Un inacabado proceso de democratización se muestra permanentemente. Althusser es en muchos sentidos un pensamiento de la derrota estratégica: no aspiramos más a la redención, el mesianismo, el paraíso (de los trabajadores) en la tierra. Pero es también el pensamiento de la intervención táctica, en donde cada coyuntura es una posibilidad, un tiempo abierto, una dislocación, una posibilidad de agrietar la muralla. El porvenir es largo porque finiquitado el tiempo de las perspectivas teleológicas —salvo quizá para las diversas sectas– no nos queda otra que aceptar que en el aquí y en el ahora hay debates y combates tanto o más importantes.


10. A.V. — ¿Qué es lo que sigue para tu intervención teórica en el futuro inmediato?


J.O. — Mi proyecto tiene varios caminos. Por un lado, la reconstrucción de los márgenes del marxismo latinoamericano. Salir de los lugares más visitados, vueltos ya un cierto canon: Mariátegui, Sánchez Vázquez, Aricó, Echeverría; yo mismo he visitado constantemente esos autores y en Leer El Capital, teorizar la política (México, 2018) ajusté cuentas con una parte. Me interesa mucho continuar con aspectos menos trabajados. El proyecto es realizar la historia de la recepción de El Capital, tratando de continuar y darle vuelta a lo que Horacio Tarcus comenzó ya. Tengo en la mira puntos ciegos del marxismo latinoamericano: la perspectiva “praxeológica” de Osvaldo Fernández; la obra de Tomás Moulian; los menos conocidos fuera de Ecuador: René Baez, Fernando Velasco y Manuel Agustín Aguirre; la perspectiva de análisis de la coyuntura de Núñez Tenorio en Venezuela. Este registro incluye trabajar revistas como Historia y Sociedad en su segunda época, la peruana Sociedad y Política y la uruguaya Cuadernos de Marcha.


El otro camino es el de la historia de la izquierda. Siguiendo la idea de mi amigo Bruno Bosteels quiero considerar el lugar de la comuna en la izquierda, a partir de una narrativa explorada: la literatura de viajeros latinoamericanos a la China popular. Hicimos una propuesta de antología –con Víctor Pacheco y Javier Sainz– de viajeros mexicanos a China, que es un material muy rico y diverso. También hay un proyecto para realizar acercamientos a los años treinta, tanto del lado del Partido Comunista como de los socialistas que estaban fuera del partido y pensaron la cuestión agraria. Aunque en términos de la historia de la izquierda mexicana me interesan los años de la “izquierda cercada”, es decir, los años cincuenta. Estoy siguiendo en este campo dos revistas Guión e Índice, que analizaron la coyuntura de aquella época.


En términos de teoría y filosofía, quiero seguir la línea de la construcción de Althusser respecto a la de Lukács. Sostengo que a partir del francés se puede hacer una crítica del sectarismo metodológico en el que el húngaro metió al marxismo. Pero también quiero ampliarlo para pensar la relación entre Althusser, Poulantzas y Bettelheim sobre la primacía de las relaciones sociales sobre las fuerzas productivas. Este tema me parece fundamental para pensar la actual crisis civilizatoria, en donde el cambio climático es solo una pequeña porción. Superar el estatuto de las fuerzas productivas técnicas y anclar en un horizonte estratégico a las relaciones sociales.


Finalmente, la coyuntura. Vivimos un tiempo intenso y no sólo interesante. Los cambios que promete la Cuarta Transformación están ahí, haciendo rechinar el aparato estatal y a un conjunto amplio de la clase todavía dominante. Me interesa captar la manera en que AMLO está encabezando la disputa por el excedente y seguir las pugnas en torno al grupo más de izquierda dentro del gobierno, quienes están siendo víctimas de una terrible campaña de fake news. Me parece que este período para México puede ser el de una radical transformación de las relaciones de fuerza y del escenario en el que se dispone la lucha política.


Afortunadamente existe una amplia colaboración y redes de trabajo. Con Víctor Hugo Pacheco y Javier Sainz el tema de los viajeros. Con mi compañera, Diana Méndez y el investigador Juan de la Fuente, los atisbos del pensamiento agrario de los años treinta. Con Elvira Concheiro y José Gandarilla trabajamos temas relacionados con el marxismo latinoamericano. Es a todas y todos ellos a quienes debo poder estar de pie.


Sobre el autor:


Licenciado y Maestro en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es Candidato a Doctor en Filosofía política por la misma institución y se desempeña como Profesor Titular “B” de Tiempo Completo Definitivo en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) de México. Autor de los libros Perfiles mexicanos. Ensayos sobre filosofía mexicana contemporánea (Cámara de Diputados, 2019) y El grado cero de la política y otros ensayos sobre la democracia en México (UPN, 2021). Sus líneas de investigación son: Filosofía política, Teorías de la democracia e Historia intelectual del siglo XX. Responsable del proyecto de investigación CESPII-UPN: Naturaleza y función de la enseñanza de la filosofía.

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