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14.8- El materialismo histórico ante el Estado y la cuestión nacional

por Daniel Sánchez García


Resumen: Las Ideas, da igual si hablamos de la Idea de “Cultura”, de “Nación” o de “Estado”, no son creaciones ex nihilo, sino que se van articulando históricamente, a partir de materiales previos. Las Ideas modernas de Estado o nación-política no escapan a este condicionante, abocándonos a evitar y abandonar las interpretaciones unívocas, de cariz idealista, en beneficio de las análogas, de cariz materialista. Es por ello que, en tiempos de derrumbamiento de la contextura racional sistémica y de idealismo hegemónico, de raíz kantiana y derivaciones posestructuralistas y posmodernas, se hace más necesario que nunca, a la luz del graduado vaciamiento de los Estados y de la soberanía de las naciones, una revisión desde las coordenadas del materialismo histórico de la cuestión nacional. Por consiguiente, atenderemos a vislumbrar el análisis metodológico que Marx y Engels hicieron acerca de la constitución de la nación política y de la actitud del proletariado revolucionario ante el moderno Estado-Nación, si Lenin y Stalin se atuvieron a esas tesis primarias de los padres del materialismo histórico (reparando, críticamente, en la praxis soviética y en la repercusión de sus planteamientos en el contexto de la desintegración del mundo socialista realmente existente) y las diferencias y críticas que supusieron las tesis presentadas por Rosa Luxemburgo en lo que a la cuestión nacional y al modelo de Estado del marxismo-leninismo se refiere. Por último, cabrá destacar que, pese al derrumbe de aquel mundo, en nuestros días existen modelos, desde las propias coordenadas del materialismo histórico, de relevancia histórica presente y futura ciertamente exitosos, como la República Popular China, en lo que se refiere al planteamiento práctico de la cuestión.


Palabras clave: Estado-nación, materialismo, dialéctica.



I. Introducción


El marxismo vulgar (especialmente el diamat posterior al mandato de Stalin) ha parecido querer reducir la Historia humana (a partir de una concepción metafísica de la Idea de “Género Humano” como totalidad atributiva) a un economicismo igualmente vulgar, en la que esta Historia no sería más que un proceso teleológico impulsado, como motor, por la lucha de clases (entendidas como totalidades atributivas universales, al igual que Hegel entendía al funcionariado), sucediéndose así los modos de producción hasta la implantación final de uno sin propiedad privada de los medios de producción ni Estado. Dicha concepción parte, sin duda alguna, de un simplismo interpretativo de los textos que crea una artificiosa, por antihistórica, disyuntiva entre las dialécticas de clases y de Estados (extensible a otras sociedades políticas). Como Gustavo Bueno, acertadamente, decía: “No hay una disyuntiva entre la lucha de clases (y subordinada a ella la de Estados) y la lucha de Estados (y subordinada a ella la de clases): lo que hay es una codeterminación de ambos momentos en una dialéctica única”[1]. No percatarse de la mencionada codeterminación entre clases y Estados abocó principalmente a Engels (aunque también a Marx de manera más parcial), y posteriormente a Lenin, a entender el Estado, intrínseca y exclusivamente, como una perversa máquina opresora de una clase sobre otras, en tanto en cuanto entienden que la división de la sociedad en clases surge con anterioridad a la de la propia sociedad política, un imposible ya que las clases, si entendemos estas como las posiciones de propiedad de unos grupos sociales en el marco de un modo de producción determinado, surgen tras la adquisición de los medios productivos de un determinado territorio. Se desdibujan, además, las relaciones dialécticas de un Estado determinado con otros de su misma categoría (incluyendo aquí las relaciones colonia-metrópoli y viceversa), relaciones que, precisamente, son definitorias en la propia construcción del Estado (también del Estado-nación moderno), que, finalmente, se articula mediante heterodeterminación y no autodeterminación, algo sobre lo que entraremos más adelante.


El Estado-nación moderno es entendido, por ende, como la institucionalización de la dictadura de la burguesía como clase dominante, constituyéndose el proletariado como clase antitética (a pesar de lo cual una no puede existir sin la otra, de ahí que una vez se haga desaparecer la clase burguesa, el proletariado sucumbiría con ella) y fuerza revolucionaria. Veo aquí, por ello, imprescindible dar la palabra al mismo Marx, que dice lo siguiente sobre la revolución política que engendró el Estado-nación moderno: “La revolución política, que derrocó este poder señorial y elevó los asuntos del Estado a asuntos del pueblo y que constituyó el Estado político como incumbencia general, es decir, como Estado real, destruyó necesariamente todos los estamentos, corporaciones, gremios, privilegios, que eran otras tantas expresiones de la separación entre el pueblo y su comunidad. La revolución política suprimió con ello, el carácter político de la sociedad civil. Rompió la sociedad civil en sus partes integrantes más simples, de una parte, los individuos y de otra parte los elementos materiales y espirituales que forman el contenido, de vida, la situación civil de estos individuos. Soltó de sus ataduras el espíritu político, que se hallaba como escindido, dividido y estancado en los diversos callejones de la sociedad feudal; lo aglutinó sacándolo de esta dispersión, lo liberó de su confusión con la vida civil y lo constituyó como la esfera de la comunidad, de la incumbencia general del pueblo, en la independencia ideal con respecto a aquellos elementos especiales de la vida civil. La determinada actividad de vida y la situación de vida determinada descendieron hasta una significación puramente individual.”[2]. Es esta, sin duda, la mejor definición de Marx de esa acción característica de la constitución de la nación política (es decir, de la soberanía nacional) tras la revolución, lo que Bueno, por su parte, denominaría “holización”.


No solo en las revoluciones políticas constitutivas de las naciones políticas canónicas, como pueden ser la española o la francesa sino también en las unificaciones italiana y alemana, se produciría aquella acción. Del mismo modo, la finalidad de los bolcheviques rusos habría sido, mediante la toma revolucionaria del poder político, transformar ese Imperio ruso (heredero de la Rus de Kiev, del Principado de Moscú y, en última instancia del Zarato de Rusia que inaugura Iván IV el Terrible), de carácter esencialmente colonial (o “depredador” en los términos de Bueno en España frente a Europa), en un Imperio “generador”, es decir, que esas sociedades coloniales propias del Imperio ruso, véanse protectorados como el Emirato de Bujará (1873) o el Kanato de Jiva (1873), pudiesen transformarse en sociedades políticas de pleno derecho de nematología marxista-leninista. Para ello, la racionalización que envuelve el proyecto revolucionario, a escala universal (evitando el “imperialismo”, en términos leninistas, como condición clave para el estallido de la revolución universal, y optando por la vía de la libre adhesión de las naciones realmente existentes, pero también de las colonias, hasta que el mundo fuese unificado bajo una unión de repúblicas socialistas, tesis clave para entender la táctica y estrategia geopolítica expansiva e internacionalista de la U.R.S.S., pivote inicial de la revolución universal, algo posteriormente matizado por Stalin al no producirse en Europa el estallido revolucionario creído), debía de ir orientada en una “holización” dupla: atómica y anatómica. Atómica (como átomos) en tanto en cuanto los bolcheviques hacen saltar por los aires los estamentos en los que se dividía la sociedad en el Imperio ruso, reconstruyendo estos en un sentido pleno de ciudadanía; y anatómica (como partes formales constitutivas de la U.R.S.S. desde 1922) en un sentido territorial, como repúblicas federadas entre sí, con un sui generis derecho a la autodeterminación.


II. Lenin y la cuestión nacional


II. 1. Cuestiones generales de la posición de Lenin ante la cuestión del papel del Estado y la Revolucion


“Es más agradable y más provechoso vivir la “experiencia de la revolución” que escribir acerca de ella”[3]. Con estas palabras finales a la primera edición de El Estado y la revolución, dejadas por escrito por Lenin el 30 de noviembre de 1917 (en plena tarea de consolidación de esa toma revolucionaria del poder político en octubre y de despliegue de los planes y programas bolcheviques), el líder revolucionario ruso parece querer exhortar a todo futuro lector de su magna obra a buscar la verdad en los hechos, siguiendo lo enunciado por Marx en su segunda Tesis sobre Feuerbach: “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la práctica es un problema puramente escolástico”[4]. Es de esta manera, a partir de este posicionamiento metodológico, como debemos analizar, comprender y juzgar, y así haremos, la posición de Lenin ante la cuestión nacional, no como una sacrosanta postura (deje idealista típico del marxismo vulgar).


Fue Lenin, ante la precaria teoría del Estado marxista (carente hasta el momento de la profundidad analítica necesaria para la correcta interpretación y comprensión de la conceptualización, estructura y composición de una organización socio-política de la trascendencia histórica del Estado), y la imperiosa necesidad revolucionaria de esta, quién culminó, con sus claroscuros, dicha teorización. La quiebra de la I Internacional, teatralizada con la exclusión de esta de Bakunin en el Congreso de la Haya (1872) y motivada por la nítida oposición anarquista a la tesis marxista de la transformación del Estado burgués en un Estado proletario (dictadura del proletariado), aunque, a priori, como fórmula transitoria, hizo evidente, primero, la importancia de la cuestión nacional en el devenir de las futuras Internacionales, y, segundo, la necesidad de una clarificación, o reafirmación, de las tesis de Marx y Engels con respecto al Estado y la nación. En El Estado y la revolución, Lenin, en el contexto de un definitivo asalto al poder político ruso resultante del proceso revolucionario de febrero, busca asentar las bases de lo que deberían ser las primeras funciones del Estado una vez el estallido revolucionario fuese una realidad palpable que abriese las puertas del futuro a una nueva realidad, que pasaba por un “proceso de extinción”[5], proceso que no sería más que una quimera sin una revolución violenta (como negación dialéctica del Estado burgués), elemento clave que Lenin entendía había sido abandonado por la práctica totalidad de la socialdemocracia.


La tesis fundamental de la teoría marxista del Estado, tal y como hemos visto antes y que Lenin pretende reafirmar (o restaurar, al considerar que esta ha sido envilecida por el “social chovinismo”) es que este no sería más que una manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, además de sujeto revolucionario, recurriendo a la siguiente cita de Engels, procedente de El Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado: “El Estado no es, en modo alguno, un poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco “la realidad de la idea moral”, “la imagen y la realidad de la razón”, como afirma Hegel. El Estado es, más bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado consigo misma en una contradicción insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso hízose necesario un poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del “orden”[6]. Tratándose, por tanto, de un producto de la imposibilidad de reconciliación de las clases, la actitud del proletariado revolucionario hacia este debe, necesariamente, ser de un cariz utilitarista y no encaminado a la armonía entre las clases, organizándose aquel como clase dominante del Estado, o “dictadura del proletariado” (denominación empleada por Marx y por Engels una vez se derrumbó la experiencia revolucionaria de la Comuna de París), ya verdaderamente nacional, una vez el proletariado se ha elevado a esa condición de “clase nacional” (expresión plasmada en el Manifiesto comunista). El Estado solo sería necesario para el proletariado (como clase cohesionada por la propia burguesía, y por ello consecuentemente revolucionaria, algo que no sucedería, o si acaso en menor medida, con el campesinado o con las diversas capas de la pequeña burguesía, que no podrían ejercer esa labor de faro revolucionario y en la futura economía socialista, a pesar de estar, en muchas ocasiones, más explotadas que el proletariado) si este constituye su clase dominante organizada y si su organización se halla orientada a su propia extinción, advirtiéndose una tesis distanciada ya de la mayor parte de planteamientos gradualistas “pequeñoburgueses” de la socialdemocracia y del reformismo de la época.


Si bien todas las revoluciones anteriores habían asumido como tarea clave e ineludible el perfeccionamiento de la maquinaría del Estado, ahora lo que habría que hacer sería destruirla, una vez se ha convertido, en palabras de Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte, en un “espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros”[7]. Serán los dos tentáculos más característicos de este “organismo parasitario” el funcionariado burocrático y el ejército permanente, asumidos por toda clase no burguesa como algo inevitable, una vez los experimenta en sus propias carnes. Serán, sin embargo, la pequeña burguesía, los artesanos, comerciantes y el gran campesinado los que se sometan a los aparatos burocráticos y ejército permanentes que reajustan y suministran “puestecitos relativamente cómodos, tranquilos y honorables, que colocan a sus poseedores por encima del pueblo”[8], algo que reafirma la hostilidad del proletariado ante la maquinaría estatal, sustentada en el capital, que, a su vez, se refuerza para reprimir a su futurible fuerza destructiva popular (que nunca populista).


Debería, también, ser abolido el parlamentarismo (como institución estatal), en tanto en cuanto las elecciones parlamentarias en las democracias liberales burguesas, en palabras de Marx citadas por Lenin, se limitan a “decidir una vez cada cierto número de años que miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento”[9]. Ni Marx ni Lenin quisieron ceder en exclusiva la crítica al parlamentarismo a aquellos que se encuadrasen en postulados de raigambre anarquista. La salida al parlamentarismo no sería otra que la mutación de estas instituciones donde prima “la charlatanería” a corporaciones “de trabajo”, que no permitan que el poder ejecutivo y sus ramificaciones lleven a cabo las esenciales tareas del Estado entre bastidores, sin luz ni taquígrafos. Partiendo de la experiencia histórica revolucionaria de Francia (1848-1851 y 1871), y no de una mera deducción lógica, que puso al orden del día esta cuestión vemos como la Comuna (1871) gesta instituciones representativas (desaparecería el parlamentarismo no la representatividad, que debería ir siempre ligada a la dictadura del proletariado) que ejecutan las leyes y que comprueban los efectos de su puesta en práctica, caracterizadas, además, por la respuesta directa al elector y por la libertad auténtica de examen y de crítica. Los funcionarios del Estado, por su parte, serían reducidos a responsables “ejecutores” de las distintas directivas, “inspectores y contables” amovibles y atribuidos con el salario propio de un obrero. Iniciar este proceso sería comenzar el de la “extinción” de la burocracia, siempre de manera gradual, inaugurando un orden en el que, turnándose y, por ende, acostumbrándose, todos puedan llevar a cabo esas, cada vez más simplificadas, funciones y tareas de contabilidad e inspección puramente administrativas. “Desaparecerán como funciones especiales de una capa especial de la sociedad”[10].


La experiencia de la Comuna sirve también a Marx, y a Lenin una vez refrenda la postura del filósofo de Tréveris, para reafirmar que el Estado de la dictadura del proletariado no solo no destruirá la unidad de la nación, sino que la reafirmará convirtiéndola en verdadera realidad: “No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal. La unidad de la nación debía convertirse en una realidad mediante la destrucción de aquel poder del Estado que pretendía ser la encarnación de esta unidad, pero quería ser independiente de la nación y estar situado por encima de ella. De hecho, este poder del Estado no era más que una excrecencia parasitaria en el cuerpo de la nación”[11]. Estamos ante una postura nítidamente antiseparatista, que Marx opuso a los planteamientos federalistas de Proudhon, y Lenin a los de Eduard Bernstein, defendiendo, además, el centralismo proletario y democrático: “El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. (…) ¡Solo quienes se hallen poseídos de la fe supersticiosa del filisteo en el Estado pueden confundir la destrucción de la máquina del Estado burgués con la destrucción del centralismo”[12]. La revolución siempre es dentro de un Estado burgués ya constituido, por tanto, dentro de una delimitación territorial conformada históricamente, siendo, por tanto, ineludible la unificación de las comunas (entiendo por ello el centralismo de abajo a arriba, como inversión al centralismo burgués), o como quiera que se llamen las nuevas instituciones gestadas en el propio proceso revolucionario, y la posterior entrega a toda la nación de la propiedad privada de los medios de producción. Es evidente que para que esta unificación no carezca de eutaxia, se necesita un poder político y una autoridad fuertes, contraponiendo, nuevamente, esta postura al “antiautoritarismo” proudhoniano. “No hay nada más autoritario que una revolución”[13].


Si hablamos, en definitiva, del modelo de Estado propugnado por el marxismo-leninismo será el de la República única e indivisible (compatible con la autonomía municipal y regional), que supera las disfunciones y obstáculo de las repúblicas federativas y que ha dado, y dará, más libertad que estas: “Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisible. Considera la república federativa, bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, bien como transición de la monarquía a la república centralista, como un “progreso”, en determinadas circunstancias especiales. Y entre estas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional. En Engels como en Marx, a pesar de su crítica implacable del carácter reaccionario de los pequeños Estados y del encubrimiento de este carácter reaccionario por la cuestión nacional en determinados casos concretos, no se encuentra en ninguna de sus obras ni rastro de tendencia a eludir la cuestión nacional (…)”[14]. Debemos, además, apuntar que, sin embargo, será en la República democrática donde se agudicen, irremediablemente, las contradicciones de clase, pudiendo derivar esta, en algún momento, en la dictadura del proletariado y en esa República única e indivisible. El federalismo o el confederalismo sería, en un contexto revolucionario, un suicidio para esta y para la nación, siendo el elemento clave para la cuestión nacional y su resolución desde un prisma materialista.


II. 2. Lenin frente a la idea de autodeterminación y su verdadera significación


La postura de Lenin ante la idea de Autodeterminación se encuentra definida en la colección de artículos (publicados en 1914 sucesivamente en los cuartos, quinto y sexto números de la revista Prosveschenie) que denominó de la siguiente manera: El derecho de las naciones a la autodeterminación. Ha sido convertida por muchos en una obra apologética del separatismo fraccionario en las naciones políticas realmente existentes, incluida la española, posición únicamente comprensible, como quedará esclarecido en las siguientes líneas, por el desconocimiento absoluto, y, es más, diría que, por un intencionado propósito de tergiversación sobre las tesis de la obra, llegando a obviar el contexto histórico, y doctrinal en lo que al marxismo se refiere, en el que fue redactada.


La obra en sí podríamos entenderla como una crítica a La cuestión nacional y la autonomía, obra escrita por Rosa Luxemburgo en 1909, y sobre la que ahondaremos más adelante, con el objeto último de resolver la cuestión nacional polaca. Lenin, partiendo de la realidad histórica y del análisis concreto de la realidad concreta, considera el Estado-nación como la forma característica en la que han quedado organizadas las sociedades políticas de Europa occidental (y a la que se estaba tendiendo en la Europa oriental, véase Yugoslavia o las naciones surgidas del colapso de los Imperios otomano y austro-húngaro, pero también en Asia, destacando el caso nipón) tras el éxito capitalista sobre el difunto feudalismo y la elevación del Tercer Estado, siendo este el primer periodo capitalista en cuanto a la conformación de movimientos nacionales se refiere (la segunda sería la imperialista, en términos de Lenin, una vez el Estado-nación capitalista, gracias a su estructura constitucional, se ha estabilizado en el tiempo, su Gran Burguesía se ha erigido en antagonista de los asalariados y capitanea ya junto a estos la dialéctica de clases y Estados, el resto de naciones se han aleado recíprocamente una vez se han incorporado al mercado comercial capitalista). Dice así Lenin sobre los movimientos nacionales y sobre cómo y qué razones ha habido en la historia para que se conforme la nación política: “La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuántos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. (…) Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo.”[15].


El ritmo de conformación nacional, con todas sus implicaciones subyacentes (demográficas, por ejemplo), difiere en cada caso concreto, exigiendo a los marxistas un análisis concreto de la realidad concreta, una exhaustiva búsqueda de la verdad en los hechos. En lo que se refiere a la composición de un programa nacional determinado, por parte de cualquier personalidad o grupo que haya pretendido o pretenda denominarse como marxista no podría, por ende, obviarse la realidad concreta de cada conformación estatal y nacional. He aquí uno de los principales puntos de fricción con los planteamientos críticos, sobre los que ahondaremos un poco más adelante, de Rosa Luxemburgo, principalmente hacia ese noveno apartado del programa bolchevique, que pasó a reconocer el “derecho a la autodeterminación” de las naciones bajo el yugo del Imperio ruso. Dice así Lenin en defensa de ese apartado y de la praxis que implicaría su aplicación: “Rosa Luxemburg engalana con brío extraordinario su artículo de una retahíla de palabrejas “fuertes” contra el apartado 9 de nuestro programa, declarándolo “demasiado general”, “clisé”, “frase metafísica”, etc., etc. Era natural esperar que una autora que condena de una manera tan excelente la metafísica (en sentido marxista, es decir, la antidialéctica) y las abstracciones vacías, nos diera ejemplo de un análisis concreto del problema encuadrado en la historia. Se trata del programa nacional de los marxistas de un país determinado, Rusia, en una época determinada, a comienzos del siglo XX. Era de suponer que Rosa Luxemburg hablase de la época histórica por la que atraviesa Rusia, de cuáles son las particularidades concretas del problema nacional y de los movimientos nacionales del país dado y de la época dada. ¡Absolutamente nada dice sobre ello Rosa Luxemburg!”[16]. Lenin parece descartar de plano la praxis revolucionaria que representa Luxemburgo para la Europa Oriental (incluyendo aquí a Polonia, que para Lenin era una colonia rusa, sujeto, por tanto, de “autodeterminación”, mientras que Rosa Luxemburgo optó, razonadamente, por una autonomía polaca en el seno de Rusia), de la misma, y recíproca, manera a como desecha su propia praxis para las naciones canónicas de Europa Occidental y América, tal y como veremos en breve.


Una vez comprendido esto, no puede obviarse la cuestión de qué idea tiene, verdaderamente, Lenin del concepto “autodeterminación”: la “separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado independiente”[17]. En el tercer apartado del texto de Lenin, acerca de las particularidades del problema nacional en Rusia y la transformación democrática de esta, hallamos la esencia de la noción de la idea de “autodeterminación” que tenía el gran revolucionario y teórico ruso. En este apartado Lenin rechaza de plano la aplicación del mencionado y supuesto derecho en cualesquiera lares y momentos, ciñéndose a la inconmensurable relevancia que tiene para un marxista la confrontación comparativa o asimilativa en el desenvolvimiento epocal e histórico (político-económico) de los diferentes países, a pesar de la condición y carácter capitalista de los Estados en la contemporaneidad, al igual que es regla común la ley general de su desarrollo. Dice así Lenin: “Por ejemplo, solo perfectos ignorantes (como el príncipe E. Trubetskói en Rússkaya Mysl) pueden “comparar” el programa agrario de los marxistas de Rusia con los de Europa Occidental, pues nuestro programa da una solución al problema de la transformación agraria democrática burguesa, de la cual ni siquiera se habla en los países de Occidente. Lo mismo puede afirmarse del problema nacional. En la mayoría de los países occidentales hace ya mucho tiempo que está resuelto. Es ridículo buscar en los programas de Occidente solución a problemas que no existen. Rosa Luxemburgo ha perdido de vista aquí precisamente lo que tiene más importancia: la diferencia entre los países que hace tiempo han terminado las transformaciones democráticas burguesas y los países que no las han terminado. Todo el quid está en esa diferencia. (…) En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran como norma, Estados unidos en el aspecto nacional. Por eso, buscar ahora el derecho de autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo. En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. (…) Precisa y exclusivamente porque Rusia y los países vecinos suyos atraviesan por esa época necesitamos nosotros en nuestro programa un apartado sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”[18]. Solo en Rusia, o en otros Imperios multinacionales (algunos de ellos coloniales) orientales como Persia, China, la Turquía otomana o Austria-Hungría, ese principio de “autodeterminación” nacional tendría un sentido al estarse gestando y produciendo sus propias revoluciones nacional-democráticas (en sentido político) burguesas en los albores del siglo XX. En las naciones de Europa Occidental estas revoluciones ya se habrían dado y cerrado (con las excepciones, que no hacen más que confirmar la regla y que hemos mencionado con anterioridad, de Noruega e Irlanda), principiadas por la francesa en 1789 y con la unificación imperial alemana en 1871 como colofón histórico de este periodo.


La actitud del proletariado en lo que a la cuestión nacional se refiere, considera Lenin, debe sintetizarse en un apoyo activo, pero condicional, a la burguesía (como clase directora del movimiento nacional) y su “practicismo” (que Lenin entendía como esa voluntad burguesa de supremacía de su nación sobre el resto, como un nacionalismo que desborda su carácter político), en pos de una paz nacional duradera (que la burguesía no garantiza en tanto en cuanto requiere, irremediablemente, de una democratización plena), que sirva para garantizar la igualdad de ciudadanía (es decir, de derechos) y agudizar las contradicciones de clase y la lucha de estas, sin caer nunca caer en el oportunismo de ir a remolque de ese “practicismo” burgués. Teniendo en cuenta lo anterior, Lenin procede a dar respuesta a la cuestión de qué responder ante el interrogante de si cabe decir, perpetuamente, sí a la separación de cada nación, o si, por el contrario, cabe decantarse por el no: “Parece una reivindicación sumamente práctica. Pero, en realidad, es absurda, metafísica en teoría y conducente a subordinar el proletariado a la política de la burguesía en la práctica. La burguesía plantea siempre en un incondicional primer plano sus reivindicaciones nacionales. El proletariado las subordina a los intereses de la lucha de clases. Teóricamente no puede garantizarse de antemano que la separación de una nación determinada o su igualdad de derechos con otra nación ponga término a la revolución democrática burguesa. Al proletariado le importa, en ambos casos, garantizar el desarrollo de su clase; a la burguesía le importa dificultar este desarrollo, supeditando las tareas de dicho desarrollo a las tareas de “su” nación. Por eso el proletariado se limita a la reivindicación negativa, por así decir, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a dar nada a expensas de otra nación. Eso no será “práctico”, pero es de hecho lo que garantiza con mayor seguridad la más democrática de las soluciones posibles; el proletariado necesita tan solo estas garantías, mientras que la burguesía de cada nación necesita garantías de sus ventajas, sin tener en cuenta la situación (las posibles desventajas) de otras naciones”[19]. Con anterioridad al reconocimiento del derecho nacional a la “autodeterminación”, Lenin sitúa la unión internacional del proletariado sobre todo, particularmente en el contexto de un Imperio multinacional. Las naciones subyugadas, colonialmente algunas de ellas en esos Imperios multinacionales orientales, y, con ellas, su burguesía, podrán encontrar el apoyo bolchevique frente a ese imperialismo feudal-burgués en Oriente que las oprime (rechazando, además y de plano, el nacionalismo supremacista y los ansiados privilegios que el control del Estado otorga y que tanto ese imperialismo como las burguesías de nuevo cuño anhelan), empleando a la rusa como ejemplo paradigmático de estas últimas y a la finesa, por ejemplo, de las primeras. De ahí que apoyen las independencias polaca y finesa, impuestas (para consumar la insostenible presencia rusa en la Primera Guerra Mundial), de todos modos, por la humillante Paz de Brest-Litovsk de 1918 (aunque sus efectos quedaron suspendidos tras la derrota de esas Potencias Centrales en la contienda), por la cual la R.S.F.S de Rusia renunciaba, también, a los territorios bálticos, de Besarabia o ucranianos (recuperados en 1922 y anexados a la U.R.S.S tras la guerra civil rusa), recuperando, con posterioridad, Stalin la mayor parte de esos territorios.


En definitiva, es para Lenin la explotación de los asalariados lo que pondrá de acuerdo, más allá de vagas entelequias exclusivistas, a las burguesías tanto de naciones opresoras, como la rusa, como de naciones oprimidas, como la polaca. “El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá, de uno u otro modo, tanto en un Estado heterogéneo unido como en Estados nacionales separados. En todo caso, el obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios mantengan una posición de completa neutralidad, por así decir, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de “su” burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, (…), los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante”[20].


III. El marxismo y la cuestión nacional para Stalin


“Hay que combatir por la verdad contra los separatistas y oportunistas del Bund y de los liquidadores”[21]. Así describió Lenin, tras la detención de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Iósif Stalin, en su exilio vienés en marzo de 1913, los fines de una de las obras más clásicas de la tradición marxista-leninista (de estilo clarividente, directo y esquemático, orientado a su asequible comprensión por parte del proletariado y campesinado rusos), y complemento idóneo a las tesis de Lenin acerca de la autodeterminación: El marxismo y la cuestión nacional. El georgiano concluyó la redacción de este extenso artículo, con el título original de “La cuestión nacional y la socialdemocracia”, a principios de 1913, publicándolo como una sucesión de artículos en los tercer, cuarto y quinto números de la revista Prosveschenie. Para 1914 se publicó ya, aunque fue prontamente censurado por las autoridades zaristas, como un corpus completo por la petersburguesa editorial Priboi. Su reedición, en plena contienda civil en Rusia, se produjo en 1920, a instancias del Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades, encabezado por el mismo Stalin, que se sirvió de las tesis por él enunciadas para orientarse en la delimitación fronteriza de las nuevas repúblicas soviéticas, especialmente en las de Asia Central. Si bien la aplicabilidad de las ideas que podemos extraer de la obra de Stalin tiene un pretendido carácter universal, se afirma, siguiendo la estela de Lenin, la particularidad de las naciones canónicas, y, por ende, de sus luchas de clases, de Europa occidental y de América. “Las concepciones de la socialdemocracia de Rusia en cuanto a la cuestión nacional no están claras para todos los socialdemócratas”[22]. Parece querer decirnos Stalin que lo primario y elemental para los bolcheviques en particular, y para los socialdemócratas rusos en general, es la auténtica conformación, desde un prisma, lógicamente, materialista y marxista, de una concepción nacional propiamente rusa, esencial para la consecución exitosa de un proyecto revolucionario, siempre nacional (con la nación como sujeto operatorio), asentado sobre bases filosóficas coherentes y robustas.


Stalin principia con una crítica furibunda al nacionalismo desatado en el seno del Imperio ruso tras la fallida intentona revolucionaria de 1905, un nacionalismo que subordina toda lucha al problema nacional (poniendo como ejemplo los múltiples nacionalismos (defensores muchos de ellos de la autonomía nacional-cultural austro-marxista) en el Cáucaso, el sionismo o el nacionalismo del Bund (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia) entre los judíos, el nacional-chovinismo polaco o el panislamismo tártaro, entre otros), desuniendo, por ello, la lucha conjunta, sin fijación por la nacionalidad de cada cual, de los obreros, algo que dificultaba cualquier viso de éxito de una revolución proletaria futurible. Entendía el futuro líder soviético que solo los bolcheviques podrían rescatar y proteger a Rusia y a sus masas proletarias y campesinas de la “epidemia” nacionalista desatada, siendo el internacionalismo y la indivisibilidad de la lucha de clases los antídotos más apropiados. Aquellos que pretendiesen enfrentar las demandas de esos grupos serían parte de los denominados por Lenin “liquidadores”. No obstante, nada de lo dicho en párrafos anteriores sería susceptible de tener sentido sin una definición política acotada de nación, que Stalin, de manera unívoca, concretará así. “Una nación es, ante todo, una comunidad, una determinada comunidad de hombres. Esta comunidad no es de raza ni de tribu, (…) sino una comunidad de hombres históricamente formada”[23]. Dicha comunidad de hombres habrá de tener, según Stalin, siete características sine qua non, que iremos desgranando con tino y pausa, para ser considerada como una nación. Procedamos.


Habría alguno que pensaría que la no configuración de una comunidad estable no sería óbice para la conformación de una nación, contrargumentándoles Stalin de la siguiente manera: “Los grandes Estados de Ciro o de Alejandro no podían ser llamados naciones, aunque se habían formado en el transcurso de la historia y habían sido integrados por diversas razas y tribus. Esos Estados no eran naciones, sino conglomerados de grupos, accidentales y mal vinculados, que se disgregaban o se unían según los éxitos o derrotas de tal o cual conquistador”[24]. ¿Sería entonces toda comunidad estable una nación? Stalin respondería así: “No toda comunidad estable constituye una nación. Austria y Rusia son también comunidades estables, y, sin embargo, nadie las llama naciones. ¿Qué es lo que distingue a una comunidad nacional de una comunidad estatal? Entre otras cosas, que una comunidad nacional es inconcebible sin un idioma común, mientras que para un Estado no es obligatorio (…). La nación checa, en Austria, y la polaca, en Rusia, no serían posibles sin un idioma común para cada una de ellas, mientras que para la integridad de Rusia y de Austria no es un obstáculo el que dentro de sus fronteras existan varios idiomas. Y al decir esto, nos referimos, naturalmente, a los idiomas que habla el pueblo y no al idioma oficial de cancillería”[25]. La comunidad idiomática es, por tanto, una característica esencial de cualquier nación. En todas las naciones políticas, no solo en las canónicas, podemos encontrar multitud de lenguas regionales y dialectos de todo tipo y condición, instrumentalizados por muchos nacionalistas fraccionarios como ariete contra la nación que los envuelve y desborda, una vez entienden que esa comunidad idiomática nacional, que Stalin considera característica esencial de esa comunidad nacional de hombres, debiere ser monolítica y uniforme, comprendiendo, por tanto, toda comunidad idiomática como una nación potencial. Stalin, nuevamente, contrargumenta así esta extendida tesis: “Esto no quiere decir, como es lógico, que diversas naciones hablen siempre y en todas partes idiomas diversos ni que todos los que hablen uno y el mismo idioma constituyan obligatoriamente una sola nación. Un idioma para cada nación, ¡pero no obligatoriamente diversos idiomas para diversas naciones! No hay nación que hable a la vez diversos idiomas, ¡pero esto no quiere decir que no pueda haber dos naciones que hablen el mismo idioma! Los ingleses y los norteamericanos hablan el mismo idioma, y a pesar de esto no constituyen una sola nación. Otro tanto cabe decir de los noruegos y los daneses, de los ingleses y los irlandeses”[26]. La base del idioma, como todas las anteriores, debe, necesariamente, haberse formado territorialmente, es decir, sobre una base geográfica concreta. Si esto no fuese así podríamos bordear el absurdo de considerar la nación inglesa y la norteamericana, pero también las naciones hispanoamericanas y la española o, incluso, una comunidad estable de jubilados germanos que no hablen español en la Costa del Sol malagueña en relación a la nación alemana, como una misma nación. Dice así Stalin: “La nación solo se forma como resultado de relaciones duraderas y regulares, como resultado de la convivencia de los hombres, de generación en generación. Y esta convivencia prolongada no es posible sin un territorio común”[27]. Sin embargo, esta comunidad de territorio, según Stalin, debiere, necesariamente, de estar soldada por unos vínculos económicos fuertes, cediéndole aquí nuevamente la palabra: “La comunidad de territorio por sí sola no determina todavía la nación. Ha de concurrir, además, un vínculo económico interno, en tanto en cuanto la economía es siempre política, que suelde en un todo único las diversas partes de la nación. Entre Inglaterra y Norteamérica no existe este vínculo; por eso constituyen dos naciones distintas. Y los mismos norteamericanos no merecerían el nombre de nación si los diversos confines de Norteamérica no estuviesen ligados entre sí en una unidad económica gracias a la división del trabajo establecida entre ellos, al desarrollo de las vías de comunicación, etc.”[28]. La vida económica no puede quedar reducida, de ningún modo para Stalin (ejemplificándolo con la Georgia feudal, en la que se compartía comunidad idiomática y un territorio común pero que se encontraba dividida en distintos principados en permanente conflicto y sin trabazón económica entre sí), a esferas administrativas, superficiales, de carácter feudal.


Precipitándose en un fosco misticismo psicologista, Stalin enarbola la comunidad de psicología, y la comunidad de cultura como reflejo de esta, “como una de las particularidades características de la nación”, argumentándolo de la siguiente manera: “Además de lo dicho, hay que tener en cuenta también las particularidades de la fisionomía espiritual de los hombres unidos en una nación. Las naciones no solo se distinguen unas de otras por sus condiciones de vida, sino también por su fisionomía espiritual, que se expresa en las particularidades de la cultura nacional. (…) Huelga decir que el “carácter nacional” no es algo que exista de una vez para siempre, sino que cambia con las condiciones de vida; pero, por lo mismo que existe en cada momento dado, imprime su sello a la fisionomía de la nación”[29]. Stalin, una vez reconoce la impureza y la revolución permanente del contenido cultural, parece atenerse, mayormente, a una concepción de la cultura como realidad objetiva desprovista de pureza y armonía y como unidad de sistema, que modifica su contenido (subjetual, objetual y social) con el paso del tiempo y que queda delimitada espacio-temporalmente (por acontecimientos, mayormente geográficos e históricos, tanto internos, que determinan su contenido, como externos, que deslindan su perímetro), es decir, es dinámica pero estable, derivando su estabilidad, precisamente, de la codeterminación de sus partes y de su heterodeterminación con otras asimilables a ella, esto sí como producto de la dialéctica de clases y Estados.


Resumiendo, la nación, para Stalin, fuere una comunidad morfodinámica (sujeta a principio y final) estable, de territorio, de vida económica, de psicología, de cultura, históricamente formada y surgida sobre la base de una comunidad de idioma. Si alguna de estas características no se da simultáneamente no estaremos ante una nación. Parece evidente que Stalin, que ejemplifica su tesis con los ejemplos de Francia, Alemania e Inglaterra, está vinculando el Estado-nación político moderno con la nación en un sentido histórico, en tanto evolución de esta última. Cabe aquí ceder, para reafirmar esta noción (diferente en una Europa Oriental con un feudalismo que no había sido barrido en su práctica totalidad por el capitalismo, como ocurre en el Occidente europeo), nuevamente la palabra al propio Stalin: “La nación no es simplemente una categoría histórica, sino una categoría histórica de una determinada época, de la época del capitalismo ascensional. (…) Así sucede, por ejemplo, en la Europa Occidental. Los ingleses, los franceses, los alemanes, los italianos, etc., se constituyeron en naciones bajo la marcha triunfal del capitalismo victorioso sobre el fraccionamiento feudal. Pero allí, la formación de naciones significaba, al mismo tiempo, su transformación en Estados nacionales independientes. (…) El caso de Irlanda, que queda al margen de este proceso, no cambia el cuadro general. En la Europa Oriental, las cosas ocurren de un modo algo distinto. Mientras que en el Oeste las naciones se desarrollan en Estados, en el Este se forman Estados multinacionales. (…) Tal es el caso de Austria-Hungría y de Rusia. En Austria, los más desarrollados en el sentido político resultaron ser los alemanes, y ellos asumieron la tarea de unificar las nacionalidades austriacas en un Estado. En Hungría, los más aptos para la organización estatal resultaron ser los magiares -el núcleo de las nacionalidades húngaras- y ellos fueron los unificadores de Hungría. En Rusia, asumieron el papel de unificadores de las nacionalidades los grandes rusos, a cuyo frente estaba una potente y organizada burocracia militar aristocrática formada en el transcurso de la historia”[30].


En la sociedad socialista, en lo que vendría a ser la U.R.S.S, las naciones en su seno, tal y como se extrae de la exposición de Stalin, serán protegidas (perdurando en su existencia como Repúblicas, aunque también como regiones, oblast u okrug autónomos (Yakutskaya, Nagorno-Karabakhskaya o Aginskiy Buryatskiy respectivamente)) y alentadas o regeneradas en su supuesta autenticidad (véase como a muchos idiomas presentes en el Imperio ruso les fue dado un lenguaje escrito o se renovaron sus alfabetos, como en el caso del idioma turcomano, que pasó de utilizar el árabe al latino, desde 1928, y, posteriormente, el cirílico, ya en la década de 1940, recuperando la independiente Turkmenistán el alfabeto latino tras la desintegración de la URSS), siempre y cuando la integración político-económica que los planes comunes (entre los que cabe destacar el establecimiento del ruso como lengua común del Estado soviético) aseguraban no fuese quebrantada por estas naciones que reciben su condición del Estado soviético, de ninguna manera de sí mismas, por lo que son únicamente posibles en el seno soviético. Ante la imposibilidad de que un Estado pueda albergar otros bajo su amparo, cuando estas naciones (en las cuales su autonomía en forma de República soviética y su reconocimiento nacional fomentaron la génesis, y fortalecimiento posterior, de una “burguesía” burocrática, anticomunista en su fase final, de nuevo cuño) reconocidas deseen convertirse en naciones políticas (Estados-nación) oportunamente dichas la U.R.S.S tendrá, inevitablemente, que disolverse, tal y como ocurrió. La contradicción, mantenida desde el inicio y pretendidamente, o así creyeron erróneamente, sorteada, no pudo quedar encerrada de manera indefinida.


IV. Rosa Luxemburgo: puente entre la Revolcuión de Octubre y las naciones canónicas de Europa occidental y América


Su vehemente y activa oposición política a la participación proletaria en la Primera Guerra Mundial (que entendía como una guerra de depredación imperialista que hacía ineludible ya el rompimiento con el capital como relación social de producción) y el haber sido la indispensable inspiradora del levantamiento revolucionario espartaquista de 1919, aunque reacia participante (cabe destacar que, junto al judeo-germano Karl Liebknecht, también fundador de la Liga Espartaquista y del Partido Comunista de Alemania, fue brutalmente asesinada en la represión que siguió al levantamiento, ordenada e instada por la socialdemocracia alemana que encabezaba el primer presidente de la República de Weimar Friedrich Elbert, sirviéndose para ello de los Freikorps, grupos paramilitares, de carácter protofascista e imbuidos en un furibundo anticomunismo nacionalista), convirtieron a la judeo-polaca Rosa Luxemburgo en una figura clásica, diría yo, para el marxismo, y que, como tal, no pudo obviar la perenne problemática nacional, representando, con su posición[31], un bolchevismo (véase en su discernimiento de que el Partido, como organización revolucionaria de vanguardia de los trabajadores, ha de ser el que dirija la espontaneidad de las masas en pos de su emancipación y de la del pleno futuro) ya no eminentemente ruso, acomodable a otros contextos.


Rosa Luxemburgo, nacida en Polonia (obtuvo, además, la nacionalidad alemana tras la consumación de su matrimonio con Gustav Lübeck), es decir, en el seno del Imperio ruso, y de ascendencia étnica judía, pudo, desde un comienzo, captar, de mejor forma, los gradúes de la cuestión nacional. A pesar de que, como hemos visto anteriormente, Lenin no considerase aplicable el apartado 9 del programa de los socialdemócratas rusos en nación canónica alguna, Luxemburgo recelaba de este (al igual que de las perspectivas austro-marxistas o de la posición homologable adoptada por los social revolucionarios rusos, de robusto apoyo entre el campesinado, heredada, a su vez, de los pre marxistas, aunque influyentes en estos a la postre, populistas rusos o Naródnik), considerándolo conflictivo y elusivo en todo contexto, y sobremanera en el de los Imperios multinacionales orientales y costándole obviar su íntima conexión con el añejo principio de la independencia y libertad de las naciones, epocal y nacionalmente indefinido, de los liberales y del nacionalismo burgués y la posible desvinculación de este principio de la política del marxismo, en particular, y de la clase obrera, en general. Si bien Lenin niega la mayor, se ve forzado a equilibrar y graduar, concreción mediante, la tesis bolchevique acerca de la “autodeterminación”, algo que habría resultado en una mera quimera de no contar con una postura crítica como la de Luxemburgo, que sitúa, históricamente, la internacionalización del principio de “autodeterminación” de todas las naciones en el Congreso de la II Internacional de 1896, celebrado en Londres, que afirmó el mencionado principio o derecho como compensación (artificiosa, genérica y provisional) ulterior a la desestimación, considerándola una línea errónea, de la demandada exigencia del Partido Socialista Polaco de erigir un Estado polaco independiente (tesis conclusiva que Rosa Luxemburgo respaldó, entendiendo que dichas demandas nacionalistas solo satisfacían las aspiraciones de la burguesía polaca y que en nada cambiaría el reconocimiento de este principio la dialéctica de clases y Estados, una verdad que encontramos en los hechos históricos), que entendían era toda una estocada a la articulación imperialista rusa. Sin embargo, el problema no se zanjó, depositando vagas esperanzas en la entelequia de que el futurible socialismo lo haría.


Luxemburgo no cesará jamás en su condena a cualesquiera formas de opresión nacional, sin embargo, y citando aquí sus propias palabras, “el deber del partido de la clase obrera de protestar y luchar contra la opresión nacional no surge de un “derecho de las naciones” especial, como tampoco su lucha por la igualdad social y política entre los sexos emana de ningún “derecho de la mujer innato, como sugiere el movimiento de las feministas burguesas, sino que surge exclusivamente de la oposición general a las estructuras de clase y a toda forma de desigualdad y dominación social; en una palabra, surge de la propia posición básica del socialismo”[32]. Considerar que las naciones por el hecho de serlo, o las mujeres o el género humano, disfrutan de derechos especiales o eternos no es, para Rosa Luxemburgo, más que un tópico infantil y metafísico que fundamenta, ideológicamente, por ejemplo, al liberalismo o ciertas corrientes del anarquismo (“el revolucionarismo anarquista mide “la fuerza según las intenciones y no las intenciones según la fuerza”; es decir, mide sus aspiraciones únicamente en función de lo que su razón especulativa, jugando torpemente con una utopía vacía, considera como “bueno” o “necesario” para la salvación de la humanidad”[33], cavila Luxemburgo, que juzga que es la historia la que marca a los socialdemócratas la potencia de realización de sus acciones y que será la “fuerza” (manifestándose en la alocución de Luxemburgo, veladamente, esa “heterodeterminación” antes mencionada), y no un “derecho”, el marcador de la viabilidad), y que es incompatible con una concepción filosófica materialista y madura, arguyéndolo así: “El materialismo dialéctico nos ha enseñado que el contenido real de estas verdades, fórmulas y derechos “eternos” viene determinado solo por las condiciones sociales materiales en una época histórica dada. Partiendo de esta base, el socialismo científico ha revisado todo el conjunto de clichés democráticos y de metafísicas ideológicas heredado de la burguesía”[34]. En consecuencia, la ideología (incluyendo aquí las ideas nacional-políticas) de cada época no es, para Luxemburgo, una creación ex nihilo, desechando la noción de una cultura nacional burguesa surgida de la nada, sino que esta “hunde sus raíces en los productos ideológicos de épocas precedentes, al tiempo que despliega su propio desarrollo lógico en un campo concreto”[35].


No solo es para Luxemburgo imposible la independencia de cualesquiera territorios, sino que, siguiendo lo expuesto por Marx y Engels, no fuere deseable, al ser algunos de ellos, inclusive sin hacer efectiva esa independencia, meros despojos contrarrevolucionarios (que se mueven en sentido refractario al moderno desenvolvimiento globalizador capitalista, por lo que son, necesaria e inevitablemente, reaccionarios, integrando aquí a esos federalistas, a los que caracteriza como ilusos, utopistas y pequeño-burgueses, que entienden esa organización territorial típicamente anarquista como un talismán), que participan en la historia únicamente por pertenecer o ser parte de naciones políticas de administración centralizada, que han experimentado una notoria evolución material en forma de descomunal desarrollo de las infraestructuras comunicativas, industriales y comerciales, o por convertirse en cabeza de turco de un escenario geopolítico determinado. Dice así Rosa Luxemburgo: “Hoy las reliquias étnicas que existen en todos los Estados dan fe de los conflictos y las mezclas que caracterizaron el devenir histórico en el pasado. El mismo Marx mantuvo que estos residuos nacionales no tenían más función que servir de bastiones de la contrarrevolución,