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15.4- La Cuarta Transformación y la dimensión nacional-popular en México.

por Alfonso Vázquez Salazar


Resumen: La cuestión nacional-popular es un aspecto clave para comprender el desarrollo de los movimientos políticos enmarcados en una perspectiva de transformación social en los distintos países hispanoamericanos. Juan Carlos Portantiero afirmaba que precisamente esos movimientos “fueron la forma política de lucha que las clases populares habían alcanzado realmente” y que, en ese sentido, constituyeron la auténtica experiencia histórica de un socialismo latinoamericano. Este artículo ofrece algunas claves de interpretación del significado profundo del denominado proceso de la Cuarta Transformación que encabeza en México el presidente Andrés Manuel López Obrador y destaca la dimensión nacional-popular como un componente fundamental de ese proyecto político. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que cualquier proyecto con una perspectiva de transformación social debe asumir esa dimensión a través de la cual las masas trabajadoras se representan a sí mismas su identidad y su participación política y que, en consecuencia, ese anhelo de cambio social deviene necesariamente un proyecto nacional que identifica sus intereses con la persistencia de la nación.


Palabras clave: Política, Estado, Democracia, Nacional-Popular, Cuarta Transformación, México.




I.- ¿Qué significa la Cuarta Transformación?


El significado político de la Cuarta Transformación se clarifica mejor si se determinan con mayor precisión los principales elementos o dimensiones que articulan al proyecto de nación que le da sustento. Estos elementos fundamentales sin los cuales no es posible asimilar el pleno carácter de la denominada Cuarta Transformación de México son la dimensión nacional, la dimensión popular, la dimensión democrática y la dimensión social.


Desde luego que existen otras formas de aproximarse al significado político de la Cuarta Transformación, sobre todo si se toman en cuenta las declaraciones del principal dirigente que la encabeza y, hasta cierto punto, la encarna, a saber, el presidente Andrés Manuel López Obrador. Una de ellas es la noción misma de transformación, la cual es conceptualizada como un “proceso semejante a una revolución, pero sin ser violento”, y la ubicación histórica en la que el propio presidente ha colocado a la 4T en la historia nacional.


En ese sentido, la Cuarta Transformación es un proceso político que establece una línea de continuidad con otros momentos históricos de gran calado que han definido a México como nación política independiente a lo largo de sus años de desarrollo plenamente soberano: 1ª) la revolución de independencia de 1810 a 1821, 2ª) la reforma juarista de 1857, complementada con la restauración de la república en 1867 después del triunfo sobre la intervención francesa y el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, 3ª) la Revolución mexicana de 1910 y 4ª) la gran insurgencia popular-electoral de 2018 que derrotó en las urnas a la corriente política que implementó el neoliberalismo en México a lo largo de 36 años.


Cada una de estas transformaciones históricas obedecen a momentos concretos a través de los cuales se ha constituido la nación política mexicana en cuanto tal y sin los cuales no podría ser concebida; es decir, son determinaciones esenciales que explican la configuración específica que ha adquirido México como nación y que, grosso modo, remiten a: a) su nacimiento; b) su viabilidad como proyecto soberano a través del liderazgo de figuras patrióticas que lograron conformar un poder político central que impuso la unidad nacional en todo el territorio ante tendencias centrífugas que la vulneraban; c) su consolidación a través de la formación de un Estado fuerte que institucionalizó ese poder político central y lo desplegó a lo largo y ancho de la república; y, finalmente, d) su regeneración ante la captura del conjunto de las instituciones estatales por los poderes fácticos que proliferaron en el período neoliberal y que la llevaron a su decadencia; y la cual requiere, a su vez, del sustento de un vigoroso movimiento nacional-popular democrático que reivindique el interés público para separar de manera efectiva al poder político del poder económico.


Otra forma de acercarse a la comprensión del significado de la Cuarta Transformación es a través de la noción de “cambio de régimen” o de la idea de “purificación de la vida pública”, las cuales apuntan hacia un ámbito específicamente político y ético, respectivamente. La noción de “cambio de régimen” refiere a la necesidad de construir un orden político nuevo, como preconizaba Gramsci, que cancele el viejo orden neoliberal basado en la corrupción, las canonjías y los privilegios, y que se articule de manera estratégica con la idea de “purificación de la vida pública”, la cual asume una impronta moral que recupera el binomio indispensable entre ética y política al plantear que sólo será posible la construcción de ese orden político nuevo al cual se aspira con una profunda renovación intelectual y moral de la sociedad, es decir, con una “revolución de las conciencias”.


Todo ello advierte que la Cuarta Transformación es un proceso de carácter político que se encuentra sumamente ligado a una perspectiva moral identificada con el objetivo de construir una nueva ética pública, es decir, una nueva forma de concebir y practicar las relaciones sociales para que con ello se contribuya a la reconstrucción del tejido social resquebrajado por el neoliberalismo en sus distintas fases de implementación en nuestro país y se inicie la regeneración de la nación.


En esa concepción de la política como acción colectiva regeneradora de la nación desempeña un papel fundamental la figura del Estado, ya que es a través del conjunto de sus instituciones que será posible estructurar las decisiones con las cuales se comience a revertir el proceso de deterioro de la vida pública en todas sus esferas: política, social, económica, cultural, moral, intelectual, etc.


Así, pues, tenemos que la Cuarta Transformación es un concepto histórico-político global que apunta hacia un proceso de regeneración de las estructuras de la nación para su plena vigencia y actualización, en una coyuntura signada por el debilitamiento del Estado y la dispersión de sus esfuerzos que se coaligaron con los intereses privados más ominosos en el período neoliberal, y cuyos efectos fueron el abandono de la población a su propia suerte y la incapacidad de las instituciones para garantizar su seguridad en un sentido amplio: desde la protección a sus vidas y bienes —como señalaban los iusnaturalistas del siglo XVII— hasta la satisfacción de los derechos sociales más elementales como el empleo, la salud, la vivienda y la educación: tal cual era la aspiración del llamado Estado de bienestar que surgió ante la grave crisis económica de 1929 en el pasado siglo.




II.- El Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024 de Andrés Manuel López Obrador.


En cuanto al proyecto de nación que la Cuarta Transformación enarbola y que, desde mi perspectiva, es la aproximación más certera a su verdadero significado político, se puede revisar la plataforma electoral y el programa de gobierno que Andrés Manuel López Obrador presentó ante el Instituto Nacional Electoral en 2018, y el cual lleva por título “Proyecto Alternativo de Nación 2018-2024”.


En las líneas maestras de dicho plan se encuentran distintos rubros como “legalidad y erradicación de la corrupción”, “combate a la pobreza”, “recuperación de la paz”, “autosuficiencia energética”, “autosuficiencia alimentaria”, “reconstrucción nacional” y “competitividad internacional”, entre otros, los cuales son estructurados por determinados ejes rectores que reiteran en cada uno de esos rubros la necesidad de defender el interés nacional, procurar una austeridad republicana en el manejo de las finanzas públicas y combatir a la corrupción que propició el régimen neoliberal “para alentar el cambio de rumbo que se requiere y alcanzar el objetivo de la reconstrucción nacional”, ya que “en 2024 queremos vivir en un México justo, democrático, soberano, pacífico y transparente” (2018: 3).


De esta forma las ideas de justicia, democracia, soberanía nacional, paz y transparencia (hacer más pública la vida pública, como decía Daniel Cosío Villegas) son los principales lineamientos que estructuran al proyecto alternativo de nación que fue puesto a consideración de los mexicanos en el pasado proceso electoral para renovar la presidencia de la república y que finalmente fue elegido de manera abrumadora por el 53% de la población el 6 de julio de 2018.


Ante ello, es posible afirmar que la dimensión nacional, popular, democrática y social son los principales componentes del proyecto de nación que impulsa el presidente Andrés Manuel López Obrador y que transcurridos ya cuatro años de su gestión gubernamental se pueden constatar como los principales ejes articuladores que orientan sus decisiones estratégicas, constituyendo un perfil muy específico que permite identificar a la Cuarta Transformación como un proceso político con una fuerte impronta nacional-popular de carácter democrático cuyo objetivo fundamental es generar las condiciones para que mediante una reasignación del gasto social y la elevación a rango constitucional de distintos programas sociales se atienda y beneficie directamente a las grandes mayorías empobrecidas de nuestro país.


Dicho con otras palabras, la Cuarta Transformación arraiga en la tradición de un nacionalismo popular que se ha reconfigurado de distintos modos a lo largo de la historia de México, siendo el más inmediato de éstos la corriente ideológica del nacionalismo revolucionario que definió el perfil de la Revolución mexicana en un período que abarca por lo menos desde 1910 hasta 1982, y que ahora asume una dimensión democrática que se caracteriza, sobre todo, por un proceso de politización del componente popular que lo involucra activamente en la toma de decisiones del Estado, canalizándolo en distintos procesos participativos con los cuales se presiona a distintas instancias como la Suprema Corte de Justicia de la Nación con la finalidad de impulsar cambios en su funcionamiento que sean favorables a los intereses de esos sectores populares, y sin menoscabo del papel central de legitimación política que desempeñan los mecanismos formales de participación electoral con los que se renuevan periódicamente a las autoridades políticas de nuestro país en un marco de plena garantía del ejercicio de las libertades.



III.- La noción de Proyecto nacional.


A partir de lo dicho anteriormente, es sumamente relevante advertir que la noción de “Proyecto de nación”, o “proyecto nacional”, no es una expresión que sea propiamente original del movimiento nacional-popular encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, sino que más bien es el legado de un sector de la izquierda mexicana socialista de los años ochentas, el cual, en el contexto de la reforma política de 1977 y del proceso de unificación partidista en el que participó, insistió en la necesidad de que esas nuevas organizaciones que surgían en aquellos años, como el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y el Partido Mexicano Socialista (PMS), formularan un programa de gobierno con una perspectiva de transformación social acorde a las circunstancias de la realidad de nuestro país y que además fuera lo suficientemente atractivo para obtener el respaldo de la población en los procesos electorales.


Lo que estaba en juego con la noción de proyecto nacional era cuestionar la idea de un modelo socialista abstracto y de carácter supuestamente universal que podía ser aplicado sin ningún tipo de mediaciones a la realidad histórica compleja de un país como México, y que era sostenida por grupos radicales de la extrema izquierda que desdeñaban los procesos de unificación partidista impulsados por el Partido Comunista Mexicano (PCM), el Movimiento de Acción Popular (MAP) y otras organizaciones más, al considerarlos como meras maniobras burguesas o reformistas que distraían de los esfuerzos que implicaba la revolución proletaria. Estos grupos radicales al sostener una concepción catastrofista de la acción política optaron por la lucha armada o por la militancia en organizaciones marginales que al quedar completamente desvinculadas de las demandas de las clases populares fueron incapaces de orientarlas y de incidir de manera decisiva en la realidad social.


La noción de proyecto nacional precisamente combatía esos reduccionismos y planteaba como premisa de la acción política socialista la necesidad de comprender de manera efectiva la configuración de la realidad mexicana mediante el análisis del funcionamiento específico del Estado y del significado de la Revolución mexicana, así como de las tendencias observables en el movimiento obrero que en ese momento reclamaba una democratización efectiva de sus respectivos organismos de representación sindical.


La tesis que este sector de la izquierda mexicana sostenía era que no podía conformarse una auténtica alternativa socialista en México sin un proyecto nacional que se identificara con los intereses de las clases populares y el cual se vinculara orgánicamente con sus organizaciones mediante un programa de acción impulsado desde los partidos políticos socialistas que surgían de los distintos procesos de unificación llevados a cabo en los años ochentas.


En esa idea central, los principales documentos a través de los cuales este sector de la izquierda mexicana insistió en la articulación de un proyecto nacional fueron los libros: México, hoy. (Siglo XXI, 1979), coordinado por Pablo González Casanova y Enrique Florescano; y México: la disputa por la nación. Perspectivas y opciones de desarrollo (Siglo XXI, 1981), de Rolando Cordera y Carlos Tello. (Ortiz Palacios, 2001: 45-46) (1)


Ambos libros ofrecían diagnósticos de la situación en la que se encontraba México en la coyuntura de finales de los años setentas e inicios de los ochentas, y establecían las causas de lo que a su juicio explicaba la crisis estructural del país. Ésta consistía, de acuerdo con los autores de México: la disputa por la nación, en el agotamiento del modelo corporativo mediante el cual el sistema político emanado de la Revolución mexicana obtenía legitimidad por parte de los sectores populares, ya que al incorporarlos a la toma decisiones del Estado a través del otorgamiento a sus dirigentes de diputaciones, senadurías, gubernaturas o cargos administrativos, afianzaba un pacto social con las masas obreras y campesinas que le permitía dirigir el desarrollo económico del país y formar una verdadera burguesía nacional, a la par que, simultáneamente, creaba instituciones de seguridad social para los trabajadores y otorgaba incrementos salariales reales.


Sin embargo, con el paso de los años, el régimen corporativo de la Revolución mexicana comenzó a resultar contraproducente a los intereses de los sectores populares, debido a que en la medida en que la burguesía nacional monopolista se consolidaba, su actividad política era cada vez más abierta y agresiva al grado de presionar al Estado de distintos modos para que se desligara de los sectores populares que sustentaban el pacto que le daba legitimidad social y política, pues advertía en ese componente del sistema político un serio obstáculo para el despliegue de su hegemonía.


De este modo, al presentarse la crisis económica de finales de los años setenta, y al repercutir sus efectos en toda la población, las clases populares comenzaron a impulsar procesos de democratización en sus respectivos organismos de representación gremial y sindical con la finalidad de reorientar la política económica del Estado hacia posiciones más cercanas al nacionalismo revolucionario, haciendo valer su fuerza como sectores organizados pertenecientes al sistema político, mientras que las agrupaciones de la burguesía monopolista nacional ligada al sector financiero presionaban para obtener condiciones más favorables a sus intereses.


Así, se perfilaron dos proyectos que entraron en una confrontación abierta por la disputa de la nación y por el control del Estado mexicano: por un lado, el proyecto nacionalista —heredero de la Revolución mexicana—, apoyado por el sector obrero y las clases populares; y, por otro, el proyecto neoliberal, impulsado por los sectores empresariales ligados a la burguesía financiera y al sector tecnocrático al interior del Estado mexicano:

Los proyectos neoliberal y nacionalista se presentan como las coordenadas dentro de las cuales se dará el desarrollo del país. Salvo situaciones excepcionales, ninguno de ellos parece tener posibilidades ciertas de realizarse de manera absoluta. La combinación económico-política que resulte, el peso que cada proyecto alcance en la realidad social del porvenir serán el producto de la lucha entre las clases, de las formas e inclinaciones que adopte el quehacer estatal y del grado de organización y persistencia que pongan en juego las fuerzas sociales que los promueven. (Cordera; Tello, 1981: 110-111)

Ante esa disputa por la nación, el filósofo Carlos Pereyra, ligado orgánicamente al sector de la izquierda mexicana socialista que insistía sobre la necesidad de articular un proyecto nacional, fue quien estableció con mayor claridad y precisión las principales características que debía presentar un proyecto nacional para ser reconocido como tal, ya que no cualquier proyecto de desarrollo o crecimiento económico del país podía ser identificado como garante del interés de la nación. Estos aspectos a considerar eran: la autosuficiencia económica, el control efectivo del Estado sobre los recursos naturales del país, la plena soberanía nacional y la satisfacción de las necesidades elementales de los sectores populares:

Frente a las ambigüedades y confusiones en el uso del concepto proyecto nacional, vale la pena precisar de entrada la significación con la que será utilizado aquí. Se pueden localizar cuatro rasgos esenciales cuya presencia permite afirmar que el crecimiento cuantitativo de la economía cumple con los requerimientos de un proyecto nacional: 1) establecimiento de condiciones que hacen posible un crecimiento endógeno autosostenido; 2) control de la nación sobre sus recursos naturales y su planta productiva; 3) ejercicio de la soberanía en las relaciones internacionales; 4) capacidad de satisfacer las necesidades básicas del conjunto de la población. (Pereyra, 1990: 181)

De esta manera se observa que para ese sector de la izquierda mexicana socialista, al cual pertenecía Pereyra, era fundamental la dimensión nacional en un proyecto que asumiera una perspectiva de transformación social, puesto que de lo contrario no podía ser llamado en sentido estricto proyecto nacional, sino más bien proyecto extra-nacional o de plano anti-nacional, ya que lo que definía al interés nacional era una compleja relación entre lo que podría denominarse las condiciones de producción económica —que abarcaban los recursos naturales de la nación, el territorio, las materias primas y demás insumos con los cuales se llevaba a cabo el proceso productivo y económico— y las distintas clases y fracciones de clase que se vinculaban con ellas.


En ese sentido, las clases populares al encontrarse ligadas de manera más directa con esas condiciones de producción se erigían como los agentes más efectivos para salvaguardar el interés de la nación en su conjunto. De modo que, en función del desarrollo histórico de la nación mexicana, el interés nacional se identificaba con los intereses de las clases populares trabajadoras que tenían como objetivo principal salvaguardar esas condiciones de producción para asegurar el sustento y la reproducción material de su propia existencia.


Cuando la disputa por la nación se resolvió a favor del proyecto neoliberal en 1982, con el ascenso al poder de Miguel de la Madrid, y se consolidó en 1988 con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el componente nacional-popular del Estado mexicano rompió de manera abierta con el sistema político emanado de la Revolución y se unió a las organizaciones de la izquierda mexicana socialista que impulsaron el proceso de unificación partidista en los años ochentas. El resultado fue que la corriente ideológica del nacionalismo revolucionario eclipsó a la perspectiva socialista que se venía forjando —aunque siempre insuficientemente— al interior de esas organizaciones, pero prevaleció como uno de sus legados el concepto de proyecto nacional que fue reformulado posteriormente como proyecto alternativo de nación —con el claro propósito de trazar una línea de demarcación ante el proyecto neoliberal desnacionalizador— y cuyos rasgos esenciales siguen siendo aquellos que fueron delineados por Pereyra en su reflexión en torno a la cuestión nacional, y a la dimensión fundamental que reviste junto a las “formas populares del nacionalismo” (Pereyra, 2010: 418) en un proceso de transformación de las relaciones sociales existentes.


IV.- La cuestión nacional-popular.


De tal modo que desde un principio la dimensión nacional ha estado presente en el proyecto político de la Cuarta Transformación. Y esta presencia no es gratuita, sino que obedece a una condición histórica que se encuentra enraizada en la propia lucha de las masas populares por mejorar sus condiciones de vida, así como en las distintas expresiones ideológicas que han desarrollado a lo largo de su propia práctica política.


Dicho con otras palabras, el nacionalismo no ha sido una corriente ideológica ajena a los sentimientos más profundos de las masas populares en México, sino que fundamentalmente es, y ha sido, una elaboración creada por ellas mismas, que ha identificado de manera directa sus intereses con la participación activa de sus integrantes en el arduo proceso de construcción de la nación, es decir, de un proyecto forjador de “una comunidad política en la que todos los sectores sociales se encuentren representados y se sientan parte” (Niszt, 2014: 109-110).


En los años setentas y ochentas, en un contexto histórico marcado por la guerra fría entre los E.E.U.U y la Unión Soviética —con el triunfo de la Revolución cubana de 1959 y con las movilizaciones sindicales y estudiantiles de aquella época—, las corrientes más ortodoxas de la izquierda mexicana socialista consideraban que el nacionalismo era solo un instrumento ideológico de la dominación burguesa, el cual tenía que ser combatido para que las masas trabajadoras pudieran tomar plena conciencia de sus intereses como clase y avanzar hacia una revolución social de carácter internacionalista.


Asimismo se tenía una relación de extrema complejidad —“difícil convivencia”, dirían algunos— con el denominado nacionalismo revolucionario, o la también llamada por Arnaldo Córdova “ideología de la Revolución mexicana” (Córdova, 1973), pues, a pesar de que se admitía en el discurso nacionalista una acción defensiva contra el imperialismo y un recurso para el fortalecimiento de la clase obrera y, con ello, el de un desarrollo nacional independiente, lo cierto era que seguía siendo considerado en última instancia como una mera expresión ideológica burguesa que subordinaba los intereses de la clase obrera a la clase capitalista.


Y a pesar de que existieron otras corrientes de la izquierda mexicana que refutaron tales tesis y que contribuyeron a reivindicar la dimensión nacional en un proyecto de transformación social —como se señaló en el apartado anterior—, hoy, cuando ya no existe más una perspectiva socialista, es menester seguir insistiendo en que esa elaboración ideológica forjada por las masas populares a través de sus distintas luchas por edificar una nación se mantiene vigente.


Esto es importante resaltarlo porque en un momento histórico en el que se resquebraja el paradigma de la globalización neoliberal que fue entronizado una vez que la guerra fría terminó y el bloque comunista se disolvió, las denominadas izquierdas entraron en una crisis de identidad que las llevó a sustituir al marxismo con las más estrafalarias ideologías posmodernas que han propiciado una extremada confusión conceptual caracterizada por la exacerbación del individualismo, la exaltación de posturas irracionalistas y, sobre todo, una despolitización velada que lo mismo reniega de la sociedad, la cultura, el Estado, la nación, la moral y la historia por considerarlas anacrónicas o instrumentos de una supuesta opresión general contra el individuo o sectores minoritarios.


Estas tendencias dentro de la izquierda, si es que el término todavía significa algo en nuestros días, no son solo funcionales al despliegue e implementación del neoliberalismo en el mundo y en nuestro país, sino que son su correlato ideológico, es decir, su expresión más acabada en el campo de la cultura, de la intelectualidad y de las universidades, debido a que la conformación de una individualidad cada vez más dispuesta a desligarse de su pasado inmediato y renuente a reconocerse en una realidad más amplia que exceda su narcisismo, sólo puede beneficiar a aquellos intereses que buscan precisamente la desnacionalización de las sociedades y la disolución de todo lazo profundo entre los individuos de una comunidad política específica.


Por esa razón, hoy como ayer, es tarea de los intelectuales nacionalistas y de los militantes, simpatizantes y adherentes de la Cuarta Transformación de la vida pública de México reivindicar la dimensión nacional-popular como el componente fundamental de un proyecto político de transformación social que tiene como objetivo principal la regeneración de la nación y la restitución de su dignidad soberana con el apoyo de las masas populares, las cuales identifican la satisfacción de sus necesidades más apremiantes con el anhelo de seguir forjando una nación que históricamente ha sido fortalecida por su participación decidida y su esfuerzo colectivo permanente.




Notas:

(1 ) Este sector de la izquierda mexicana socialista al que me refiero fue el conformado por el Movimiento de Acción Popular (MAP), surgido en 1981 de “las experiencias ligadas a la corriente de la revista Punto Crítico y la atracción que ejerció en algunos círculos de la izquierda intelectual el movimiento sindical del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM)”. Luis Ángel Ortiz Palacios indica que además de México, hoy y México: la disputa por la nación, “los libros colectivos La desigualdad en México (1984) y México ante la crisis (1985), fueron vistos también como representativos de las posiciones de esa corriente política de la izquierda, que era caracterizada como reformista y estatista, sobre todo por sectores pertenecientes a la denominada izquierda revolucionaria”.


Bibliografía:

  • Cordera, R, y Tello, C. (1981) México: la disputa por la nación, México: Siglo XXI.

  • Córdova, A. (1973) La ideología de la Revolución mexicana, México: ERA.

  • Niszt, F. (2014) La izquierda socialista y el nacionalismo revolucionario, derroteros de una difícil convivencia, México: Tesis Doctoral FLACSO.

  • Ortiz Palacios, L. A. (2001) Teoría y política en la obra de Carlos Pereyra. México: UNAM / Plaza y Valdés.

  • Pereyra, C. (1990) Sobre la democracia. México: Cal y Arena.

  • Pereyra, C. (2010) Filosofía, historia y política. Ensayos filosóficos (1974-1988). Compiladores: Gustavo Ortiz Millán y Corina Iturbe, México: FCE-UNAM.

  • Proyecto Alternativo de Nación 201-2024. Plataforma Electoral y Programa de Gobierno del Movimiento de Regeneración Nacional (2018). Recuperado el 20 de febrero de 2021 de https://repositoriodocumental.ine.mx/xmlui/bitstream/handle/123456789/94367/CG2ex201712-22-rp-5-2-a2.pdf

Sobre el autor:

Licenciado y Maestro en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es Candidato a Doctor en Filosofía política por la misma institución y se desempeña como Profesor Titular “B” de Tiempo Completo Definitivo en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) de México. Cuenta con el reconocimiento de Profesor con Perfil Deseable PRODEP-SEP. Autor de los libros Perfiles mexicanos. Ensayos sobre filosofía mexicana contemporánea (Cámara de Diputados, 2019), El grado cero de la política y otros ensayos sobre la democracia en México (UPN, 2021) y Demarcaciones. Intervenciones políticas en la coyuntura nacional-popular mexicana (en prensa, 2023) Sus líneas de investigación son: Filosofía política, Teorías de la democracia e Historia intelectual del siglo XX. Responsable del proyecto de investigación CESPII-UPN: “Naturaleza y función de la enseñanza de la filosofía”.

Twitter: @elrabbi

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