4.9- Relatos Víricos #1.

Actualizado: 21 de jun de 2020

Por R. Gonmar y D. Herdo


Resumen: Un paleontólogo evolucionista vino a decir que “la física es la ciencia de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño.” y que “La biología es la física de lo infinitamente complejo”. Pero establecer un nuevo infinito no parece decirnos demasiado sobre la realidad que hay entre el máximo y el mínimo de la realidad material. Como apuntábamos, la relación entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño está mediada por un trabajo, una acción que se reduce a la transferencia de una magnitud. ¿Con todo el espacio muestra posible, por qué el incremento de la complejidad requiere un plegamiento dimensional de sus formas? ¿Por qué el aumento de complejidad no supone un fenómeno expansivo? Porque la complejidad no tiende a un espacio infinito, sino a un espacio concreto. La forma resultante, producto de la mediación de un trabajo [una función], se ajusta a una dimensión espacio temporal concreta que condiciona las formas estructuradas bajo su límite. La presión mecánica de un medio [Espacio-tiempo] es condición suficiente para un aumento de la complejidad, pero no presenta necesidad, atributo este último, que requiere de un incremento masivo de funciones mínimas en un sistema. Solo hay una dimensión espacio temporal que podría ejercer una presión mecánica suficiente para emerger una función sin un aporte de destino por parte de un observador externo como condición necesaria. ¿Cómo se entiende la dirección o el desenlace evolutivo sin incorporar elementos mágicos que lo hagan posible? Si fijamos la vista en los principales mediadores, en aquellos microorganismos con un mínimo funcional, descubriremos las características de la materia. Ellos son los que realizan la síntesis sobre el atributo universal.

Palabras clave: virus, bacterias, vida, materialismo histórico, universo.


“Los hombres, por el contrario, a medida que se alejan más de los animales en el sentido estrecho de la palabra, en mayor grado hacen su historia ellos mismos, conscientemente, y tanto menor es la influencia que ejercen sobre esta historia las circunstancias imprevistas y las fuerzas incontroladas, y tanto más exactamente se corresponde el resultado histórico con los fines establecidos de antemano. Pero si aplicamos este rasero a la historia humana, incluso a la historia de los pueblos más desarrollados de nuestro siglo, veremos que incluso aquí existe todavía una colosal discrepancia entre los objetivos propuestos y los resultados obtenidos, veremos que continúan prevaleciendo las influencias imprevistas, que las fuerzas incontroladas son mucho más poderosas que las puestas en movimiento de acuerdo a un plan.” F. Engels, Introducción a La Dialéctica de la Naturaleza.

Encontramos un estudio hace poco que intentaba resolver aquella afirmación que lanzó el astrónomo Carl Sagan en Cosmos, célebre programa de televisión de los años 80. Para realizar la hazaña, el estudio asignaba un tamaño promedio a un grano de arena. Esta tarea la realizó Gary Greenberg, un científico que examinó la arena y calculó que cada grano tiene un tamaño aproximado de una décima de milímetro [10 millones de granos en un metro cúbico].


El estudio logró determinar de forma ponderada que hay 375.000 millones de metros cúbicos de arena, un resultado que nos devuelve en granos de arena una cifra de 3.75 con veintiún ceros detrás. La respuesta no dejaba lugar a dudas: hay alrededor de diez sextillones de estrellas y algo menos de cuatro sextillones de arena en las playas de la tierra. Sagan había acertado con su afirmación.

10.000.000.000.000.000.000.000. Estrellas en el universo.

4.000.000.000.000.000.000.000. Granos de arena.

Parecía que este cálculo ponderado sería suficiente para templar la inquietud aritmética de algunos observadores estacionales. La realidad es que esto solo arrojaba información comparada con las playas de la tierra. ¿Qué sucedía con el depósito de granos de los desiertos? ¿y toda la arena del fondo de océanos, lagos y demás superficies sumergidas (el 70,7% de nuestro planeta)? Hasta aquí vamos a leer porque es una frontera que nos resulta suficiente para continuar esta aventura mensurable.


¿Más estrellas que arena? Carl Sagan solo había formulado una hipótesis para encontrar y medir una razón. Un suceso nada menor por simple que parezca; se construye un artefacto intelectual por comparación, para establecer una relevancia sobre un contenido y como resultado, la emergencia de una nueva información destacada. La razón es un fenómeno tautológico, se expresa así mismo valiéndose de unos principios que una sociedad debe asumir universalmente como ciertos, de lo contrario no se podría constituir y consolidar como ejercicio rector. Para hacerlo, estos principios son regidos por una lógica, disciplina que se encarga de definir las reglas que gobiernan la razón. La lógica formal establecer tres principios: identidad, no contradicción y el principio del tercero excluido. Es la lógica, por tanto, la que determina lo que es o no es razonable en cumplimiento a una sería de principios. Si adecuamos los elementos a los principios logramos que el resultado comparado sea coherente. Parece que Sagan tenía razón.


Para entonces no se hizo ninguna otra similitud comparada que nos sirviera para medir proporciones de escala. La continuidad a este ejercicio podría haberse justificado en la búsqueda de los máximos y los mínimos más significativos para nuestra racionalidad; comparaciones que nos proporcionan información relevante para nuestra comprensión de las magnitudes y las distancias que guarda nuestro universo material. Podría haber sido un entrenamiento primitivo o un primer acercamiento lúdico al estudio de la complejidad, a la comprensión de lo cuantitativo y lo cualitativo. Acercarnos a la variable información como una realidad materializada, a cómo la información, ordena y/o codifica el lugar en donde está; y ¿dónde está? Por entonces no sucedió, no se realizaron más incursiones sobre proporciones y escalas que nos acercarán a la frontera de lo universal.


Nosotros convenimos en que el ejercicio podría ofrecer nuevas oportunidades a las comunidades dotadas de razón, si bien anotamos que los objetos comparados no alumbran una salida significativa si grandeza e insignificancia quieren mostrar relacionando volúmenes inertes. Por contra, sí nos pueden ayudar a comprobar las relaciones entre lo infinitamente concreto y lo absolutamente abstracto. Para ello solo hay que seguir sustituyendo uno de los dos objetos comparados. Por ejemplo, la cantidad de moléculas contenidas en una gota de agua. Algo así como: ¿En cuántas gotas de agua se contienen más moléculas [H2O] que estrellas en el universo?

10 gotas de agua. ¿La magnificación del universo que quería hacernos ver Carl Sagan se aumenta o se reduce? Cambiemos la pregunta ¿La magnificación de lo universal se aumenta o se reduce? La lógica del lenguaje no se presenta de la misma forma que la lógica del pensamiento. Para un/a argentino/a preguntar ¿Qué es lo más grande? no parece ser lo mismo que preguntar ¿Qué es más grande? A fecha de hoy se han destacado otros artefactos conceptuales para separar lo grande de lo complejo.


A nuestro parecer lo más significativo a destacar en estos análisis comparados es cuando el tamaño grande y lo complejo se asocian en una relación incremental, porque esto obliga a aumentar una magnitud específica de algo. Adquirir nueva información mediante este proceder, no solo fija una nueva función, sino que requiere un aumento del número total de elementos sobre la realidad material de un universo muestra. ¿Cómo se acumulan estos productos de la razón? ¿Qué dimensión habitan? ¿Se acumulan realmente? Veremos que la opción más plausible pasa por un plegamiento estructural sobre un medio material con un orden ya dado.


Pero para llegar a este punto empecemos por desarrollar el enunciado que nos ha traído hasta aquí. En el estudio de la composición, estructura y propiedades de la materia surge una primera distinción a mediados del siglo XVIII que separa los compuestos basados en carbono del resto. Al igual que esta, toda clasificación es un constructo subjetivo que nos permite abstraernos del conjunto total de relaciones, para fijarnos en aquellas que consideramos relevantes para nuestro proceder cognoscitivo. Siempre que nos abstraemos es para escoger el conjunto de relaciones significantes de un sistema. La proposición de Sagan reducía el campo muestra para significar una magnitud a través de una cantidad comparada, y establecer relevancias fuera de la relación objetiva que mantienen los dos cúmulos de materia escogida. Es a través de una característica contable o mensurable, una proporción, como se establece una dependencia entre granitos de arena y estrellas.


Al proponer una sustitución de una de las dos magnitudes por la cantidad de moléculas en una gota de agua, logramos advertir, de forma muy sencilla, que la cantidad de elementos mínimos desempeña un papel fundamental en la adquisición de una nueva característica funcional en el universo material. Que el constituyente basal del principio de transformación pudiera ser una característica mensurable nos anima a continuar nuestra comparativa; podríamos estar ante el mecanismo más primitivo de evolución y por lo tanto de aumento de la complejidad.


Estas semblanzas de la dialéctica procesual divergente, donde lo mismo se hace otro por un mecanismo de metábasis, hace que cualquier estudio comparado entre proporciones y escalas pueda determinar el límite de la función con respecto a un tamaño. El siguiente paso sería fijar nuestra atención en aquellas unidades mínimas que desempeñan una función, es decir, solapar la función adquirida con un tamaño mínimo. Fijado un tamaño mínimo por función podríamos desenredar la evolución con respecto al tamaño. Dicho de otro modo, ver si el tamaño mínimo de una función es un máximo, es decir, es el tamaño suficiente y necesario para constituir una formar especifica de materia.


Nuestra hipótesis pasa por establecer una relación que mida la cualidad de una función que emerge a través de una característica mensurable, por cantidad, para entender como un máximo número de elementos, con un mínimo funcional por unidad, hacen emerger un conjunto de semióticas como fuente principal para el incremento de la complejidad en cualquier universo muestra. Aunque las consecuencias que podría implicar esto las veremos más tarde, parece que el universo astrofísico, aunque fácil de observar, es en realidad muy pequeño funcionalmente comparado con otras magnitudes.


Esto, que no deja de ser una discusión sobre el emerger de una nueva función en base a una densidad poblacional, obliga, como primer paso, a estratificar nuestra búsqueda para encontrar elementos que se presenten en gran número poblacional y presenten un máximo funcional, es decir, tengan un cuerpo específico formado. En nuestro caso, por su tamaño, hay dos grupos sobre los que poner la atención: El primero a nombrar son las bacterias, de unos pocos micrómetros (por lo general entre 0,5 y 5 μm de longitud). Y el segundo, los virus o si se prefiere, Aphanobionta (Novak 1930), Akamara (Hurst 2000) o Nucleacuea (Biolib 2008), que son hasta 100 veces más pequeños que las Bacterias.


La relación parece sencilla de establecer. Solo tendremos que hacer el mismo ejercicio que con los granos de arena. Solo que ahora, al obtener la respuesta, deberemos fijar la atención en tres elementos: Función, Magnitud y Trabajo; una función es el desempeño de un trabajo. Una magnitud es función de otra si el valor de la primera depende del valor de la segunda. El trabajo es la transferencia de