5.10- Notas para una reconstrucción histórica de la filiación eslavo-española

Actualizado: 7 de sep de 2020

por Yesurún Moreno Gallardo[1]


Resumen:

El presente artículo no trata de exonerar culpas ni mucho menos rastrear la arqueología de un carácter o temperamento español al modo esencialista o primordialista, sino, más bien, incorporar elementos problemáticos para estimular el subsiguiente debate historiográfico. En concreto, pretendemos circunscribir la influencia de Stalin en la guerra civil española en un marco mucho más amplio de relaciones entre la filosofía política rusa y la cultura política española.

El punto de partida es la constatación del hecho que, la recepción del legado filosófico anarquista -eminentemente- bakuniano, (aunque también vía Kropotkin y Proudhon) tuvo en España un impacto mucho mayor de lo que se suele creer. En las siguientes líneas daremos cuenta del carácter combativo a la par que indisciplinado del pueblo español para sugerir que la literatura historiográfica no hierra, o no lo hace tanto, cuando habla de los “incontrolados” de CNT-FAI a cargo de Companys durante las Jornadas de Mayo de 1937.

Por ello, hemos considerado que sería oportuno dividir la explicación en cuatro grandes puntos, a saber: (I) la revolución (revoltosa); (II) el apoliticismo; (III) el antiliberalismo; (IV) el anticlericalismo.

Un buen punto de partida en esta tarea arqueológica son las palabras que Karl Marx dedica a la sociedad española en su artículo La España revolucionaria publicado en el New York Daily Tribune el 9 de septiembre de 1854:

Así ocurrió que Napoleón, que, como todos sus contemporáneos, consideraba a España como un cadáver exánime, tuvo una sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado español estaba muerto, la sociedad española estaba llena de vida y repleta, en todas sus partes, de fuerza de resistencia.

Palabras clave

España, Siglo XIX, Antiliberalismo, Apoliticismo, Anticlericalismo, Anarquismo.






I. Introducción: el siglo XIX español, una lógica pendular.


“En el campo republicano, hemos visto, se encuentra, desgajado del tiempo, todo el repertorio del romanticismo revolucionario europeo, Bakunin y Marx, Sorel y Lenin: algo que viene del reencuentro tardío con la imaginación social de 1848 aureola la retórica de la izquierda española”. François Furet, El pasado de una ilusión.

Debemos retrotraernos en el tiempo algo más de un siglo.

Hasta las postrimerías del siglo XVIII, España estaba sumida aún en el Ancien Régime. La inestabilidad política, los levantamientos, los problemas endémicos de una sociedad basada, prácticamente en su totalidad, en una economía orgánica -agraria- azotada por las plagas, los problemas demográficos y técnicos, así como el papel de la Iglesia Católica y, en concreto, de la Santa Inquisición (que ejercía de repelente contra las ideas liberales en el contexto de la post-Contrarreforma) empujarían a esta nación a ser vista como el enfermo europeo. Hay un consenso amplísimo respecto al atraso frente a Europa.


El pensamiento español estaba dominado por las ideas absolutistas encarnadas en “Los serviles”, “Los liberales llamaron serviles a sus rivales políticos, por defender estos el absolutismo y los privilegios estamentales y de la Iglesia, limitando el alcance de la reforma liberal” (De la fuente, 2013: p.43): un grupo de eclesiásticos seguidores del pensamiento contrarrevolucionario del pensador francés Joseph de Maistre, que consideraba que la Revolución Francesa (1789) había sido un castigo divino derivado de la tolerancia hacia ideas blasfemas que trataban de suplantar a Dios en virtud de la idolatría a la Razón. Tal y como sugiere Pedro Carlos González Cuevas, el pensamiento tradicionalista se desarrolló

en la sociedad española, más tardíamente que en Francia. Sin embargo, el pensamiento contrarrevolucionario español iba a disfrutar a lo largo de más de un siglo de una continuidad, volumen e influencia que difícilmente se dieron en la historia intelectual y política europea (González Cuevas, 2013: p.101).

El pensamiento absolutista basaba la estabilidad del sistema político español (como se ha apuntado) en el terror establecido por la inquisición y el despotismo del soberano. Frente a la amenaza liberal, que había logrado desplazar de la centralidad política a todos los cuerpos intermedios del Antiguo Régimen; nobleza, clero, incluso a la monarquía, a partir de las Revoluciones Liberales