5.4- ¿Fue Alexandra Kollontai feminista?

Por Carlos B.S.



Resumen:

A lo largo del presente artículo trataremos de responder a la cuestión que se plantea en el título. Para ello tendremos que analizar primeramente los orígenes del feminismo, del cual surge a su vez el movimiento sufragista, que tendrá especial incidencia en Reino Unido y, posteriormente, se extenderá a otros países europeos y americanos. Seguidamente, y centrándonos en el leit motiv del artículo, nos centraremos en el sufragismo ruso, para lo cual será necesario realizar un análisis previo del contexto económico, político y social en el que surge el feminismo. Para finalizar, expondremos la visión que Kollontai tuvo del sufragismo burgués de su época a través del análisis de sus textos y realizaremos una reflexión final acerca de si fue realmente feminista.


Palabras clave: Alexandra Kollontai, feminismo, lucha de clases, sufragismo.



Alexandra Kollontai con trabajadoras rusas


I. Origen del feminismo. Movimientos sufragistas en Francia e Inglaterra.



El sufragismo en Francia


Las primeras manifestaciones a favor de la igualdad social y política entre hombres y mujeres tuvieron lugar en los años anteriores al estallido de la Revolución Francesa, cuando comenzaron a surgir voces que reclamaban que las mujeres pudieran tener espacio en los llamados Estados Generales, que representaban a los tres estamentos sociales del Antiguo Régimen (nobleza, clero y Estado llano). Durante el posterior proceso revolucionario la participación femenina fue muy activa, pese a lo cual no consiguieron adquirir la condición de ciudadanas ni se les reconoció derechos políticos.


La feminista francesa Olympe de Gouges se convirtió en la primera mujer que reivindicó el sufragismo femenino. Escribió una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana que constituyó un alegato a favor de la igualdad, a la par que una denuncia de lo que ella entendía como un desprecio que las mujeres estaban sufriendo a manos de los revolucionarios franceses. El texto finalizaba haciendo un llamamiento a la reflexión:

“¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más patente, un desdén más marcado”


Mujeres francesas marchando a Versalles


A raíz del estallido de la Revolución Francesa, la participación femenina en la vida política fue creciendo gradualmente y se hizo patente en la aparición de clubes republicanos fundados por mujeres y en las que participaban tanto burguesas como proletarias. El derecho al voto se convirtió en una de las principales reivindicaciones. Sin embargo, tales demandas siguieron encontrando la negativa de los revolucionarios; la Constitución jacobina de 1793 estableció el sufragio universal masculino; la posterior Convención Nacional de 1795, de signo conservador, cerró cualquier opción de equiparación de derechos entre hombres y mujeres. Por lo tanto, podemos concluir que el sufragismo incipiente francés fue un rotundo fracaso, al no hacerse visible en ninguna de las tres constituciones revolucionarias ni en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.




El sufragismo en Reino Unido


El otro gran foco sufragista –y en el que se consiguieron los éxitos más importantes- se ubicó en el Reino Unido. La feminista Mary Woolstonecraft escribió a finales del siglo XVIII «Vindicación de los derechos de la mujer». En dicha obra defendió una educación igualitaria que acabase con la subordinación de la mujer hacia el hombre. Pese a ser pionera dentro del movimiento feminista británico, Woolstonecraft no abordó el derecho al voto femenino. Habrá que adentrarse en el siglo XIX para apreciar las primeras reivindicaciones e iniciativas a favor del sufragismo.


Sufragistas británicas a comienzos del siglo XX


La lucha sufragista estuvo desde el primer momento ligada a sectores burgueses reformistas de la sociedad británica. Así, en el año 1832 Mary Smith, una rica propietaria, solicitó al Parlamento Británico su derecho al voto amparándose en que, si las mujeres estaban sometidas a las mismas leyes que los hombres, entonces tenían derecho a elegir a quienes las elaboraban. La solicitud fue rechazada pero sentaría un importante precedente en las reivindicaciones de las sufragistas.


Tendremos que saltar a la década de los 60 del siglo XIX para ver las primeras acciones de las sufragistas. En 1867, el elitista grupo de las Damas de Langham Place presentó en la Cámara de los Comunes una nueva solicitud que permitiera el acceso al voto a las mujeres. Entre las solicitantes se encontraba Harriet Taylor, esposa del economista John Stuart Mill, quien ejerció una notable influencia en su marido. La petición sufrió un nuevo revés al ser rechazada con 73 votos a favor y 196 en contra.


A partir de entonces, la estrategia pasó a ser la militancia activa. Surgieron sociedades sufragistas en diferentes ciudades británicas que terminaron convergiendo en la Sociedad Nacional para el Sufragio de las Mujeres (creada por Lydia Becker en 1867). Su plan de acción se basó en la impartición de conferencias y la entrega de cartas a parlamentarios con el fin de que éstos apoyasen sus reivindicaciones sufragistas. Un aspecto reseñable es que esta asociación, en un primer momento, no reclamó el voto para todas las mujeres sino únicamente para las viudas y solteras con propiedades. Por esa razón, su militancia estuvo formada fundamentalmente por mujeres provenientes de la pequeña y mediana burguesía.


Treinta años más tarde, la sociedad se refundaría bajo el nuevo nombre de Unión Nacional de Sociedades Sufragistas (NUWSS, sus siglas en inglés). Millicent Garret, nacida en el seno de una familia ilustrada, pasó a ser su nueva líder y se convirtió en una referente del movimiento sufragista. La NUWSS apostó por una táctica moderada y acorde a la legalidad vigente a la hora de reivindicar sus objetivos. Sin embargo, dentro de su seno surgirían facciones radicales que quisieron desligarse del apoyo –más bien ambiguo- del Partido Liberal y el Partido Laborista. A diferencia del NUWSS, que admitía a hombres en sus filas, estas nuevas organizaciones radicales rechazaron cualquier apoyo masculino.


Dentro del sufragismo radical emergió la figura de Emmeline Pankhurst. Desencantada con la pasividad de laboristas y liberales respecto al voto femenino, en 1903 creó la Unión Social y Política de Mujeres. Anteriormente había participado en la creación de la Liga pro Sufragio de las Mujeres. Sus hijas Sylvia y Christabel colaboraron estrechamente con ella.

Pankhurst fue partidaria de la vía violenta, lo cual le granjeó enemistades y escisiones dentro de su formación. La Unión Social y Política de Mujeres llevó a cabo atentados con bombas y planeó acabar con la vida del entonces primer ministro Herbert Henry Asquith. Paralelamente organizó mítines, pega de carteles y movilizaciones de carácter pacífico.



Emile Pankhurst

Las reivindicaciones sufragistas culminaron con la consecución del derecho al voto de las mujeres el 6 de febrero de 1918, aunque éste fue limitado a propietarias, esposas de propietarios y universitarias mayores de 30 años.





II. Características económicas, políticas y sociales del Imperio Ruso (finales del siglo XIX-comienzos del siglo XX). Situación de la mujer.


Una vez analizados los movimientos sufragistas francés y británico, que fueron los que más repercusión tuvieron en Europa durante los siglos XVIII y XIX, nos detendremos en el caso del Imperio Ruso.

He estimado necesario analizar su situación política, económica y social a lo largo de un marco temporal concreto: el que abarca desde finales del siglo XIX hasta las dos primeras décadas del siglo XX.


A nivel político, Rusia era un Imperio zarista que abarcaba dos continentes: Europa y Asia. Su forma de gobierno era la monarquía absoluta, pese a que, a lo largo del siglo XIX, varios zares trataron de implantar medidas liberalizadoras. Uno de ellos, el zar Alejandro III, frenó dichas reformas a raíz del atentado que sufrió en 1881. El Estado ruso se dotó de una eficaz policía secreta que reprimió cualquier intento de disidencia. Su sucesor en el trono, Nicolás II, mantuvo ese política represora aunque, como veremos más adelante, se vio obligado a introducir tibias reformas a raíz de las revoluciones de 1905 y febrero de 1917.


El peso de la economía del Imperio Ruso descansaba en un sector primario que se había quedado obsoleto al no producirse una mecanización del campo. La industrialización de Rusia dependió en buena medida del capital exterior (sobre todo, de Francia). Las industrias más importantes fueron la ferroviaria y la industria pesada. Cabe destacar que la liberación de siervos –gracias a la reforma emancipadora del zar Alejandro II– y la industrialización fueron dos elementos que permitieron la posterior proletarización de la sociedad rusa.


Entroncando con la última frase del párrafo anterior, los cambios en la esfera económica ocurridos en la segunda mitad del siglo XIX se tradujeron en un aumento de la burguesía urbana y, como ya hemos dicho anteriormente, de la clase obrera. Pese a todo, el campesinado continuó siendo la clase social más numerosa, fruto del enorme peso que siguió teniendo el sector agrario dentro del Imperio ruso. Por su parte, la aristocracia rusa se mantuvo hasta 1917 como la clase dominante y propietaria de grandes extensiones de tierra, aunque durante la última etapa del zarismo irá distanciándose de la monarquía imperial rusa.


La apertura política y económica de finales del siglo XIX dio lugar a la aparición de una serie de partidos políticos que representaban a la práctica totalidad del espectro social de la época.



Situación de la mujer en el Imperio Ruso


Centrándonos en la cuestión femenina, la situación de la mujer a finales del Imperio Ruso vino determinada por una serie de factores que entroncan con la tradición rusa.


Cabe destacar que, debido a la extensión y pluralidad nacional del Imperio ruso, la legislación era diferente en función a la ubicación geográfica, de tal forma que las leyes de Polonia, Finlandia, Besarabia y las repúblicas bálticas eran diferentes de las del resto del Imperio y estaban basadas en códigos civiles decimonónicos como el napoleónico, el austro-húngaro o el alemán. Esto repercutió, consecuentemente, en la posición social de la mujer.


La sociedad rusa estaba configurada bajo una superestructura patriarcal -influenciada por el peso de la religión ortodoxa- que subordinaba a las mujeres a la autoridad del marido bajo la creencia de que éstas eran intelectualmente inferiores. Legalmente, las casadas tenían más derechos que las solteras. El matrimonio de una mujer con un hombre de mayor status social permitía a ésta ascender socialmente y conservar sus privilegios a la muerte del marido, incluyendo la herencia de propiedades.


A finales del siglo XIX, la proletarización de la sociedad rusa se extendió a las mujeres. Los salarios de las trabajadoras eran inferiores a los de sus compañeros varones para el mismo puesto de trabajo. Como veremos más delante en los textos de Alexandra Kollontai, las trabajadoras rusas tomarían parte activa dentro del incipiente movimiento obrero ruso y su papel fue determinante en diversas huelgas y procesos de corte prerrevolucionario.



III. El movimiento feminista ruso (segunda mitad del siglo XIX-principios del siglo XX).


El sufragismo ruso surgió a partir de la segunda mitad del siglo XIX dentro de los círculos nobiliarios y burgueses. El objetivo de las primeras feministas rusas fue conseguir la igualdad legal con los hombres, aunque desentendiéndose de las campesinas que habían sido liberadas tras la reforma emancipadora de Alejandro II y ahora se encontraban en una absoluta desprotección legal. Nos encontramos, por lo tanto, ante un movimiento feminista, el ruso, que comenzó actuando en unos ámbitos sociales concretos y que, como demostrará posteriormente Alexandra Kollontai, no se preocupó en cambiar la realidad material de las mujeres campesinas y proletarias.


Las feministas rusas más importantes fueron Ana Filosofova, Nadezhda Stásova y María Trubnikova, todas ellas nacidas en el siglo XIX y de origen nobiliario. Sus inquietudes filantrópicas las llevaron a crear en 1860 la Sociedad para el Alojamiento barato y Ayudas para Residentes de San Petersburgo. Esta institución caritativa se encargó de ayudar a personas sin hogar –sobre todo mujeres- y formarlas para poder desenvolverse mejor en el ámbito laboral. Años más tarde, en 1895, Ana fundaría la Asociación caritativa de mujeres rusas.


El siguiente objetivo de las feministas fue extender la educación a las mujeres rusas. En 1867, Ana Filosofova envió a Alejandro II cuatrocientas firmas a favor de que las rusas pudiesen acceder a estudios superiores. La respuesta del zar fue negativa. No obstante, Ana conseguiría años más tarde abrir una Universidad Rusa de Mujeres, conocida como “cursos Bestujev”. Allí estudiaría Nadejda Krupskaia, esposa de Lenin, aunque lo hizo durante un breve periodo de tiempo, ya que consideraba que dicha universidad estaba demasiado alejada de la realidad.


Anna Filosovova


En 1899, Filosofova accedió a la presidencia del Consejo Internacional de Mujeres, una asociación feminista norteamericana fundada once años antes en Washington. En uno de sus congresos, la socialdemócrata alemana Lili Braun se atrevió a plantear la falta de protección legal que sufrían las mujeres dentro del ámbito laboral; la respuesta del Consejo Internacional de Mujeres fue la de no invitar más a las delegadas socialistas. Apreciamos por vez primera que el feminismo hegemónico de aquella época no era más que una corriente que apostaba por la caridad y la filantropía en lugar de encontrar soluciones a la opresión laboral que sufrían las mujeres proletarias.


A partir de 1905, poco después de la revolución que acabó en el Domingo Sangriento, las feministas rusas se embarcaron en la lucha sufragista con la fundación de la Unión Panrusa para la Igualdad de Derechos de las Mujeres. Mujeres de diverso extracto social se adhirieron a la reivindicación del sufragio femenino y del derecho a la participación en la vida política. En la asamblea fundacional participó una entonces desconocida Alexandra Kollontai, cuya intervención analizaremos en el próximo apartado. La asamblea fue tensa y mostró las profundas desavenencias entre las feministas burguesas y las socialistas. Estas últimas apostaban por la vía revolucionaria a la hora de conseguir la emancipación de las trabajadoras rusas. Finalmente, las propuestas de las socialistas fueron rechazadas.


Las sufragistas rusas apostaron por tácticas reformistas en su lucha a favor del voto de las mujeres. Prueba de ello es que otra organización feminista, la Unión de Mujeres, se adhirió a una federación liberal que con el tiempo daría origen al Partido Kadete (partido al que también se afiliaría Ana Filosofova, de la que ya hemos hablado antes).

Las actividades de la Unión de Mujeres se centraron en pedir el sufragio femenino a la Duma rusa a través de campañas y de la recogida de firmas. La evolución de esta asociación hacia postulados claramente reaccionarios se hizo patente cuando, en su etapa final, apostaron por el sufragio censitario.


La desaparición de la Unión de Mujeres dio paso a una nueva formación feminista, mucho menos relevante, denominada Partido Progresista de las Mujeres, que siguió apostando por la vía reformista y un modelo político de monarquía constitucional. Al igual que la Unión de Mujeres, intentaron presionar a la Duma para conseguir, sin éxito, el sufragio femenino.


Como conclusión, vemos que el feminismo ruso tuvo una primera etapa a mediados del siglo XIX que se caracterizó por ser de corte nobiliario (las feministas más destacadas procedían de ese extracto social) y que apostó por la filantropía y la caridad para con las mujeres campesinas y proletarias, pero sin profundizar en las causas de la opresión de clase. A comienzos del siglo XX, inspiradas en las sufragistas británicas, el feminismo ruso aprovechó la coyuntura aperturista del zarismo a raíz de la revolución de 1905 para exigir el voto femenino en la Duma. Lo hicieron a través de diversas formaciones y partidos de corte burgués que rechazaron la vía revolucionaria por la que apostaban las socialistas rusas. El sufragismo ruso fracasó en su cometido, pero se convirtió en un fiel reflejo de las fricciones existentes entre la burguesía reformista y el socialismo revolucionario. Fricciones que Alexandra Kollontai reflejó en sus escritos y que, seguidamente, pasaremos a analizar.




IV. Alexandra Kollontai, lucha de clases y feminismo burgués


Alexandra Kollontai fue una revolucionaria soviética nacida en San Petersburgo (1872). Procedía de una familia aristócrata rusa de origen ucraniano. Estudió en Suiza y al finalizar sus estudios se adhirió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.

Participó activamente en la revolución de 1905 y en la de febrero de 1917, convirtiéndose en una de las principales promotoras de la emancipación de las proletarias rusas. Sus obras abordan cuestiones dispares como la lucha de clases, liberación sexual, prostitución y matrimonio.



Alexandra Kollontai

A lo largo de este apartado nos centraremos en mostrar el análisis que Alexandra Kollontai hizo sobre la cuestión femenina en la Rusia zarista, así como su visión del feminismo ruso de comienzos del siglo XX.


Hemos dicho que Kollontai tuvo un papel destacado en la Revolución rusa de 1905. Del mismo modo, hemos mencionado que, sensibilizada por la situación precaria que atravesaban las proletarias de su país, asistió a la asamblea de la Unión Panrusa para la Igualdad de Derechos de las Mujeres. En dicho acto tuvo lugar el primer desencuentro entre Kollontai y las feministas burguesas. La revolucionaria rusa acusó a las sufragistas de desentenderse de la opresión de clase que sufrían las mujeres proletarias e hizo una defensa de la lucha de clases y del socialismo como únicas herramientas que permitirían la emancipación de las mujeres. Su discurso fue seguido de abucheos e insultos por parte de las feministas rusas.


Sobre la Unión de Mujeres y su recogida de firmas a favor del sufragio femenino, Kollontai escribió:

Las feministas utilizaron todos los medios para establecer contacto con las mujeres trabajadoras y ganarlas a su lado. Intentaron obtener su apoyo y organizarlas en sindicatos de mujeres que supuestamente estaban "por encima de las clases", pero que en realidad eran burgueses de principio a fin. Sin embargo, un sano instinto de clase y una profunda desconfianza hacia las "señoras" salvó a las mujeres trabajadoras de ser desviadas hacia el feminismo, y de cualquier conexión larga y permanente con las feministas burguesas

Como hemos visto, Alexandra Kollontai destacó la madurez de las proletarias rusas, que pese a los cantos de sirena de las sufragistas burguesas supieron mantener firmes sus intereses de clase.


Respecto al papel del Partido Progresista de las Mujeres, Kollontai dijo que “intentó organizar a las empleadas domésticas bajo el cuidado de sus jefas”.

Por consiguiente, apreciamos que Alexandra fue muy crítica con las organizaciones feministas surgidas a comienzos del siglo XX y que, inspiradas en el sufragismo británico, pretendían implantar el voto femenino a raíz de las reformas liberalizadoras del régimen zarista tras los sucesos revolucionarios del año 1905.



Mujeres rusas en la revolución de febrero de 1917

Dichas desavenencias fueron expuestas en varios textos en los que la revolucionaria rusa analizó la situación laboral de las proletarias rusas y propuso la revolución proletaria como vía de liberación de la mujer trabajadora. De entre ellos destacaremos «Los fundamentos sociales de la cuestión femenina», «Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia» o «El Día de la Mujer». Iremos desgranando algunas de las ideas más importantes recogidas en estos escritos.


En relación al interés de las nobles y burguesas rusas en abrazar postulados feministas a mediados del siglo XIX y su consiguiente sensibilización ante cuestiones como la pobreza y la educación, Kollontai escribió lo siguiente:

La cuestión de la mujer adquirió importancia para las mujeres de las clases burguesas aproximadamente en la mitad del siglo XIX: un tiempo considerable después de que la mujer proletaria hubiera llegado al campo del trabajo. Bajo el impacto de los monstruosos éxitos del capitalismo, las clases medias de la población fueron golpeadas por olas de necesidad. Los cambios económicos hicieron que la situación financiera de la pequeña y mediana burguesía se volviera inestable, y que las mujeres burguesas se enfrentaran a un dilema de proporciones alarmantes, o bien aceptar la pobreza o conseguir el derecho al trabajo. Las esposas y las hijas de estos grupos sociales comenzaron a golpear a las puertas de las universidades, los salones de arte, las casas editoriales, las oficinas, inundando las profesiones que estaban abiertas para ellas. El deseo de las mujeres burguesas de conseguir el acceso a la ciencia y los mayores beneficios de la cultura no fue el resultado de una necesidad repentina, madura, sino que provino de esa misma cuestión del “pan de cada día”.

Las mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los hombres profesionales, apegados a sus “pequeños y cómodos puestos de trabajo”, y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta lucha dio lugar al “feminismo”: el intento de las mujeres burguesas de permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los hombres


Kollontai rechazó la idea de que los hombres fueran un obstáculo en la lucha de las mujeres (recordemos el sufragismo radical de Emile Pankhrust y su rechazo a la participación masculina dentro del movimiento feminista). La revolucionaria rusa consideró que los varones debían participar activamente en la lucha emancipadora de sus compañeras, ya que ambos sufrían la misma opresión de clase. Sobre esta cuestión, Kollontai dijo:

Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al “sexo débil”. Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres, como también es cierto que las condiciones de trabajo asalariado, a veces, convierten a las mujeres trabajadoras en competidoras y rivales de los hombres. Pero en estas situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable…

Kollontai acusó a las feministas de desentenderse de sus “hermanas menores” (refiriéndose a las mujeres proletarias) y de buscar el beneficio individual a través del sufragio femenino, rechazando la revolución obrera que permitiría a la mujer trabajadora librarse de las cadenas a las que le sometía el capitalismo:

Una mujer puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la servidumbre, de las lágrimas y las dificultades (…) Pero, cada nueva concesión que consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana menor y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos sociales opuestos”

En un texto titulado «El Día de la Mujer», en el que Kollontai explicó el origen y los motivos por los que se debía celebrar el Día de la Mujer Trabajadora, la revolucionaria rusa incidió especialmente en la ruptura irreversible entre los intereses de clase de las obreras rusas y las feministas burguesas:

“Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufragistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres”
“Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo”.

Como hemos visto en textos anteriores, Kollontai afirmó que dicha ruptura fue consecuencia de la maduración y de la progresiva adquisición de conciencia de clase de las mujeres proletarias rusas. Dicho despertar, a su juicio, se produjo en el año 1904 como consecuencia de la guerra entre Rusia y Japón .


En su obra “Sobre la historia del movimiento de trabajadoras en Rusia”, distingue dos etapas dentro de este proceso:

1) Una primera etapa en la que las proletarias rusas se posicionaron a favor de las reivindicaciones de las feministas burguesas y asistieron a sus reuniones y mítines.

2) En la segunda etapa se produjo el despertar de las mujeres obreras. A partir de entonces tuvieron lugar huelgas y manifestaciones masivas en las que participaron empleadas domésticas, cocineras, lavanderas y criadas. Kollontai afirmó que dicho despertar se extendió a las campesinas rusas, sobre las que recayó el peso de la guerra entre Rusia y Japón:

“Las campesinas analfabetas y oprimidas dejaron sus casas y pueblos por primera vez para ir a la ciudad a presionar a las oficinas del gobierno en un intento por obtener noticias sobre sus esposos, hijos, padres, para pedir asistencia social y defender sus intereses… La total falta de derechos, que era la suerte de los campesinos, las mentiras y las injusticias del orden social existente se hallaban a la vista las campesinas… Ellas volvieron de la ciudad endurecidas, cargando en ellas amargura, odio y enojo… En el verano de 1905 toda una serie de “rebeliones de enaguas” irrumpieron en el sur. Llenas de ira y con una audacia sorprendente, las campesinas atacaron los cuarteles militares y policiales donde se encontraban los reclutas del ejército y se llevaron a sus hombres a sus casas. Armadas con rastrillos, horcas y escobas, las campesinas echaron a los guardias armados de sus pueblos. Protestan a su manera contra la carga insoportable de la guerra”


V. Reflexión final: ¿Fue Kollontai feminista?


Una vez analizados los textos de Kollontai, y al contrario de lo que se recoge en muchas páginas web y de lo que afirman algunas dirigentes feministas, podemos concluir que Alexandra no fue feminista. Sus ideas revolucionarias socialistas le llevaron a criticar abiertamente el feminismo tanto en asambleas de sufragistas como en sus textos. Sus críticas, tal como hemos podido ver a lo largo del presente artículo, se fundamentaban en que las sufragistas buscaban el interés individual, desentendiéndose de las condiciones míseras en las que vivían las proletarias y campesinas rusas. Kollontai consideraba que la lucha de clases y la revolución proletaria eran los caminos hacia la emancipación de la mujer trabajadora, a lo cual se opusieron frontalmente las feministas debido a que sus intereses pasaban por tibias reformas que permitiesen el sufragio femenino, pero en ningún caso un nuevo orden político y económico que beneficiase los intereses de la clase trabajadora. Asimismo, Kollontai denunció el carácter segregador del feminismo burgués, que presentaba al hombre como un obstáculo en la consecución de sus metas. Para la revolucionaria rusa, la conquista del poder político por parte de la clase obrera y la consiguiente emancipación de la mujer era una tarea que imbuía a ambos sexos.


Cabe destacar que otras destacadas revolucionarias socialistas como Rosa Luxemburgo, Nadia Krupskaia y Clara Zetkin también fueron abiertamente críticas con el feminismo, pese a lo cual se las sigue reivindicando como luchadoras feministas.

En algunos casos, como el de Rosa Luxemburgo, se les ha llegado a atribuir citas falsas. Recientemente, la senadora uruguaya Ana Carolina Cosse reprodujo una cita apócrifa que atribuyó a la revolucionaria alemana: Si eres feminista pero no eres de izquierda no tienes estrategia; si eres de izquierda pero no eres feminista, no tienes profundidad"



Bibliografía:

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· Kollontai, Alexandra (En o antes de 1907): “Los fundamentos sociales de la cuestión femenina”. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1907/001.htm

· Kollontai, Alexandra (1919): “Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia”. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1919/0001.htm

· Kollontai, Alexandra (1913): “El Día de la Mujer”. Disponible en https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1913mujer.htm

· Matilla Quiza, María Jesús (2018): Sufragismo y feminismo en Europa y América (1789-1848).Madrid: Editorial Síntesis.

· Montagut, Eduardo (2017): “El Imperio ruso en el siglo XIX”. Disponible en https://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/imperio-ruso-siglo-xix/20170101182114135265.html

· Montagut, Eduardo (2020): “Los orígenes del feminismo ruso”. Disponible en https://www.eduardomontagut.es/mis-articulos/historia/item/1132-los-origenes-del-feminismo-ruso.html

· Yukina, Irina: “Women’s rights in imperial Russia. Outcasts of history”. Disponible en https://neweasterneurope.eu/2019/01/02/womens-rights-imperial-russia-outcasts-history/

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