5.9- La religión como límite de la razón

Por José David Solís Vázquez [1]




Resumen:

Considerar que la religión puede edificar en el hombre el orden de la razón, no es sino análogo a querer emplearse medicinalmente en una obra loable y pretender comenzar ésta por el estudio de los fundamentos de la santería; es decir, es una empresa que linda con la irracionalidad. La religión, como forma primaria de ordenamiento del conocimiento de la realidad que construyó el hombre primitivo, no es sino consecuencia del sesgo cognitivo que introdujo tempranamente en el mismo la invención de la falacia animista, que inauguró una concepción dualista de la realidad. Estos principios dualistas, metafísico-religiosos, no han servido más que para, apoyados en la insultante dogmática de las iglesias, sostener rígidamente la dominación de la conciencia, al mismo tiempo que carecían de todo fundamento racional. No obstante, el progresivo avance de la ciencia, desde el Renacimiento y la Ilustración, han logrado convertir estas concepciones metafísico-religiosas en una caricatura, presentándolas como el límite de la razón y del conocimiento científico, único caudillo del progreso del hombre.

Palabras clave: religión, ciencia, animismo, razón, falsacionismo, intersubjetividad.







I. La génesis del sentimiento religioso


El sentimiento religioso se arquitectó, ad ovo, sobre una falsedad. El hombre primitivo, inmerso en un paulatino proceso de desarrollo de su conciencia reflexiva y apoyado en una meditación primaria acerca de sus experiencias subjetivas, encontró la necesidad de proporcionar razón a aquellas mismas vivencias, pero siendo el hombre mismo un intérprete desacertado de los datos que le suministraban tanto la Naturaleza como su propia introspección.

Acontecimientos inusitados como visiones de sí mismo y de sus compatriotas –vivos o muertos– en experiencias oníricas; la constatación de que se sucedían pseudocausalidades entre sucesos naturales simultáneos y, eventualmente, el terror mortis incentivaron al hombre primitivo a sustraer de tales experiencias que todo cuanto de enigmático o extraordinario en ellas se hallaba tenía necesariamente que obedecer “a la voluntad de un espíritu o ánima, sutil e invisible; nada sucedía por azar” (Gonzalo Puente Ojea, 2002: 311).


Naturalmente, estas hipótesis ad hoc eran manifiestamente incoherentes y falsas; su relevancia radica, no obstante, en que fueron explicaciones con capacidad para satisfacer los exiguos requisitos que el hombre primitivo imponía a una descripción racional de la realidad. De esta forma, pues, se alumbró la falacia animista.

Las primeras proyecciones de este sesgo animista-finalista es posible que, como sostiene Puente Ojea, “recayeran sobre los ancestros muertos –cultos funerarios– y sobre ciertos animales poderosos como centros de voluntad –pinturas rupestres prehistóricas–, y luego o simultáneamente, por extensión, sobre fuerzas o fenómenos naturales –ríos, montañas, bosques, huracanes, tormentas, etc.– (Ibid.). El terror mortis, por último, consolidaba un mundo cada vez más henchido de angustias e inseguridades, donde estas desatinadas creencias primitivas encontraron una acogida sólida.


A decir verdad, el fenómeno animista primariamente no implica la existencia del sentimiento religioso. El término “animismo” es la definición de una estructura psíquica que funciona en términos dualistas. Es decir, la realidad bajo este mundo ideal surgido del animismo se le apareció a los hombres escindida: de una parte, existía un elemento corporal, material, que daba la sustancia a los entes tangibles; pero por otra parte, subyacía a esa entidad material un elemento ingrávido, que habitaba el cuerpo (ese elemento inmaterial es el que, transcurriendo el tiempo en la Historia, vendría a ser considerado como alma o ánima).

Por este medio, ese habitante inmaterial padeció un proceso de autonomización, donde ya no se descubría como parte fundante del cuerpo del hombre sino de todos los entes corpóreos: cualquier ser dotado de soporte material era susceptible de poseer dicho elemento inmaterial o espiritual; el paso a la religión estaba solidificándose.


La siguiente transición se sigue lógicamente de las premisas que la preceden: el estadio último es el de la separación radical del alma y el cuerpo, el elemento espiritual ya es propiamente inmaterial y puede ser desahuciado del sustrato material; el espíritu puede fundamentarse autónomamente sin el auxilio de la materia. Esto es lo que se ha convenido en denominar la explosión animista. A partir de aquí, “el camino hacia la creencia en seres sobrenaturales o divinos estaba ya expedito” (Gonzalo Puente Ojea, [1997] 2001: 14).