7.1- Contra los mitos lingüísticos antiespañoles

Por Dayana Flores


Resumen: En el presente artículo se busca despojar a la lengua española de una serie de mitos basados en criterios no lingüísticos que responden a ciertos intereses políticos. Tal tarea resulta imposible si, en primer lugar, no se libera a la lengua universal de sus propios mitos, lo que conllevará definir qué es lengua y qué no lo es, pues esta, debido a su naturaleza comunicativa, a menudo es confundida con otras formas de comunicación. Tras haber desmantelado ciertas ideas preconcebidas de la lengua, se responderá a la inevitable cuestión de por qué existen diferentes lenguas para introducirse en la lingüística histórica y la sociolingüística. Una vez cumplidos dichos objetivos, se hará un breve análisis concreto de la variación y el cambio en la lengua castellana y su expansión por América, acabando con los fantasmas que giran alrededor de procesos naturales de nivelación. Finalmente se aproximará a la situación política actual del castellano dentro del territorio español y su relación con otras lenguas españolas. Todo ello con el fin de arrojar un poco de luz sobre el oscurantismo sembrado por un discurso político que demoniza una lengua que históricamente ha servido de vehículo para otras. Este análisis comenzará con una visión lo más abstracta y objetiva posible de la lengua para dar lugar a un acercamiento cada vez más empírico de la misma. Conforme dicho acercamiento se haga más tangible la carga ideológica será más pesada, lo que no lo hará menos racional o lógico porque no contradirá en ningún momento los principios de la lingüística.


Palabras clave: lingüística, lengua, español, Hispanidad.



I. La universalidad de la lengua.


No son pocos los filósofos y lingüistas que a lo largo de la historia han tratado de descifrar la verdadera naturaleza del lenguaje humano. Descartes ya en el siglo XVII trató esta cuestión desde el pensamiento racionalista, estableciendo una conexión entre la mente y la lengua, pues afirmaba que no había un solo hombre en La Tierra, por ínfimo que fuera, que no fuese capaz de expresar con palabras sus pensamientos. En Discurso del método el filósofo establecía que la razón diferenciaba a los humanos de los animales y que esta era lo único necesario para hablar. De este modo, el autor disocia la lengua de cualquier aspecto fisiológico:

“Es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado que esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto de varias palabras y componer un discurso que dé a entender sus pensamientos; y, por el contrario, no hay animal, por perfecto y felizmente dotado que sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los animales les falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como nosotros, palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es decir, dar fe de que piensan lo que dicen; en cambio los hombres que, habiendo nacidos sordos y mudos, están privados de los órganos, que a los otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por donde se declaran a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su lengua”. (Descartes, 2006, p. 86)

Sin embargo, Humboldt, un siglo más tarde, llegó a afirmar que hay una fuerza única dominada por el “instinto intelectual” que genera tanto lenguaje como pensamiento y que está encarnada en la unidad orgánica. Según el filósofo alemán, hay una “delineación física de la naturaleza que termina en el punto donde la esfera del intelecto comienza” (Humboldt, 2005, p. 357), lo que podría interpretarse como una visión limitada de la lengua que es capaz de expresar un pensamiento ilimitado, concepción fundamental para entender la gramática generativa. Por su parte, las siguientes generaciones de románticos alemanes comenzaron a romper con la tradición ilustrada para darle un carácter sentimental y nacional a la lengua. Entre ellos se destaca a Herder, que resaltaba lo siguiente: “Todo el mundo ama su país, sus formas, su lengua, su mujer, sus hijos; no porque sean los mejores del mundo, sino porque son absolutamente suyos” (Herder, p. 27).


Aquí se puede apreciar el fuerte contraste entre los enfoques empiristas e idealistas cuya influencia se encuentra presente en los distintos campos de la lingüística. En el siglo XIX Marx difería de todas estas corrientes y sostenía que el lenguaje “es tan antiguo como la conciencia, el lenguaje es una conciencia práctica, real que existe también para otros hombres, y sólo por eso existe también para mí; el lenguaje, como la conciencia, sólo surge de la necesidad, la necesidad, de la relación con otros hombres” (Engels y Marx, 1845) incorporando una visión materialista del lenguaje en su trabajo titulado La Ideología Alemana. Plantea que la lengua no es más que la materialización del pensamiento que nace con el contacto con la materia, es decir, es un producto social.


A mitades del siglo XX surge la figura de Noam Chomsky, heredero de las doctrinas racionalistas, con una perspectiva totalmente naturalista del lenguaje. Chomsky, uno de los lingüistas de mayor renombre en la historia, afirma que la lengua es una facultad humana y defiende la teoría de que hay un órgano específico para esta, tal y como lo hay para escuchar. De ser así, se podría asumir que la lengua es universal, inherente al ser humano, natural y, por lo tanto, innata. Una de las mayores aportaciones de Chomsky se ve reflejada en su concepción de la lengua:

“La lengua es un conjunto (finito o infinito) de oraciones, cada una de ellas de longitud finita y construida a partir de un conjunto finito de elementos”. (Chomsky, 1957, p. 13).


Este es uno de los principios de la Gramática Universal, que no tiene nada que ver con la estandarización de las lenguas o cualquier visión prescriptivista de las mismas, sino que se trata del estudio de la organización matemática de estas. Todas las lenguas tienen características comunes, siendo una de ellas la capacidad de construir un número ilimitado de oraciones mediante la combinación de componentes limitados Por tanto, se puede llegar a la conclusión, sin negar que los anteriores filósofos tengan su parte de razón, que la lengua, como bien resalta el psicólogo y lingüista Steven Pinker, es una facultad de la que los hombres están dotados del mismo modo que las arañas poseen el instinto de tejer telarañas (Pinker, 2012, p. 17) y, a su vez, los castores construyen diques o las abejas se unifican en colmenas. Así pues, si la lengua en sí (entendida desde un punto de vista estrictamente lingüístico) dota a una persona o comunidad de personas de algún tipo de identidad, esta no será otra más que la humana. Sin ignorar el carácter social de la lengua (cuestión que se tratará más adelante en profundidad) debido a su naturaleza comunicativa, esta será la base sobre la que se construirán las ideas que se expondrán a continuación.


II. La divergencia dentro de la universalidad.


Llegados a este punto, muchos serán asaltados por la duda de por qué no hay un idioma común a todos los humanos, o incluso con cierta ingenuidad, seguirán pensando que hay lenguas mejores que otras, lenguas malas y lenguas buenas. Puede que hasta de manera vehemente sigan insistiendo en construir una identidad nacional únicamente en torno a una lengua. La realidad es que el cerebro humano está predispuesto para poder producir lenguaje, entender palabras y crearlas de manera tan instintiva como estructurada. Prueba de esto es la conocida como plasticidad cerebral que presentan los bebés y los predispone a aprender la lengua materna. La lengua ha sido de forma intencionada o no intencionada entendida como sinónimo de otras manifestaciones naturales de humanidad como la cultura, a lo que la filóloga Irene Lozano contraargumenta lo siguiente:

“La lengua no es como la escritura —un accesorio del lenguaje oral— ni como la educación o la cultura, parámetros adquiridos, modificables a lo largo de una vida y cambiantes en la historia de la humanidad. Existen tribus que no poseen escritura y cuyas manifestaciones culturales corresponden a la prehistoria. Sin embargo, no existen comunidades sin lenguaje. Las lenguas de esas comunidades son, al contrario que el resto de sus actividades, igual de complejas que cualquier lengua europea. Se conocen momentos en la historia en los que una civilización ha dado a conocer sus descubrimientos a otra, pero no hay ningún grupo humano al que otro le haya enseñado a hablar”. (Lozano, 2005, p. 22)

Con lo cual no se puede afirmar que haya lenguas mejores que otras porque su naturaleza es la misma, idea que hasta ahora no se ha podido refutar. Es más, solo un componente genético puede explicar que los infantes, independientemente de su procedencia, puedan responder y procesar estímulos lingüísticos sin importar su codificación o contenido. En The Faculty of Language: What Is it, Who Has It and How Did It Evolve? Chomsky llega a afirmar que un científico extraterrestre consideraría que solo existe una lengua humana que alberga divergencias superficiales. Teniendo esto en cuenta, resulta difícil justificar la afirmación de que hay lenguas mejores que otras, porque esto implica admitir que hay comunidades humanas mejores que otras, pensamiento que podría calificarse de supremacista. En The Myth of Language Diversity, el lingüista José-Luis Mendívil-Giró suscribe que la variedad lingüística es un hecho objetivo, pero esta no deja de presentar, dentro de su desarrollo, estructuras profundas comunes, manteniendo que esto no es lo suficientemente sustancial como fenómeno para tomarlo como hecho crucial para el campo de estudio de la lingüística. Quizá Marx no estaba muy desencaminado con su idea de la lengua como resultado de la necesidad y el contacto con la materia, pues la sociolingüística señala el alejamiento y el aislamiento por razones extralingüísticas como causa de la divergencia, por eso existen tantas lenguas como comunidades. Con todo, se hace hincapié en que, como bien afirma Irene Lozano, las lenguas son inocentes (su función natural de comunicar conocimiento entre humanos así lo es), humanas, y todas tienen en común la Gramática Universal, piedra angular que se debe recordar para acabar con el mito de una supuesta inferioridad o superioridad entre lenguas antes de proceder a un acercamiento sociológico de estas.


III. Mitos en torno a la consolidación del castellano como lengua nacional.


Para indagar en la cuestión de la variación lingüística, fenómeno también común a todas las lenguas, es necesario acudir al campo de la sociolingüística. Muy al contrario de lo que se suele pensar, especialmente desde corrientes postmodernas, la variación no se da principalmente por cuestiones culturales, ni mucho menos étnicas. Lo único que de verdad garantiza un cambio substancial en una lengua es la movilización masiva de humanos, la lejanía o la cercanía entre las comunidades. Así lo subraya el sociolingüista Ralph Penny en su estudio de la variación y el cambio en español:

“Estos patrones de emigración implican cambios trascendentales en la estructura social, y dan lugar claramente al contacto y a la mezcla dialectales, ambos con importantes consecuencias lingüísticas. En primer lugar, los estudios modernos han demostrado que las emigraciones conducen a un predomino de los lazos débiles en las redes que unen a los individuos, situación que favorece el cambio lingüístico”. (Penny, 2004, p. 268)

Los lazos fuertes y la estabilidad garantizan la uniformidad y el conservadurismo en el lenguaje, mientras el alejamiento y el aislamiento provocan la divergencia unilateral, situaciones que siempre se han dado y se seguirán dando en la Historia. Un ejemplo de esto puede ser la fragmentación del latín, siendo la incomunicación entre los distintos pueblos que componían el Imperio Romano la culpable de la deriva de las hablas con respecto a la raíz tras la caída de éste. Procesos como la sustitución de /h/ glotal en lugar de [ɸ] latina darían lugar a parejas como humo frente a fumu. Este cambio fonético también se aprecia en lenguas como el rumano de Moldavia, país bastante lejano culturalmente. La explicación de estas coincidencias subyace en que, pese a ser heterogéneo, el cambio es ordenado y presenta patrones como este. Estas variedades son naturales y accidentales a nivel exclusivamente lingüístico. Mas siempre que las variedades reciban algún soporte político, acabarán tomando el estatus de lengua reconocida, o incluso oficializándose como idioma mediante procesos de estandarización y estructuración social. Las hablas derivadas desarrollaron distintos rasgos que sufrirían una codificación por razones políticas, resultando en el romance aragonés, el romance castellano, etc. Existen distintos mecanismos naturales del cambio tales como la nivelación (proceso por el cual distintas variedades dialectales experimentan cambios en una dirección u otra para un mejor entendimiento mutuo). También existen los llamados “cambios desde arriba” que tienen motivaciones económicas o sociales. Dichos cambios artificiales son realizados por hablantes de cierto poder cuyo dialecto es el que suele ser escogido como modelo, ya que solo los grupos influyentes tienen la capacidad de ser el “punto de prestigio” para los demás hablantes. Sin embargo, cabe señalar que el impacto de la variedad estándar es mínimo en comparación con la fuerza del cambio natural. Por ejemplo, el estándar del español de España siempre ha provenido de las hablas de Castilla debido a razones históricas y, de forma también natural, debido a las grandes migraciones de las gentes de Castilla por toda la península, lo que dio lugar a un proceso de acomodación (pues los cambios artificiales y naturales no están reñidos). Esta variedad se asentó en Toledo, cuyo prestigio religioso y cultural en los siglos XII y XIII la convirtió en la base del español estándar que culminaría con la unificación de los Reinos de Castilla y León en el año 1230.


Gran cantidad de mitos emergen de todos estos procedimientos, empezando por la clásica concepción elitista de que el dialecto estándar es el mejor o el más importante a nivel de uso. La realidad es otra, pues todas las variedades dialectales tienen la misma validez y cumplen una función social importante para la comunicación dentro del papel vital que desempeña el propio lenguaje humano. Se suele mirar con cierto recelo o admiración (fruto de algún complejo social del que la lengua no es responsable) a las hablas castellanas por el prestigio histórico que poseen. De ahí viene la idea preconcebida de que las variedades del sur sean peores o mejores, o más marginales. No obstante, la capacidad de influencia del estándar es relativa y cambiante a lo largo de la Historia, sobre todo en periodos donde no había redes tan directas de comunicación. Volviendo al ejemplo de la pérdida de la F- inicial que dio lugar a /h/ aspirada, se puede apreciar cómo el estándar primó la pérdida de este fonema aprovechando el proceso de desafricación y adelantamiento que ya estaba en marcha. No obstante, pese a que Juan de Valdés presumía de sus rasgos toledanos, allá por comienzos y mitades del siglo XVI, no impidió que las variantes de Sevilla, importante centro de comercio, compitiese y ejerciese una inmensa influencia sobre los hablantes, creando su propio foco de prestigio con figuras como Antonio de Nebrija, quien en Gramática castellana (1492) establecía tres funciones a la /h/, siendo una de ellas la aspiración en posición inicial. Esta influencia se ve reflejada en el hecho de que, hoy en día, muchos hispanoparlantes siguen haciendo uso de la /h/ glotal en expresiones como jarto o jigo (genitales femeninos). Por sorprendente que pueda parecer, se trata de formas muy conservadoras que se dan especialmente en zonas rurales andaluzas.


En este punto, se hace necesario aclarar que no hay criterios puramente lingüísticos para establecer una diferencia drástica entre lengua y dialecto. Así pues, como bien afirmó el lingüista Weinreich, “una lengua es un dialecto con un ejército detrás” y teniendo en cuenta ciertos matices que se tratarán a continuación sobre las lenguas minoritarias y las variedades hispanoamericanas, se debe asumir que dicha distinción es antes que nada política. Las llamadas isoglosas son el fenómeno por el cual los rasgos lingüísticos divergen sin límites fronterizos en un continuo dialectal, por lo que la diversidad es ilimitada y no está restringida con escuadra y cartabón coincidiendo con las fronteras de las comunidades autónomas. Por lo tanto, no se puede reducir la concepción de dialecto a una mera variedad local (por mucho que pese a los regionalismos), ya que todas las hablas están en continuidad debido al constante contacto entre hablantes que no viven aislados. Es más, la propia idea tradicional de dialecto no es más que la concentración artificial de unas variantes agrupadas dentro de una región, hecho que desmonta cualquier tipo de construcción identitaria que se base en únicamente rasgos lingüísticos. Las hablas se mezclan imperceptiblemente entre sí, sin entender de identidades ni fronteras. Se ha de enfatizar que ninguna variedad en particular destaca sobre las demás, lo que también desmiente la creencia de que hay ciertas regiones con más “personalidad” que otras. En todo caso, hay regiones que han sido fuentes de flujos migratorios y no receptoras de estos, como es el caso de Asturias y Cantabria cuyas variedades son más estables y complejas en consecuencia, al no haber recibido apenas migración hasta el siglo XIX. Todo esto se puede apreciar en el siguiente Atlas.



Ilustración 1: continuo dialectal de la península y conjunto de isoglosas de la palabra "abeja" . Enlace: http://www.alpi.csic.es/es/publicaciones#&gid=1&pid=20 (ALPI, 1962, mapa 20).


No se niega que haya algún tipo de correlación social que module la variedad de la lengua castellana, así como la existencia de sociolectos, pero sí se advierte que no hay criterios exclusivamente lingüísticos para delimitar la lengua. Con estas limitaciones en cuenta, se podría decir que la clasificación de las lenguas es más que nada simbólica, lo que no hace que sea una distinción innecesaria porque tiene sus razones políticas, otra cosa es que estas sean legítimas o no. Pese a ello, la heterogeneidad es tan estructurada en la España actual que los resultados de su estudio son muy uniformes. así lo asegura el profesor Penny:

“...el hecho de que la lengua se nos presente bajo la forma de heterogeneidad ordenada pero indivisa. Es decir, que la variación es casi infinitamente sutil, y se da a lo largo de ciertos parámetros (geográficos y sociales), de modo que es por lo general inapropiado buscar establecer límites entre variedades, tanto si tratamos con variedades ordenadas geográficamente o con variedades determinadas socialmente, o con estilos o registros lingüísticos. Cada variedad se funde imperceptiblemente en las que le son adyacentes, empleando el término adyacente para referirnos a variedades que son contiguas tanto social como geográficamente”. (Penny, 2004, pp. 7-8).

Aunque pueda sorprender a muchos, el experto en Historia de la Lengua Española hace énfasis en que el castellano “emerge de un continuum dialectal que abarca al conjunto de la península”, por tanto, esto es así “incluyendo el gallego, el portugués y el catalán” (Penny, 2004, p. 7). Estas lenguas que, a fin de cuentas, son variedades del romance, no son ajenas las unas de las otras y la existencia de una no excluye a las demás. Si algo se puede sacar en claro de todo esto es que no tiene mucho sentido tratar de diferenciarse por medio de criterios lingüísticos, pues como se ha comprobado, estos no apoyan la diferencia o la pureza de ninguna identidad, ni giran la balanza en favor de nadie.


IV. La Leyenda Negra contra la lengua española.


A partir de 1492, tras el Descubrimiento de América, los amerindios dejaron de ser ajenos a todas estas mezclas dialectales provenidas de España y Portugal, lo que daría lugar a nuevas experiencias lingüísticas como un mayor proceso de simplificación que en otras lenguas romances. Gracias a este contacto, hoy existen unos 483 millones de hispanohablantes nativos. Decía Blas Infante que el genio andaluz solo necesitaba un periodo de libertad para salir a la superficie, hablando de una supuesta represión histórica por parte del resto de España. Cuán grande sería su sorpresa, si hubiese revisado la Historia, al descubrir que la “lengua del Imperio Español” fue expandida con una participación decisiva de colonos sevillanos en zonas como el Caribe, donde ese “genio” se pudo expresar deliberadamente, algo que no solo quedó reflejado en la arquitectura de La Habana. Es evidente que la diversidad en América es de gran riqueza, aunque la intercomprensión es clara y la mezcla dialectal es, generalmente, armónica. Hasta hace no mucho, se creía que las hablas hispanoamericanas tenían influencias de las lenguas indígenas. Por el contrario, salvo algunas excepciones como el caso de las comunidades bilingües de cierta herencia maya, hoy se conoce que muchos de los rasgos de dichas hablas son compartidos con las andaluzas (de ahí el empleo de la entrañable /h/ glotal inicial, intervocálica y final). El proceso de koineización al que se vio sometido el español, pone de manifiesto una gran diferenciación entre la expansión de éste con otras lenguas como el inglés, denotando una mayor sincronización e interdependencia mutua en la comunicación.


Las primeras mujeres españolas en arribar a la Nueva España eran de procedencia sevillana en su mayoría, y pues, su influencia en el habla de los hijos (mayor que la de sus esposos) remarcó la tonalidad andaluza en el Virreinato. Para colmo de los victimistas identitarios, los emigrantes debían obtener el permiso para viajar a América en la Casa de Sevilla, por lo que su estancia se prolongaba lo suficiente como para ser influidos por las hablas de la zona. Se cree que el triunfo de las modalidades andaluzas se debía a su estructuración fonética y sintáctica más simplificada que las que presentan otras regiones, como la tendencia al leísmo o el “seseo” de la Andalucía occidental. Sevilla, junto a las demás ciudades portuarias, fueron la unión con América, lo que la dotó de enorme prestigio durante más de tres siglos, y así lo constata la universalización de estos rasgos. Hablar de represión o marginalización lingüística contra ciertas variedades dialectales del sur de España es, sencillamente, falsear la historia del español.

Recientemente, Juan Porras, nacionalista andaluz (en aquel momento concejal del Estado español en Mijas), publicó Er Prinzipito a modo de propuesta para estandarizar los distintos rasgos agrupados en Andalucía. Como se señaló anteriormente, estos procesos artificiales siempre tienen un móvil político. En este caso, según el autor, se trata de brindar un prestigio a una lengua estigmatizada por el colonialismo castellano. Es cierto que puede existir cierto grado de estigmatización entre distintas variantes por razones extralingüísticas y para afrontar una asimetría (que ya vimos que no es gratuita) se puede recurrir a la codificación en un estándar.


Ahora bien, ¿cuáles son los focos de prestigio con los que se pretende competir? Las variedades castellanas, tan ricas como las andaluzas, no son las únicas hablas socialmente aceptadas. Los rasgos sevillanos y los provenientes de otras ciudades andaluzas han gozado de un enorme esplendor, especialmente durante la “colonización castellana” en América, donde las madres sevillanas jugaron un papel fundamental para la transmisión del castellano. Por otro lado, si esto se trata de un acto de rebeldía frente al dialecto estándar, quizá no tenga mucho sentido seguir los mismos métodos de lo establecido. Es decir, se cae en el mito de que un habla es menos relevante solo porque no tiene escritura oficial, cuando la realidad es que nadie duda de la existencia de las variedades andaluzas, no sólo por su importante papel en la Conquista, sino también por la gran capacidad de innovación e influencia de estas. Tampoco se pueden ignorar las grandes incongruencias que suscita el hecho de querer reivindicar una identidad patriótica basada en variantes en constante cambio que escapan a cualquier frontera. Si se trata de una delimitación en cuanto a pureza identitaria, ¿no sería profundamente excluyente para el resto de los andaluces que no comparten esos rasgos lingüísticos? La estandarización siempre implica ejercer una presión social sobre otros hablantes que pueden no estar satisfechos con un trato especial a otra variedad (en este caso, correspondiente mayormente a aquellos rasgos lingüísticos asociados a las zonas rurales de la Andalucía oriental y otras regiones de España). Encima, para mayor desconcierto, ¿dónde está la línea? Los extremeños y canarios comparten muchos rasgos con los andaluces en el habla (una vez más, se recuerda a la popular /h/ aspirada en posición final). Las delimitaciones lingüísticas tienen coherencia cuando se busca un acuerdo para una mejor comunicación por razones de comunidad económica, social, administrativa y otros asuntos estatales. Cuando esto no se da, tal propuesta está condenada al fracaso porque no puede competir con la variedad dialectal dominante al no tener ese respaldo económico y político.


No es muy sorprendente que personajes como Teresa Rodríguez hayan sido de los pocos partidarios de la traducción identitaria de El Principito, puesto que ha declarado abiertamente que los españoles de Andalucía deberían reivindicar sus derechos como los catalanistas. De repente, este deseo de diferenciación comienza a cobrar sentido y se podría entender que este intento de buscar reconocimiento lingüístico no es más que un arma política. El estigma que puedan sufrir las hablas andaluzas, que se analizará en la siguiente sección, ha sido combatido con mucha mayor eficacia con manifestaciones culturales muy valoradas a nivel mundial, tales como las del mismísimo Lorca. Esto lo ensalzó el profesor malagueño de Lengua Castellana y Literatura Miguel García en una entrevista para El Español, diciendo que "Lorca trata de dejar constancia de una forma de hablar popular muy viva, no construir un texto que pretende ser normativo". Además, añade que esta “izquierda” solo logra entrar en el “esquema del nacionalismo” en la misma entrevista. (Maldonado, 2018)


V. La relación entre la lengua castellana y las lenguas minoritarias.


Se suele creer en un supuesto “genocidio cultural” contra los pueblos originarios tras la Conquista, e incluso se llega a extender dicho mito a los españoles de Cataluña y otras regiones (pese a que ya se aclaró que, a nivel lingüístico, la lengua se acerca más al conocimiento y su transmisión que a otras manifestaciones naturales). Lo más grave es que se habla de “lenguas opresoras” y “oprimidas” o “minorizadas”, como si el español fuese un ente malvado que de por sí tiene la capacidad y el objetivo de aniquilar a todo lo diferente. Todos los nacionalismos, dentro de las zonas hispanófonas, se apoyan en la idea de “lengua propia” tal como lo hace el profesor Guillem Calaforra, quien denuncia una supuesta persecución o “minorización” de las lenguas que los nacionalistas restringen a ciertas regiones al hablar de esa “propiedad” tan excluyente. Aún más escandaloso resulta oír hablar de “genocidio lingüístico” o “lenguaje y genocidio” como lo hace la plataforma Escola en Català, sobre todo si revisamos la historia del castellano y su contacto con otras lenguas o variedades no dominantes.


En primer lugar, se debe destacar que ni siquiera se puede hablar de genocidio a indígenas, ni mucho menos a hablantes del catalán o del euskera. Una lengua puede desaparecer si se destruye a la propia comunidad de hablantes, y no se puede decir que sea el caso en América. Así lo ratifica Roca Barea en Imperiofobia:

“La conquista de América, como veremos, es incomprensible si no se tiene en cuenta que muchos pueblos indígenas aprovecharon la ayuda de los españoles para levantarse contra sus dominadores tradicionales, seguramente convencidos de que estos nuevos amos, por malos que fueran, no podían ser peores que los que habían tenido”. (Barea, 2019, p. 59).

Sería contradictorio que los indígenas optasen por aliarse con sus verdugos para sobrevivir y afrontar al tirano Imperio Azteca. Las cifras tampoco juegan en favor de la Leyenda Negra, pues Roca Barea asegura que todos los colonos, incluyendo niños y mujeres, deberían haber asesinado una media de 14 indios cada día para cometer el exterminio. Se conoce que durante la Conquista el grupo de conquistadores españoles era muy reducido y que en el siglo XVIII el número de españoles ni siquiera llegaba a los 30.000 en toda Hispanoamérica. Por tanto, lograron tomar el continente con la ayuda de pueblos oprimidos como los totonacas. No es de extrañar que se rebelasen contra sus enemigos, teniendo en cuenta que, según los apuntes de Mariano Cuevas (historiador mexicano), los genocidas no fueron los españoles: “En las vigas y gradas de Mixcóatl, edificio del templo mayor de México, contaron Andrés de Tapia y Gonzalo de Umbría 136.000 calaveras de indios sacrificados” (Cuevas, 1921, p 78). Respecto al trato hacia los indios, se ha de recordar que en 1512 Fernando II decretó las Leyes de Burgos por las cuales estos eran declarados hombres libres y merecedores de un salario justo. A estas se les añadieron las Leyes Nuevas que protegían a los indios de prácticas esclavistas y trabajos forzados.


En segundo lugar, las políticas lingüísticas del Imperio Español distaron mucho de buscar la supremacía del español. Ni siquiera durante la ocupación del territorio azteca, dirigida por Hernán Cortés, entre 1519 y 1521, pues no olvidemos la relevancia de la Malinche como intérprete para hacer posible una buena comunicación, y es que esto no es de extrañar si tenemos en cuenta la enorme desventaja numérica de los conquistadores. Es más, dos lenguas indígenas se extendieron con gran éxito por América, algo lógico si se tiene en cuenta la situación de aislamiento en la que vivían los distintos pueblos precolombinos hasta la llegada de los españoles. Bien es cierto que la Corona ordenó la primacía del castellano para educar a los indios, pero la labor evangelizadora se llevó a cabo mediante lenguas amerindias. En México se fundaron cátedras para las Lenguas Indígenas que recibieron sus correspondientes codificaciones, así como la creación de diccionarios. Estas lenguas en competición con el español eran el quechua y el náhuatl, proceso que nunca se habría dado sin el español como lengua vehicular. Evidentemente, la lengua triunfante fue la española, y no fue solo por interés de los españoles, también los mestizos e indios tuvieron algo que ver como grupo de hispanohablantes mayoritario. Esta decisión fue fundamental para la independencia de México y compañía, que ya contaban con una herencia común, incluyendo la lengua española. Así el panamericanista criollo Simón Bolívar declaró que “ya que [América] tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería tener un sólo gobierno que federase los Estados”, aceptando la lengua imperial como arma de cohesión. Esto demuestra que no fue la imposición ni el identitarismo, sino la universalidad y la utilidad de la lengua española lo que la ha consolidado como una de las mayores lenguas dominantes hasta hoy. Pese a todos estos datos históricos, los negrolegendarios no desistirán, así que solo queda decir que no tiene sentido condenar o estigmatizar el español por su recorrido, del mismo modo que tampoco lo tendría tachar al náhuatl de lengua genocida, ni muchísimo menos sería racional categorizar de esa manera a los hablantes de esta lengua minoritaria por la barbarie que cometieron ciertos primeros hablantes.


A continuación, se examinará el estado de las lenguas estandarizadas y sus variedades en el territorio español, así como la situación política de trasfondo. Todo esto sin prometer satisfacer cualquier ansia de legitimación identitaria. A menudo se habla de diglosia (dos lenguas, lengua A y lengua B, que coexisten en una dinámica que las alterna según su nivel de prestigio) en ciertas regiones españolas. Sin embargo, como apunta el profesor Penny en la cita del apartado tres, lo que se aprecia en la Península es un continuo dialectal donde no hay una fuerte diferenciación al haber una raíz romance común. Esto se extiende a la mayor parte de Europa, dominada por lenguas estandarizadas que, aun contando con gran prestigio, no detienen las mezclas y las constantes innovaciones generadas entre variedades que cruzan fronteras. En Galicia se puede presumir de ello, pues el gallego llevaba presente desde mucho antes de su normalización, proceso que comenzó en el siglo XIX. Por supuesto, rasgos tales como la tendencia a la nasalización son compartidos con el portugués y no se puede hablar de pureza lingüística, aunque haya estandarización. Además, los propios gallegos hablan distintas variedades dialectales sin hacer mucha distinción entre español y gallego, especialmente en zonas rurales, dando lugar a lo que se conoce como interferencia lingüística. En Cataluña la situación es más difusa todavía: ambas lenguas cuentan con una fuerte estandarización y un gran respaldo político, además de una gran producción literaria y mucho prestigio. Quizá el euskera se encuentre en una situación de diglosia más clara, ya que se concentra en zonas rurales, mientras en las ciudades su uso es poco habitual. A pesar de las raíces del euskera, que tienen unas características muy particulares, se entremezcla con el castellano. En cuanto a su nivel de prestigio social, tampoco está muy evidenciado que sea una lengua A o B, ya que en los últimos años se ha invertido mucho en reavivarlo y hasta hay cadenas de televisión íntegramente en euskera. ¿Se puede decir que haya un genocidio lingüístico o persecución en favor del castellano en las situaciones mostradas? Es evidente que no, especialmente si se toma en cuenta que las comunidades autónomas gastan unos 175 millones de euros anuales en sus lenguas cooficiales. Es decir, pese a que se consideren lenguas “propias” de cada región, no se duda a la hora de gastar fondos públicos en ellas. En cambio, en Francia ni siquiera se contempla la cooficialidad para las distintas lenguas habladas dentro del país, lo que no impide que estas existan y se usen, llegando incluso a ser impartidas en algunos colegios. Mientras tanto, España se dejó más de un millón de euros en promover el asturiano y, pese a ello, hay quienes se empeñan en que hay una supuesta masacre contra la diversidad lingüística.


Alberto Várvaro (lingüista) defiende el modelo cúpula para describir con la mayor fidelidad posible la realidad de las lenguas romance, que vienen a ser variedades del latín oficializadas como estándares. Esta estandarización se extiende cual techo sobre un solar limitado, dentro del cual fluye el continuo dialectal. Dicha corriente puede tomar dos formas de corrupción: por un lado, su camino puede verse irrumpido por un conjunto de variedades de origen no romance (ese es el caso del euskera), o, por el contrario, diluirse y extender el techo hacia el área francófona.


La fluctuación de todas las variedades dialectales se ve atravesada por las distintas coordenadas sociales que, de alguna manera, podrían situarse en distintas plantas según su nivel de prestigio. Cada planta, según lo cerca que esté de la cúpula, implica un mayor grado de uniformidad y menor variación geográfica. Este modelo corresponde al resultado de la organización de los Estados-nación, donde una variedad dialectal es la dominante por razones políticas y, como anteriormente se ha explicado, no es una categoría innecesaria o gratuita. Que una variedad subestándar tenga mayor o menor aceptación no significa que sea peor o mejor porque, de hecho, según McColl Millar, no existe tal cosa como “hablar mal” en hablantes nativos. Uno de los mayores prejuicios lingüísticos es el mito de que el estándar es lo más correcto por ser el origen de las demás variedades, cuando lo cierto es que este es un producto resultante de las mismas. Son muchos los parámetros extralingüísticos los que pueden caracterizar el habla (sexo, raza, nivel educativo, clase social, etc.), pero no atentan gravemente contra la comunicación. Las connotaciones negativas que se puedan asociar a distintas hablas suelen regirse por criterios clasistas. No obstante, los focos de prestigio se están diversificando y generando distintas marcas en el habla. Ejemplo de ello es el de los jóvenes afroamericanos, imitando a los gangstas para acercarse a una identidad concreta. Estas tendencias pueden ser cuestionables, pero, para bien o para mal, también pueden servir como una vía hacia la integrarse en un grupo o un modo de lograr ventajas económicas. Por tanto, la estandarización parece no solo ser una invención de los poderosos, parece ser inevitable dentro de una sociedad política en un contexto como el que describe Irene Lozano:

“Bruselas, capital de la Unión Europea y lugar donde conviven personas de 25 países con varias decenas de lenguas distintas, aunque solo haya veinte oficiales, tenía todas las cualidades para convertirse en la cuna de un pidgin paneuropeo. Si los funcionarios, los políticos, los ejecutivos que pasan allí sus vidas tuvieran permiso para desnudar sus respectivas lenguas de los ropajes nacionales, hace años que hubiera nacido ya una lengua como la que crearon los esclavos”. (Lozano, 2005, pp. 40-41).

Además, como bien señala la autora de Lenguas en Guerra, en el mismo ensayo, detrás de cada lengua hay un Estado. Los casos de lenguas criollas se han dado en situaciones adversas donde poco importaba la nacionalidad de los hablantes al ser desarraigados. Esta situación, obviamente, no se va a dar en el contexto actual europeo por una simple razón: la necesidad de defender ciertos intereses para sobrevivir a lo largo de la Historia.


Dada la inevitabilidad de las circunstancias materiales que rodean las lenguas españolas, solo se puede optar por luchar contra los distintos prejuicios lingüísticos que las asolan. Si lo que se pretende es combatirlos, luchar contra las etiquetas injustas asociadas a una variedad o lengua, entonces no solo debería defenderse con furia la inocencia del euskera si se asocia con el separatismo, o peor, con el terrorismo. Del mismo modo y siendo consecuentes, también se debería defender la inocencia de la lengua castellana si es asociada a genocidios o imposición. El castellano, como lengua, no tiene la culpa de que Franco buscase la restricción del catalán al ámbito íntimo (aunque fue una represión relativa, que principalmente buscaba un centralismo religioso y permitía las misas en euskera y catalán. Además, se publicaron hasta 600 obras en catalán durante la década de 1960), pero sí tiene toda culpa de ser la lengua vehicular por la cual muchos pudieron aprender vasco tras la muerte del dictador. No solo eso, también es totalmente culpable de haberle concedido a las lenguas amerindias el alfabeto latino. Encima, jamás se podrá despojar a la lengua española de la culpa de ser hermana del catalán y del asturleonés. Lo peor es que eso no es todo, pues para colmo de cualquier etnonacionalista, el español carga con la inmensa culpa de algo maravilloso: ser la lengua común de no solo los españoles, sino también de unir a cientos de millones de hablantes en el mundo sin entender de límites.


VI. Conclusiones.


El castellano, como se mencionó previamente, fue la lengua más exitosa por su recorrido y expansión alrededor de toda la península, llegando a cruzar el charco. De la mano del euskera y el galaicoportugués llegó a consolidarse como lengua dominante en esas regiones donde se hablan, mientras el catalán se desarrollaba como lengua vulgar, pero eso no impidió que nutriese al castellano, y hay que decir que hoy en día goza de prestigio reconocido incluso en algunas zonas de Francia. Las hablas de herencia visigoda sucumbieron ante la lengua castellana que iba alimentándose de toda esta tradición léxica, e incluso en el Reino de Navarra se oficializó en la administración sin necesidad de ningún tipo de imposición. Su principal competidor fue el latín, lengua de prestigio en Europa durante el siglo XVI, pero autores como Nebrija defendieron el castellano como lengua del Imperio a modo de abrirse un camino pacífico en el mundo tras la reconquista. No son pocos los méritos del castellano y no se puede decir que sea ajeno a los españoles, ni siquiera a las lenguas minoritari

as de las que bebe mucho.


Stalin, en su magnífico ensayo titulado El Marxismo y los Problemas Lingüísticos, demuestra más coherencia que muchos lingüistas que caen en la trampa de la postmodernidad y el determinismo lingüístico. El revolucionario soviético señala que la lengua no pertenece a la superestructura, sino que sencillamente es como las máquinas, igualmente útiles en todo tipo de régimen y sin distinguir entre clases al ser la consecuencia de la necesidad de comunicación de un pueblo. No puede ser más correcto advertir que la lengua no es como la cultura, ni como cualquier otro tipo de elemento dependiente de la base. Rusia, tras la Revolución, no experimentó cambios sustanciales en su lengua, porque su cometido seguía siendo necesario. En el mismo escrito, Stalin denuncia que cualquier violación de este principio de la lengua común es fruto de una degeneración burguesa, lo que podría ser una buena explicación del porqué de la defensa de la “propiedad” de la lengua desde las burguesías regionalistas. El apodado Koba, esclarece esta verdad que hoy es más cierta que nunca:

“Ya hemos dicho que la lengua, como medio de relación de los hombres en la sociedad, sirve por igual a todas las clases de la misma y manifiesta en este sentido cierta indiferencia hacia las clases. Pero los hombres, los diversos grupos sociales y las clases distan mucho de ser indiferentes hacia la lengua. Se esfuerzan por utilizarla en interés propio, imponerle su léxico particular, sus términos particulares, sus expresiones particulares. En este sentido se distinguen especialmente las capas superiores de las clases poseedoras la alta aristocracia y las capas superiores de la burguesía, que están divorciadas del pueblo y lo odian. Se crean dialectos y jergas «de clase», «lenguajes» de salón”. (Stalin, 1950).

Tras leer estas líneas, es casi imposible no recordar a Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco. En Historia del racismo en España, José María del Olmo explica que el etnicismo en Euskadi sería “consecuencia del miedo que las clases medias y una parte de la burguesía vizcaína sienten ante el desarrollo del movimiento obrero”. Arana se apoyó en el euskera para defender sus ideales etnonacionalistas (con motivaciones separatistas), mirando al español como una lengua enemiga, lo que se debe a la naturaleza ecuménica de éste. De forma razonada, el nacionalista, fundador del PNV, trató de “limpiar” el euskera de cualquier influencia romance. Para más inri, animaba a la discriminación y sembraba el odio afirmando que “tanto están obligados los vizcaínos a hablar su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos o españoles” (Sainz, 2006), promoviendo un pensamiento separatista. Arana era tan purista que sustituía palabras de raíz románica por otras de su propia inventiva, rompiendo con cualquier proceso de origen natural en la estandarización, al basarse en principios identitarios y no en tratar de facilitar la comunicación. Ejemplo de ello fue la imposición de “deun” (santo) entre otros términos religiosos. Como se ha explorado ampliamente en las anteriores secciones, el dialecto estándar no deja de ser un producto de otras variedades, ya que, en aras de una necesaria comunicación, se debe partir de procesos naturales. Pese a la arbitrariedad de la selección de variedades, la intencionalidad sigue siendo una inteligibilidad mutua entre clases, como bien señala Stalin. Por el contrario, si la intencionalidad es excluir a los demás en base a idealismos, lo que ocurre es que hay una clara discriminación en favor de una minoría, o puede que ni eso, sino más bien en favor de una élite.


Sería una tragedia que se permitiese que lenguas españolas como el catalán o el euskera sean manipuladas al antojo del interés particular, y no nacional y común. Se debería mantener la fluidez de las lenguas minoritarias sin ningún tipo de restricción autonómica o de estandarización para dejar su uso en las manos de los hablantes del pueblo llano. De hecho, últimamente, la campaña de criminalización del castellano emplea estas lenguas, pese a su estrecha relación con todos los españoles, incluyendo catalanes y vascos, y su larga tradición española, lo que parece estar llegando hasta tal punto de buscar forzar su decadencia. Sin ir más lejos, Podemos, PSOE y ERC han pactado una enmienda para la reforma educativa (conocida como “ley Celaá”) con objeto de apartar al castellano como lengua vehicular en el sistema educativo. Mas no resulta muy sorprendente, si no se soslaya el hecho de que hay un fuerte interés en fragmentar al país y, desgraciadamente, una forma de hacerlo es acabar con el español de manera simbólica como lengua nacional. Prueba de esto son los elogios por parte de la Unión Europea a los distintos procesos de inmersión lingüística impuestos en las CC. AA. dónde se reconocen las lenguas minoritarias, así como un valor identitario. Es más, desde Estrasburgo se exhorta al gobierno para que intensifique sus esfuerzos en aumentar la presencia de algunas de estas lenguas en detrimento del castellano. Esto, indudablemente, responde al proyecto de integración de una España descompuesta dentro de la Europa de las Regiones. Por último, y a modo de conclusión definitiva, se plantea la causa principal por la que se trata de reducir a la lengua española, que no es por algún tipo de maniqueísmo y va más allá de la ruptura de la unidad de España, sino que viene dado por la idea de España como naufragio del Imperio. Se suele tachar a menudo al español como una lengua imperial, cosa que es cierta, pero no necesariamente negativa. La lengua española atribuye a todas las naciones surgidas del Imperio algo en común, lo que supone un problema para Europa, ahí reside el verdadero conflicto político con la lengua nacional, que fue elevada a lengua imperial. En resumen, el idioma español es un resto de dicho naufragio que impide la imposición de una identidad exclusivamente europea en España y, de manera similar, presenta cierta resistencia a la integración de los Estados hispanoamericanos dentro de EE. UU., algo que hasta los líderes criollos latinoamericanistas entendieron, hecho que ya se mostró en las declaraciones de Bolívar. Al margen de cualquier juicio moral, la construcción social e histórica que hay tras el español establece una conexión entre España e incluso toda Iberoamérica (ya que el portugués mantiene estrechos lazos lingüísticos con el español), obstaculizando la finalidad del proyecto europeo.



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Sobre la autora:

Dayana Flores nació en 1996 en Jalisco, México. Tiene doble nacionalidad mexicana y española, y es filóloga y marxista.

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