7.1- Contra los mitos lingüísticos antiespañoles

Por Dayana Flores


Resumen: En el presente artículo se busca despojar a la lengua española de una serie de mitos basados en criterios no lingüísticos que responden a ciertos intereses políticos. Tal tarea resulta imposible si, en primer lugar, no se libera a la lengua universal de sus propios mitos, lo que conllevará definir qué es lengua y qué no lo es, pues esta, debido a su naturaleza comunicativa, a menudo es confundida con otras formas de comunicación. Tras haber desmantelado ciertas ideas preconcebidas de la lengua, se responderá a la inevitable cuestión de por qué existen diferentes lenguas para introducirse en la lingüística histórica y la sociolingüística. Una vez cumplidos dichos objetivos, se hará un breve análisis concreto de la variación y el cambio en la lengua castellana y su expansión por América, acabando con los fantasmas que giran alrededor de procesos naturales de nivelación. Finalmente se aproximará a la situación política actual del castellano dentro del territorio español y su relación con otras lenguas españolas. Todo ello con el fin de arrojar un poco de luz sobre el oscurantismo sembrado por un discurso político que demoniza una lengua que históricamente ha servido de vehículo para otras. Este análisis comenzará con una visión lo más abstracta y objetiva posible de la lengua para dar lugar a un acercamiento cada vez más empírico de la misma. Conforme dicho acercamiento se haga más tangible la carga ideológica será más pesada, lo que no lo hará menos racional o lógico porque no contradirá en ningún momento los principios de la lingüística.


Palabras clave: lingüística, lengua, español, Hispanidad.



I. La universalidad de la lengua.


No son pocos los filósofos y lingüistas que a lo largo de la historia han tratado de descifrar la verdadera naturaleza del lenguaje humano. Descartes ya en el siglo XVII trató esta cuestión desde el pensamiento racionalista, estableciendo una conexión entre la mente y la lengua, pues afirmaba que no había un solo hombre en La Tierra, por ínfimo que fuera, que no fuese capaz de expresar con palabras sus pensamientos. En Discurso del método el filósofo establecía que la razón diferenciaba a los humanos de los animales y que esta era lo único necesario para hablar. De este modo, el autor disocia la lengua de cualquier aspecto fisiológico:

“Es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado que esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto de varias palabras y componer un discurso que dé a entender sus pensamientos; y, por el contrario, no hay animal, por perfecto y felizmente dotado que sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los animales les falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como nosotros, palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es decir, dar fe de que piensan lo que dicen; en cambio los hombres que, habiendo nacidos sordos y mudos, están privados de los órganos, que a los otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por donde se declaran a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su lengua”. (Descartes, 2006, p. 86)

Sin embargo, Humboldt, un siglo más tarde, llegó a afirmar que hay una fuerza única dominada por el “instinto intelectual” que genera tanto lenguaje como pensamiento y que está encarnada en la unidad orgánica. Según el filósofo alemán, hay una “delineación física de la naturaleza que termina en el punto donde la esfera del intelecto comienza” (Humboldt, 2005, p. 357), lo que podría interpretarse como una visión limitada de la lengua que es capaz de expresar un pensamiento ilimitado, concepción fundamental para entender la gramática generativa. Por su parte, las siguientes generaciones de románticos alemanes comenzaron a romper con la tradición ilustrada para darle un carácter sentimental y nacional a la lengua. Entre ellos se destaca a Herder, que resaltaba lo siguiente: “Todo el mundo ama su país, sus formas, su lengua, su mujer, sus hijos; no porque sean los mejores del mundo, sino porque son absolutamente suyos” (Herder, p. 27).


Aquí se puede apreciar el fuerte contraste entre los enfoques empiristas e idealistas cuya influencia se encuentra presente en los distintos campos de la lingüística. En el siglo XIX Marx difería de todas estas corrientes y sostenía que el lenguaje “es tan antiguo como la conciencia, el lenguaje es una conciencia práctica, real que existe también para otros hombres, y sólo por eso existe también para mí; el lenguaje, como la conciencia, sólo surge de la necesidad, la necesidad, de la relación con otros hombres” (Engels y Marx, 1845) incorporando una visión materialista del lenguaje en su trabajo titulado La Ideología Alemana. Plantea que la lengua no es más que la materialización del pensamiento que nace con el contacto con la materia, es decir, es un producto social.


A mitades del siglo XX surge la figura de Noam Chomsky, heredero de las doctrinas racionalistas, con una perspectiva totalmente naturalista del lenguaje. Chomsky, uno de los lingüistas de mayor renombre en la historia, afirma que la lengua es una facultad humana y defiende la teoría de que hay un órgano específico para esta, tal y como lo hay para escuchar. De ser así, se podría asumir que la lengua es universal, inherente al ser humano, natural y, por lo tanto, innata. Una de las mayores aportaciones de Chomsky se ve reflejada en su concepción de la lengua:

“La lengua es un conjunto (finito o infinito) de oraciones, cada una de ellas de longitud finita y construida a partir de un c