7.4- Manual de autodefensa jurídico-laboral: Lección I. Trabajadores y empresarios

por Víctor Sierra Monsálvez


Resumen: Trabajar es la rutina y fuente de sustento de todo trabajador, de forma que mantenerlo y no perderlo es imprescindible para cubrir las necesidades humanas, tanto biológicas como sociales, y esta necesidad lo que vincula al trabajador con el empresario, quien, consciente de esta situación de poder frente al empleado, actúa a menudo sobrepasando su poder de dirección de formas abusivas y arbitrarias. Este trato despótico, evidentemente, supondría su ruina sino fuera porque la «voluntariedad» del trabajo es formal, jurídica, y no una libertad en sentido absoluto, mítico, como desde no pocas ideologías se pregona. Sin embargo, más allá de la inmoralidad de un jefe tiránico, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto se encuentra dentro de su poder legal como empresario lo que está haciendo y personalmente me está afectando? Y, sobre todo, ¿puedo hacer algo? ¿Qué puedo hacer yo?


Palabras clave: Derecho del Trabajo, Estatuto de los Trabajadores, Relaciones Laborales, Formación y Orientación Labora, Capitalismo.



I. Introducción.


Esta serie de artículos para La Razón Comunista tendrán como fin responder a estas preguntas de forma que el décimo y último de los artículos culminará con la guía sobre cómo demandar a la empresa autorrepresentándose y con posibilidades reales de obtener la victoria por la vía judicial (lo cual no quita que lo más recomendado sea acudir a profesionales, más teniendo en cuenta que los trabajadores tienen derecho a recibir asistencia jurídica gratuita). La ley puede parecer liosa y, de hecho, puede serlo y mucho, pero el Proceso Laboral permite que el trabajador se represente a sí mismo (art. 18.1 LRJS), no siendo necesario ni siquiera fundamentar jurídicamente la demanda ni la papeleta (art. 80 LRJS), y el trabajador, en caso de perder, no tiene que pagar al empresario nada (a diferencia de en otras ramas del derecho, donde quien pierde paga el abogado a la contraparte), porque es un derecho que la justicia en el ámbito laboral sea gratuita. En definitiva, si un trabajador sabe defenderse o puede hacerlo y las posibilidades al hacerlo son ganar o quedar igual, ¿por qué dejar impune un abuso? ¿Por qué hacerle un regalo a tu jefe?


No ha de entenderse hasta este punto que moverse en la justicia sea algo fácil. En absoluto lo es, pero que no sea fácil no significa que sea imposible. Esta serie de artículos, si bien en ellos se profundizará un poco más de lo estrictamente esencial, no tiene otra finalidad que servir de guía de autodefensa para casos en los que el trabajador considera que hay muy poco que ganar (también se explicará cómo cuantificar indemnizaciones y reclamaciones, para que la consideración sea valorada según cada cual en base a una cifra o cifras concretas) pero que, por dignidad, justicia o autoestima, merecen no quedar impunes los hechos ilegales cometidos por el empresario. Si el caso presenta cierta dificultad, es aconsejable recurrir al servicio de abogados o graduados sociales, sean contratados a elección del trabajador o asignados por la Justicia Gratuita, siendo conscientes, además, que a mayor cuantía presente el pleito más invertirá la empresa en una asistencia jurídica más profesional a fin de asegurarse una sentencia beneficiosa para su parte. En definitiva, no es nuestro objetivo con esta serie de lecciones preparar profesionales del derecho, pues lejos de realista es contraproducente, pero sí es completamente posible y factible que cualquier trabajador despedido al poco de superar el período de prueba pueda presentar por sí mismo una papeleta de conciliación y una demanda contra la empresa y ganar sin ningún problema ni excesiva complicación, o bien identifique cómo y de qué forma se han vulnerado sus derechos y sepa recurrir a la Justicia Gratuita. En este caso de ejemplo, suele ser común incluso que la empresa acuda a conciliación pagando sin rechistar lo que debe, o bien que por desdén al trabajador ni siquiera se presente a la conciliación y deba irse a juicio sin intentarse el acuerdo. La empresa que hace esto, por cierto, desconoce la consecuencia que puede acarrear esta muestra de mala fe en la negociación previa, pero esto lo trataremos en otro artículo.


Debe darse por entendido, también, que conocer y manejarse en el derecho laboral no significa otra cosa que aprovechar lo que hay; es moverse dentro de existente para soluciones a corto plazo. No significa que el derecho laboral sirva para cambiar la realidad, ni siquiera este es suficiente para dejar sin fundamento ciertos miedos de los trabajadores frente a la empresa (sobre todo es el caso de los contratos temporales, donde cualquier ejercicio de derechos frente a la voluntad de la empresa implica directamente la no renovación). Los derechos laborales son conquistas del movimiento obrero, y como tal deben defenderse y valorarse: no son ningún regalo de los gobiernos, pero estas victorias obreras, que solo un izquierdista de rebeldía adolescente puede despreciar hasta el punto de reducirlas a «derecho burgués», no suponen ni de lejos la conquista del Estado por los trabajadores. Por ello, huelga decir, no está hecho el derecho en general en aras del interés de los trabajadores, sino de los empresarios, y no debe extrañar a nadie que las consecuencias de las ilegalidades de estos sean en su mayor parte irrisorias en comparación con su patrimonio, si es que las hay, pues la condena normal es que haga bien lo que ha sido demandado por hacerse mal: que se pague la indemnización correspondiente, la retirada de la sanción, el reconocimiento del puesto que se ocupa… Es decir, aunque las condenas tengan un carácter disuasorio, para evitar que se incumpla la ley, en derecho laboral no es que los empresarios teman demasiado las consecuencias de sus ilegalidades, las cuales, además, asume la empresa sin afectar a él directamente.

Un consejo al lector por nuestra parte, a pesar de que todos estos artículos serán recopilados en un manual final publicado gratuitamente en la página de La Razón Comunista, con sus oportunas modificaciones surgidas según las reformas y ampliaciones en el derecho laboral, es que mantengan la lectura de estos artículos conforme son publicados sin esperar a la edición unificada final. Afrontar directamente el manual puede resultar pesado para quien no tenga conocimientos jurídicos previos, mientras que leyéndolos poco a poco (los números de nuestra revista son trimestrales) puede mantenerse una constancia en la formación laboral que garantizará mejor el aprendizaje. Así pues, este primer artículo ha de empezar por la base: trabajadores y empresarios. Que no engañe lo evidente que puede resultar de primeras la distinción, pues sobre esta han versados conflictos reiterados de falsos autónomos, siendo actualmente el más sonado el caso de las plataformas digitales como Glovo, de hecho, el análisis de este caso ocupará gran parte de este primer artículo, que es un poco diferente de los que le sucederán, que serán menos teóricos y más prácticos, pues esta primera lección se acerca más a un ensayo que a un manual de derecho.

II. Lección I. Trabajadores y empresarios.


II.1. Qué identifica a un trabajador. Qué identifica a un empresario.


Lo primero que hay que debe conocerse para poder adentrarse en el derecho laboral es qué es un trabajador y qué no lo es. El empresario, en cambio, se identifica frente al trabajador, no teniendo una definición legal para el mismo, de forma que el empresario es, siendo claros y directos, el que tiene trabajadores. De este modo, encontramos que señala el artículo 1 del Estatuto de los Trabajadores:


Esta ley será de aplicación a los trabajadores que voluntariamente presten sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, física o jurídica, denominada empleador o empresario.


Es decir, los trabajadores son quienes prestan servicios, de forma voluntaria (más adelante explicamos esto), reciben un salario por ello y están bajo la dirección de otra persona, física (el empresario o jefe en sí) o jurídica (la empresa), es decir, hay personalidad, pues es el trabajador como individuo quien debe realizar el trabajo que le ha sido encomendado, sin poder dejar esta tarea a otro; hay voluntariedad, pues el trabajador no es un esclavo; hay retribución porque se trabaja por dinero; hay dependencia o subordinación porque se trabaja a las órdenes y bajo el control del empresario; y hay ajenidad, siendo este el elemento más definitorio del contrato de relación laboral (por ello, del contrato), tal como afirman reconocidos juristas del derecho laboral como Alarcón, Bayón Chacón y Pérez Olea, puesto que la ajenidad no es en sí un carácter más que deba ser sumado a los mencionados, sino que es la matriz de los demás. La ajenidad es el hecho de que el trabajador sea ajeno a los medios, y no solo a los medios de producción, que son propiedad del empresario, sino también es ajeno a su propia fuerza de trabajo, ya que esta es empleada según las órdenes recibidas; es ajeno a los propios frutos de su trabajo y es ajeno al mercado, pues alguien puede producir, pero necesita acceso al mercado para vender o no se ganará dinero. Sin ajenidad no pueden darse ninguna de las características que definen el contrato de trabajo.


En definitiva, no es trabajador el esclavo, ni el que hace un voluntariado (el criterio definitorio de «voluntariedad» no puede entenderse en un trabajador al margen del resto de criterios, como el carácter retribuido), ni el que está obligado a cumplir, ni el que no tiene órdenes en el desempeño de su trabajo y en la consecución de sus fines. La controversia para definir quién es trabajador, para determinar si existe una relación laboral, se da sobre todo cuando los empresarios pretenden burlar sus obligaciones como tal frente a los trabajadores, para no reconocerles mediante contrato de trabajo lo que realmente son, tratando de simular que no se cumplen los requisitos elementales de este. Sin embargo, la negación de estos elementos encuentra su fin cuando los hechos se evidencian conectados a la ajenidad, pues si el empresario tiene como fin ganar dinero a costa del trabajo de terceros, sí o sí existirá ajenidad entre uno y otro que demuestre la relación. El elemento de la ajenidad permite concluir con base sólida, seguridad y certeza la existencia de trabajadores y su consecuente aplicación de la legislación laboral, garantizando que no dependa de debates e ideologías la consideración de «trabajador», jurídicamente definida sobre el análisis de las relaciones de producción, sin permitir que el concepto de «trabajador» pueda ser fagocitado por discursos contrarios a la razón y a la objetividad, para darle a este un significado subjetivo y abierto que permita que algo sea todo y nada a la vez: un concepto vacío, como el de «emprendedor», que nada significa realmente, que puede ser usado por cualquiera y claramente rehúye de la consideración de «empresario» (viendo quienes se autodenominan como tal, se entiende para qué).


El concepto jurídico de «trabajador», gracias a que se explica por las relaciones de producción y por nada más, no puede ser discutido por explicarse desde ninguna doctrina relativizada, como le ha sucedido al concepto de «mujer» que, por tratar de explicarse más allá de lo meramente biológico, su consideración legal puede pasar a depender de divagaciones sociológicas. Equivalente a esto sería negar la consideración de «trabajador» a aquellos trabajadores que, por la actividad que realizan o por identificarse con multimillonarios (dos cosas muy distintas, que no necesariamente han de ir unidas), no encajen con la idea plana de «trabajador» que suelen manejar muchos «marxistas vulgares», anarquistas o distintos tipos de izquierdistas sin definir. En este punto radican las aburridas e infructuosas discusiones militantes en cuanto a si un policía municipal, un administrativo del banco o un gestor mileurista son trabajadores o no, siendo el único fin de tal debate decidir si los asalariados de estas profesiones merecen el inestimable apoyo y la revolucionaria solidaridad de un grupo de universitarios.