8.9- Ante el suicidio demográfico de España y Europa

Actualizado: 5 sept 2021

Por Ignacio Puig


Resumen: Europa se enfrenta a una realidad inédita: una crisis demográfica cuya duración se prolonga a lo largo del próximo siglo, tiempo durante el cual su vecino más próximo, África, va a cuadriplicar su población. Este artículo no se limita a recordar la existencia de ambos procesos demográficos (el africano y el europeo) y sus consecuencias para España y para Europa.

El fin último del artículo no es otro que el de anunciar una alternativa a la disyuntiva inmovilista entre el determinismo fatalista[1] y la ingenuidad del “pensamiento Alicia”. El peligro que conlleva afrontar nuevos problemas de forma efectiva es que la operación podría requerir el abandono de instrumentos anticuados, en el caso que nos ocupa, la nación-política en su concepción abstracta del ciudadano, sin una identidad cultural, religiosa, lingüística[2] adscrita.


Palabras clave: Demografía, inmigración, África, islam, nación-política, identitarismo



La ONU[3] estima que en 2050 la población de África (hoy 1200 millones) alcanzará los 2500 millones de habitantes, y en 2100 rebasará los 4000 millones, mientras que la población europea (hoy 740 millones) descenderá a los 710 millones en 2050 y a los 630 millones en 2100[4].


Así, mientras Nigeria pasará de los 400 millones actuales a los 730 millones en 2100, (situándose como tercer país más poblado del planeta) España perderá la mitad de su población, pasando de 46 a 23 millones.


Según estas predicciones de Naciones Unidas a finales de siglo una de cada tres personas en el planeta serán africanas.


Estas cifras se traducirán en Europa por una sustitución de los europeos mayoritariamente cristianos por africanos mayoritariamente musulmanes. Si en las últimas décadas el proceso de sustitución era ocultado, el hecho es ya tan evidente que no se puede negar por más tiempo, y los inmigracionistas lejos de negarlo, lo presentan como un proceso inevitable, repetido, deseable y justo.


I. La hipocresía del Liberalismo


Más allá del discurso adoptado por las élites europeas desde hace más de 40 años respecto a la demografía y la inmigración, para el demógrafo (el publicado o entrevistado por los medios de comunicación) no hay lugar para alarmismos: la población mundial seguirá creciendo durante el próximo siglo permitiendo que haya crecimiento económico[5], además, prevén con tranquilidad que la población africana está viviendo una transición demográfica, que han vivido todos los países desarrollados y que en algún momento a finales del siglo XXI su crecimiento se reducirá y acabará estancándose.


Estos demógrafos no ven ningún problema en que la población de un continente repleto se vuelque sobre un continente vacío, pues su sujeto operatorio es el individuo liberal abstracto, vacío de contenido, homo economicus prescindible y sustituible[6].


De Maistre afirmó que había visto franceses, italianos, rusos, pero que nunca se había encontrado con el hombre. Y es que el "hombre" es un concepto metafísico que se viene abajo en cuanto lo llenamos de sustancia (política, social, religiosa, lingüística...). Este hombre abstracto, deconstruible, sin pasado ni raíces, no existe. Aparece políticamente con la revolución francesa en forma de ciudadano sin feudo ni fuero.


En 1789 la soberanía conservará su carácter absoluto e inalienable, pero ya no será sujeto soberano el rey sino la nación; tras un siglo de pugna ideológica entre el rey y los parlamentos judiciales, será un tercero, el tercer estado constituido en Convención Nacional quien se arrogue la capacidad de expresar la voluntad general de la Nación a través su acción legisladora.


Este nuevo sujeto soberano, la Nación política, necesitará un soporte físico sobre el que apoyarse, una vez que el rey haya sido eliminado tanto como soberano como sujeto físico. Ese soporte físico es el individuo abstracto, liberado de toda atadura jurídica y económica, es decir, el burgués o notable de sexo masculino. Muestra de ello es que, si bajo el Antiguo Régimen las mayores penas se reservaban al crimen de regicidio, el código penal de 1810 reservará al crimen de parricidio ese carácter de violación de lo más sagrado (papel que hoy cumple el feminicidio en los códigos penales).


El ciudadano porque es libre expresa como elector, cargo electo o miembro de jurado, una decisión guiada por la Razón (la conciencia protestante), lo cual acabaría con el oscurantismo de siglos anteriores y conduciría a una sociedad perfecta (Rousseau).


Poco importa ya la identidad cultural, histórica o religiosa del individuo, pues en tanto que hombre libre y racional, llegará con sus congéneres a formar la voluntad general en asambleas deliberativas organizadas a nivel nacional como municipal.


El individuo liberal es universal, y así lo entiende la Asamblea Nacional girondina ante la petición de los burgeses alsacianos de unirse a la república francesa. "¿Quién es ciudadano francés? Quien tenga la ciudadanía francesa."


Sin embargo, no debían merecer tal desprecio las diferentes identidades entre los ciudadanos cuando buena parte de los esfuerzos bélicos de la Francia revolucionaria cuando no estaban dedicados a las guerras en el extranjero, estaban dirigidos a la guerra interna contra los "reaccionarios" que no hablaban francés ni aceptaban la constitución civil del clero, conduciendo al genocidio de la Vendée. Más aún cuando ese esfuerzo continuó "pacíficamente" a lo largo de todo el siglo XIX a través de leyes que prohibían el uso del patois, como los famosos castigos físicos a los escolares bretones por hablar bretón en la escuela pública, o que obligaban a los padres a escoger un nombre francés del santoral para el recién nacido.


Así pues, el liberalismo político tiene como sujeto operatorio a un individuo universal y abstracto. Y sin embargo, este individuo liberal aparece en una Europa decimonónica cuya población era ya homogénea entre naciones europeas si la comparamos con sus contemporáneos del resto de continentes. Y a pesar de la cercanía que existía entre los europeos del XIX (economía, religión, derecho, estética, filosofía, literatura, lenguas habladas por las élites, etc), los estados-nación del XIX, gracias al desarrollo del capitalismo industrial, imprimen una creciente homogenización entre sus ciudadanos, llegando a finales del siglo XX a hacer desaparecer por primera vez en la Historia las diferencias entre el ámbito urbano y el rural en Europa occidental.


Esta contradicción entre la teoría universalista liberal, y su práctica homogenizante ha podido mantenerse mientras se ha podido nutrir de un material humano, el europeo, abundante, homogéneo y superior en número a cualquier otro en el planeta. El viejo continente era tan fecundo que daba para repoblar otras latitudes y desangrarse cada veinte años en una guerra fratricida.


Pero las circunstancias han dado un giro radical: no solamente Europa está en pleno declive demográfico como nunca lo ha estado, sino que en este momento su vecino más próximo, África, conoce un apogeo demográfico igualmente desconocido.


Con los mismos datos demográficos -publicados por la ONU- podemos llegar a dos conclusiones nada parecidas.


Por un lado, si esas estadísticas son analizadas desde una visión liberal (no digamos post-moderna o post-marxista) se llegará a las mismas conclusiones que los gobiernos de Europa occidental respecto a la inmigración: la llegada de cientos de miles de africanos musulmanes no será un problema en si mismo, al contrario, se enfocará -y así se hará ver a la población- como una oportunidad económica y fiscal para hacer balance de la catástrofe demográfica, y a lo sumo, se tratarán de minimizar los efectos negativos que pueda generar la inmigración, principalmente a través de ventajas económicas y sociales a los inmigrantes, con el fin de integrarlos, pero sin imponerles su asimilación al país de acogida.


Pero si entendemos que el ciudadano no puede ser (y nunca lo fue) un individuo abstracto, sino que la ciudadanía francesa de la que hablan los girondinos es un continente, que otorga derechos civiles y políticos a un contenido que puede ser alsaciano, parisino o toscano, pero que no acepta cualquier contenido como válido, como demuestran las purgas de quienes fueron ajenos al proyecto revolucionario, debemos alarmarnos de que el cuerpo político de la Nación este siendo rellenado, y lo vaya a ser aún más, por elementos cuyo contenido es ajeno, cuando no, contrario a nuestra organización social y política.


El título de ciudadano forma parte del ordenamiento jurídico de un Estado, y puesto que todo derecho es derecho positivo (Armesilla dixit), y las leyes, fundamentales como ordinarias, cambian en función de la voluntad del sujeto soberano, sólo los ciudadanos españoles, y nadie más, deben decidir bajo qué parámetros desean que se otorguen los títulos de ciudadanía y de residencia a los extranjeros que llegan a España, tanto de forma legal como ilegal, y tanto a los que vienen en calidad de refugiados como los que no; derogando llegado el caso los tratados internacionales contrarios a la voluntad de los españoles.


Es decir, en las circunstancias anunciadas con los datos de la ONU, incumbe a los españoles decidir con quiénes quieren vivir y formar un proyecto político, y que a la postre serán sus herederos, si no biológicos sí políticos en el siglo XXII.



II. El proceso de sustitución de la población europea


Respecto al proceso de sustitución poblacional no hace falta argumentar su existencia para evitar el anatema de "conspiranoico" lanzado durante años por los inmigracionistas, pues son estos mismos quienes, como la propia ONU, afirman que el proceso de sustitución existe, pero lo dibujan como inevitable, repetido, deseable y justo.


II.1. Un proceso justo


Según los inmigracionistas se trataría de un proceso justo pues repararía el supuesto prejuicio sufrido por los africanos durante siglos de explotación colonial y post-colonial europea. Por ello, hasta finales del siglo XX la llegada masiva de africanos y asiáticos procedentes de las antiguas colonias se mostraba como algo típicamente francés, belga o británico.


Esta impostura pudo mantenerse toda vez que coincidían los principales países receptores de inmigración con las antiguas potencias colonizadoras, pero a día de hoy ha quedado al descubierto la treta cuando países cuya implicación histórica en África y Oriente Medio fue mínima (España, Alemania, Italia) o nula (Suecia, Finlandia, Austria) son sin embargo el destino elegido por millones de africanos y asiáticos para asentarse.


En cualquier caso, habría que establecer una distinción de la acción colonizadora de las diferentes potencias europeas, así como una valoración histórica de la herencia recibida por los africanos de estos imperios coloniales, partiendo del atraso histórico en que se encontraban los territorios protectorados a inicios del siglo XX y su posterior estadio durante la descolonización décadas más tarde. Pero independientemente del resultado historiográfico, ello no tendría incidencia alguna en la recepción de inmigrantes de estos países.


II.2. Un proceso repetido


La historia es un cajón de sastre del que se puede sacar cualquier cosa para justificar una acción en el presente; históricamente tan justificada está la Gran Albania como la Gran Serbia; pero la realidad política está basada únicamente en una relación de fuerzas, que usarán la Historia como mejor les convenga según las circunstancias.


Asistimos pues a una nueva falsificación de la historia cuando se nos presenta el actual proceso de sustitución de población como algo repetido en el pasado, comparándolo con la recepción de obreros del sur y del este de Europa en Francia, Alemania y Reino Unido.


Y es que la comparación es tan burda que resulta tediosa la tarea de demostrar su falsedad, aunque quizás en ello radique su éxito mediático. Así por ejemplo, los obreros polacos e italianos que llegaron por millones a la Francia de principios del XX fueron engullidos por una población autóctona que tenía un crecimiento vegetativo positivo, aunque no lo suficiente para hacer frente a las necesidades económicas de la industria y militares del enfrentamiento que se esperaba con Alemania (la mayor fecundidad de las mujeres alemanas respecto de las francesas era el gran problema de los estrategas de la III República). Aquellos inmigrantes compartían un credo religioso (católico) o ideológico (marxismo, sindicalismo) con sus nuevos compatriotas, y a pesar de ello, un tercio de los inmigrantes italianos volvieron a su patria natal, mientras que los que se quedaron se fundieron en la masa mayoritaria de franceses, adoptando sus nombres (pero conservando sus apellidos), usos y costumbres.


Y es que no hay proceso comparable en la historia de Europa como la actual sustitución de población autóctona salvo la llegada de los indoeuropeos hace 4000 años (que supuso la erradicación de los varones locales en la Península Ibérica[7]). Ni siquiera las invasiones germánicas pueden compararse con el proceso que estamos viviendo, pues aquellas las protagonizaron arrianos numéricamente minoritarios, endogámicos y amenazados constantemente por el mestizaje con una población autóctona católica mayoritaria. Quizás el paralelismo que podría establecerse entre las invasiones germánicas y las africanas es la idealización que se hace del invasor por parte de las élites tardoromanas y europeas postmodernas, seducidas en sus lujosas villae por el exotismo revitalizador del invasor.


II.3. Un proceso deseable


La utilización del término "invasor" en lugar de "inmigrante" conduce al cuestionamiento del inmigracionismo que plantea el proceso de sustitución como deseable.


Este proceso migratorio sur-norte no debe entenderse como un aporte poblacional a los países europeos. Lo que entraña la sustitución es la desaparición, el desplazamiento de una población -pacíficamente si se quiere, aunque esto nadie puede afirmarlo- por otra con otras formas de organizar el estado. A falta de nuevos cigotos para poder vehicular una herencia no sólo genética, sino social, filosófica, y política, lo que se conoce por Europa y por España, dejará de existir, pero no por su propia evolución endógena, sino porque será suplantado por una civilización exógena, aunque se siga hablando de España y Europa.


Dicha conclusión habría podido merecer justamente el calificativo de alarmista hace cincuenta años, cuando el gobierno del abortista Giscard-d'Estaing abrió las puertas de su país a la inmigración musulmana para satisfacer las demandas de la industria automovilística francesa y mantener bajos los salarios de los obreros. Por aquel entonces, como hoy día España, Francia recibía la primera ola de inmigrantes musulmanes, cuyos efectos no era fácil prever. Hoy, el paisaje urbano francés se ha transformado allí donde se asienta una mayoría de población musulmana: la jilaba y el hiyab imponen su estética en las calles, la televisión y la universidad, el halal en la restauración y la violencia cotidiana en las calles, especialmente contra los blancos católicos y judíos, quienes son obligados a exiliarse a otro barrio, que a su vez será islamizado una generación más tarde. Hipócritamente hablan los bobós (bourgeois-bohème) de guetos donde se han encerrado a los musulmanes. En realidad, han sido éstos quiénes han expulsado a los franceses nativos de barrios donde se disfruta de unas infraestructuras e inversión del estado que no podrían ni soñar los franceses de la campiña. Así el cinturón rojo de París que ayer controlaban las grandes centrales sindicales se ha convertido en un cinturón verde controlado por imanes y narcos.


Y es que debe considerarse como inmigrante a todo aquél que abandona su comunidad política nativa para asentarse en una nueva. Pero entre las múltiples razones que pueden llevarle a tal migración, debe darse la de querer integrarse en su nueva patria. La consecuencia de inmigrar debe ser la asimilación total de la descendencia en la nueva comunidad, la cual ha de ser incapaz de saber si uno es cristiano viejo o no, recurriendo para ello a la utilización de nombres típicos del país de acogida, imitación de comportamientos, conocimiento del idioma tratando de disimular o eliminar acentos foráneos, amor y devoción a su nueva patria (con la fe que caracteriza al nuevo converso incluso).


Sin embargo, cuando el huésped no sólo no cumple la condición de integración en su nuevo país, sino que además trae consigo y conserva durante generaciones una moral, lengua, costumbres, y organización familiar diferentes al país de acogida, sobre el que se va imponiendo paulatinamente a medida que se extiende por el territorio, generando un mapa de piel de guepardo, punteado por núcleos donde imperan de facto las reglas de los huéspedes y sus descendientes, éstos no pueden ser calificados como inmigrantes, sino invasores o colonizadores.


II.4. Un proceso inevitable


Entendiendo que la realidad muestra una invasión de pueblos africanos y musulmanes sobre Europa se debe responder a la cuestión de su inevitabilidad.


Los inmigracionistas aducen precisamente lo inevitable del proceso de sustitución; para ellos la solución es la invasión africana de Europa, mal llamada inmigración, para solventar la crisis demográfica que amenaza sus gráficas macroeconómicas. No se plantean cambiar el modelo productivo, no cuestionan el libre mercado ni la sociedad de consumo que nos ha conducido a la extinción como civilización. Las élites capitalistas están dispuestas a cambiar de pueblo con tal de no abandonar sus posiciones sociales e ideológicas, ya sean liberales o post-modernas. Es un nuevo pacto Germano-Soviético entre las élites capitalistas cosmopolitas del centro y los "nuevos europeos" de la periferia (Zemmour dixit) para repartirse el territorio y la población, postergando el momento inevitable del enfrentamiento.


A diferencia del nihilismo de Europa occidental, el marxismo-leninismo ha permitido en la Europa del Danubio el desarrollo de la civilización europea (por negligencia o por continuidad filosófica) y ello está dando lugar a gobiernos liberal-conservadores en Polonia y Hungría, que tratan de solucionar la crisis demográfica que también ellos sufren aplicando medidas opuestas a las de Alemania, Francia, Suecia o España.


Así por ejemplo, sólo un año después de la aplicación del Plan de Acción para la Protección de la Familia por el gobierno de Viktor Orban, el número de matrimonios ha aumentado un 28% y los nacimientos un 2% respecto al mismo período del año anterior.


Sin duda, los resultados son insuficientes para detener la sangría demográfica, pero ponen al descubierto la falsedad de recurrir a la inmigración cómo único recurso para solucionar el problema demográfico.


La política natalista de Hungría también pone al descubierto la insuficiencia de medidas económicas como fórmula para mejorar la fecundidad de las mujeres europeas. Es cierto que el paquete de medidas se resume en préstamos que prescriben al tercer hijo y ventajas fiscales para las madres, pero las mujeres de Alemania o Suecia no gozan de menores ventajas y sin embargo las medidas no incentivan el crecimiento vegetativo de la población autóctona, más aun, empeoran el problema pues son proporcionalmente las mujeres musulmanas quienes se benefician de estas ayudas[8].


Se trata pues de un problema que tiene dos vertientes. Una económica, que es a la que pueden dar cabida las legislaciones de las democracias liberales, pero sin duda insuficiente para solucionar el problema demográfico, como demuestran los países escandinavos. Y otra cultural o psicológica, que hasta ahora no ha sido atendida por ninguna legislación europea, ya que pondría en entredicho buena parte de la ideología sesentayochesca que es la religión oficial del estado.



III. Medidas concretas


Para poner fin al suicidio demográfico se deben adoptar medidas sociales como la prohibición del aborto y del uso de anticonceptivos, llevadas a cabo por legislaciones nada sospechosas de catolicismo como la Rusia estalinista y la Rumanía de Ceausescu respectivamente.


A estas dos medidas ligadas a la fecundidad de las mujeres españolas deben acompañarles otras de carácter más global encaminadas a dar protección social y psicológica a la mujer: la prohibición del divorcio, dejando la posibilidad de una separación de hecho a cualquiera de los cónyuges, la penalización del adulterio, la prohibición del mal llamado matrimonio homosexual, la regulación de los cánones de belleza de escaparates, revistas y publicidad de moda femenina, sustituyendo al actual modelo de maniquí infantilizante y anoréxico por una estética que refleje la realidad de las mujeres trabajadoras y madres de familias numerosas.


Todo ello, acompañado de un paquete de ayudas económicas y ventajas fiscales reservadas exclusivamente a las mujeres españolas, medidas cuya ambición debe estar a la altura del peligro que amenaza la continuidad de la Nación española.


La continuidad biológica de la comunidad política es un problema que se sobrepone a cualquier otro, incluida la gestión de nuestra soberanía intervenida por EEUU a través de la OTAN, o de Alemania a través de la UE.


Ni siquiera el problema del separatismo que amenaza con la desmembración de España le hace sombra a la urgencia del problema demográfico, pues llegado el caso de una implosión en "nacionalidades históricas" se dibujaría una realidad similar a la que existe hoy en los Balcanes, donde todos hablan y se entienden en una especie de serbio, pero tienen que aprender inglés o alemán para poder emigrar o medrar socialmente. Ciudadanos de la UE, los españoles podrían seguir con relativa normalidad sus vidas en los Países Catalanes o Euskalherría, que no dejarían de ser una nueva Chequia para Alemania.


Sin embargo, la desaparición del material físico que sustenta la nación-política, los españoles, conllevaría la transformación radical del paisaje y la vida en España como ya está ocurriendo en ciudades por toda Europa (así Suecia tiene uno de los mayores índices de violaciones del mundo), y como ha empezado a ocurrir en ciertas zonas de Cataluña donde por razones políticas los separatistas prefieren acoger musulmanes que hispanoamericanos.


A estas medidas de carácter económico y social se solapan otras dos, una de carácter militar y la otra de carácter demográfico.


Militarmente, los cuerpos y fuerzas de seguridad que protegen las fronteras de España deben estar armados y protegidos por toda la panoplia jurídica y armamentística más avanzada para contener la invasión que se cierne desde las costas africanas. Como han demostrado Hungría y Polonia, pero también la pandemia del covid-19, el control efectivo de las fronteras no es algo ilusorio e imposible, al contrario, puede ser relativamente sencillo con los medios tecnológicos actuales siempre y cuando se tenga la voluntad política para ello.


En estas circunstancias, los ciudadanos españoles deberán formar un solo hombre con los policías y guardias civiles que protegen las fronteras, mostrándoles su apoyo incondicional independientemente de los finis operantis, pues lo que importará serán el finis operis: la defensa de España.


Demográficamente, España cuenta con una ventaja comparativa respecto al resto de países europeos. Antes de constituirse como nación-política España fue un imperio que se extendía por buena parte de América y Filipinas. Con la descomposición de ese imperio surgieron estados-nación cuya población a día de hoy comparte buena parte de nuestras características y se podría decir que somos más parecidos los españoles a los sudamericanos que a cualquier europeo.


Este hecho único entre los estados europeos (junto con Portugal) nos brinda la oportunidad de solucionar temporalmente el problema demográfico incentivando la llegada de latinoamericanos (incluyendo brasileños) a España, otorgándoles por ejemplo de forma automática el permiso de residencia a aquellos que haya realizado estudios superiores. Medida como ésta y similares se podrían explorar su aplicación para ciudadanos originarios de Filipinas, Guinea Ecuatorial, Europa del este (Rusia, Bielorusia, Ucrania...) y minorías cristianas de Oriente Medio.


Todo ello, al tiempo que se reduce a 0 la llegada de población musulmana y africana -excepto en régimen diplomático o de contratos temporales en tareas agrícolas-, y se lleva a cabo la expulsión sin posibilidad de retorno de extranjeros que hayan cometido crímenes o delitos, previa revocación de la ciudadanía española si tuviesen la doble nacionalidad.


Nos enfrentamos a una realidad singular, desconocida y amenazante para nuestra existencia política como Nación, y no podemos perpetrarnos con antiguallas ideológicas y herramientas periclitadas como lo fueron las que se han utilizado hasta la fecha.


Evitar el vaciamiento poblacional de España debe ser la prioridad máxima de los nacionalistas españoles. Todo lo demás debe pasar a un segundo plano.

[1] M. LÓPEZ CORREDOIRA, “Crisis demográfica, feminismo y decadencia de Occidente”, El catoblepas, 192, 2020, p.11 [2] Conferencia de Pedro Insua en X Curso de Filosofía Curso de verano de la Universidad de la Rioja, Santo Domingo de la Calzada www.youtube.com/watch?v=m0dyGW4TSJY [3] population.un.org/wpp/Download/Probabilistic/Population/ [4] www.ined.fr/fr/tout-savoir-population/chiffres/projections-mondiales/projections-par-pays/ [5] https://www.cairn.info/revue-population-et-societes-2020-1-page-1.htm# [6] Conclusiones en “La situación demográfica en España. Efectos y consecuencias. Estudio”, Separata del volumen II del informe anual, Defensor del Pueblo, 2018, Madrid 2019, [7] www.csic.es/es/actualidad-del-csic/cientificos-del-csic-reconstruyen-la-historia-genomica-de-la-peninsula-iberica [8] www.ine.es/jaxiT3/Datos.htm?t=1409#!tabs-tabla


Sobre el autor:

Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid en 2011, ha trabajado como asalariado en diversas empresas del sector privado, principalmente de atención al cliente (Chequia y Francia) hasta 2018 que ingresa de nuevo en la universidad (Brest, Francia) donde realiza hasta la fecha estudios de derecho.

3 comentarios