8.9- Ante el suicidio demográfico de España y Europa

Actualizado: sep 5

Por Ignacio Puig


Resumen: Europa se enfrenta a una realidad inédita: una crisis demográfica cuya duración se prolonga a lo largo del próximo siglo, tiempo durante el cual su vecino más próximo, África, va a cuadriplicar su población. Este artículo no se limita a recordar la existencia de ambos procesos demográficos (el africano y el europeo) y sus consecuencias para España y para Europa.

El fin último del artículo no es otro que el de anunciar una alternativa a la disyuntiva inmovilista entre el determinismo fatalista[1] y la ingenuidad del “pensamiento Alicia”. El peligro que conlleva afrontar nuevos problemas de forma efectiva es que la operación podría requerir el abandono de instrumentos anticuados, en el caso que nos ocupa, la nación-política en su concepción abstracta del ciudadano, sin una identidad cultural, religiosa, lingüística[2] adscrita.


Palabras clave: Demografía, inmigración, África, islam, nación-política, identitarismo



La ONU[3] estima que en 2050 la población de África (hoy 1200 millones) alcanzará los 2500 millones de habitantes, y en 2100 rebasará los 4000 millones, mientras que la población europea (hoy 740 millones) descenderá a los 710 millones en 2050 y a los 630 millones en 2100[4].


Así, mientras Nigeria pasará de los 400 millones actuales a los 730 millones en 2100, (situándose como tercer país más poblado del planeta) España perderá la mitad de su población, pasando de 46 a 23 millones.


Según estas predicciones de Naciones Unidas a finales de siglo una de cada tres personas en el planeta serán africanas.


Estas cifras se traducirán en Europa por una sustitución de los europeos mayoritariamente cristianos por africanos mayoritariamente musulmanes. Si en las últimas décadas el proceso de sustitución era ocultado, el hecho es ya tan evidente que no se puede negar por más tiempo, y los inmigracionistas lejos de negarlo, lo presentan como un proceso inevitable, repetido, deseable y justo.


I. La hipocresía del Liberalismo


Más allá del discurso adoptado por las élites europeas desde hace más de 40 años respecto a la demografía y la inmigración, para el demógrafo (el publicado o entrevistado por los medios de comunicación) no hay lugar para alarmismos: la población mundial seguirá creciendo durante el próximo siglo permitiendo que haya crecimiento económico[5], además, prevén con tranquilidad que la población africana está viviendo una transición demográfica, que han vivido todos los países desarrollados y que en algún momento a finales del siglo XXI su crecimiento se reducirá y acabará estancándose.


Estos demógrafos no ven ningún problema en que la población de un continente repleto se vuelque sobre un continente vacío, pues su sujeto operatorio es el individuo liberal abstracto, vacío de contenido, homo economicus prescindible y sustituible[6].


De Maistre afirmó que había visto franceses, italianos, rusos, pero que nunca se había encontrado con el hombre. Y es que el "hombre" es un concepto metafísico que se viene abajo en cuanto lo llenamos de sustancia (política, social, religiosa, lingüística...). Este hombre abstracto, deconstruible, sin pasado ni raíces, no existe. Aparece políticamente con la revolución francesa en forma de ciudadano sin feudo ni fuero.


En 1789 la soberanía conservará su carácter absoluto e inalienable, pero ya no será sujeto soberano el rey sino la nación; tras un siglo de pugna ideológica entre el rey y los parlamentos judiciales, será un tercero, el tercer estado constituido en Convención Nacional quien se arrogue la capacidad de expresar la voluntad general de la Nación a través su acción legisladora.


Este nuevo sujeto soberano, la Nación política, necesitará un soporte físico sobre el que apoyarse, una vez que el rey haya sido eliminado tanto como soberano como sujeto físico. Ese soporte físico es el individuo abstracto, liberado de toda atadura jurídica y económica, es decir, el burgués o notable de sexo masculino. Muestra de ello es que, si bajo el Antiguo Régimen las mayores penas se reservaban al crimen de regicidio, el código penal de 1810 reservará al crimen de parricidio ese carácter de violación de lo más sagrado (papel que hoy cumple el feminicidio en los códigos penales).


El ciudadano porque es libre expresa como elector, cargo electo o miembro de jurado, una decisión guiada por la Razón (la conciencia protestante), lo cual acabaría con el oscurantismo de siglos anteriores y conduciría a una sociedad perfecta (Rousseau).


Poco importa ya la identidad cultural, histórica o religiosa del individuo, pues en tanto que hombre libre y racional, llegará con sus congéneres a formar la voluntad general en asambleas deliberativas organizadas a nivel nacional como municipal.


El individuo liberal es universal, y así lo entiende la Asamblea Nacional girondina ante la petición de los burgeses alsacianos de unirse a la república francesa. "¿Quién es ciudadano francés? Quien tenga la ciudadanía francesa."


Sin embargo, no debían merecer tal desprecio las diferentes identidades entre los ciudadanos cuando buena parte de los esfuerzos bélicos de la Francia revolucionaria cuando no estaban dedicados a las guerras en el extranjero, estaban dirigidos a la guerra interna contra los "reaccionarios" que no hablaban francés ni aceptaban la constitución civil del clero, conduciendo al genocidio de la Vendée. Más aún cuando ese esfuerzo continuó "pacíficamente" a lo largo de todo el siglo XIX a través de leyes que prohibían el uso del patois, como los famosos castigos físicos a los escolares bretones por hablar bretón en la escuela pública, o que obligaban a los padres a escoger un nombre francés del santoral para el recién nacido.


Así pues, el liberalismo político tiene como sujeto operatorio a un individuo universal y abstracto. Y sin embargo, este individuo liberal aparece en una Europa decimonónica cuya población era ya homogénea entre naciones europeas si la comparamos con sus contemporáneos del resto de continentes. Y a pesar de la cercanía que existía entre los europeos del XIX (economía, religión, derecho, estética, filosofía, literatura, lenguas habladas por las élites, etc), los estados-nación del XIX, gracias al desarrollo del capitalismo industrial, imprimen una creciente homogenización entre sus ciudadanos, llegando a finales del siglo XX a hacer desaparecer por primera vez en la Historia las diferencias entre el ámbito urbano y el rural en Europa occidental.


Esta contradicción entre la teoría universalista liberal, y su práctica homogenizante ha podido mantenerse mientras se ha podido nutrir de un material humano, el europeo, abundante, homogéneo y superior en número a cualquier otro en el planeta. El viejo continente era tan fecundo que daba para repoblar otras latitudes y desangrarse cada veinte años en una guerra fratricida.


Pero las circunstancias han dado un giro radical: no solamente Europa está en pleno declive demográfico como nunca lo ha estado, sino que en este momento su vecino más próximo, África, conoce un apogeo demográfico igualmente desconocido.


Con los mismos datos demográficos -publicados por la ONU- podemos llegar a dos conclusiones nada parecidas.


Por un lado, si esas estadísticas son analizadas desde una visión liberal (no digamos post-moderna o post-marxista) se