9.8- El relativismo posfreudiano

Por Pedro Hoyos González (1)


Resumen: Si encontramos en Freud, el padre del psicoanálisis, a un autor de orden y Ley, que defendía la represión de las pulsiones como garantía civilizatoria, ¿cómo es posible que las heterías psicoanalíticas hayan abrazado el discurso de la deconstrucción y el relativismo? Encontramos algunas claves en la confusión entre autoridad y autoritarismo que rastreamos ya en la Escuela de Frankfurt, en el punto de ruptura que supone Wilhelm Reich, en el reduccionismo epistemológico de Lacan a una inmanente estructura significante que subordina la biología o cualquier factor externo; o en El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari. Pero la caída de la autoridad y de las nociones de verdad produce desgarros que son especialmente observables en la clínica, en el sujeto afectado por la falta de límites, en un concepto de libertad metafísica que es la libertad del loco.


Palabras clave: Freud, Lacan, relativismo, autoridad, autoritarismo, libertad.



"La relación psicoanalítica está basada en un amor a la verdad - esto es, en el reconocimiento de la realidad – [..] esto excluye cualquier clase de impostura o engaño" (Freud, [1937] 1980: 249)




I. La autoridad en Freud.


La cita inicial es de Freud, de su artículo Análisis terminable e interminable (Amorrortu, OC vol. XXIII), escrito hacia el final de su vida en su exilio londinense. No se si espoleado por el auge del nazismo y del fascismo, pero Freud mostró hacia el final de su carrera una especial preocupación por la preservación de los valores de nuestra civilización. Sin una noción de verdad se cae en un relativismo destructivo desde el cual el sujeto sin raíces se deja llevar por cualquier viento.


En Moisés y la religión monoteísta (Amorrortu, OC vol. XXIII) reconoce el valor sociológico de la religión, la conquista del Dios padre único es una ganancia civilizatoria, y lo mismo afirma sobre el paso del matriarcado al patriarcado:

“Esta vuelta de la madre al padre define además un triunfo de la espiritualidad sobre la sensualidad, o sea, un progreso de la cultura, pues la maternidad es demostrada por el testimonio de los sentidos, mientras que la paternidad es un supuesto edificado sobre un razonamiento y sobre una premisa” (Freud, [1939] 1980: 110).

Freud mostró a lo largo de su obra una preocupación por el rechazo que recibían sus hallazgos teóricos, incluso entre psicoanalistas. Rechazo que venía no por argumentos científicos, sino por infantilismo. El inconsciente nos inquieta y el aparato psíquico se defiende de verdades angustiosas mediante múltiples mecanismos defensivos. Así, en Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (Amorrortu, OC vol. XIX), y en Sobre la sexualidad femenina (Amorrortu, OC vol. XXI), advertía a sus seguidores que se mantuvieran firmes frente a las objeciones ideológicas del feminismo, que, por ejemplo, apreciaba a ambos sexos como idénticos (Freud, [1925] 1979: 276) (Freud, [1931] 1979: 232).


Como nos indica Andrés Borderías en Declinar del padre, declinar al padre (Nucep, 2012), Lacan, ya en 1938, relaciona el declive del padre con una crisis psicológica y el surgimiento mismo del psicoanálisis. Uno de los primeros casos clínicos de Freud, el caso del pequeño Hans, publicado en 1909, ya nos mostraba los estragos de la caída de la autoridad paterna: Hans era un niño de cinco años que padecía severas fobias relacionadas con una angustia derivada de la ausencia de sanción paterna hacia sus conductas sexuales infantiles. El padre de Hans creía en un tipo de crianza que hoy podríamos considerar como progresista (Freud, [1909] 1980).


Como digo, hacia el final de la obra freudiana encontramos indudablemente a un autor de orden y Ley; pero incluso en su texto más, podríamos decir, deconstruccionista o Nietzscheano, como es El malestar de la cultura (Orbis, OC vol. 17), publicado en 1930, encontramos una defensa de la represión como fundamento de la civilización. Aunque al hombre le resulta difícil encontrar su felicidad en la cultura, crear lazos amistosos exige una restricción de los impulsos sexuales y agresivos. La figura de autoridad y los valores de verdad son, por tanto, imprescindibles. De hecho, Freud nos dice en este texto que un padre excesivamente blando puede producir efectos nocivos tal como también los sufre el niño desamparado y sin amor. La ausencia de padre puede derivar en una falta de tensión entre el yo y el superyo, desencadenando la agresión. “La cultura esta ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad” (Freud [1930] 1988: 3059).


Podemos concluir, siguiendo a Freud, que la autoridad (aunque él no utilice esta palabra) ofrece un sostén al sujeto que lo salva de su destructividad. La autoridad, a mi juicio, ofrece principios de verdad flexibles, pero no relativos, no intercambiables como cualquier cromo. La autoridad es la forma de amor más firme, su ausencia conduce precisamente al autoritarismo y la destructividad. Es decir, a la ausencia de toda libertad.


¿Cómo es posible, pues, que partiendo de estos principios, las heterías psicoanalíticas hayan abrazado el discurso de la deconstrucción y el relativismo? Intentaré ofrecer algunas claves.



II. La confusión entre autoridad y autoritarismo.


Creo que podríamos afirmar que la confusión entre autoridad y autoritarismo, con un sesgo izquierdista (el autoritarismo se daría solo en la derecha) y un concepto metafísico de libertad, alejado ya de Freud, esta ya en la escuela de Frankfurt, en La personalidad autoritaria, o en la obra de Erich Fromm. Como indica Gustavo Bueno en su artículo Psicoanalistas y epicúreos (El Basilisco, 1982): “No es el miedo a la libertad —-concepto puramente metafísico— lo que impulsa a muchos individuos a acogerse a una obediencia fanática: es la disolución de todo enclasamiento firme" (Bueno, 1982: 23).


El psicoanalista Wilhelm Reich irá más lejos aún. En La revolución sexual, publicado originalmente en 1936 bajo el título Die Sexualität im Kulturkampf, la ruptura con Freud es evidente. La regulación moral de la sexualidad es represora (aquí la represión ya no tiene connotación positiva), se trata de afirmar la sexualidad. Dice Reich:

“La antítesis absoluta entre la sexualidad y la cultura domina todo el ámbito de la moralidad, la filosofía, la cultura, la ciencia, la sicología, la sicoterapia como dogma inviolable. Sin duda, en todo esto el sicoanálisis de Freud tiene un papel esencial porque, a pesar de los descubrimientos clínicos y científicos de su primera época, se aferra a esta antítesis absoluta. Es, pues, imprescindible presentar brevemente las contradicciones a que dio lugar la teoría de la cultura sicoanalítica y cómo su trabajo científico degeneró en metafísica” (Reich, [1937] 1985: 37).

En Psicología de masas del fascismo, Reich afirma que la represión sexual no surge con la cultura, sino con el patriarcado y la división de clases. La inhibición moral de la sexualidad genital del niño lo vuelve, según Reich, temeroso y sumiso (Reich, [1933] 1980).


Hasta tal punto llega el delirio libertario que Robert Castel en El psicoanalismo. El orden psicoanalítico y el poder (Nueva Visión), acusa al psicoanálisis de ser un poder que impone al paciente una visión del mundo que reduce las significaciones políticas y sociales a elementos individuales (Martínez y Tabares, 2013). Sin embargo, lo que Castel considera reduccionismo e imposición es, a mi juicio, apelar a la responsabilidad individual. Además, si no se concediera al psicoanalista cierta autoridad no podría ejercer influencia alguna en el paciente.

¿Y qué hay de Lacan, el psicoanalista más importante después de Freud?



III. El relativismo lacaniano.


“A menos que consideremos que el significante está en todas partes, tendremos que reconocer que se ha restringido la función del inconsciente hasta considerarlo sólo desde el ángulo de las cadenas significantes que activa. «El inconsciente está estructurado como un lenguaje», nos dice Lacan. ¡Claro! Pero ¿quién lo ha estructurado así?” (Guattari [1977], citado por Troncoso, 2018: 3).

Para Laplanche, la tesis lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje implicaba el riesgo de un reduccionismo del inconsciente. En el Coloquio de Bonneval, de 1960, Lacan se niega a discutir la tesis sobre el inconsciente de Laplanche y Leclaire. Dice Elisabeth Roudinesco: “En esa fecha Lacan empieza a parecerse a un ídolo decepcionado y solitario adulado por discípulos que se preocupan más por imitar su estilo y personaje que por dedicarse, como Laplanche y Leclaire, a verdaderas investigaciones” </