9.9- Una batalla de españoles contra españoles

Por Enrique Arenas


Resumen: La abundante bibliografía acerca de nuestra Guerra Civil nos presenta (la gran mayoría), especialmente en autores considerados como “irrebatibles” (por su prestigio, sobre todo si conforman del núcleo de lo académicamente preestablecido), que la victoria del bando franquista fue prácticamente un milagro (coincidiendo entonces con el general Millán-Astray, que diría de Franco que era “el enviado de Dios”) pues, teniendo al más brillante estratega (el general Vicente Rojo); teniendo a su vera la flor y nata de la intelectualidad tanto de España como del resto del mundo; y teniendo de su parte el apoyo de amplias capas de la población, ¿cómo fue posible que al final la República perdiera la guerra? Sin embargo, los lectores de “La Razón Comunista”, cuyo afán por conocer, si no todos, por menos los aspectos más básicos que comprenden una sociedad (economía, política, historia), han de ser conscientes de que dichos aspectos, su calidad, se basa única y exclusivamente en las personas que los integran. Sirva este artículo para conocer uno acontecimientos de más trascendencia en nuestra historia porque, si la Guerra Civil supuso un punto y aparte de la historia de España, indudablemente lo del Ebro fue la tinta con la que la pluma de la historia impregnó el libro del Siglo XX español.


Palabras clave: Guerra civil española, estrategia militar, Historia de España, Francisco Franco, Vicente Rojo.







I. Ríos de sudor para evitar gotas de sangre.


El 15 de abril de 1938, en la playa de Vinaroz, el general Camilo Alonso Vega se santigua con el agua del Mar Mediterráneo. Es Viernes Santo, y el humilde gesto que aquí se narra tiene, sin embargo, una importancia monumental: los franquistas han conseguido partir el territorio de la República en dos partes: al sur de Vinaroz, el Gobierno controla desde la provincia de Valencia hasta la costa granadina, englobando las provincias orientales andaluzas, Madrid, Cuenca y Albacete, y partes de Guadalajara, Toledo y Granada. Al norte, 12 días antes, el 3 de abril, el general Juan Yagüe ha entrado en Lérida estableciendo la línea del frente en el río Segre mientras que el resto de las fuerzas republicanas que vienen sufriendo el embiste de la ofensiva que se cierne sobre Aragón tras la contraofensiva de Teruel, quedan al norte del Ebro.

Dos días después de este acto, el 17 de abril, Juan Modesto, que de jefe de milicias pasa a mandar con el empleo de coronel lo que después va a llamarse “Ejército del Ebro”, cita a otro competente oficial proveniente de las milicias para darle información e instrucciones acerca de la operación que el Alto Mando está planeando para tratar de salvar la situación. Este joven y competente oficial se llama Manuel Tagüeña, y sus estudios de Ciencias Exactas le proporcionan una visión que muchos jefes del Ejército de la República llevan demandando desde el inicio de la guerra: la necesidad de crear un ejército disciplinado, que plante cara al potente ejército que tienen en frente. Las actuaciones de las desorganizadas milicias que actúan al principio de la guerra han supuesto la pérdida de amplios territorios (especialmente los del Norte, de donde las tropas nacionales obtienen los recursos necesarios para continuar la guerra).



Enrique Líster, otro legendario jefe militar que participará en la batalla al mando del V Cuerpo de Ejército (Tagüeña lo es del XV) y que ha forjado su leyenda en todas las grandes batallas (Guadalajara, Brunete, Teruel) tiene a sus hombres preparados para la lucha. Algunos de ellos son muy jóvenes (nacidos en 1920, en ese momento tienen 17-18 años), reclutas de Cataluña que se ven a marchas forzadas convertidos en soldados. La consigna del mando es clara: “Ríos de sudor para evitar gotas de sangre”, lo que significaba entrenamiento duro y constante.

Modesto, Tagüeña y Líster son miembros del Partido Comunista, que desde el principio establece la fórmula de “primero ganar la guerra y después hacer la revolución”, situándose frente a los anarquistas que proclaman que ambas han de hacerse a la vez. Al tratarse del partido mejor organizado, la impronta comunista del Ejército del Ebro establecerá una disciplina, organización y capacidad de combate que sorprenderá a sus enemigos (aunque ya sea demasiado tarde para conseguir la victoria).



II. El paso corto, y la vista larga.


Muchos historiadores y militares (incluso de su propio bando) han criticado el interés del general Franco por alargar la guerra o las tácticas con las que se enfrentaba al enemigo, con la consiguiente pérdida de vidas humanas. Algunos han ido más lejos e, incluso, niegan su capacidad militar y lo relegan al nivel de un simple comandante de batallón; otros autores, guiados más bien por sus nula capacidad objetiva y haciendo gala de un desconocimiento total sobre cuestiones militares resaltan solamente la primera parte de una acción sin importar la definitiva (por ejemplo, se enfatiza sobre la toma de Teruel por parte republicana pero se obvia que la contraofensiva posterior hizo que los sublevados llegaran al Mediterráneo; o en el artículo que nos atañe, que la derrota del Ebro supuso la llegada a la frontera francesa y el fin de la guerra apenas mes y medio después), que es, al fin y al cabo, la importante en esencia. ¿No les recuerda eso a cuando algunos “comunistas” presumen de que Marx escribió aquello que decía que “los obreros no tienen patria”, sin continuar con lo que viene después? (No se les puede arrebatar lo que no poseen. Más, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el Poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.) ¿Acaso no fue criticado Stalin cuando dejó que el ejército alemán avanzara por el territorio soviético sin que se le opusieran las mejores tropas del Ejército Rojo? ¿No consiguió una victoria total después? El propio Franco lo resume con esta frase: “el que ataca siempre es el que más se expone”, y sin duda la República siempre se expuso más en cada iniciativa.


Todo esto viene a colación porque lo “lógico” entonces, y fue criticado por ello, hubiera sido avanzar por Cataluña y llegar a la frontera francesa. Sin embargo, Franco decide virar hacia Valencia (la política de virajes no es nueva en Franco. En vez de ir directamente hacia Madrid, vira hacia Toledo para liberar a los encerrados en el Alcázar. Para sus críticos, derrota imperdonable por no llegar antes a Madrid, pero desde una óptica política, gran victoria material y moral.). Su ejército, aunque victorioso, está exhausto y encuentra una férrea resistencia en las montañas del sur de la provincia de Castellón, lo que se llamó la Línea XYZ. ¿Qué tendrá que ver ese viraje hacia Valencia con la batalla del Ebro, asunto que nos ocupa? Muy sencillo: la batalla del Ebro, como antes lo fue la de Brunete, será una maniobra de distracción para salvar un frente en peligro. Brunete fue para el Norte lo que el Ebro fue para Valencia. Tengamos esto en cuenta para, más adelante, conocer una de las causas por la cual el paso del Ebro no fue explotado enteramente y no se consiguieron los objetivos plenamente marcados en el plan inicial, pues la “Gloriosa”, la aviación republicana, no apareció en el teatro de operaciones hasta pasados unos días. Y no fue desplazada, precisamente, porque era necesaria para defender la capital levantina de los ataques a la que estaba siendo sometida.



III. “¡Adelante, hijos de Negrín!”


El 25 de julio de 1938, día de Santiago, a cuyo patronazgo se habían acogido desde hacía siglos los infantes españoles, cerca de 100.000 combatientes se disponen a pasar el Ebro. Las operaciones se van a centrar en tres sectores: Tagüeña lo hará entre Mequinenza y Fayón, como maniobra que sustraiga fuerzas del sector central, entre Fayón y Cherta que es por donde cruza Líster y que va a ser el que soporte la principal embestida con Gandesa como población protagonista; y por fin el último sector que será desde Cherta hasta el mar, “donde anuncia marina caracola” (Machado).

Los primeros soldados republicanos son meros nadadores armados con machetes y bombas de mano cuya misión será limpiar las orillas de tropas enemigas para que las barcas puedan desembarcar. Los primeros hombres de Líster que llegan a la otra orilla son los del batallón Hans Beimler, de la XI Brigada Internacional compuesta por combatientes alemanes y escandinavos a los que últimamente se les han unido jóvenes españoles (reclutas de la región catalana). Sus jefes los animan al avance con el grito de “¡Adelante, hijos de Negrín!” (no serían los únicos “hijos” que durante la guerra le saldrían al presidente: durante su etapa como ministro de Hacienda, los carabineros serían conocidos como los “Cien Mil Hijos de Negrín”, supuestamente por el trato de favor que, a ojos del resto de fuerzas republicanas, les otorgaba su ministro). A las pocas horas del paso consiguen llegar hasta Gandesa, a 40 kilómetros del río, lo que hace decir a Modesto, a la hora de informar a Rojo y a Negrín, que “han pasado todos los que tenían que pasar. Los que fueron detenidos, lo han hecho por la zona inmediata. Se han ocupado, combatiendo, Miravet y el castillo. Las vanguardias están en sus primeros objetivos. Las pasarelas, todas tendidas. Los puentes de vanguardia, tendidos dos y tendiéndose otros dos. Ha comenzado el paso del grueso de las fuerzas. Se ha reiterado la orden de que no se detengan ante las resistencias de la orilla y que sigan a sus objetivos lejanos. El enemigo ofrece una resistencia extraordinaria en la demostración del flanco izquierdo. En la derecha está cortada la carretera de Mequinenza a Fayón y se ha tomado artillería. No hay bajas acusadas."


IV. “¡Mi general, los rojos han pasado el Ebro!”


Sin duda que el ataque sorprendió al mundo entero, aún más al propio bando republicano, por la audacia de la operación. Modesto habla de más de 2.000 prisioneros capturados en las primeras horas, así como de la abundante cantidad de material tomado al enemigo. Pero, ¿realmente estaba tan desinformado el Mando nacional sobre la operación que se preparaba? Yagüe, que había demostrado sus cualidades militares a lo largo de su vida, enviaba informes a Burgos informando de las actividades al otro lado del Ebro. En esos momentos, como ya se dijo, la Ofensiva sobre Valencia entraba en sus últimos momentos y absorbía todas las noticias, por lo que rumores sobre concentración de tropas llegaban a menudo al Cuartel General y no podían verificarse. El coronel Peñarredonda, jefe del sector de Mora de Ebro, recibe las primeras noticias sobre el ataque pero no se atreve a despertar a Yagüe ya que apenas lleva durmiendo tres horas. A las 02:30 de la mañana, cuando los enfrentamientos cobran fuerza en su sector, entra en la habitación de su superior y le informa:


-“Mi general, los rojos han pasado el Ebro”.