2.3 La teoría marxista de la crisis a propósito de la gran recesión y la burbuja de activo

Actualizado: mar 8

Por Juan Pablo Mateo.[1]


Resumen: El propósito de esta ponencia radica en analizar la Gran Recesión del capitalismo mundial desde la perspectiva de la teoría marxista de la crisis. Para ello, es necesario confrontar los rasgos metodológicos del enfoque de la crisis con las particularidades de la economía mundial, lo que permite explicar la aparente desconexión entre gran parte de los diagnósticos de esta crisis procedentes de la economía política, y los fundamentos de la crisis expuestos en El Capital. Así, se sostiene la relevancia de la teoría marxista de la crisis para explicar la última GR, a condición de clarificar los diferentes niveles de abstracción y las particularidades de la última etapa de la economía mundial. De hecho, las particularidades del ciclo expansivo previo al estallido de la crisis generan una discrepancia entre esencia y apariencia que contribuye a explicar las controversias

explicativas.

Palabras clave: teoría de la crisis, marxismo, burbuja de activos


I. Introducción

El estallido y posterior desarrollo de la crisis que estalla en 2007-08, popularizada como la Gran Recesión (en adelante, GR), ha dado lugar a importantes discrepancias dentro de la economía política, y en concreto en el enfoque marxista. Curiosamente, los diagnósticos de la misma fundados en la valorización o producción de excedente son minoritarios, mientras que han proliferado las explicaciones en torno a diversos aspectos del proceso de circulación del capital, cuando no del marco institucional.


¿Cómo se explica que las controversias entre las causas sean tan profundas? ¿Por qué no se relaciona la crisis con las tendencias fundamentales del capitalismo? ¿A qué obedece la distancia entre el análisis de El Capital con las explicaciones contemporáneas de sus seguidores? Este documento discute las particularidades de la GR a la luz del marco teórico de Marx para mostrar, por una parte, que no son contradictorias con su enfoque, y por otra, que las particularidades del ciclo expansivo previo al estallido de la crisis generan una discrepancia entre esencia y apariencia que contribuye a explicar las controversias explicativas.


En el centro del debate está el tipo de dinámica de crecimiento que protagonizó la fase expansiva previa a la GR, es decir, a partir de la salida de la recesión de las punto com, entre 2002-03 y 2007-08. Entre diversos factores, como la reconfiguración geográfica de la dinámica de acumulación, el auge de los precios de materias primas, la acumulación de reservas por parte de países periféricos, se ha de destacar la inflación de activos de la construcción como un elemento que ha llevado a estas controversias explicativas.


Para ello, se exponen en primer lugar algunos rasgos del análisis marxista de la crisis, lo que permitirá comprender algunas controversias actuales a partir del estallido de la Gran Recesión. En la última sección se aborda el ámbito de las finanzas y la burbuja de activos, dado su papel central en varias economías, como la española.



II. El enfoque de la crisis en Marx


Para situar el análisis de la crisis en Marx, es preciso llevar a cabo una serie de clarificaciones teóricas respecto del método de El Capital, en relación al lugar que ocupa en su análisis general de la reproducción económica, y sobre el concepto mismo de crisis. En este sentido, la exposición de Marx sobre la crisis económica se realiza en un elevado grado de abstracción, propio del momento analítico del capital en su generalidad y, además, incluso en estos términos, dista de ser completa. En consecuencia, las interpretaciones de la misma han sido diversas (véanse Shaikh, 1990, Clarke 1994, Roberts 2016).



II. 1- Niveles de abstracción


La teoría marxista de la crisis constituye un momento de su más amplia teoría de la reproducción del capitalismo. Desde esta perspectiva, no puede existir una teoría acabada de la crisis debido a que Marx plantea un enfoque abstracto de las tendencias básicas de la reproducción. Las referencias a las crisis se centran en los aspectos que explican la recurrencia de las mismas a partir de los elementos que pertenecen al núcleo esencial de las relaciones de producción, por lo cual, existen factores concretos de la crisis que no son considerados por Marx.


Así, se ha de tener en cuenta que Marx explica la tendencia hacia la crisis soslayando las oscilaciones de los precios que no se deriven de cambios en la esfera del valor. Ello se explica porque su propósito era revelar el lugar que la crisis ocupa en su marco teórico, o lo que es lo mismo, que la crisis es el producto necesario de la dinámica de acumulación en el régimen capitalista de producción aun en condiciones ideales. Expresado alternativamente, incluso sin factores exógenos a lo estrictamente económico que lleven distorsiones en los precios de mercado, las crisis ocurrirán.


Ahora bien, ello no implica que no puedan existir dinámicas recesivas alimentadas, o en ciertos casos originadas por otros factores que ocasionen alteraciones de los precios al margen de las relaciones de valor. Sucede simplemente que tales fenómenos no constituyen su objeto de investigación (Marx 1861-63, Clarke 1994) debido a que no explican la recurrencia sistemática de la crisis, por lo que no es susceptible de una elaboración teórica.[1] En consecuencia, este tipo de crisis no tiene el mismo estatus teórico, y se podrían asimilar más bien a desequilibrios o distorsiones de diversa intensidad que, en cualquier caso, acompañan al capitalismo en su devenir.


A pesar de lo expuesto, la excepcionalidad de una crisis tal no implica que, en última instancia, no hunda sus raíces, al menos indirectamente, en el tipo de sistema económico. En el caso de recesiones derivadas de fenómenos estrictamente políticos (guerras, revoluciones, golpes de Estado, etc.), cabe afirmar que no son ajenos al conflicto social propio de la producción capitalista. Esta conflictividad no se produce únicamente entre clases sociales de manera directa, sino que la pugna entre Estados constituye una dimensión del mismo dada la plasmación geográfica del sistema económico. Por otra parte, en cuanto a las crisis más económicas, se debe tener en cuenta que el vínculo con la valorización se vuelve más difuso y lejano cuando el análisis se delimita geográficamente en una economía dada, y tal complejidad aumenta conforme menor es el tamaño de la economía y mayor es el atraso productivo.[2] Igualmente, la coyuntura histórica proporciona factores añadidos en el tránsito de lo abstracto a lo concreto.



II. 2- Aspectos metodológicos


La teoría de la acumulación es también una teoría de la crisis, porque ambas dimensiones conforman el proceso de reproducción de la totalidad del capital. El lugar central que la crisis ocupa en el esquema marxiano requiere que el diagnóstico de una determinada crisis sea coherente con los fundamentos propios de su teoría económica, a saber, su concepción de la acumulación. A partir de lo planteado en Mateo (2015, 2017), se debe tener en cuenta su dimensión holista, estructural y esencialista.


Brevemente, se trata de un enfoque que prioriza lo global o la totalidad, conformado como una estructura de relaciones en la cual el significado de cada parte del sistema sólo es susceptible de ser aprehendido si se ubica en el marco de sus relaciones sociales, significado que impone una lógica subyacente en el movimiento del todo, la sociedad capitalista. Esta lógica subyacente constituye la esencia, que no necesariamente coincide con la manera como se manifiestan los fenómenos en la superficie. Por ello, el sistema está gobernado por una serie de tendencias objetivas que condicionan la actuación de los agentes.


Marx (1859) sostiene que la producción tiene prioridad conceptual sobre la distribución y la circulación. De hecho, el capitalismo se caracteriza a partir de lo que produce, que es plusvalía. De ahí que la valorización sea el elemento central de la dinámica del sistema. Nótese que la producción de valor requiere que se complete el conjunto del ciclo de valorización del capital, que constituye él mismo una totalidad. En consecuencia, la teoría laboral del valor se erige en principio fundamental de la teoría de la crisis.

Lo expresado tiene una implicación decisiva. Las variables constitutivas que revelan dimensiones básicas como la distribución del ingreso o las finanzas, sólo pueden captarse fidedignamente a partir de una perspectiva holista, es decir, desde su funcionalidad a la totalidad. En concreto, los salarios, tipos de interés, el nivel de inversión o consumo, y por supuesto las decisiones de los agentes (consumo Vs inversión, elección de técnica, etc.) están condicionados de manera subyacente por el ciclo de valorización.[3]


II. 3- Causas esenciales y detonantes coyunturales


La crisis se explica en última instancia por la imposibilidad de continuar generando aquello que es específico del capitalismo, un valor excedente o plusvalor. Pero esta causa, que cabe denominar como esencial en tanto alude al contenido, no debe coincidir necesariamente con su apariencia, que está asociada a los detonantes o factores coyunturales, a su vez producto de los rasgos particulares de la expansión precedente, es decir, a la forma. Mientras las primeras proporcionan el vínculo que une a las diferentes crisis, las últimas incorporan el conjunto de particularidades de cada crisis, enfatizando lo que separa a cada una de ellas. Esta distinción es clave en la teoría de la crisis.


Como existe una tendencia sistémica hacia la crisis, éstas estallan con regularidad. Y si las crisis son recurrentes en el tiempo, entonces existe un común denominador, una lógica o contenido común a las crisis económicas (Carchedi 2011). En este sentido, son susceptibles de delimitación teórica, que es en definitiva el propósito de Marx: explicar la esencia de las crisis, más allá de las contingencias, a diferencia de lo que ocurre con los factores desencadenantes.


En consecuencia, el aspecto más relevante para Marx no es tanto preguntarse por la causa específica de cada crisis, sino la recurrencia de las mismas en el tiempo (Clarke 1994). No obstante, ello no implica que carezca de sentido el análisis pormenorizado de una crisis. En este sentido, uno de los desafíos en el análisis marxista de la crisis es la integración de ambos planos, pues se trata de unir o desarrollar conceptualmente los elementos esenciales y abstractos para llegar a la caracterización de las variables superficiales de la coyuntura. Porque la teorización de lo primero debe permitir generar el marco en el cual abordar lo segundo. En definitiva, resulta imprescindible preguntarse por las razones de que una crisis se manifiesta de una forma determinada, lo que a su vez permite explicar la proliferación de un tipo de teorías de las crisis en cada momento histórico.


Metodológicamente, el aspecto a resaltar en el análisis de una crisis (la GR) es la jerarquía conceptual entre los distintos factores, en el marco de un enfoque holista y estructural en el que cada pieza posee una cierta funcionalidad para el conjunto del sistema. El origen de las crisis puede desencadenarse en diversas partes del ciclo de valorización D ─ D ─ M … P … M’ ─ D’ ─ D’. Puede observarse en una imposibilidad de acceder a ahorros (D ─ D) por los costes de financiación, o de adquirir medios de producción o materias primas (D ─ M), dificultades por vender los valores de uso ya creados físicamente (M’ ─ D’), o devolver las deudas contraídas (D’─ D’). Las concepciones de la crisis que parten analíticamente de la esfera de los cambios de equivalentes, al margen del marco de relaciones en el que se insertan, se centran en su caracterización en la trayectoria de ciertas variables no estrictamente fundamentales. Tales distorsiones, desequilibrios o desproporciones, constituyen más bien descripciones (en su dimensión tautológica, como apunta Kliman, 2003) que explicaciones. Y es que estas caracterizaciones soslayan lo fundamental, a saber: ¿qué explica el nivel, aparentemente desequilibrado, de tales variables? O de manera tal vez más relevante, ¿acaso podían ser funcionales para el proceso de valorización? Es decir, ¿cabe la posibilidad de considerar que tales distorsiones en verdad no hicieran sino desplazar en el tiempo la manifestación de contradicciones cuyo origen último radica en la esfera de la producción de excedente?


En conclusión, estos enfoques toman como punto de partida un factor que para el marxismo es el punto de llegada, o al menos de tránsito en el análisis (Mateo 2017). En última instancia, esta necesidad de integrar lo abstracto y lo concreto requiere identificar la razón por la que un contenido (un problema de valorización) se expresa de una forma dada. Y si es un contenido, entonces constituye en verdad una ley, o fuerza tendencial en la dinámica de acumulación.



III. Controversias sobre la Gran Recesión


Existen diversas propuestas explicativas de la GR, que se relacionan directamente con las particularidades de los años previos. Se pueden enumerar de la siguiente forma:[4]

i) sobreproducción. Se enfatiza el problema de sobreproducción asociada al capital monopolista-financiero, ante lo cual la expansión financiera fu funcional por su capacidad por reciclar excedentes;


ii) subconsumo. Este enfoque se centra igualmente en el desfase entre oferta y demanda, pero enfatizando el papel de los salarios, sea por un estancamiento del salario real y/o del salario relativo, o bien en el exceso de beneficios (tasa de plusvalía muy elevada);[5]


iii) las finanzas. Los teóricos de la financiarización resaltan la responsabilidad de la esfera financiera (el capitalismo financiarizado), sea por unos tipos de interés excesivamente reducidos que originaron la ola de especulación, o por la presión ejercida sobre la rentabilidad del sector productivo.


Un aspecto subyacente en estas propuestas explicativas es la reestructuración de carácter neoliberal desde principios de la década de 1980s. En cualquier caso, estos diagnósticos tienen un elemento de certeza en la medida que se centran en uno de los factores que en cada caso ha protagonizado el proceso de acumulación previo a la crisis y/o han constituido un elemento desencadenante de la crisis. Pero la controversia radica no obstante en la manera como se articulan estos factores en la caracterización de la dinámica macroeconómica. Así, y de manera complementaria, las principales particularidades del ciclo expansivo previo a la crisis han sido las siguientes:[6]


i) producción: relativa debilidad de la inversión, con un débil incremento de la composición del capital, así como de la productividad laboral;


ii) finanzas: gran auge de la actividad financiera vinculada a una dinámica especulativa en torno a la construcción (y especialmente, de tipo residencial ─burbuja inmobiliaria─), con un aumento de la participación de las finanzas en el excedente total;


iii) distribución del ingreso: creciente desigualdad, caída del salario relativo y salario real relativamente estancado;


iv) rentabilidad: no se aprecia una caída tendencial, o significativa, de la rentabilidad en los años previos al estallido de la crisis.


Sin embargo, el análisis de Marx señala que existen una serie de tendencias del modo de producción capitalista (MPC), las cuales se pueden estructurar en términos de la tecnología de la producción, la distribución del ingreso, y finalmente culminando en la propia crisis. Así, se constata la existencia de un cambio técnico ahorrador de trabajo debido a la necesidad objetiva de reducir los costes de producción. A su vez, señala la supeditación de la dinámica salarial a las necesidades del proceso de acumulación por medio del ejército industrial de reserva. Y como corolario, una presión creciente hacia el deterioro de la capacidad de producir plusvalía (la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia).

Según estas pautas, la dinámica de acumulación eleva la composición técnica del capital, la cual presiona al alza la composición en valor. Esta creciente mecanización reduce los costos de producción mediante el incremento de la productividad. El patrón distributivo se caracterizaría, por una parte, por un incremento del salario real, si bien posiblemente sea inferior al aumento de la productividad, por lo que el salario relativo puede descender. En consecuencia, el menor crecimiento relativo de la fuerza de trabajo respecto del capital constante presiona a la baja la rentabilidad, hasta un punto en el cual la masa de beneficio resulta insuficiente para las necesidades de valorización del capital acumulado.


En la fase final del ciclo alcista, los tipos de interés se incrementan, y en consecuencia, contribuyen a erosionar la rentabilidad neta, de la misma manera que los salarios, si bien son elementos que contribuyen meramente a agudizar, y no generan, una tendencia previamente existente. Es importante advertir que estas variables no explican la tendencia global, sino que precisamente su evolución alcista en esta coyuntura se explica por la tendencia macroeconómica. Así, es la ralentización en la generación de plusvalor, o la intensificación de la presión sobre la rentabilidad lo que empuja al alza y convierte en elevados los intereses, mientras que el menor desempleo empuja al alza a los salarios.


Por tanto, se aprecian diferencias sustanciales entre lo ocurrido en estos años y lo expresado por Marx. Concretamente, uno de los pilares del modelo de acumulación, la inflación de activos, se caracteriza por un incremento de los precios de mercado al margen de sus correspondientes fundamentos objetivos. ¿Constituye en tal caso la GR una crisis contra el espíritu de El Capital? Esta discrepancia es una de las fuentes de las controversias sobre la caracterización de la GR.


Otra fuente de controversias emana del espacio geográfico. El capitalismo abstracto de El Capital se corresponde con un modelo ideal de modo de producción, entendido como una totalidad social, y con una dimensión exclusivamente teórica. Las alusiones a países como Inglaterra, Alemania, o áreas atrasadas resultan meras referencias que sirven de ejemplo, pero no constituyen el objeto directo de análisis. Marx (1867) pretendía revelar la ley que gobierna la reproducción del sistema capitalista, y para ello elabora un marco de referencia teórico. Este matiz en ningún caso se debe interpretar como ausencia de vínculo con los ejemplos mencionados, pues efectivamente el propósito último es explicar el capitalismo realmente existente. Pero no se trata de uno u otro país, ni siquiera la Inglaterra decimonónica, país en el que más había avanzado el avance capitalista, sino el capitalismo como modo de producción. El tránsito hacia las sociedades concretas, y realmente existentes, requiere incorporar un conjunto de factores particulares que vuelven el análisis más complejo.


Y tal es el desafío. Sin embargo, los análisis marxistas de la crisis en muchos casos construyen diversas teorías de la crisis y/o proporcionan diagnósticos de crisis específicas a partir de enfatizar los elementos particulares que desvían la forma de manifestación del contenido común a las crisis. Frente a ello, se trata de avanzar ‘verticalmente’ desde lo más abstracto y general, hasta lo más concreto y complejo, según el propio método de la economía política (Marx 1859).


El espacio geográfico más próximo al concepto de modo de producción es el conjunto del sistema capitalista a nivel mundial. El propio Marx (1859) hacía referencia a que es al nivel del mercado mundial donde la producción se establece como totalidad, nivel en el cual las contradicciones se despliegan, es decir, sus tendencias. Por tanto, el capitalismo mundial debe ser la unidad de análisis, concebida como un sistema o estructura económica que trasciende a sus partes constitutivas (véase McNally 2009).


Este sistema está conformado por países con espacios nacionales de valorización. Pero el análisis de estos ─y así, las crisis económicas nacionales─ debe ubicarse en dicha estructura de relaciones. En este sentido, cabe partir de la idea de que es el nivel de desarrollo nacional de las fuerzas productivas lo que en mayor medida condiciona el tipo de inserción externa, y por tanto, establece el alcance de la manera como lo externo va a incidir en la dinámica macroeconómica externa.[7] Y más específicamente, el tipo de manifestación de la crisis, y sus factores detonantes, dependerán en gran medida no sólo de la particularidad de la coyuntura, sino también del lugar que ocupe el país en cuestión en el proceso global de acumulación.


El análisis de una crisis nacional requiere asimismo considerar lo que se puede denominar como desplazamientos en el espacio y el tiempo de las contradicciones del proceso de reproducción que surgen de la propia ley del valor (véase Mateo 2019). Los primeros hacen referencia a la polarización geográfica que acontece en el capitalismo, caracterizado por un desarrollo desigual. Los movimientos de capitales, las fluctuaciones de los tipos de cambio y de intereses, etc., son los vehículos por los cuales las contradicciones difieren en la intensidad de su manifestación.[8] Las economías centrales, o de manera más concreta sus empresas (y gobiernos), pueden acceder a financiación a un coste inferior, no sólo por los menores tipos de interés que permite su mayor nivel de desarrollo productivo, sino por la necesidad que tienen agentes foráneos (como los gobiernos de países no desarrollados) de acumular divisas en forma de activos líquidos que reportan bajos intereses. Los segundos, por su parte, se refieren en última instancia a las finanzas, y principalmente al papel del crédito, que permite desplazar en el tiempo la emergencia de las contradicciones de la acumulación.


Por tanto, nótese que estos factores inciden sobre la manera como actúan las fuerzas contrarrestantes al descenso tendencial de la rentabilidad. De hecho, la dinámica efectiva de la tasa de ganancia resulta de la mutua contraposición de tendencias y contratendencias, si bien el estatus teórico de unas y otras sea diferente. Precisamente, el estallido en última instancia de una crisis revela la existencia de una tendencia determinada.



IV. Las finanzas y la inflación de activos


La dimensión financiera de la crisis constituye, tal vez, el elemento esencial en las controversias por dos razones en función de su relación con diversas instancias de la reproducción del capital, lo cual ha generado sus correspondientes teorías financieras de la crisis.



IV. 1- Lo financiero y la lógica del capital


En primer lugar, las finanzas constituyen un elemento inherente al capital como relación social. En otros términos, el capital financiero refleja la forma ideal del capital dada su flexibilidad, liquidez, versatilidad, en definitiva, la lejanía que permite respecto de la dimensión física de los activos de capital, que limitan su liquidez, la libertad de las decisiones de corto plazo de comprar y vender, y de desplazarse en el espacio. Es más, la forma más general, desarrollada, ideal del capital es el capital a interés, y la forma pura de la propiedad sobre el capital es el título financiero (Sotiropoulos y otros 2013). Por tanto, la esfera financiera posee un vínculo esencial con la lógica y significado del capital, pues representa el ideal de flexibilidad al que aspira el capitalista.


El protagonismo de las finanzas no se explica por una incapacidad para restaurar la tasa de beneficio. El desarrollo de las finanzas es coherente con la naturaleza y la lógica de desarrollo del capitalismo, y no supone la distorsión de ningún ideal capitalista. Por ello, que pueda ocupar un lugar central en el proceso de acumulación no debe considerarse como una disfuncionalidad o anomalía del sistema, sino más bien una característica fundamental de una etapa avanzada del desarrollo capitalista (véanse Hossein-zadeh 2014, Sotiropoulos y otros 2013).


A partir de lo expuesto, se sigue que la existencia de las finanzas no crea nuevas leyes del desarrollo del capitalismo, sino que simplemente puede moldear leyes que forman parte integrante del modo de producción capitalista. Incluso, cabe afirmar que el desarrollo financiero conduce al efectivo despliegue de las pautas de movimiento propias de la sociedad capitalista.



IV. 2- La burbuja de activos


Sin embargo, un proceso de cambios en el precio de activos al margen de sus fundamentos, la relación de tiempos de trabajo socialmente necesarios, que además ejerce de fuerza motriz de la dinámica de acumulación, no puede ser independiente de la esfera de producción de excedente. En otras palabras, existe un problema subyacente de rentabilidad detrás de estas burbujas especulativas. En consecuencia, no se pueden abordar como una disfunción o anomalía en el funcionamiento del capitalismo, sino como una realidad congénita a un sistema basado en la maximización del beneficio.


Se debe aclarar, al respecto, la dualidad presente en los activos inmobiliarios, que pueden fungir como bienes de consumo o de inversión.[9] Un aumento del precio de la vivienda eleva las ganancias de los capitales del sector. Además, ello no sólo no frena la entrada de más inversiones, sino que precisamente actúa alentando la entrada de capitales atraídos por las expectativas de beneficios. Al menos a corto plazo, en este sector se produce una retroalimentación entre precios e inversión, es decir, es la demanda la que puede fijar el precio, que determina el nivel de rentabilidad. El ascenso del precio se ve fortalecido por las expectativas de revalorización, por lo que esta retroalimentación genera las bases para una inflación de activos. Así, la propia crisis de valorización puede alterar la causalidad básica que sustenta el enfoque marxista durante un proceso especulativo: inversión → precio → rentabilidad. La actividad inmobiliaria puede conformar un circuito secundario o alternativo para la inversión con una relativa autonomía respecto de la esfera primaria de la generación de valor.


Frente a la apariencia de una plétora de excedentes, en verdad ocurre que un reducido volumen de ganancias habría llevado a la generación de la burbuja inmobiliaria (Carchedi 2011), y la consecuencia puede haber sido incrementar la rentabilidad efectiva. Arrizabalo (2011) explica que la tasa de ganancia que se observa en las estadísticas no es real, ya que el beneficio que registra no incluye sólo plusvalía, sino también ganancias virtuales producto de la apreciación de activos financieros. Cuando la crisis estalla, explica este autor, tales beneficios desaparecen, y la insuficiencia de plusvalía se revela en la superficie. Se puede hablar, pues, de beneficios en cierta medida ficticios debido a que se generan por un efecto precio que no se corresponde con (o no está basado) el tiempo de trabajo socialmente necesario. En la medida que el precio de mercado se distancia de su fundamento objetivo (el trabajo abstracto), efectivamente oculta un problema subyacente de valorización (Potts 2010).


En una línea similar se expresa Shaikh (2016), quien habla de ‘profit upon alienation’, destacando que se trata de una transferencia de ingresos entre diversos circuitos de ingreso, desde los hogares a las corporaciones. Un cambio de precios relativos originaría un incremento de los costos para los primeros, que es la contrapartida de los mayores beneficios de las empresas. En el caso de Lapavitsas (2013), no se trata tanto de la alteración de precios relativos, como una extracción de ingresos de los hogares por parte del sistema bancario. Para Norfield (2012), gran parte de los beneficios empresariales contabilizados durante la burbuja fueron bien resultado del gasto financiado con crédito, o reflejaron simplemente ganancias transitorias por apreciación de las cotizaciones en los mercados financieros que las compañías reportaron como ingresos. Hay que tener en cuenta que estas ganancias de capital (las capital gains), no se registran en la Contabilidad Nacional, base de la mayoría de las estimaciones de la rentabilidad.[10]


La inflación de activos conduce ineludiblemente a considerar el papel de la deuda. Jones (2013) señala que el capital ficticio quiebra la igualdad entre el ingreso y el gasto sobre el cual se basa el análisis marxista. Ciertamente, la creación de dinero genera un beneficio mediante la deuda que puede no basarse en última instancia en la extracción de plustrabajo. Cuando una empresa o individuo se endeuda, existe una creación de dinero que da lugar a ciertas compras que, realmente, están proporcionando beneficios a quienes venden los bienes. En este caso, se posibilita la realización de un ciclo de valorización. Por ello que este autor señale que “el capital ficticio puede crear formas de ganancia” (Jones 2013: 10).


Ahora bien, si los deudores empresariales no pueden extraer plustrabajo del cual obtener ingresos, y por extensión sus trabajadores no obtienen el suficiente salario como para devolver sus deudas (por haber sido despedidos, o por incrementarse el coste de la cuota mensual de la hipoteca), surge un problema de deuda. Pero téngase en cuenta aquí la causalidad esencial: es la dinámica de valorización la que conduce a que la deuda en este momento sea excesiva (valorización → deuda).


Por tanto, el análisis de la crisis debe relacionar la deuda con la tasa de ganancia, o lo que es lo mismo, la tendencia descendente de la rentabilidad se manifiesta precisamente como un problema de deuda. Una dinámica especulativa estalla y se presenta como un problema de endeudamiento excesivo, y este volumen representa una cantidad de dinero que no está respaldado por plusvalor. El endeudamiento oculta este problema, pero es la recurrencia de las crisis lo que en verdad revela la validez de dicha ley (Kliman 2003), si es que se considera que la fuerza motriz de la reproducción sistémica es la valorización del capital.


Lo que convierte en excesivo a un volumen de deuda es la cantidad de excedente de valor generado. Como se dijo, la causalidad transita desde ésta, la valorización, hacia el stock de deuda. Por tanto, cuando la producción de valor se desacelera, el ratio deuda-ganancias se incrementa, y es más, es la primera la que puede llevar a incrementar el endeudamiento para compensarlo. Pero tras un período, esta situación no puede sino conducir a un incremento de la prima de riesgo, empujando al alza los tipos de interés.


Para el propio Kliman (2003), la fase alcista del ciclo trae acompañada una discrepancia entre el precio nominal del producto y su valor real, ya que la expresión monetaria del valor generalmente aumenta. Este desfase “incrementa temporalmente el beneficio nominal y mejora temporalmente la tendencia hacia el excesivo endeudamiento.” (Ibíd.: 127) Una discrepancia considerable ocurre cuando el gobierno incurre en deuda en su manejo de la política económica, ya que “la demanda agregada crece más rápidamente que la producción de valor, por lo que los precios monetarios de las mercancías aumentan por encima de sus valores.” (Ibíd.: 127) Así, este proceso contrarresta la tendencia de la tasa de beneficio en términos nominales a caer.



IV. 3- Composición del capital y salarios


A partir de lo expuesto, se pueden abordar las razones de ciertas particularidades de la dinámica de acumulación previa a la GR.


En primer lugar, la inexistencia de una tendencia alcista de la composición del capital debe analizarse en el marco de esta burbuja de activos. Su posición central en la dinámica de valorización ha podido explicar la relativa atonía de la tasa de incremento del acervo de capital. En este sentido, es preciso abordar la estructura sectorial de la economía durante la fase de auge, en conexión con la estructura de activos del conjunto del stock de capital. Lo cual puede llevar a identificar que las actividades más dinámicas puedan ser relativamente intensivas en mano de obra, es decir, con baja composición del capital. Una consecuencia de lo expuesto es que en este marco, difícilmente pueda esperarse un importante incremento de la productividad laboral.


Si, metodológicamente, las particularidades de la composición del capital y la productividad se derivan de este contexto caracterizado por la burbuja de activos, la esfera de la distribución del ingreso resulta así esencialmente explicada en los mismos términos. La caída de la participación de los salarios en la renta nacional y el estancamiento, cuando no descenso absoluto, de los salarios reales, son condición y consecuencia de este modelo de crecimiento. ¿Cabe esperar un alza salarial en ausencia de mejoras productivas? Una burbuja de activos se apoya y al mismo tiempo lleva una regresividad en la esfera distributiva: i) por el contexto de problemas subyacentes en el que surge; ii) por el tipo de sectores de actividad que impulsa, que no contribuyen a elevar la productividad laboral; iii) por el mayor protagonismo de los grupos sociales de elevados ingresos de beneficiarse del incremento en la cotización de activos inmobiliarios y financieros; iv) en virtud de la necesidad de que los trabajadores deban endeudarse de manera creciente para adquirir sus viviendas, frente a un endeudamiento para obtener rentabilidad por parte de las empresas.

En consecuencia, las teorías basadas en la distribución, sea en la versión ortodoxa de rigideces del mercado laboral, y la sempiterna denuncia del elevado coste salarial, o las versiones subconsumistas de la heterodoxia, deben interpretarse en los términos aquí expuestos.


Referencias

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[1] Ello conforma la base material y analítica sobre la que posibles (y añadidos) desequilibrios precio-valor intensifiquen, modulen, frenen, pero en ningún caso generen de la nada, los fundamentos y manifestación de la crisis.


[2] Pensemos en crisis surgidas por un colapso en la demanda de un producto de exportación, una fuga de capitales atraídos por expectativas más atractivas en otro lugar, un desastre natural, etc. En este sentido, muy posiblemente la manifestación de las contradicciones revista formas diversas que oculten el núcleo originario de la recesión.


[3] Este apunte es relevante en la medida que ciertas concepciones de la crisis van a partir metodológicamente de tales variables para elaborar su caracterización de la Gran Recesión.


[4] Para no extender las citas, remito a los análisis de los diversos enfoques de la GR en autores como Carchedi (2011), Mateo (2013, 2015) o Roberts (2016).


[5] Existe una variante por el lado de la ortodoxia, que en muchos casos culpabiliza a los trabajadores, no tanto por los incrementos del salario real, en gran medida inexistentes, sino en función del salario nominal. Así, se puede achacar a los mercados de trabajo (y su persistente rigidez), la responsabilidad por incrementos nominales del salario que conducen a la inflación, y por tanto, el deterioro de la competitividad. Para el caso de España, véase una crítica en Mateo (2017, 2019).


[6] En este punto se sigue a Mateo (2015). Nótese que esta enumeración pretende recoger los aspectos generales de las economías avanzadas, lo que no excluye multitud de matices.


[7] Por esta razón, la dependencia externa de una economía, que se materializa en la capacidad que los factores externos poseen para generar volatilidad interna, incluso crisis nacionales, no constituye una causa fundamental, sino una consecuencia de las condiciones domésticas en cuanto a la producción de excedente (Astarita 2010).


[8] No obstante, esta polarización se corresponde con la existente en términos sociales, entre capital y trabajo, entre grandes y pequeñas empresas. Así, las economías centrales, y de manera prominente Estados Unidos, pueden disponer de recursos externos con mayor facilidad, como de hecho sucede con las grandes empresas. Es en tal sentido que se puede aludir a una diferencia entre el valor generado y el apropiado (Smith 2010), no como una transferencia internacional de valor que justifique hablar de explotación entre países.


[9] Ello sucede por las particularidades de la actividad. La producción de viviendas requiere de un período largo de tiempo, y se encuentra con ciertos límites que no existen en otros bienes de consumo, por lo cual se puede decir que la oferta tiene ciertas inelasticidades.


[10] Otro aspecto a considerar es la existencia de cierta manipulación contable para presentar beneficios superiores a los reales.

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