1.8- El marxismo y el Estado: origen, desarrollo, dilema y utilidad

Actualizado: may 3


Por Víctor Sierra Monsálvez


Resumen:

Desde las coordenadas marxistas, el Estado es un factor central de una relevancia tal que, sin él, la teoría marxista y su posible implantación práctica desaparecería por completo. La comprensión de esta cuestión requiere un estudio pausado, radicalmente objetivo, completamente centrado en desentrañar sus inicios, su evolución, sus fines y sus consecuencias materiales. Solo con ello se puede comprender el inmenso progreso que significa su desarrollo, condicionado por la dialéctica de clases y Estados –dialécticas que, además, son y han sido posibles por el propio desarrollo del Estado como máquina de clase–. Sin embargo, esta cuestión tan trascendental para el marxismo, hasta el punto de ser el eje que lo define, ha sido aplacada por muchos comunistas incapaces de abordar el asunto del Estado dejando de lado su acérrimo e incontrolable odio a la maquinaria de la clase dominante. El odio, así como los sentimentalismos desbocados, empuja a rechazar la racionalidad y la objetividad, cuando el marxismo exige ser tremendamente racional y objetivo. Por ello, he considerado oportuno que mi primer artículo esté destinado a abordar el Estado; sus orígenes, su desarrollo, su naturaleza, su función… y lo más importante y olvidado: su utilidad actual para los comunistas. Para ello, empero, no podemos prescindir de los grandes teóricos marxistas de tiempos pretéritos, aunque como se abordará, el presente exige importantes matizaciones ya que la realidad actual es notablemente distinta y, por suerte y por ahora, mucho más ventajosa para el desarrollo, difusión y organización.

La caída del Bloque del Este y la desintegración de la Unión Soviética en 1991 supuso la orfandad de los movimientos marxistas de alrededor del mundo, tanto en aquellos países donde las revoluciones habían triunfado y el modelo socialista resistido al empuje del liberalismo, que derrumbó como un castillo de naipes a diecinueve Estados socialistas en tan solo tres años –1989 a 1992–, como en aquellos otros donde la teoría marxista y las experiencias extranjeras servían de ejemplo para las aspiraciones truncadas de los trabajadores. La capitulación del «socialismo realmente existente» frente al avance del sistema democrático-liberal se presentaba como un hecho indiscutible, mientras que los pocos países que resistieron como repúblicas socialistas eran vistos como una suerte de los últimos de Filipinas del marxismo, que terminarían por caer más pronto que tarde. Incluso en 1992 Francis Fukuyama se aventuró a proclamar el fin de la historia y la victoria definitiva del sistema democrático-liberal, aunque recientemente reconoció al profesor chino Zhang Weiwei (Zhang: 2017) que, en la actualidad, su teoría se encuentra en un importante aprieto.

En este marco de crisis existencial en las filas de lo que podría llamarse «movimiento comunista», algo así como una «socialdemocracia alternativa» terminó de acreditar su proyecto frente a las aspiraciones revolucionarias que caracteriza todo proyecto marxista-leninista. Con la Unión Soviética hundida, este proyecto socialdemócrata alternativo –ya arraigado– presentó la estrategia de sus partidos hacia la indefinición y el fundamentalismo democrático como la única opción realista para alcanzar el poder, invocando un supuesto carácter estratégico por las adversas condiciones de la situación vigente para la descartada vía revolucionaria.

La evolución prevista para este proyecto fue la expresada por Santiago Carrillo en 2003, en un debate televisado con Gustavo Bueno en el programa Negro sobre Blanco:

«Yo creo que lo que se produce, lo que se está produciendo, es una convergencia de gente que viene de escuelas diferentes a posiciones políticas de izquierdas, y que es en ese terreno político donde una nueva izquierda puede agrupar a gentes venidas de diferentes escuelas porque hay problemas tan concretos como la guerra (…), como la ecología (…), el intento de Estados Unidos de transformarse en un imperio mundial (…), todos esos temas van a originar una nueva izquierda. (…) Por lo que luchamos hoy es para que la izquierda se defina como una fuerza que quiera cambiar el sistema, que quiera asegurar la paz, asegurar la ecología, asegurar los Derechos Humanos.»

Este proyecto, como estaba anunciado, debía vaciar de contenido el marxismo, disolviéndolo en el posmodernismo y en la indefinición ideológica dentro de, a su vez, una amalgama de partidos y asociaciones ecologistas, a favor de los «Derechos Humanos», feministas, LGTB y demás colectivos de activistas varios, cuya adhesión depende de cuestiones éticas, morales o sociológicas entre otras muchas. El marxismo, para poder tener implantación práctica, requiere un desarrollo teórico previo conforme a las condiciones materiales del lugar en el que se aspire a aplicar, por lo que alegar cuestiones estratégicas para excusar la renuncia a un desarrollo teórico fiel al marxismo no es más una declaración de intenciones del verdadero fin. Parafraseando a Lenin –y el lema de esta revista–, sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario. Y sin movimiento revolucionario, es impensable levantar un Estado de los trabajadores.

Es por todo ello que la comprensión del Estado es una necesidad para el desarrollo de la teoría marxista, un esfuerzo que permita al movimiento renacer allí donde el comunismo ha degenerado en alternativas indefinidas de la socialdemocracia. El Estado es el parámetro de todas las izquierdas definidas, pues sobre este parámetro se construyen las teorías, planes y programas propios de cada generación de izquierda, por lo cual resultan incompatibles entre sí. No pueden compartir proyectos comunes, por ejemplo, socialdemócratas, comunistas y anarquistas. Sin embargo, la izquierda indefinida, la más extendida hoy y la preconizada por Carrillo, elimina el Estado como parámetro y queda abierta a otros múltiples: el feminismo, el ecologismo, los Derechos Humanos, el animalismo… En definitiva, activismos que entre sí carecen de una metodología común o compatible y de un nexo sólido y definido. De hecho, si tomamos uno de esos parámetros por separado descubrimos que es imposible dividir las distintas posturas en izquierda y derecha: esto es porque «izquierda y derecha» es únicamente la división de posturas ante el tipo de Estado surgido de la Revolución Francesa y que perdura y se perfecciona hasta nuestros días.

Para que una combinación de personas ideológicamente distintas sea compatible dentro de un mismo proyecto solo es necesario una característica común: no tener ningún proyecto claro. Y sin un parámetro definido, como lo es el Estado en el marxismo, es imposible levantar toda una doctrina estable que ponga las bases de un proyecto político. En consecuencia, arrancar el Estado como parámetro equivale a su anulación política, y así se desprende de forma meridiana a partir de las palabras de Andréi Vyshinski en su manual para estudiantes soviéticos de Derecho El Derecho y el Estado Soviético (Vyshinski: 1948), considerado uno de los mayores teóricos del derecho de la época soviética:

«la toma violenta de la autoridad por parte del proletariado, la demolición de la maquinaria del Estado de la clase explotadora y la organización –en el lugar de la vieja maquinaria del Estado, ahora reducida a fragmentos– de un nuevo Estado es la tesis más importante de la doctrina de la revolución proletaria marxista-leninista.»

La comprensión del Estado, por su gran importancia, requiere un estudio paciente pero mantenido, separado de todo tipo de inclinaciones románticas y valoraciones subjetivas, incompatible con querer sacar conclusiones precipitadas de cada línea. Un ejemplo que desarrolle esta afirmación podría ser la definición de Estado de la que, a grandes rasgos, parte el desarrollo de la teoría marxista, al afirmarse que este es la máquina para sostener el dominio de una clase sobre la otra (Lenin: 1917).

Una interpretación precipitada pone en la mente la imagen de un Estado distópico, violento, que deja morir a la gente por la calle de hambre, que masacra a la población, que gobierna a base de miedo, palos y balas. Rápidamente concluye el lector que es una definición exagerada y poco realista, pues él mismo reside en un Estado burgués y no vive bajo la incesante violencia física y psicológica de este. Otros lectores que se precipitan a interpretar esta definición concluyen, erróneamente, que el marxismo condena todo tipo de represión y tiene con el anarquismo un punto en común: el antiestatismo y la aspiración a crear múltiples comunidades unidas libremente, esperando que todo aquello que separa a los humanos sea mágicamente olvidado con la destrucción del Estado. Otros asocian la represión principalmente al fascismo, al nazismo o al franquismo, y si un Estado ejerce una política represora –como si fuera posible la existencia de un Estado que no reprima– ya automáticamente es fascista o «fascistizado» y, concluyen, con total temeridad y alegría, que Marx no fue un tipo que hubiera aprobado la represión de los sistemas socialistas, sino que fue un demócrata adelantado a su tiempo –un fundamentalista democrático-liberal– cuya aspiración práctica ha alcanzado sus más altos niveles en las democracias burguesas como la noruega, sueca o suiza.

Para comprender la definición básica del marxismo sobre el Estado hay que abordar, primero de todo, la represión. La represión es, si tomamos la acepción de la RAE, el acto, o conjunto de actos, ordinariamente desde el poder, para contener, detener o castigar con violencia actuaciones políticas o sociales. Implica, por lo tanto, una actuación necesaria para mantener un control y garantizar la viabilidad de un sistema. La represión es siempre intrínseca al Estado. Sin represión no hay Estado, y quien sea incapaz de dejar de lado sus viscerales sentimientos de antipatía a todo acto de represión y tomar una posición racional y calmada, debería sopesar desistir del marxismo y abrazar el anarquismo, romántico y completamente anticientífico. Vyshinki expuso que

La represión y el uso de la fuerza por parte del Estado siguen siendo esenciales durante el período de transición [el socialismo]: la fuerza, sin embargo, ejercida por la mayoría explotada sobre la minoría explotadora, es diferente en su tipo y nueva en sus principios. El nuevo Estado soviético es una máquina para aplastar la resistencia de los explotadores, para acabar con la explotación y el dominio de clase por parte de los explotadores para reforzar el dominio de clase del proletariado y su liderazgo sobre el resto de las masas trabajadoras hasta lograr finalmente la abolición de las clases en general y pasar al comunismo.
ㅤEl "Estado de los trabajadores armados", el "Estado de los Sóviets de los trabajadores y campesinos": esto es lo que distingue a este nuevo Estado –tan diferente incluso de los Estados burgueses más «democráticos» y «avanzados»–.

La represión de una clase sobre otra existe en todos los Estados, pues de lo contrario no sería un Estado, sino otra cosa. El Estado mismo debe su nacimiento a la división de la sociedad en clases explotadoras y explotadas, como un producto de las irreconciliables contradicciones de clase (Diccionario Soviético de Filosofía: 1946). Este es, tanto si es capitalista como si es socialista, una máquina en manos de la clase dominante para reprimir la resistencia de sus enemigos de clase (Stalin, citado en el mismo Diccionario Soviético de Filosofía).

De una forma u otra, la dominación de clase es el eje de todo Estado, también de las democracias más avanzadas y garantistas alabadas por las izquierdas socialdemócratas e indefinidas, cuyas líneas secundan demasiados «comunistas». Contrariamente a la promocionada creencia de que la dominación de la burguesía sobre el proletariado en las democracias liberales avanzadas –en contraposición a las dictaduras– ha quedado superada para entenderse como un orden establecido en base al «bien común», ya tuvo Lenin ocasión de apreciar que

«en ninguna otra parte, el poder del capital –de un puñado de millonarios– sobre toda la sociedad se manifiesta tan crudamente, tan abiertamente corrompida, como en los Estados Unidos de América. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática ni ningún derecho a voto cambiará la esencia del asunto.»

Para adaptar esta afirmación de Lenin a una realidad que muchos conocemos, pondré como breve ejemplo el caso de España. Nuestra nación está considerada una de las democracias –liberales– más avanzadas y plenas del mundo, así reconocida internacionalmente, y sigue siendo un ejemplo para países que aspiran a una transición –relativamente– pacífica hacia una «democracia homologada». Un izquierdista indefinido –totalmente ajeno al Estado como parámetro–, de no estar condicionado por sus prejuicios negrolegendarios y encontrarse cegado por el brillo de los idílicos mitos del europeísmo, vería en la Constitución Española la realización de gran parte de sus inconexas aspiraciones, incluso un puente al «socialismo» en su artículo 128: toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general» (128.1 CE) y se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica. Mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio y asimismo acordar la intervención de empresas cuando así lo exigiere el interés general (128.2 CE).

Alberto Garzón, que se proclama una y otra vez «comunista», es el ejemplo más claro de este mencionado tipo de izquierdista indefinido, que llegó a declarar que el artículo 128 es el programa de Izquierda Unida. Esto se debe a la completa incomprensión del Estado como máquina de dominación de una clase sobre otra, sin descuidar los conflictos internos de cada una de las clases. Es la consecuencia, en definitiva, de haber expulsado al Estado como parámetro del marxismo –dejando de ser marxismo–, y tanto en España como en las tan admiradas monarquías escandinavas, el Estado está para satisfacer a los intereses de la clase económicamente dominante.

Lenin prosigue su análisis:

«Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma de dominación y de otro modo diferente donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea en un Estado constituido como república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cínica será la dominación del capitalismo.»

La burguesía perfecciona constantemente el Estado burgués, y es el sistema democrático-liberal la fase más recientemente alcanzada. El capitalismo tiene una gran capacidad para renovarse constantemente, logrando de este modo esquivar una vez tras otra su agotamiento a una velocidad sin precedentes en ningún sistema anterior ya abolido. La teoría marxista tiene como objetivo adaptarse a la realidad cambiante para tratar de superar el capitalismo, pero el problema ha aparecido cuando el marxismo ha sido despojado de su parámetro, que es lo que permite que se mantenga una evolución materialista adaptada a la realidad. Sin su eje, los pretendidos «marxistas» se ven superados por el esplendor de los sistemas democrático-liberales más puros, sin comprender al Estado, ni comprender demasiado bien las implicaciones que tiene la infraestructura en el brillo de la superestructura. El marxismo, que ha logrado grandes avances en su implantación práctica y en su desarrollo continuado desde 1917 hasta la actualidad permite considerar, contra lo que gustaría a los liberales, que el marxismo sigue totalmente vivo. Sin embargo, la gran tarea pendiente es lograr la derrota de un Estado burgués democrático-liberal avanzado y lograr la construcción de un Estado socialista en su lugar.

¿Significa, por todo lo dicho, que todo marxista debe despreciar el sistema de todo Estado burgués porque, a la postre, no es más que la misma máquina de la burguesía con diferente envoltorio? En absoluto. Citando de nuevo a Vyshinski:

«Por supuesto, el hecho de que el poder del capital sea dominante en los Estados burgueses modernos, en sus diversas formas políticas, no excluye de la necesidad de que la relación del proletariado varíe, al igual que la forma de dominación política burguesa.
Las repúblicas democrático-burguesas y los regímenes de representación parlamentaria, el sufragio más amplio y el sufragio más limitado, el régimen fascista o el régimen democrático-burgués, no son en absoluto una cuestión de indiferencia para el proletariado, el cual debe diferenciarse en la construcción de su propia política con respecto a los Estados burgueses.»

No es, en conclusión, el sistema del Estado burgués una cuestión irrelevante para los marxistas. Aunque la historia mostró una gran expansión del comunismo con la derrota de la Alemania Nazi, este auge fue debido mucho más al factor de la dialéctica de Estados que a la dialéctica de clases interna en cada uno de ellos. En la actualidad, el sistema democrático-liberal –al menos en países como España, puesto que hay democracias liberales que prohíben el comunismo– permite la organización y reunión entre trabajadores, lo cual da la posibilidad de un desarrollo más rápido y consistente del movimiento obrero, además de existir la posibilidad de ganar el reconocimiento de la población por vías legales –sufragio, entrevistas, publicidad…– sin temor, en principio, a represalias. El marxismo entiende que las circunstancias para alcanzar el poder no son rígidas, y la crítica al parlamentarismo no debe implicar el rechazo a hacer uso de él, igual que la participación en el sistema parlamentario no debe implicar la renuncia a destruir el Estado burgués para levantar, en su lugar, un Estado de los trabajadores. Uno de los mayores problemas de los partidos comunistas actuales –y lo que genera en el sistema democrático-liberal la confianza en que no se logrará nada para poder ser permisivos– es el manifiesto desconocimiento sobre qué pensar y qué hacer. Nada puede temerse de quien se encuentra perdido.

Una gran tarea olvidada del marxismo en estos momentos es la crítica del parlamentarismo, modelo erróneamente considerado nuevísimo, del que muchos creen que no ha podido ser abordado por los grandes teóricos del marxismo debido a que es algo posterior a su época, pero no hay nada más lejos de la realidad. El mismo Lenin abordó en su obra El Estado y la Revolución la importancia de la crítica al parlamentarismo para todo marxista, con la vista puesta en su abolición. Esta crítica del parlamentarismo desarrollada por Lenin, continuadora de las críticas de Marx a cuenta de la Comuna de París, mantiene su vigencia en la actualidad incluso al firmar Lenin que la crítica al parlamentarismo está entre las «palabras olvidadas» del marxismo. A continuación, reproduzco el fragmento: ㅤ

«Los ministros y parlamentarios profesionales, los traidores al proletariado y los «mercachifles» socialistas de nuestros días han dejado íntegramente a los anarquistas la crítica del parlamentarismo, y sobre esta base asombrosamente juiciosa han declarado toda crítica del parlamentarismo ¡como «anarquismo»! No tiene nada de extraño que el proletariado de los países parlamentarios «adelantados», asqueado de «socialistas» como los Scheidemann, David, Legien, Sembat, Renaudel, Henderson, Vandervelde, Stauning, Branting, Bissolati y Cía., haya puesto cada vez más sus simpatías en el anarcosindicalismo, a pesar de que éste es hermano carnal del oportunismo.»

Este fragmento es de especial importancia para España, donde el marxismo ha quedado taponado por el krausismo y el anarquismo, que fue el movimiento que lideró gran parte del movimiento obrero durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, empañando con su idealismo utopista los proyectos del movimiento obrero, impidiendo de este modo un desarrollo mínimo de un marxismo español. El autor, acto seguido de este fragmento, recuerda que Marx sabía romper implacablemente con el anarquismo por su incapacidad para aprovecharse hasta del establo del parlamentarismo burgués, sin perder nunca la capacidad para hacer una crítica revolucionario-proletaria del parlamentarismo.

La esencia del parlamentarismo burgués es, según Lenin y siguiendo la línea de Marx, decidir una vez cada cierto tiempo qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento –en el cual, sostiene, solo se dedican a la charlatanería, ya que la política real se hace entre bastidores y la ejecutan los poderes que ostentan la fuerza del Estado–, y esto es así tanto en las monarquías constitucionales parlamentarias –lo que hoy son España, Suecia u Holanda– como en las repúblicas más democráticas –Suiza, Italia o Alemania–. Esta crítica, aislada del resto del pensamiento marxista-leninista, sería comprada total o parcialmente por muchísimos políticos, en especial por los fundamentalistas democráticos, que se lo tomarían como una crítica constructiva a un sistema democrático-liberal que puede ser perfeccionado, pero no del parlamentarismo en sí mismo, siendo para ellos sencillamente incomprensible otra crítica al parlamentarismo que no sea la anarquista o reaccionaria.

Sin embargo, el parlamentarismo es una de las cubiertas del Estado burgués, por lo que los empeños por hacer una «democracia pura», que modifique al Estado hasta sus cimientos, mediante la perfección de una cubierta carecen de recorrido práctico. Es por ello por lo que es normal que se tache de cínicas las posturas de toda izquierda indefinida cuando alcanza unos niveles mínimos de poder, en los que renuncia a todos sus discursos iniciales sobre renovar la política y recuperar la fe en la democracia, pero hay que tener en cuenta que todo discurso fundamentalista democrático está destinado a ser la misma experiencia que Unidas Podemos, ya se haga por cinismo o por ingenuidad.

¿Cómo realizar una crítica fundamentada al parlamentarismo? Lo primero es no confundir parlamentarismo con instituciones representativas. Todos los Estados socialistas que han existido hasta la fecha han estado formados por instituciones que representan a su población mediante sufragio. El marxismo no busca en absoluto la abolición de las instituciones representativas, por el contrario, busca que dichas instituciones dejen de ser lugares inútiles de cháchara y teatro para convertirse en una corporación de trabajo, y esto, según Lenin, es lo que va directamente contra el corazón de los oportunistas.

En palabras textuales de Lenin durante una ponencia, el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses (Lenin: 1919). Gran parte de la dificultad del estudio del Estado se debe a la oscuridad que los teóricos del liberalismo han vertido sobre la idea de este, desde sus orígenes hasta su función, pues estos eruditos y escritores han embrollado tanto este problema que, para poder estudiarlo seriamente y dominarlo mínimamente, debe ser abordado varias veces, y volver sobre él una y otra vez desde todos los ángulos posibles, para lograr una comprensión clara y definida del asunto del Estado. A la postre, y también en palabras de Lenin, es [el Estado] un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no solo en tiempos turbulentos y revolucionarios como en los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico.

Analizando las afirmaciones de Lenin con la perspectiva histórica que nos brinda leer estas líneas justo un siglo después, podemos afirmar, por la historia reciente, que no solamente los teóricos del liberalismo se han dedicado a oscurecer todo lo relacionado con el Estado con anterioridad a Lenin, sino que este oscurecimiento teórico se ha incrementado exponencialmente durante el siglo XX, sobre todo a raíz de la invención de la Carta Universal de los Derechos Humanos, que viene a ser la sucesión de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución Francesa, que a su vez vino a imponerse a los derechos divinos de los hombres de la Iglesia, pero adaptada a las aspiraciones expansionistas del imperialismo estadounidense. La justificación del Estado capitalista no puede depender de realidades materiales, por lo que los presuntos y denominados «derechos naturales» tienen un papel fundamental en los fundamentos jurídicos de todos los Estados constituidos como democracias liberales –lo cual no implica que solo en democracias liberales haya un fundamento iusnaturalista– por más que el iuspositivismo sea la corriente mayoritaria actualmente entre juristas.

Sobre la cuestión del Estado, en lo que quizás haya más oscuridad es sobre los orígenes. Los politólogos liberales ponen todo su esfuerzo, cada uno siguiendo diferentes vías, en tratar de demostrar que el Estado existía desde el inicio de los tiempos –por ejemplo, con la teoría del contrato social, que incluso sus defensores reconocen que es una situación hipotética indemostrable y sin indicio alguno de que esto pueda haber sido así en ningún momento y en ningún lugar–. Afirman estos teóricos de la política que el Estado está por encima de la vida y de la historia, una especie de categoría eterna de algún tipo, por lo que siempre ha existido y jamás podrá extinguirse. Sin embargo, esta afirmación es totalmente arbitraria. Sí hubo un período en que no había Estado: en esa etapa en que no existían clases en la sociedad y, por lo tanto, no podía darse ninguna división de esta en explotadores y explotados. Es decir, no hubo Estado en tanto que el Estado es, como se ha dicho al inicio de este artículo, la maquinaria de la clase dominante para mantener el control sobre la otra.

Para evitar que el lector caiga en especulaciones y en divagaciones diversas es necesario explicar que, en esa época anterior a la existencia del Estado, lo que ha sido llamado por Engels como «comunismo primitivo», sí existía igualmente un orden derivado de una autoridad –la inexistencia del Estado no ha implicado el antiautoritarismo anarquista ni siquiera en los orígenes del ser humano. No escatima Engels en críticas contra los anarquistas, que confunden «Estado» y «autoridad», sustituyendo «autoridad» por un sinónimo cuando les interesa y creyendo que el problema ya está resuelto–, siendo los miembros del clan más viejos o las mujeres en ciertas tribus quienes ostentaban esta función social. Es necesario tener en cuenta también que la inexistencia de un Estado para reprimir sistemáticamente en esta fase primitiva era debido al escaso desarrollo de la producción y a las rudimentarias herramientas de trabajo empleadas por los humanos en su etapa primitiva, puesto que estas pequeñas poblaciones carecían de capacidad de generar excedentes, es decir, apenas se lograba mantener lo necesario para asegurar la subsistencia. Con esta economía primitiva en fase embrionaria era imposible, pues no había una base material para ello, que pudiera haber una división de la sociedad en clases y, por lo tanto, completamente innecesario el Estado por falta de objeto.

En torno a esta época en la que todavía no existía el Estado, Lenin explicó en su conferencia Sobre el Estado ante los alumnos de la Universidad Sverdlov en 1919:

«Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases –propietarios de esclavos y esclavos–, existía la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan –clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen–. Las huellas de estos tiempos primitivos quedaron suficientemente bien definidas en la forma de vida de muchos de esos pueblos originarios, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un “comunismo primitivo”, en la que aún no existía la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existía el Estado, no había ningún aparato especial para el empleo sistemático de la violencia y para someter a las gentes al mismo. Ese aparato es lo que se llama Estado.»

Una vez desarrolladas las relaciones de producción y sus mecanismos, cuando apareció el excedente y este ya no era completamente necesario para la subsistencia del individuo, pudo aparecer por primera vez la división de los humanos en clases sociales y, con ello, surgió el Estado.

El Estado esclavista fue la maquinaria de los propietarios de esclavos para lograr mantener el control sobre sus esclavos, que tenían la consideración de res mancipi, es decir, de una propiedad de gran valor, equivalente a un animal de arado o a unas tierras. Resulta revelador que, en el Derecho Romano –recordemos que tanto la Antigua Roma como la Antigua Grecia tenían sistemas económicos basados en la esclavitud–, la res mancipi –cuya adquisición requería formalidades especiales más allá de la mera transmisión (traditio) de la cosa– era muy a menudo aquello con lo que se podía obtener beneficio mediante su explotación, mientras que la res nec mancipi –la adquisición quedaba perfeccionada con la mera traditio de la cosa– equivalía a lo que podríamos catalogar de productos o bienes de intercambio, por ejemplo, trajes, herramientas, comida u oro. Los esclavos, como cosas objeto de comercio que eran, carecían completamente de los derechos básicos de sus propietarios, no permitiéndose de modo alguno la involucración de los esclavos en la vida política de la sociedad esclavista. En este hecho puede verse con total claridad la relación entre la infraestructura –la base material económica, es decir, las fuerzas y relaciones de producción– y la superestructura –derecho, política, filosofía, forma de gobierno… en definitiva, todo el entramado social de un momento histórico concreto–, y con ello, la esencia del Estado como máquina de control de una clase sobre otra en su fase más transparente, una máquina que, sin ningún tipo de tintes, se muestra como la garantía de que los esclavos permanecerán en la esclavitud como vía para proteger y asegurar el poder y la propiedad de las clases dominantes.

En la Antigua Roma, época en la que el Estado dio los pasos más decisivos en su desarrollo como máquina del poder de la clase dominante, se puede ver con claridad las dinámicas del desarrollo de la historia, siendo especialmente sencillo de entender la metodología de la concepción materialista de la historia con los sucesos y el desarrollo de esta etapa. Puede verse cómo la lucha de clases –codeterminada recíprocamente con la dialéctica de Estados– es el motor de la historia en la aparición de la primera ley escrita de la historia: las XII Tablas. Esta Ley de las XII Tablas, o Ley de Igualdad Romana, encuentra su origen en la prolongada lucha entre patricios y plebeyos, reclamando estos últimos la elaboración de una serie de leyes como la equiparación con el patriciado, tanto en el aspecto jurídico como en el político, social y económico; limitar el poder de los cónsules; el cese de la prohibición de contraer matrimonio entre miembros de ambas clases y el fin de la triste suerte de los deudores, siendo de especial relevancia la exigencia que las leyes sean puestas al alcance de todos. Esta última condición dio lugar a la primera ley escrita, pues solo de este modo se creía que podía evitarse que los patricios, dueños del Estado, pudieran ocultar y manipular las leyes a su antojo en perjuicio de los intereses de los plebeyos, sin embargo, estas exigencias no se materializaron hasta que el Estado romano vio peligrar su existencia ante las inminentes amenazas externas y, para poder hacer frente a ellas, accedió a la creación de las XII Tablas, que fueron expuestas al público, para mantener una convivencia en el seno de la sociedad romana que permitiera la estabilidad necesaria para resistir y vencer a los ataques venideros.

Debido a que la dialéctica de clases en el marco de la sociedad esclavista estaba desprovista de las condiciones materiales para alcanzar la victoria y erigir un Estado de las clases oprimidas, la lucha de clases consistió, hasta la superación del sistema esclavista, en repetidas rebeliones que eran aplastadas y volvían a levantarse, y así sucesivamente hasta que el sistema fue mutando lentamente a un orden menos conflictivo que el esclavismo: el feudalismo. Tal afirmación fue planteada por Serguéi Kovaliov su obra Historia de Roma, que consideró que las viejas clases en conflicto fueron progresivamente desapareciendo para dar lugar a nuevas clases de explotadores y explotados: señores feudales y siervos.

Con la lucha de clases y el mismo desarrollo de las relaciones de producción, el esclavismo fue reemplazado por el feudalismo, donde ya la clase dominante no era la propietaria de esclavos, sino la propietaria de las tierras, a las cuales iba sujeto el siervo. La servidumbre significa precisamente eso, que va unido a la tierra. En Derecho Civil se conoce como «servidumbre» aquel gravamen que incluye de forma inherente un bien inmueble, pero del que el propietario no puede disponer a su gusto, por ejemplo, una servidumbre de paso es un camino que pasa por las tierras del propietario para dar derecho a una tercera persona, o una servidumbre de agua es un canal que pasa por la finca para el beneficio de un tercero. Esto son las servidumbres: «cosas» sobre las que el propietario del terreno en la que se encuentran no tiene derecho a disponer. La relación del señor feudal con el siervo se entiende de este modo: la clase explotadora no era dueña de esclavos, pero sí de la tierra a la que la persona se hallaba unida, lo que viene a resultar una relación de producción en la que, igualmente, el explotador era dueño de la vida y la cosecha del explotado, a quien se le otorgaba una pequeña porción de su tiempo de trabajo para que produjera el mínimo para su subsistencia.

Por el desarrollo de las fuerzas de producción dentro del feudalismo surgieron las bases de la economía capitalista, siendo este el inicio de una nueva clase: la burguesía. Lenin considera que el desencadenante que propició la aparición de estas nuevas formas de producción fue el descubrimiento de América, ya que permitió que ciertos individuos acumularan grandes cantidades de riqueza que desbordaron las capacidades del sistema feudal.

«La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.»

Las revoluciones burguesas fueron, por lo tanto, poner en consonancia el poder político, creando un Estado efectivamente al servicio de la clase que, mediante el desarrollo de las fuerzas de producción y la consecuente acumulación de capital, ya habían adquirido el poder económico. Ninguna revolución burguesa hubiera sido posible, ni siquiera de plantear, sin burguesía, y no es posible burguesía sin la existencia de una economía capitalista previa al Estado capitalista.

Sin embargo, se dice que el desarrollo del capitalismo no va a hacer aparecer las bases de una economía socialista en su seno, como ocurrió con el capitalismo en el feudalismo, sino que ha hecho aparecer al proletariado y al resto de trabajadores asalariados, siendo esta la primera vez en la historia en que la clase oprimida cuenta con el desarrollo de las condiciones materiales necesario para optar a la consecución del poder, a la edificación un Estado dirigido y destinado por y para los trabajadores. Esta diferencia fundamental que pone un abismo entre las formas de la revolución burguesa y la revolución proletaria es contemplada, entre otras cuatro, por Stalin en su obra Fundamentos del Leninismo (1924). A continuación, reproduzco tres de las cinco diferencias fundamentales que en dicha obra se recogen:

«1) La revolución burguesa comienza, generalmente, ante la presencia de formas más o menos plasmadas de economía capitalista, formas que han surgido y madurado en el seno de la sociedad feudal ya antes de la revolución manifiesta; mientras que la revolución proletaria comienza con la ausencia total o casi total de formas plasmadas de economía socialista. ㅤ
2) La tarea fundamental de la revolución burguesa se reduce a conquistar el Poder y ponerlo en consonancia con la economía burguesa existente; mientras que la tarea fundamental de la revolución proletaria consiste en construir, una vez conquistado el Poder, una economía nueva, la economía socialista. ㅤ
3) La revolución burguesa termina, generalmente, con la conquista del Poder; mientras que para la revolución proletaria la conquista del Poder no es más que el comienzo, con la particularidad de que en este caso el Poder se utiliza como palanca para transformar la vieja economía y organizar la nueva.»

De ahí la tan conocida cita del Manifiesto Comunista los obreros no tienen patria, no se les puede quitar lo que no tienen, ya que acto seguido prosigue explicando esa parte que tanto oportunistas como nacionalistas se esfuerzan en ocultar a toda costa; unos para mirar hacia otro lado en cuanto a la necesidad de la toma del poder y de la elevación del proletariado a clase nacional –dominante– y otros para justificar su adhesión a nacionalismos románticos que no correspondan al del Estado-nación existente. Los obreros no tienen patria porque, literalmente, no la tienen. Sea democracia o dictadura, monarquía o república, el Estado burgués, cuya jurisdicción se extiende a lo largo y ancho de la patria, es de la burguesía, y la única forma de que los trabajadores tengan la patria es derribando el Estado burgués para construir en su lugar un Estado de los trabajadores, con el que controlar y dirigir la totalidad de la nación.

Sin embargo, como nos recuerda An Qi Nian en su artículo para la Universidad Renmin de Pekín titulado Varios problemas relacionados con el pensamiento de Lenin sobre la dictadura del proletariado, el hecho de que la propiedad privada puede surgir del antiguo sistema no implica que pueda surgir de la misma forma el socialismo del sistema capitalista, pues para que fuera posible debería ir pasando la propiedad privada de los medios de producción a los trabajadores por el mero desarrollo del sistema capitalista, y todos sabemos que eso no es posible ya que un propietario privado, un capitalista, jamás entregará sus medios de producción. La propiedad pública no surge espontáneamente del sector privado. Por ello, se sugiere que el triunfo del socialismo no llegará como el capitalismo, que en muchos casos –Italia, España, Reino Unido, Suecia…– se ha consolidado definitivamente mediante un proceso de metamorfosis donde las antiguas casas nobiliarias y acólitos de la Corte de turno fueron transformándose poco a poco en propietarios capitalistas, imposibilitando de modo alguno la vuelta hacia atrás. Por mi parte, prefiero reservarme una posible interpretación diferente que contemple la posibilidad de que puedan aparecer formas de economía socialista dentro de los sistemas capitalistas más avanzados, pudiendo ser estas formas ser potenciadas en aras de construir con más celeridad una base sobre la cual pueda superarse el capitalismo, facilitando de esta forma la toma del poder político. Hasta la fecha, y contra el pronóstico del propio Marx, ninguna revolución se ha llevado a cabo en países donde el capitalismo ha logrado una implantación madura y en estado avanzado de desarrollo, por el contrario, podría decirse que las revoluciones proletarias del siglo XX han tenido, como logro irreversible en la historia de sus naciones, superar de forma implacable los antiguos sistemas precapitalistas y culminar en tan solo unas décadas el proceso transitorio que ha llevado siglos al resto de naciones. Por lo tanto, las experiencias existentes no pueden ayudarnos a desentrañar cómo el agotamiento del capitalismo puede hacer aparecer en su seno formas de economía socialista que lleven –o ayuden– a la superación de este.

Prosigue el profesor An señalando que, precisamente porque el socialismo requiere una construcción consciente, fue necesaria la dictadura del proletariado, puesto que la revolución socialista supuso una gran novedad de la que no podían tomar ejemplo a seguir de experiencias previas –en todo caso, tomar nota de qué no hacer–. Esta se convirtió en la única vía posible para garantizar la continuación de la revolución socialista que se convirtió en una especie de experimento social de enorme escala, siendo el programa experimental alcanzar la sociedad socialista prevista por Marx y Engels. Sin embargo, lo que según An empezó como un experimento para garantizar las condiciones necesarias para la viabilidad del proyecto, ha terminado acreditado como la única vía posible para garantizar la continuidad. Dictadura del proletariado es el Estado proletario, en contraposición al Estado burgués, que es la dictadura de la burguesía. Todo ello sin perjuicio de los distintos sistemas de representación popular, mediante un sistema unipartidista –por ejemplo, Cuba– o multipartidista –por ejemplo, China–.

El Estado democrático-liberal, tan unilateral y caprichosamente llamado «único sistema que permite la democracia», necesita ser criticado. Aquello que exige una fe acrítica suele deberse a la debilidad de sus fundamentos, más apoyados sobre dogmas que sobre la razón. Sin embargo, nunca toda crítica ha de ser bienvenida, pues todo lo inútil y falso debe ser desechado sin más miramientos. Una comprensión correcta del Estado lleva a comprender la relación entre estructura y superestructura, y a partir de esta se puede llevar una crítica sería al mismo. Si aquí ya hemos hablado de la imposibilidad del capitalismo en el sistema esclavista de Roma, o de una revolución proletaria durante el feudalismo, porque las bases materiales para ello no se daban, ¿quién, conociendo esto, podría pensar seriamente que es posible la implantación de un sistema democrático-liberal canónico en aquellos países en vías de desarrollo cuyas fuerzas de producción no han alcanzado un grado de maduración suficiente para que haya un Estado burgués homologable a los de Europa Occidental y a los de los Estados Unidos?

Las «revoluciones de colores», cuyo objetivo sobre el papel es implantar superestructuras en lugares donde la estructura no es la que le correspondería y el desarrollo político no está yendo precisamente por la vía pro-estadounidense, terminan siempre de dos formas: o siendo de facto un protectorado o un sumidero de desgracias, guerras e inestabilidad. Por ello, la crítica al sistema democrático-liberal homologado debe derribar los mitos que lo hacen tan atractivo: mientras para nosotros, desde nuestra región, puede ser una vía legítima y útil que contemplar y de la que no renunciar, para otros trabajadores del mundo es una trampa mortal que, lejos de permitir la asociación de trabajadores, la libertad de expresión, el sindicalismo o la representación política, su defensa implica la intervención más depredadora y cruel del imperialismo.

Todo ello debe entenderse sin olvidar que el Estado, como instrumento de clase, mantiene intacta su titularidad sea cual sea el modelo político que tenga y seguirá necesitando para su mantenimiento la existencia de las clases que sostienen el sistema capitalista. Podría decirse que la gran diferencia entre el Estado socialista y el resto de los Estados que se han ido sucediendo durante la historia ha sido que los objetivos de estos últimos son «apretar sin ahogar», pues en este la riqueza y el estatus de la clase dominante requiere la existencia de una clase explotada que sea su fuente de mano de obra. Sin embargo, el primero no tiene dicha función, por el contrario, el objetivo es «apretar hasta ahogar» hasta lograr la abolición de la clase burguesa y, con ella, la abolición de la sociedad de clases. El final pretendido es la consecución absoluta de los derechos, terminando con los privilegios de una vez por todas, dando la estocada final al proceso de lucha de clases que lleva en marcha y logrando mejoras desde la aparición del primer Estado esclavista. Por esta gran diferencia entre uno y otros es por lo que Engels pudo considerar que ya no podía tener la consideración de «Estado» esta nueva maquinaria de los trabajadores, pero el hecho de que la dialéctica es tanto de clases como de Estados hace imposible limitar la labor represora del Estado socialista a las fronteras heredadas.

En conclusión, el objetivo del marxismo en el presente siglo sigue siendo el mismo que el esperado por Marx: la toma del poder por parte de los trabajadores en un país capitalista desarrollado. Igual que la superestructura requiere una estructura sobre la que levantarse, un potencial movimiento comunista requiere una base teórica sólida y adaptada al lugar y al tiempo, no una copia de experiencias extranjeras o convertirse en juglares que reciten las obras de algún clásico como si se tratara de romanceros. Abordar el Estado en nuestra coyuntura no puede ser compartiendo la misma visión de Lenin, en la que tiene peso hechos como cuando el Estado zarista respondió ante manifestantes hambrientos disparando a quemarropa, provocando la famosa masacre del Domingo Sangriento. Por más que algunos crean haber vivido un horror equiparable a este trágico día de la historia rusa porque han estado, seguramente por primera vez en sus vidas, envueltos en unas cargas policiales, los sentimientos del patético sujeto excesivamente sensible no alteran la naturaleza del Estado. Por más que algunos se empeñen en decir que el Estado es fascista, que el Estado es totalitario y que el Estado es lo que a ellos, en su afán de desahogarse a costa de dejar a un lado sus sentimientos de vergüenza, se les ocurra decir, el Estado es el que es, y si es un Estado es democrático-liberal homologado al resto de sistemas capitalistas, avanzados y «occidentales», lo es, por más que se quiera negar. Pensar que puede atacarse a un Estado democrático-liberal como si este fuera un Estado fascista es como pretender matar a una mosca que se ha colado en una habitación a martillazos: quedará todo destrozado, la mosca seguirá viva y el sujeto queda a los ojos del resto como un inútil o un tarado.

La crítica marxista al Estado no puede ser antiestatista –igual que el proyecto del marxismo no es anticapitalista, sino postcapitalista–, no puede abordarse con la vista puesta en utopías donde reina la plena libertad en todos los ámbitos, no puede, en definitiva, considerarse anticomunista todo tipo de represión. La represión es un instrumento de todo poder para mantenerse, por lo que no es per se una cuestión ideológica sino de supervivencia. No puede, tampoco, despreciarse y obviar las ventajas adquiridas en el Estado burgués avanzado, con sistema democrático-liberal, respecto a otras formas de gobierno.

Abordadas las cuestiones básicas del Estado desde la perspectiva marxista, hay que comprender que, sin el desarrollo pretérito de las fuerzas de producción y los logros alcanzados mediante la dialéctica de clases durante toda la historia, no sería ni siquiera posible plantear una toma del poder por parte de los trabajadores, aboliendo la división de las sucesivas clases sociales, por lo que es absurdo y contraproducente no captar y averiguar las distintas formas de aprovechar la ventaja de vivir en naciones que han alcanzado altos grados de desarrollo en lugar de obcecarse en el lamento de lo feo pero imprescindible. Las novedades tecnológicas y la actualidad legal permiten y facilitan la organización y proveen de mecanismos para la consecución de mejoras para los intereses de los trabajadores, y estas mejoras logradas en el seno del Estado burgués no pueden ser despreciadas y pasadas por alto por los marxistas, pero tampoco conformarse con su simple mantenimiento. En España, así como en el resto de los países vecinos, los partidos comunistas –o al menos ese es el nombre que aparece en el Registro de Partidos Políticos– han renunciado por completo a la realidad, careciendo de implantación mínima en el ámbito laboral y regocijándose en hazañas del pasado soviético, más centrados por participar y colgar la foto en la campaña «progresista» de turno que por conocer los derechos laborales básicos. No es casualidad que ningún trabajador acuda a la sede de un partido comunista cuando ha sido despedido o tiene problemas laborales, pues en estos lugares cualquiera ha tragado varias y pésimas formaciones sobre «nuevas masculinidades», «micromachismos» o cuestión nacional como si cada ciudadano no madrileño de España fuese equiparable a un uzbeco de Samarcanda –y como si el madrileño fuera moscovita–, pero nunca se ha hecho una formación decente de derechos laborales, por lo que pocos sabrían decir cuántos días de indemnización corresponden a un trabajador que ha sufrido un despido improcedente, y no hablemos ya de cómo poner una sencilla denuncia a Inspección de Trabajo. Los trabajadores, muy a menudo, buscan la solución de estos problemas laborales acudiendo a los sindicatos y encuentran sus servicios jurídicos sobresaturados de trabajo. ¿No deberían plantearse seriamente los partidos registrados con el nombre de «comunistas» emprender, con el mayor ahínco posible, proyectos de formación jurídica laboral entre sus militantes para poder aspirar a ser verdaderos defensores de los intereses de los trabajadores? ¿No ven que esa pérdida de simpatía por parte de los trabajadores, de la que tanto se lamentan, se debe a que no hacen otra cosa que ignorar los derechos laborales –que poco a poco se van perdiendo– para protestar por cualquier otra cosa?

Volviendo al Estado, su comprensión debe ir más allá de la crítica. El Estado moderno es un gran avance para la sociedad de la nación, y es un gran error plantear que «cuanto peor, mejor», basándonos en las experiencias de revoluciones en Imperios despóticos que se encontraban en etapas muy tempranas del capitalismo o, directamente, en estado precapitalista. No tener los pies en el suelo implica el fracaso anunciado de todo intento de reflotar un eventual movimiento comunista, pues el materialismo exige realizar un análisis profundo y realista de las condiciones presentes, que es justo lo contrario de lo que algunos pretenden, que es creer, con todas sus fuerzas, que la realidad es la que se imaginan para que esta pueda encajar en análisis ya realizados. Sin embargo, la realidad destruye a quien no se adapta a ella. He aquí el secreto de la marginalidad de los idealistas y de los reaccionarios manifiestos que sueñan con el imposible retorno a la unión del Trono y el Altar.

Las posibilidades que actualmente ofrece el Estado burgués en los sistemas democrático-liberales avanzados, como España, abre un amplio abanico de oportunidades desaprovechadas para un potencial movimiento comunista, no habiendo existido ninguna revolución anterior que haya podido contar con estas oportunidades, de lo contrario, el desarrollo de la organización obrera y marxista debía realizarse en la clandestinidad. Hoy en día, pudiendo explotar multitud de posibilidades, la mayoría de los militantes comunistas se condenan a sí mismos al ostracismo por pensar que no es momento de organizarse para actuar, porque no se dan condiciones homologables a las leídas de pasada en los libros, como si el marxismo, en lugar de un método, fuera una colección de manuales de instrucciones. Algunos otros entienden que ser un método significa –como no puede ser de otra forma– que no puede ser dogmático, pero entienden erróneamente que esto implica que el método puede ser modificado al gusto y conveniencia del sujeto, hasta el punto de fundar nuevas corrientes «marxistas» sobre teorías idealistas y no materialistas, llegando a conclusiones tales como que algo que Marx dijo en el siglo XIX que era reaccionario, en el presente puede ser algo progresista porque «el marxismo no es dogmático». ¡Con estas divagaciones, hasta a la religión mezclada con posmodernismo se atreven a llamarla «doctrina marxista»!

No puede caber duda, pues de lo contrario hubiera sido absurdo la gran cantidad de fragmentos de los grandes teóricos del marxismo expuestos en este artículo, de que el marxismo es un método que ayuda a desnudar y revelar las entrañas de la realidad para que, en aras de derribar los mitos sobre los que se sustentan todos los privilegios desde el origen de la civilización, se actúe de forma consecuente y contundente, sin perder de vista el objetivo y la necesidad de construir un nuevo Estado de los trabajadores sobre las ruinas del anterior. Una acusación de dogmatismo en torno al Estado requeriría que este no fuera actualmente una máquina de la burguesía, sin embargo, indudablemente lo es, por más que este tenga capacidad suficiente para poder permitir una serie de derechos y garantías mediante los cuales canalizar y resolver los problemas provocados por individuos cuyos actos abusivos, de normalizarse, romperían con la paz imperante asegurada por el Estado burgués, pues sin esta paz, la inestabilidad haría tambalear sus cimientos. Esto no significa, en absoluto, que un aumento de la inestabilidad sea beneficioso para la expansión de un supuesto movimiento comunista, y la aceleración de la decadencia del PCE en los últimos años lo acredita magistralmente. La táctica de los comunistas, lejos de ser la soñada inestabilidad en la que algunos despistados depositan sus esperanzas, es ser el «primo Zumosol» de los trabajadores; debe demostrar que la unión y la cooperación de clase garantiza mantener al jefe «controlado», es decir, que no pague por debajo, que no despida porque sí, que no promueva horas extraordinarias no remuneradas. Carece de legitimidad para llamarse comunista el que espera momentos de inestabilidad para aplicar el dicho «a río revuelto, ganancia de pescadores», dando por hecho que será el pescador y no el pescado. Los comunistas, por lo tanto, deben ser los garantes de la estabilidad de los trabajadores y hacer uso de todas las herramientas que estén al alcance, siendo aquí –como en todo– completamente necesario ser realista y comprender el Estado a la perfección para conocer las posibilidades, los límites y tener siempre presente su intrínseca naturaleza de clase, para no sobrevalorarlo ni infravalorarlo.

Es necesario comprender la gran importancia y utilidad del Estado burgués en su sistema democrático-liberal para nuestros fines, sin la necesidad imperiosa de escapar de su legalidad para lograr la concienciación, organización y, eventualmente, una incipiente base de poder de la clase trabajadora –aunque hay que tener presente que, si mediante las herramientas del Estado burgués se llegara demasiado lejos, estas herramientas y derechos que han permitido dicho auge serían anulados, así como ilegalizado el Partido dirigente. En este momento tampoco importaría demasiado, porque algo que ha llegado demasiado lejos difícilmente es reversible–, pues la «gracia» de la alienación reside en que todo burgués defiende sus intereses y conoce los medios a su alcance para lograrlos, mientras se logra que los trabajadores no defiendan los suyos, sin necesidad siquiera de una represión física que garantice la subyugación. Una de las bases de la alienación, hoy en día y a mi juicio, se apoya en el desconocimiento de los derechos que se tienen como trabajadores, y los comunistas no tienen actualmente ni siquiera la formación mínima para hacer el esfuerzo de imaginar un derecho laboral que no se tiene y se puede lograr, ¿qué consciencia de clase se puede promover así? Difícilmente puede haber conciencia de clase –y sus consecuentes reclamaciones y aspiraciones a tomar el poder– si no se conoce ni lo que se tiene, si no se conoce, en definitiva, la extensión del derecho y los límites con los que uno se puede topar persiguiendo la consecución de los intereses de clase trabajadora.

Por los motivos mostrados en todo el artículo y, en especial, en este párrafo último de conclusiones, mis contribuciones a La Razón Comunista estarán especialmente centradas en el análisis del derecho laboral español con el esperado fin de que el lector pueda, a través de dichos escritos, conocer derechos que le corresponden como trabajador, así como artículos destinados a organizar la unión de trabajadores mediante los mecanismos a nuestra disposición –reconocidos y protegidos por el Estado democrático-liberal que rige en la nación española– a fin de que el desarrollo del movimiento obrero no suponga un peligro para sus adheridos sino, por el contrario, que sea una garantía y una protección frente a los abusos del empresario.

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