2.7- La expulsión de los judíos de 1492.

Actualizado: 8 de mar de 2020

Por Manuel díaz Uribe



Resumen: La expulsión de los judíos de los reinos de los Reyes Católicos, producida mediante el Decreto de la Alhambra el 31 de marzo de 1492 constituye uno de los hechos más controvertidos y, a su vez, más manipulados de la Historia de España. Es un hecho que se ha utilizado de forma constante como una demostración de la maldad que va, supuestamente, ligada inevitablemente a la "naturaleza española", de la ilegitimidad de la unidad de los reinos hispánicos y de la barbaridad de su expansión imperial, buscando en última instancia la destrucción de la unidad e identidad de España, ya sea mediante balcanización o mediante dilución en una Europa Federal. Este es sin duda uno de los hechos más complejos de analizar de la Historia de España y uno de los pilares fundacionales de la Leyenda Negra, por lo que la finalidad de este artículo será explicar las verdaderas causas que motivaron esta medida, así como despejar todos los mitos alrededor de la misma.

Palabras clave: Expulsiones, judíos, España, Reyes Católicos, Historia, Leyenda Negra, conversos, Inquisición, Castilla, Aragón, manipulación.


Introducción.- La Historia como campo de la lucha de clases.


La Historia de España es bastante compleja y contradictoria, como la del resto de las naciones del Planeta, con momentos de gloria, prosperidad y épica que conviven con otros momentos de violencia, expolio y dominación. No hay ningún periodo ni proceso en la historia de nuestra Patria en los que no hayan estado en relación dialéctica y al mismo tiempo presentes estos elementos y componentes, pues son una parte intrínseca a la naturaleza del ser humano y de la sociedad. (1)


Esto explica en parte las dificultades que despierta el estudio de la disciplina histórica: cada clase social, cada escuela metodológica o cada tendencia política pretenderá seleccionar de cada proceso históricos los hechos que mejor se ajusten a su praxis ideológica, lo que convierte a la Historia en un espacio más donde se desarrolla la lucha de clases y de Estados.


Algo que debemos de tener claro siempre es la comprensión de que las particularidades de nuestro desarrollo histórico nos hacen diferentes de otros procesos históricos, lo cual no implica afirmar que esto nos haga mejores ni peores como nación o como pueblo (pensar lo contrario sería caer en el más pueblerino de los chovinismos). No obstante, existe una tendencia mayoritaria entre el núcleo cultural de la sociedad española en general y en el núcleo cultural de las izquierdas (especialmente en las indefinidas), una actitud que sobreexcede de hipercrítica con nuestro pasado histórico, hasta tal punto que roza la endofobia. Los antecedentes de esta endofobia patria de buena parte de las élites intelectuales españolas debemos retomarlos a comienzos del siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces: los ilustrados, en su soberbia de considerar a todo lo acontecido en la Historia de la Humanidad anterior a su aparición como parte de "las tinieblas de la ignorancia, superstición y tiranía", lanzaron una feroz crítica contra todas las instituciones y procesos históricos anteriores, catalogándolos indiscriminadamente como parte de la oscuridad que frenaba el "progreso" y, por ello, defendiendo activamente su destrucción. Los ilustrados franceses para con España asumieron acríticamente todos los tópicos más negativos de la llamada Leyenda Negra, considerando a nuestros ancestros como un pueblo oscurantista, intolerante y cegado por los crucifijos.


A España este fenómeno llegó tras el fin de la Guerra de Sucesión (1701-1715) y con la entronización de la nueva dinastía de los Borbones, de origen francés y que poco después estaría igual de imbuída por esa Leyenda Negra, presentarían la Historia de España anterior como la de un lugar dominado por la superstición, la decadencia y la pobreza, presentándose como la nueva dinastía que estaba destinada a "salvar España" y devolverla al concierto de las grandes potencias.


Esto explica que, desde la llegada a España de la Ilustración francesa y en constante progresión hasta nuestros días, ha tenido lugar un extenso proceso de deconstrucción nacional articulado entorno a la elaboración de un falso discurso histórico conducente a consolidar precisamente la percepción que de España tenían (y tienen) las élites dirigentes resultantes del proceso de revolución democrático-burgués que se produjo en España a partir de la invasión napoleónica de 1808. A pesar de que este proceso ha presentado a lo largo de su desarrollo momentos de contradicción interna, en líneas generales ha seguido un mismo hilo conductor a lo largo de estos 2 siglos: la destrucción o deconstrucción de la cultura española de la solidaridad (2) y de la idea de España. Y la gran desgracia de la clase obrera de nuestra Patria ha sido que este proceso ha sido también defendido, e incluso con más ahínco, por aquellas organizaciones de las izquierdas que, supuestamente y sobre la base de sus propios principios teóricos, deberían de haber sido las que hubiesen hecho más esfuerzos por defenderlas y preservarlas.


Los historiadores al servicio de la clase dominante se han encargado de construir una historia de España entorno a grandes conceptos organizativos y aglutinadores (como "Edad Antigua", "Edad Moderna", "Antiguo Régimen"), que no son más que elaboraciones ideológicas creadas por escuelas historiográficas e historiadores con un interés en mostrar una visión de la Historia simplista y manipulada en pos de los intereses de su clase. Esto es algo que ha estado presente en el estudio de la Historia desde sus orígenes, pues muchas veces sólo nos ha llegado unas fuentes sesgadas sobre determinados hechos. Esto conduce a la ocultación de experiencias múltiples y ricas que se desarrollan en el tiempo con indiferencia de estos conceptos (como toda la tradición colectivista y solidaria de las clases populares españolas), lo que produce que España aparece a ojos de determinados grupos como una gran iniquidad, es decir, como un gran despropósito histórico caracterizado por la maldad, la injusticia, la reacción, la ignorancia, etc..., lo que conduce a que, si uno rechaza de base estos conceptos, su reacción debe ser el rechazo y la condena a la propia idea de España.


Siguiendo esta senda trazada por buena parte de las élites, se acaba asumiendo de forma acrítica toda la colección de tópicos y mitos oscuros creados para cambiar tanto el significado real como para desacreditar y/o denunciar deterimados sucesos, procesos o instituciones claves de la historia de España que jugaron un papel destacado en la construcción de la misma como nación y como Estado. Uno de estos hechos es la famosa expulsión de los judíos decretada por los Reyes Católicos, acaecida en el año clave de 1492. Este año resulta ser una de las fechas más fundamentales de nuestra Historia: 18 años de reinado que llevan ya los Reyes Católicos en las Coronas de Castilla y de Aragón, los cuales llevan a cabo en este año 3 sucesos que marcarán un antes y un después en la Historia nacional e internacional; el primero es la conquista de Granada, lo que cierra definitivamente el capítulo de la llamada "Reconquista" medieval; el segundo lo marca el descubrimiento de América, que constituirá el inicio de la primera globalización y dio el impulso para el nacimiento y expansión del modo de producción capitalista. En cuanto al tercer hecho, este lo constituye la expulsión de los judíos producida mediante el Decreto de la Alhambra del 31 de marzo de 1492. Ríos de tinta han corrido en referencia a este acontecimiento, la mayor parte de ellos exponiendo dicha expulsión como ejemplo de la naturaleza intrínsecamente malvada de lo español, de la ilegitimidad de la unidad de los reinos hispánicos y como justificación para la destrucción de la nación política española.



I.- Los judíos en la Península Ibérica antes de los Reyes Católicos.


No existe una fecha exacta a la que podamos referirnos entorno a las primeras migraciones de judíos hacia la Península Ibérica: según algunas leyendas sefardíes, la presencia de los judíos en España se remontan a la época del rey Salomón (970-931 a. C.), pues según algunos de los libros de la Biblia dedicados a esta época (Reyes, I, 10-22), se menciona que las naves comerciales fenicias de Hiram de Tiro iba y venían de Tarsis (más conocida como Tartessos, nombre con el que se refiere a una supuesta civilización neolítica establecida en el Valle del Guadalquivir) cargadas de oro, plata, marfil y monos. Otro libro bíblico interesante es Isaías (60-9), que los estudiosos datan entorno al 500 a. C., hablan también de estos contactos comerciales fenicios y hebreos con Tarsis. (3)


Lo más probable es que los primeros asentamientos judíos en la Península empezaran a constituirse con posterioridad, empezando indudablemente por los principales emporios comerciales y ciudades fenicias, púnicas y griegas de la costa mediterránea (Ampurias, Mataró, Málaga, Sexi, etc...) y desde allí se extendieron hacia el interior conforme fue avanzando la conquista de Cartago y, sobre todo, romana (Toletum, Hispalis, Corduba, Emerita Augusta, etc....). Ya en época del Alto Imperio, concretamente durante el reinado de Calígula (37-41 d. C.) se decía que Jerusalén era la metrópolis, no sólo de Judea, sino de otras muchas tierras y comunidades hebreas repartidas por todo el Imperio romano, las cuales eran muy numerosas. Incluso se comentaba que había más judíos viviendo en el resto del Imperio (entorno a 4 millones) que en la propia Palestina (3 millones). (4) Esto tira por tierra la versión tradicional defendida por los llamados "Padres" de la Iglesia Católica, quienes afirma que la diáspora de los judíos por el Imperio sólo comenzó a partir del 70 d. C., con la destrucción del segundo Templo de Jerusalén por parte de las legiones romanas durante la 1o guerra judeo-romana.


Si bien ya había judíos repartidos por el Mediterráneo antes de esa fecha, fue a partir de entonces cuando se establecieron en masa en otras zonas del Imperio, llegando a España desde África, siendo el resultado de aquellos movimientos migratorios un crecimiento paulatino e importante de la población judía en la Península, que parece bastante nutrida en el siglo II d. C. En esta época, los judíos no eran considerados aún una etnia aparte, siendo solamente distinguibles por su condición religiosa y no racial, y, si exceptuamos las creencias monoteístas y los estrictos hábitos relacionados con ellas, en nada se diferenciaban del crisol multiétnico y multireligioso que representaba el conjunto de la población del Imperio romano. Tampoco formaban los judíos una clase social homogénea y distinta: encontramos a hombres muy ricos e influyentes, pero la mayoría era sobretodo gente pobre e incluso llegando a condiciones de auténtica miseria (algunos incluso eran esclavos).


Allí donde se instalaban, los judíos tendían a formar comunidades relativamente autónomas y separadas del resto de la sociedad autóctona, con el visto bueno de las autoridades locales. Aquellas comunidades estaban gobernadas por un consejo propio y cada una tenía uno o varios rabinos o sacerd