1.10- Los mitos del comunismo y el mito del comunismo

Actualizado: mar 8

Por Daniel Miguel López Rodríguez





Presentación


El presente artículo trata de recopilar ciertas cuestiones que el autor ha desarrollado en otros lugares con profusa extensión. En la revista inspirada en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno denominada El Catoblepas el autor ha publicado dos amplios artículos contra dos de los autores más populares en lo que al anticomunismo actual concierne. Me refiero a Antonio Escohotado y Federico Jiménez Losantos. En tales artículos hice hincapié en la metodología negrolegendaria que los autores, sin cortarse lo más mínimo o con suma ingenuidad, practican constantemente a lo largo de sus numerosas páginas; esto es, las páginas de los tres volúmenes de Los enemigos del comercio (2008, 2013 y 2017) de Escohotado y Memoria del comunismo (2018) de Losantos. Ambos autores han guardado prudente silencio ante mis pertinentes críticas.


Asimismo el autor defendió su tesis doctoral en la Universidad de Sevilla el 7 de marzo de 2018. La tesis lleva por título Materialismo y espiritualismo. La crítica del materialismo filosófico al marxismo-leninismo. Como dice el título, se trata de una crítica; es decir, sin demonizar ni divinizar, sin interesadas omisiones y vergonzosas exageraciones. Dicho espinosianamente: ni reír ni llorar, sino entender más allá del bien y del mal. Eso sí, sin caer en la implantación gnóstica de la filosofía y teniendo muy en cuenta el espíritu de partido.


El materialismo filosófico, por el que toma partido sin ningún tipo de sectarismo el autor del presente trabajo, es un sistema que vino incubando el filósofo español Gustavo Bueno desde los años 70 en donde se postula un materialismo pluralista desde donde se afirma, contra todo monismo y todo reduccionismo, que no todo está conectado con todo; pues existen tres géneros de materialidad que componen el mundus adspectabilis, teniendo muy en cuenta que éste no es suficiente, de ahí que se abra el regressus crítico hacia lo que denominamos Materia ontológico-general (M) con su correspondiente progressus para no hacer de M una idea metafísica sustantifacadora. Asimismo se sostiene una tercera idea cardinal que es el Ego trascendental, que se interpreta como la conciencia predicativa que coordina y reúne los géneros de materialidad en tanto Ego lógico. El Ego trascendental no es distinto de los géneros de materialidad, pues se trata de la misma práctica o ejercicio histórico-social en la que el mundo se constituye como objeto. Es decir, el Ego trascendental es el ejercicio dialéctico del regressus desde los géneros de materialidad a la Materia ontológico-general. Por tanto la inconmensurabilidad de los géneros de materialidad desborda al Ego trascendental por mediación de la Materia ontológico-general.


En la bibliografía de este artículo pondré todos los enlaces de interés para estar más al tanto de esta polémica (silenciada por los autores criticados) y de otros libros y artículos de interés relacionados con el materialismo filosófico y con el marxismo-leninismo.

Pasemos sin más preámbulos a la tarea para la que amablemente hemos sido invitados en esta revista, cosa que agradezco a sus promotores.


I. El mito la unicidad de la izquierda y el secuestro ideológico del término socialismo


Confundir los conceptos, las ideas, las tendencias, los partidos y las instituciones lleva a que no se hile del todo fino, a no separar el grano de la paja. Establecer una taxonomía en la que se ponga sobre el papel los géneros y las especies, sus semejanzas y sus diferencias, sus convergencias y sus divergencias, sus alianzas y sus conflictos, etc., etc., es el ejercicio propio de una filosofía que quiera denominarse crítica, racionalista y dialéctica. Y con esto se huye como de la peste de todo sectarismo y de todo dogmatismo.

No son pocos los que son presos de lo que Gustavo Bueno llamó mito de la izquierda, es decir, el mito oscurantista y confusionario de la unicidad de la izquierda, como si la izquierda fuese una y no se hubiesen dado varias generaciones. Y también caen en la trampa del secuestro ideológico del término socialismo (la URSS se lo apropió en el ámbito internacional del mismo modo que el PSOE se lo apropió en España). Parece que para muchos toda la «izquierda» es socialismo, y socialismo (queriendo decir socialdemocracia) y comunismo vienen a confundirse cuando, en realidad, las diferencias son tan notables como con el liberalismo, el fascismo, el nazismo y no digamos con el anarquismo. Y también el maoísmo es una cuestión diferente, sin perjuicio de sus semejanzas sobre todo con el comunismo soviético, lo que no impidió que ya a finales de los 50 se gestase el conflicto chino-soviético y a finales de los 60 llegase a su apogeo; en los 70 China se acercó -mesa de ping-pong mediante- a Estados Unidos, y en 1979 el Imperio del petro-dólar finalmente reconoció al Imperio del Centro y éste a su vez dio el giro al capitalismo con aquello de «un país, dos sistemas».


También suele confundirse a los comunistas con los progres. El adjetivo «progre» fue acuñado precisamente por los comunistas en España (durante el franquismo) para referirse a aquellos izquierdistas que se llenaban la boca con reivindicaciones sociales y políticas pero que vivían cómodamente en el régimen y no hacían nada para derrocarlo.


Al parecer, la inmensa mayoría de los profesores universitarios del ámbito de las llamadas «ciencias sociales» y la inmensa mayoría de los periodistas son socialistas. Pero no son socialistas en el sentido que se le daba a este término en la Unión Soviética; son progres o más bien, para ser más rigurosos, izquierdistas indefinidos con tendencia socialdemocratizante (que muchos confunden con los comunistas en un totum revolutum que viene a ser la noche negra en la que todos los gatos son viejos topos). Es decir, son «intelectuales». Y ya Don Gustavo Bueno nos alertó de que los intelectuales son «los nuevos impostores»; lo cual es tanto como decir «los nuevos sofistas». Pero el error está en que se toma a los progres como lo general (lo particular vendría a ser los comunistas, anarquistas, etc.). Es cierto que Gustavo Bueno habla de socialismo genérico, pero éste, a diferencia de lo que muchos puedan pensar, no es una totalidad atributiva armónica que, todos a una, se solidarizan contra el capitalismo; pues lo opuesto al socialismo genérico no es el capitalismo, ni si quiera el fascismo, sino el individualismo. Pero la dialéctica de Estados de la Realpolik tiró por derroteros muy diferentes a la de la resolución de la historia (de la «prehistoria») en la solidaridad del proletariado universal. Pues no se manifestó ni en la Comuna de París, ni en la Gran Guerra ni en la Segunda Guerra Mundial. Esta última, curiosamente, los soviéticos la denominaron «Gran Guerra Patriótica», pues la idea-fuerza que solidarizó a los habitantes de aquel Imperio no fue la del proletariado universal y el comunismo final sino la de la dialéctica de Imperios universales de la geopolítica pura y dura. Lo cual no fue poca cosa tras esas reuniones en Suiza.


Los progres no son comunistas. Más bien son otra cosa muy diferente, que tiene más de mayo del 68 que de octubre del 17. Ese «intento de humanizar el socialismo» al que se refería Jean-François Revel estaba basado en la cosmovisión de los estudiantes del 68, y no en la cosmovisión de los revolucionarios profesionales del 17 (que inevitablemente tuvieron que reestructurarse con el estalinismo porque la revolución no estalló en Europa y de la utópica revolución mundial se pasó a la dura realidad de la guerra mundial, en la que supieron vencer).


Por tanto, los comunistas no eran progres. Hoy muchos de los que estaban afiliados a los partidos comunistas son progres, pero el comunismo cayó hace 25 años; un detalle, al parecer, sin importancia para muchos: sean detractores o apologetas. El comunismo no es una especie de progresía (otra cosa es que cayese en el mito del progreso a través de su monismo histórico). La progresía, dentro de las izquierdas definidas, se aproxima a la socialdemocracia (aunque aún hay anarquistas, igual de trasnochados); pero también puede ser un caso de izquierda indefinida: ya sea extravagante, divagante (sobre todo divagante, por no decir cursi) y puede que tome de las dos vertientes y sea una izquierda fundamentalista. Pero el comunismo es la quinta generación de izquierda definida (en su versión soviética y en la extensión de su Imperio, aunque también en los partidos comunistas nacionales dependientes de Moscú y de la Komintern y después de la Kominform, y después nada, porque Jruschov la cerró en 1956) y la sexta generación (el maoísmo, aunque China supo reestructurarse y fue abandonando poco a poca la génesis de Mao; que no fue de balde porque bastante tuvo con librar al país del dominio colonial británico, francés y también estadounidense; este último produciendo un bloqueo brutal por el que muchos chinos murieron de hambre, pero para los retroanticomunistas negrolegendarios todo se simplifica en la maldad de Mao y en la estupidez del sistema comunista).


Otro tópico muy común es identificar al régimen chavista-madurista de Venezuela con el comunismo. Pero tal régimen tiene de comunismo lo que de esto tiene el partido español Podemos (o su escisión Más País liderada por Judas Errejón). Es otra cosa. No digo que sea ni mejor ni peor, simplemente afirmo que es algo bien diferente. En Venezuela hay elecciones con controladores internacionales. No hubo nada parecido en la URSS (ni tampoco en China), y puede que no hiciese falta, al menos en los primeros años.


II. ¿Es el comunismo un movimiento político genocida?


La definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) de la palabra genocidio dice así: «Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad». Pero tal definición es parecida a la definición que da la corte penal de Roma, que es en la que se apoya Federico Jiménez Losantos en su libro retroanticomunista negrolegendario Memoria del comunismo: «Aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos». Pero semejante definición es confusa, porque en tal caso en toda guerra o posguerra habría genocidio. ¿Entonces serían genocidio los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial? ¿Sería genocidio la represión Aliada de posguerra? ¿Sería genocidio la represión franquista tras la Guerra Civil? ¿Sería genocidio la matanza de Paracuellos del Jarama?


De todos modos, muchas de las definiciones que da el DRAE se pueden catalogar como ridículas al definir Ideas como Materia, Sustancia, Universo, Realidad, Dios, etc. Definiciones que más que aclarar viene a oscurecer o a confundir todo. No creo que genocidio tenga que ser lo que los señores del DRAE en cuatro líneas o cuatro acepciones digan. La «definición oficial» hay que descartarla por confusa, por meter en el mismo saco diversos acontecimientos sin hacer taxonomías y con pinceladas de brocha gorda se ponen a pintar el panorama confundiéndolo todo. Se habla de genocidio con mucha alegría y aplicándolo a cualquier cosa. Como si un genocidio fuese cosa que se hiciese todos los días.


El hecho de que se liquide a mucha gente por represión tras un conflicto (o durante el mismo) no implica genocidio necesariamente. Y que conste que no entro en ninguna valoración axiológica. No digo que por no ser genocidio sea mejor o peor. Habría que ver caso por caso. Porque en los que hay víctimas masivas suelen ser muy diferentes unos de otros.


Asimismo las hambrunas, como sostiene el mito del Holodomor, no se focalizaron exclusivamente en Ucrania, sino también hubo en el Cáucaso y en el Don. Al hacer la investigación para criticar los libros de Antonio Escohotado y Jiménez Losantos, el mito del Holodomor me resultó el más fácil de refutar (con la excepción de las locuras de Solzhenitsyn y sus 110 millones de muertos en la URSS a causa del socialismo sumando la represión y las víctimas de la guerra; cosa tan ridícula que ni Federico Jiménez Losantos se atreve a defender… o tal vez sí).


Sin embargo, por mucho que ladren los retroanticomunistas negrolegendarios, algunos de ellos resentidos por su juventud no excesivamente militante, no hay país que haya sufrido el capitalismo en el que no haya habido muertos por hambre. Véase, por ejemplo, las hambrunas de la India, de Irlanda y en toda Europa en el siglo XIX. ¿Hubo atropellos en los países del comunismo? ¡Pues claro que los hubo, y muchos muertos! Pero también los hubo en los países del capitalismo. Es decir, la relación comunismo = hambre es tan válida como la relación capitalismo = hambre. No se trata de desvincular completamente el comunismo del hambre; pero son muchos los que tratan de vincularlo absolutamente, como si fuesen sinónimos. Pero fue precisamente el estalinismo el que acabó con las hambrunas en Rusia, que eran periódicas (como lo eran también en Europa). Desde entonces no ha habido ni una sola hambruna (salvo las que hubo en la Segunda Guerra Mundial, por razones obvias, y como las que se sufrieron precisamente como consecuencia del colapso y la caída de la URSS). Lo mismo puede decirse del maoísmo en China; la China que antes de Mao fue machacada por el imperialismo en el siglo de las humillaciones.

Afirmar que sólo el comunismo trae el hambre y la muerte y que es cosa exclusivamente suya (y de los nazis) es maniqueísmo y simplismo en estado puro. Como si el capitalismo (Estados Unidos en la actualidad) no tuviese que forjar su Imperio a base de guerras: Corea, Vietnam, Operación Cóndor en Hispanoamérica, Afganistán, Irak, Libia… y, según dicen las malas lenguas, financiaron al ISIS (pero eso dicen las malas lenguas aficionadas a las teorías conspiranoicas).


III. La URSS en desarrollo


Si el New York Times alababa los planes quinquenales de Stalin es porque éstos realmente estaban consiguiendo resultados espectaculares, y más comparándolos con la situación que sufrían las economías capitalistas tras el crack del 29. Tales planes fueron necesarios para vencer en la guerra, cosa que a muchos no le parece de mucha importancia; sí es cierto que tales planes no fueron suficientes para que la URSS perseverase al menos por 100 años. No toda la propaganda era fervorosamente antisoviética (y no digamos durante la gran alianza contra el Eje, cuando Stalin fue nombrado hombre del año en una revista estadounidense). Aunque en la actualidad los libros retronegrolegendarios contra la URSS ganan por goleada. Sobre todo en la etapa estalinista, cuyos libros no negrolegendarios se cuentan con los dedos de la mano.

Algunos me han acusado de ser estalinista. Y lo hacen como si eso fuese un insulto. Pero en realidad yo tengo de estalinista lo que tengo de aristotélico o de platónico. Es decir, admiro a Stalin como puedo admirar a Platón, Aristóteles y a Espinosa, o como pueda admirar a Alejandro, a Julio César, a Hernán Cortés, a Carlos I, a Felipe II y a cualquier otro gran estadista de la historia. Es decir, de la historia, que se señale esto; porque estos personajes son historia (reliquias y relatos) y no seres vivos que a día de hoy gobiernen. No se puede ser estalinista en 2019, ni franquista, ni platónico o aristotélico. Pero sí podemos admirar a Stalin, a Platón o a Aristóteles. Ser estalinista es un anacronismo. Otra cosa es que se elogie su obra, teniendo en cuenta también sus atrocidades y atropellos, que los hubo como en cualquier régimen y más en esa época. También hay que tener en cuenta, como buenos materialistas, que nada sale de la nada, y que el estalinismo (como el franquismo) influye en la actualidad; ahora bien, nosotros, en nuestro presente en marcha no podemos influenciar en el estalinismo ni en franquismo, aunque éstos de algún modo influyen en nosotros.


IV. La lógica del Terror


Pues bien, el caso es que todas las atrocidades (estrictamente no todas, pero sí las fundamentales, esto es, las que mayor impacto o repercusión política alcancen) pueden (y aquí está la clave) resultar prudentes para la defensa de un Estado o de un régimen político (en el caso soviético se trataba ni más ni menos que de un Imperio). Tales atrocidades pueden resultar prudentes o… ¡puede que no! Pues no toda atrocidad ayuda a la perseverancia de un Estado o Imperio (véase el caso de la Alemania nacionalsocialista, y a la larga de la propia Unión Soviética que se derrumbó en 1991, aunque sí sirvió para vencer al Eje en los años cuarenta y evitar la colonización del país, lo que no fue ni mucho menos un mérito pequeño).


Puede resultar prudente o no; es decir, no es algo necesario. Necesario significa no poder no ser. Lo posible está entre el ser y el no ser. Esa es la cuestión, que decía el clásico.


Pero no se trata de la masacre total, como muchos dicen a tontas y a locas. Porque no hubo masacre total. Es decir, las purgas no acabaron con 66 millones de personas (como decía Solzhenitsyn en 1967, basándose en los estudios estadísticos de un tal I. A. Kurgánov cuya identidad desconozco) o 62 millones como afirman en 1997 Per Ahlmark y Rudolfh Rummel (cifra dada por buena de modo acrítico por Federico Jiménez Losantos). Ese mismo año salió en Francia el ínclito ladrillo titulado El libro negro del comunismo, dirigido por Stephan Courtois, donde, con fervor negrolegendario realizado con la fe del converso (al parecer todos los autores militaron en el Partido Comunista Francés), dejaron la cifra de muertos por el comunismo en todo el mundo en 100 millones (20 millones en la URSS siguiendo a Conquest y negando a Solzhenitsyn). Cifras absurdas que, de haber sido así, la URSS nunca podría haber ganado la guerra ni organizar una cosa tan compleja como un Imperio. Y hablamos de un Imperio generador, no ya de un depredador como lo era el británico; sin perjuicio de que un Imperio generador no es generador absolutamente ni un Imperio depredador es depredador absolutamente, cosa obvia. La distinción imperio generador/imperio depredador que ofrece Gustavo Bueno en España frente a Europa no significa que el primero sea bueno y el segundo «malo malísimo». No se trata de una distinción maniquea. Un Imperio generador también puede dejar millones de muertos (eso depende de la coyuntura). En España frente a Europa Gustavo Bueno deja en negro sobre blanco importantes páginas al respecto.


Tampoco fueron masacradas 20 millones de personas, como defendía Robert Conquest en El Gran Terror en 1968. Conquest no podía saberlo, nadie es tan brillante. Frente a Conquest hay que decir que estrictamente no era un historiador sino un ideólogo al servicio de la CIA estadounidense.


La cifra más aproximada es la que ofrece Viktor Zemskov, una vez que se desclasificaron ciertos archivos soviéticos tras la caída de la URSS: 1.400.000 (700.000 sólo en los años 30 con el Gran Terror). Una cifra tremenda, ¡ojo! A la que hay que sumar entre 5 ó 10 millones de muertos de hambre (aquí las cifras bailan más), ya fuese por la internacionalizada guerra civil, por la deskulakización o por la Segunda Guerra Mundial y la represión de las tropas del Eje. También hay que sumar a las víctimas de los gulags que no llegaron a morir. Se dice que el Gulag alcanzó su apogeo en los años de la Gran Guerra Patriótica con 5 millones de presos (ojo, más o menos el número de presos que hay en las cárceles actuales de Estados Unidos).


Pero no se trataba de una masacre total, pues hablamos de una población de aproximadamente 170 millones de habitantes (a finales de los años 30). Es decir, si nos referimos a una cifra que oscila entre 10 y 15 millones de personas represaliadas o afectadas (por hambre, encarceladas o directamente ejecutadas) se queda entre 5 o 10%. Nada de masacre total, pero sí de las mayores masacres que el mundo ha tenido noticia. Pero por entonces atrocidades así no sólo se llevaron a cabo en la URSS.


Además hay que tener en cuenta el número de vidas que se salvó gracias al sistema soviético con la defensa del país ante el avance de los ejércitos alemanes, italianos, rumanos e incluso españoles (la muy estimada División Azul). Hay que saber qué es la Osoaviajim y otras instituciones que organizaron una magnífica defensa (que fue ampliamente aplaudida por Roosevelt y Churchill en sus cartas -es decir, en privado- a Stalin). Dicho de otro modo: no se trataba sólo de cometer actos viles (¡pues claro que los hubo, y a miles!), pues también se llevaron a cabo actos heroicos. Pero -como digo- no sólo los soviéticos llevaron a cabo las mayores atrocidades, pues también los alemanes las llevaron a cabo, y no digamos británicos y estadounidenses (y otras naciones implicadas en el conflicto también hicieron lo suyo).


No obstante, para entender bien lo que pasó en la Unión Soviética, a nivel de dialéctica de clases, desde la Revolución de Octubre hasta la muerte de Stalin hay que saber lo que es el «Segundo período de desórdenes»; y también hay que tener muy en cuenta, a nivel de dialéctica de Estados, la «Segunda Guerra de los Treinta Años» (como la llamó Churchill). Estamos pues en el momento de las mayores atrocidades de la historia en todo el mundo. La Unión Soviética no fue una excepción, si bien su situación interna era mucho más complicada que la de británicos y estadounidenses (mucho más cómoda era la de los últimos con su «aislacionismo»).


Advierto que con este tipo de cosas siempre hay que matizar. Pocas palabras pueden malinterpretarse y como doy muchas cosas por supuestas no todo el mundo tiene que saber a qué me refiero. Si en tiempos de paz (que no eran tales porque los bolcheviques tuvieron que librar tres guerras civiles) no hubiesen hecho lo que hicieron entonces en tiempos de guerra mundial hubiesen sido presa fácil del Eje, y quién sabe si el Imperio Británico y Estados Unidos hubiesen tomado parte del pastel (pero eso son ucronías).


V. Los crímenes de las potencias democráticas


Pero resulta que las mayores atrocidades no las llevó a cabo la Unión Soviética sino el Imperio Británico y Estados Unidos (que venció en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría, en caso de haber vencido la URSS posiblemente hubiese cometido mayor número de crímenes, porque eso es lo más lógico). Me remito al capítulo «Los crímenes de los buenos» de mi crítica al libro de Federico Jiménez Losantos. También fue brutal la guerra y la represión de Japón en el sudeste asiático. También en China se cocían habas. ¿Dónde no?


Aquí sólo voy a referirme a una cosa que no sabía mientras elaboraba las críticas a Escohotado y Losantos que he leído en el libro Así se domina el mundo del coronel Pedro Baños. Resulta que en tres años (de 1950 a 1953) la aviación estadounidense arrojó la escalofriante cifra de 650.000 toneladas de bombas sobre Corea del Norte, incluyendo más de 35.000 toneladas de napalm, que redujeron a escombros unas 600.000 viviendas, 5.000 escuelas y 1.000 centros sanitarios. Baños afirma que sobre Corea del Norte se arrojaron más bombas que en todo el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y se destruyeron más ciudades que con los bombardeos a Alemania y Japón (¡y ya hay que arrojar bombas!). Un 20% de la población norcoreana quedó aniquilada (ya en el porcentaje es más que la represión soviética, en proporción). Para que nos hagamos una idea de la masacre (tampoco total, pero un 20% es una barbaridad) -afirma Baños- el porcentaje de la población británica fallecida a causa de los bombardeos alemanes fue un 2% (¡que ya es muchísimo!).


Eso hicieron en Corea del Norte (que durante la época de Baby Bush fue situada en el «eje del mal»); por no hablar de las atrocidades cometidas en la India (las hambrunas durante el dominio británico), en China (un bloqueo impuesto por Estados Unidos que mató de hambre a muchos chinos), no digamos en Vietnam (que tuvo que soportar una guerra de treinta años contra franceses y americanos), en África (que fue esquilmada), en Hispanoamérica (Operación Cóndor), etc., etc.


Todo Imperio debe basarse en ello para lo mismo. ¡Cómo si no! Aunque, eso sí, después estos señores y sus apologetas se declaran amigos del comercio, la democracia y la libertad. Y acaso dicha trinidad sólo es posible mediante la fuerza de unas sociedades políticas frente a otras y en el seno de cada sociedad, y no mediante la paz, la armonía y la concordia. Eso lo dejamos para los pensadores Alicia, que son legión.

Frente a lo que vulgarmente se dice, o simplemente se ignora, Estados Unidos y Gran Bretaña sí cometieron crímenes contra su propia población. La explotación capitalista en Inglaterra fue brutal, mucho más dura que la explotación del feudalismo (al menos durante el siglo XIX); y no ya porque lo diga Engels en su famoso libro sobre el asunto. No interesaba matar porque se prefería la mano de obra y el contexto nacional e internacional era bien diferente al de la Unión Soviética.


Estados Unidos, por su parte, ha tenido un problema de racismo que no se ha resuelto hasta los años 60 y 70 y que, de algún modo, a día de hoy perdura. Y eso es una mancha para un país que presume de ser el abanderado de la democracia y de los derechos humanos.


Si Estados Unidos ha tenido la prosperidad que ha tenido es por su despliegue militar y tecnológico en varias zonas del planeta, y no por el fundamentalismo democrático y la sacrosanta libertad. Aunque el estilo de vida americano (la famosa american way of life) se ha extendido a buena parte del planeta, fundamentalmente en Europa (¡no digamos en España!). Esto hace de USA un Imperio generador, aunque lo afirmamos con reservas (como con reservas también hay que diagnosticar así a la URSS). El problema es que Estados Unidos aún persevera en el ser y hasta que no concluya su ciclo histórico no se puede valorar en su justa medida o con más o menos rigor si se trató de un Imperio generador o depredador o ambiguo. La verdad es el resultado, que decía Hegel. Aunque sin duda cabe hacer un balance, porque desde que es primera potencia mundial ha llovido.


En China la revolución del 49 sirvió para liberar al país de la dominación colonial occidental. Lo que sin duda es un gran mérito. Desde las guerras del opio China fue expoliada y literalmente envenenada. Sufrió lo que ellos llaman «el siglo de las humillaciones». Tras la revolución (la independencia) sufrió un bloqueo por parte de Estados Unidos, como ya hemos comentado. Aunque es justo recordar que los comunistas chinos tuvieron que contar con eso a la hora de sublevarse.


VI. El mito del comunismo


El comunismo, frente a lo que pronosticaba Marx, sólo triunfó en los países orientales (y en Europa del Este por el avance militar de la Unión Soviética y no por revoluciones desde la lucha de clases). Cuba es una cosa, digamos, más bien sui generis. A mi juicio el gran mérito de los soviéticos fue vencer en la Segunda Guerra Mundial e impedir la colonización del antiguo país de los zares (cosa que también intentaron los estadounidenses, con Zbiegniew Brzezinski a la cabeza, cuando se derrumbó la URSS y que impidió de modo contundente los gobiernos de Putin, que ya sólo por eso es un Grande).


Respecto al mesianismo del comunismo (la revolución mundial, la abolición del Estado proletario tras la destrucción del Estado burgués con el consecuente comunismo final y el fin de la explotación del hombre por el hombre) hay que decir que es un planteamiento triturable de manera incontestable. Se trata de una escatología, cuyo punto omega no sería un Dios hipostasiado en una dimensión supraceleste sino un Género humano hipostasiado a ras de tierra aunque con viajes espaciales hacia la conquista del universo: el «hombre total».


En mi tesis doctoral me dedico, con el correspondiente rigor que la ocasión merece, a criticar semejante locura objetiva. De hecho la doctrina del «socialismo en un solo país» es una corrección (parcial, eso sí) a esos delirios de grandeza escatológica del comunismo final. Lenin se hizo momia pensando en el triunfo de la revolución mundial, aunque fue muy crítico con el desarrollo de los acontecimientos, y ya la NEP fue poniendo las cosas en su sitio (no hay caminos utópicos en la política real). Trotsky se murió pensando en el triunfo de una irrelevante Cuarta Internacional. Estaba con el piolet de Mercader clavado en el cuello y el hombre seguía erre que erre con la revolución permanente y mundial.


Frente a la escatología del comunismo a la altura de 2019 sólo cabe una carcajada. Aunque hay que reconocer que sin tal idea-fuerza Lenin nunca hubiese llevado a cabo el asalto al Palacio de Invierno, pues creía que después de Rusia la revolución se propagaría a Alemania y después al resto de Europa y del mundo. Kámenev y Zinoviév sostenía que no estallaría tal revolución, y tenían razón (en enero de 1919 se pudo ver perfectamente en Alemania, como volvería a pasar en la Acción de Marzo de 1921). Stalin dudaba. Y andando los años en el ejercicio de la política real tuvo que invertir buena parte de los contenidos del marxismo-leninismo y desvincularlo, no del todo en la ideología oficial del Estado soviético, del mito del proletariado universal, pues los proletarios de todas las naciones prefirieron luchar por sus patrias burguesas en las guerras mundiales.


La Primera Guerra Mundial fue la condición para la Revolución de Octubre. La Segunda Guerra Mundial supuso la consolidación del socialismo en un solo país o más bien la consolidación del Imperio Soviético (así como el nacimiento de la República Popular China). Y la Guerra Fría el ocaso, colapso y desplome de un gigante frente al cual hubo días en los que se estremeció el mundo.


Bibliografía


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-López Rodríguez, D. M., «Anti-Escohotado: crítica de la crítica acrítica», El Catoblepas, Nº 182, http://www.nodulo.org/ec/2018/n182p01.htm (con su correspondiente vídeo junto a Miguel Ángel Navarro Crego en: https://www.youtube.com/watch?v=yvp7wHYG2-c).

-López Rodríguez, D. M., «El libro negro de Federico», El Catoblepas, Nº 184, http://www.nodulo.org/ec/2018/n184p02.htm (con su correspondiente vídeo en: https://www.youtube.com/watch?v=6-uFc25IKUM).

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