2.6- ¿Qué hacer? El sujeto revolucionario: dialéctica de clases y dialéctica de estados.

Actualizado: 8 de mar de 2020

Por Jose Manuel Guirado Piñero


Resumen: A raíz de los últimos acotencimientos acaecidos en España, sobre todo a causa de las diferentes reformas laborales emprendidas por el bipartidismo PP, PSOE (ambas nefastas tanto para la patria española y su unidad nacional como para el proletariado), el intento de secesión por parte del catalanismo el día 1 de octubre, la situación de España en torno a la UE, o la sustitución por parte de las élites universitarias y políticas en torno al izquierdismo(enfermedad infantil) de la dialéctica de clases y de estados por la lucha de minorías con un claro marcado acento idealista y posmoderno, es preciso esclarecer a partir del análisis concreto de la situación concreta la coyuntura en la que se halla inmerso el sujeto revolucionario en España. Para ello partiremos desde los postulados del materialismo histórico y dialéctico acerca de la cuestión que nos atañe, y a partir del análisis que realizaron los principales exponentes del mismo(Marx, Engels, Lenin, Stalin) para elevar al proletariado a condición de clase nacional, se intentará dilucidar en la manera de lo posible y con el máximo rigor teórico la objetividad de unos hechos de vital importancia, siempre con cierta crítica (en sentido análitico) de algunos aspectos del mismo.

Palabras clave: Materialismo, Proletariado, Izquierdismo, dialéctica, patria.



I. Elección del título


El título elegido hace referencia al texto de Lenin “Qué hacer, problemas candentes de nuestro movimiento” en el que el autor confronta la problemática de la estrategia y organización que debe seguir todo movimiento revolucionario para alcanzar el poder. Recordemos que este folleto redactado en 1901 estaba destinado a desarrollar las ideas expuestas en el artículo “Por dónde empezar” (Iskra, Núm 4, 1901). Más de un siglo después, trataremos de analizar la situación del proletariado español, así como las posibilidades de que se pudieran desarrollar en el panorama actual situaciones revolucionarias.



I. 1 Toma de partido de una filosofía materialista


A la hora de abordar la situación del proletariado en España hemos de tener como base una filosofía materialista (frente a las filosofías espiritualistas, posmodernas o idealistas), pues pensar -como refería el propio F. Engels- es pensar contra alguien (nadie piensa desde el desde un punto de coordenadas cero o desde el vacío o incluso desde el cogito cartesiano), que nos permita analizar las condiciones materiales existentes para comprender la coyuntura teórico-práctica en la que se halla inmerso el sujeto revolucionario, creador del plusvalor (relativo y absoluto, abordados tanto por Marx como por Althusser). Aludimos al concepto de plusvalor como “la cantidad resultante de restar el valor producido en una determinada cantidad de tiempo y el salario percibido por el obrero, por el asalariado” (Santiago Armesilla Conde, Breve historia de la economía).


Es importante para ello tener en cuenta los conceptos de base o infraestructura y de superestructura que determinan todo orden social existente (Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico).


Frente a los idealistas, que tratan de cambiar la superestructura para determinar la infraestructura, los materialistas -en concreto el materialismo histórico y el materialismo dialéctico-, parten de la idea formulada por Marx en su obra “La ideología alemana”, según la cual “es la vida la que determina la conciencia, y no la conciencia la que determina la vida”, así como “es el ser social el que determina la conciencia, y no la conciencia la que determina el ser social”, debido a que es el “individuo humano viviente” el que al crear sus propios medios de vida, crea sus medios de vida materiales.


La desigualdad precisamente estriba según Marx en el inicio de la división del trabajo (que se va acrecentando hasta alcanzar su cénit con el capitalismo), así como en la propiedad privada (que no personal) de los medios de producción. Es precisamente la anarquía social de la producción, en la que el producto elaborado en las fábricas no pertenece a un sujeto en particular, debido a que ha pasado por una cantidad incipiente de obreros antes de ser vendido en el mercado. El propio Engels diferenciaba entre propiedad personal (típica de la edad media, sobre todo en los artesanos que eran dueños del valor de su producto) y la propiedad social antes descrita en el proceso de elaboración.


Por ello en el manifiesto comunista Marx establece que “la historia de las sociedad (y no de la humanidad como han traducido erróneamente algunas editoriales) es la historia de la lucha de clases", lucha de clases que dará surgimiento a la creación artificial del estado, del Leviatán como afirmaba Hobbes, ya que el estado es concebido precisamente como un instrumento de represión de una clase sobre otra (aunque no entendido a la manera de los anarquistas, sobre todo de Bakunin o Malatesta).


Es por ello que esta lógica dialéctica (frente a la lógica formal que excluye la contradicción, el no ser de Parménides) concibe la realidad en continuo movimiento, tal y como Engels lo plasma en su “Dialéctica de la naturaleza”. Todo nace, crece y perece, y es sustituido por algo superior. El propio Marx expone que el comunismo es el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual, y por tanto se concebiría como un progreso (una dialéctica lineal al más puro estilo hegeliano) de la historia con respecto de otros movimientos anteriores. Por lo tanto, para transformar la vida de los sujetos, del proletariado (pues frente al socialismo utópico de Charles Fourier, Owen o Saint Simon que se planteaban la idea de salvar al género humano, el marxismo propone emancipar a una clase, y en este caso la clase obrera) es necesario abolir la infraestructura. En cuanto a la base, esta está conformada por las relaciones sociales de producción (capitalista-obrero) y las fuerzas productivas, mientras que la superestructura es un epifenómeno, en el que entraría la ideología, la religión etc. La infraestructura será precisamente lo que determine la superestructura.



I. 2 ¿Son todas las situaciones revolucionarias?


Sin duda, España es actualmente una democracia burguesa, una monarquía parlamentaria en la que impera la socialdemocracia (como modelo hegemónico en Europa) basada u orientada en una economía social de mercado completamente desmarxistizada tal como recoge la infame constitución de 1978 elaborada por los padres de la patria para vergüenza y bochorno del PCE.


Es incluso hilarante escuchar a algunos antiguos dirigentes, y me estoy refiriendo en particular a Julio Anguita, quien se reclama comunista, afirmar que se conforma con que se cumpla a rajatabla lo redactado por la misma. Ello no es más que un revestimiento, una pátina de un encubrimiento socialdemócrata, como actualmente es la totalidad de partidos autoproclamados de izquierdas.


La propia constitución establece en el artículo primero que España es un estado social y democrático de derecho; es decir socialdemócrata. Una socialdemocracia, que desde el XXVIII congreso del partido socialista obrero español celebrado en Madrid (1979), y a cargo de Felipe González, abandonó la línea marxista, hecho que se fue gestando desde 1974 en Francia, en Suresnes. Cierto es que la socialdemocracia desde un primer momento, cuyo partido iniciático fue el partido socialdemócrata alemán, y el segundo el PSOE de Pablo Iglesias, abandonó la via revolucionaria propugnada por el marxismo (el propio Lenin tildará a estos de oportunistas, socialchovinistas y socialfascistas, así como a Kautsky de renegado).


Debido a que es imposible la unión de la izquierda, como el filósofo español Gustavo Bueno postuló y demostró en su libro “El mito de la izquierda” dado que la historia ha demostrado que las diferentes generaciones sucesivas de izquierdas son incompatibles (ejemplo de las disputas entre comunistas y anarquistas en la guerra civil, en la guerra civil rusa etc) el comunismo negará la distinción entre izquierda y derecha por ser una distinción burguesa, tal como explicó Lenin en “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” y la sustituirá por comunismo vs capitalismo.


Será el propio Lenin quien en “La bancarrota de la II internacional” señale la traición de los socialdemócratas con respecto a lo pactado en el congreso de Basilea, en el que se acordó no entrar en guerra, pues la guerra es “imperialista y de rapiña (Tesis de abril, Lenin), y la socialdemocracia fue finalmente quien aprobó los créditos de guerra, además de asesinar a Rosa Luxemburgo y dejar su cuerpo a la merced de las aguas de un río. Precisamente en esta obra, Lenin explica la coyuntura o no de una situación revolucionaria.

Para que una situación sea revolucionaría se precisa de una serie de condiciones.

Primero, que haya un debilitamiento de la fuerza social dominante por incapacidad manifiesta de imponer su fuerza; segundo, que se produzca un agravamiento de la condición de los explotados, tanto del campesinado como del proletariado industrial, y tercero, que la situación sea insostenible, pues será precisamente en la Primera guerra mundial cuando los bolcheviques tomen el poder, pues si no hubiera acontecido dicha situación habría sido prácticamente imposible lleva r a cabo dicha empresa, debido a la presión ejercida por el resto de estados (como de hecho ocurrió en la guerra civil rusa, donde más de diez naciones se aliaron para atacar a los bolcheviques, además de la figura del reaccionario A. Kolchak). Así mismo puede ocurrir que una situación sea revolucionaria pero no cristalice causada por la incapacidad de organización de los movimientos obreros (así ocurrió en 1905 en Rusia).



I. 3 ¿España: tradición revolucionaria?


Lenin también hace hincapié en que no todas las situaciones son revolucionarias, y en concreto, actualmente, en España no se encuentra dicha coyuntura. Ello se debe, sobre todo, a que no se cumplen todas las condicionas requeridas por el autor. En primer lugar, no hay un debilitamiento por parte del poder imperante, sino al revés, un fortalecimiento del mismo, tal como se demuestra en el aumento del número de ricos y multimillonarios en los últimos años, o que en la última crisis se rescatase con dinero público a las entidades bancarias. Así mismo, es falso también que haya una opresión por parte del estado español sobre Cataluña, pues según demuestran las cifras, es precisamente en esta comunidad de España donde la burguesía tiene un mayor poder adquisitivo, región más rica de España, y región donde el número de ricos es superior en más de un 20% con respecto de la segunda comunidad más rica de España, que es la comunidad valenciana. En cuanto a la segunda condición es patente el agravamiento de la clase obrera, mermada sobre todo por las diferentes leyes laborales, las cuales han recortado sucesivamente derechos tanto cuando ha gobernado el PSOE como cuando ha gobernado el PP, así como sería de la misma manera si gobernara la derecha liberal conservadora (VOX) como si gobernara el liberalismo tibio de CS, o el populismo posmoderno de Unidas Podemos. Con respecto de este último partido, hay que recordar que a partir del célebre 15M no se ha producido ni siquiera una manifestación de trabajadores, con lo que han debilitado los lazos y vínculos existentes de la clase obrera diversificándolos en luchas minoritarias basadas en la concepción de poder transversal de Foucault, así como en el filósofo Ernesto Laclau (La razón populista), o el concepto de hegemonía cultura de Gramsci. Bien describe ello en su libro Daniel Bernabé: La trampa de la diversidad. Así mismo, el PSOE de Felipe González fue el partido que llevó a cabo las privatizaciones masivas de la mayoría de empresas que eran públicas, como Telefónica, o que nos metió en la OTAN, entre otras cosas.


Ello no implica que España haya sido un país carente de revoluciones, ni mucho menos, aunque lo afirme el propio Trotsky en su obra: La revolución española (1930-1939) en la que sugiere la inexistencia de operatoriedad por parte de las fuerzas revolucionarias ante la dictadura de Primo de Rivera, además de otros disparates como el de argüir que el mayor aliado de Francisco Franco fue J. Stalin. Sin embargo, disponemos de los escritos de Karl Marx y F. Engels sobre España, en la que señalan los diferentes periodos revolucionarios de la misma durante el siglo XIX (y aún con anterioridad, pues Marx señala que hubo alzamientos insurreccionales en el siglo XIV contra Juan II y Don Álvaro de Luna, en el siglo XV contra Enrique IV y su camarilla Don Juan Pacheco, y también contra Carlos II, cuando se subordinan contra la camarilla de la reina formada por la condesa de Barlepsch, y los condes de Oropesa y Melgar). El propio Marx analiza como forma revolucionaria la constitución de las cortes de Cádiz (1812) que se vería truncada posteriormente por Fernando VII, (aunque estas cortes que tienen su origen en las concilia medievales tendrán elementos franceses pero también de tradición española, por lo que serán de gran originalidad) que se hallaba recluido durante la Guerra de la independencia (1808-1814) en Francia, tras el infame tratado de Fontainebleu. Será, precisamente durante la guerra de la independencia cuando se produzca el hecho decisivo de la conformación de España como nación política (como indica Gustavo Bueno), y esta será la segunda generación de izquierdas definidas, la liberal, que se oponía tanto al invasor francés como al monarca español. Después de este tenemos el Trienio Liberal de 1820-1823, así como la Revolución liberal- progresista que abarca desde 1834 a 1843, y por último el Bienio progresista de 1854 a 1863. Por lo tanto, podemos decir que en España sí hubo una verdadera revolución burguesa, tiempo este de las revoluciones establecido por Lenin desde 1789 (revolución francesa) hasta 1871 (La comuna de París, que abordaron tanto Marx como Engels, como el citado Lenin, en la el proletariado era la principal fuerza revolucionaria).