3.8- ¿Quiénes son los amigos de los «pueblos» y cómo engatusan a los comunistas?

Actualizado: mar 7

Por Iván Álvarez Díaz

Resumen: En este escrito se pretende poner encima de la mesa algunas ideas relacionadas con las ideologías nacionalistas, su disfraz democrático y la relación insana que se ha tenido con ella desde posturas marxistas. Se aboga en el texto por destapar las connotaciones reaccionarias que se ocultan bajo la retórica popular y populista de los nacionalistas de patria chica, así como también cribar los estándares de los clásicos marxistas a este respecto, ya sea en cuestiones teóricas o de acción práctica. La tarea de los comunistas españoles pasa por tener en cuenta las identidades y las ideas de los trabajadores españoles, pero evitando siempre caer en los vicios identitarios de los mismos. Ya no se trata por tanto de canalizar los movimientos nacionales de cara a una revolución, sino de canalizarlos a la vez que se disuelven en la proyección y acción comunes, algo que nunca se ha logrado eficazmente, contribuyendo a la liquidación de proyectos políticos socialistas.

Palabras Clave: amigos de los pueblos, dialéctica de clases y de estados, nacionalismo, cultura, globalización.



I. Introducción


Entre la primavera y el verano de 1894 V.I. Lenin escribió una de las primeras grandes obras de su temprano pensamiento político: ¿Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas? En esta obra Lenin se lanza contra los populistas, mostrando el carácter reaccionario de su ideología, sus tergiversaciones de la doctrina marxista y cómo frenaban la lucha del proletariado ruso. Podría hacerse un paralelismo en la actualidad, haciendo las críticas oportunas a la socialdemocracia —lo que queda de ella—, o a las izquierdas indefinidas. Sin embargo, quisiéramos continuar la línea trazada en el artículo Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España» (nº2 de La Razón Comunista), donde establecemos que a la hora de plantear la cuestión nacional no debemos partir de la impostura de contemplar la existencia, en el mundo occidental más desarrollado, de naciones culturales, pueblos, bien definidas y diferenciadas unas de otras. Concluimos en aquel texto también que el establecer la existencia de marcos culturales reducidos, de proyección regional, no se corresponde con la realidad del capitalismo global, y no puede ser la respuesta a un análisis que parta del método dialéctico. Esto es fundamental, pues debemos prevenirnos del repliegue identitario al que tienden muchos comunistas e izquierdistas varios cuando asumen categorías cada vez más obsoletas.


Un fino hilo que recorre ese mismo artículo apela al atrevimiento de atizar a los referentes, y confrontar nuestras ideas con las de los clásicos marxistas. Es necesario darle una vuelta de tuerca a lo ya escrito. Es lo que hemos hecho en Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España», si prestamos atención nos daremos cuenta de que hemos atajado la concepción de «comunidad de cultura» de Stalin, y lo hemos hecho con argumentos empleados por el propio georgiano. En ocasiones los árboles no dejan ver el bosque, el triunfo revolucionario de los bolcheviques les convierte en autoridad, pero no convierte en oportunos o acertados todos sus análisis y procederes en cuestiones tácticas. Debe decirse también que es lógico y normal que establezcamos paralelismos entre la sociedad que nos rodea y la sociedad que describían nuestros referentes. Si leemos un texto estaliniano sobre el nacionalismo ucraniano, por ejemplo, es normal que nos venga a la mente la problemática actual con el nacionalismo catalán, pero esto presenta una trampa a evitar a toda costa: puede que acabemos equiparando situaciones, y no comparándolas. Sofismo barato el que pretende tomar como ejemplo situaciones pasadas bien diferentes a las actualmente afrontadas, y trasladar mecánicamente análisis y conclusiones de unas a otras. Cada caso particular tiene sus antecedentes históricos concretos, y establecer paralelismos entre ejemplos arbitrariamente escogidos es una práctica tan estúpida como manida. Por lo tanto, comenzaremos este artículo dándole alguna vuelta a cuestiones tácticas y analíticas que deben debatirse.


De la misma manera que hay que destapar a los populistas de todo pelaje, como hiciera Lenin con los «amigos del pueblo», se debe desenmascarar a los nacionalistas que se visten de rojo y dicen luchar por la liberación de una nación oprimida, a «los amigos de los pueblos». Nos referimos pues a los «antisistema de bandera autonómica» que, partiendo de premisas etnicistas y esencialistas, se arrogan la facultad de ser los verdaderos internacionalistas y los que han comprendido la tesis leninista del derecho a la autodeterminación. En esta categoría no solo entran los abertzales («Patriota» en euskera, palabra tan afeada para los españoles como bien vista para nuestros amigos vascos), o los independentistas catalanes o gallegos, sino también los comunistas que se tragan con gusto la romantización de los pueblos, más o menos conscientemente. Urge desvelar la estafa del trile. La pelota en juego es una de las ideologías más reaccionarias de la historia —el nacionalismo étnico—, y se ocultará bajo cubiletes tintados con ideas y propuestas en abstracto cuyas connotaciones son positivas: soberanía, democracia, libertad, defensa de nuestra cultura o preservar nuestra identidad. Basta con hacer un juego de manos y nadie encontrará la pelota de la reacción.



II. Nacionalismo: identidad cultural y revolución


En El marxismo y la cuestión nacional (1913) Stalin nos brinda una idea reseñable: el proletariado consciente no puede colocarse bajo la bandera del nacionalismo; a mayor implicación con el nacionalismo, particularista y excluyente, menor conciencia de clase, universal e incluyente. Si bien es cierto que siempre han existido organizaciones y partidos comunistas, socialdemócratas radicales y de todo el espectro izquierdista, que han conjugado regionalismo o nacionalismo con socialismo (en todas sus acepciones), parece que siempre lo han hecho supeditando la emancipación obrera a la liberación nacional. Quien no tiene fuerzas para la revolución social, frena, y se conforma con la revolución nacional, donde no llega con el socialismo intenta llegar con el nacionalismo. Cuando no puede hacer frente al Estado por mor de la emancipación de la clase trabajadora, se enfrenta apelando a una minoría nacional.


Pero es cierto que en ocasiones la fórmula nacional tiene un carácter revolucionario, cumple una función aglutinante de amplias capas de la población y las moviliza (como señala Daniel Bernabé, aunque más adelante haremos un inciso), pero siempre cuando la clase no es un adhesivo suficientemente potente. Un ejemplo: los sandinistas estaban divididos en varias tendencias, de marxistas a liberales, el factor en común era la nación, a la que había que liberar del yugo somocista y sus amos estadounidenses. La lucha por la soberanía nacional es formalmente revolucionaria cuando sirve para sacudirse el yugo de un tirano o un régimen colonial. Nicaragua estaba sometida militarmente por una Guardia Nacional fundada, adiestrada y abastecida por el ejército yanqui, expoliada por las corporaciones americanas y con una democracia formalmente parlamentaria pero realmente tiranizada por Tachito Somoza. La reivindicación nacional aquí es pertinente, como en todos los procesos de descolonización.


En el caso español tenemos regiones donde el nacionalismo no funciona como reivindicación frente a una dictadura ni para recuperar una soberanía nacional perdida, por mucho que a algunos les guste remontarse a 1714 o 1512. Los nacionalismos vasco y catalán surgen en momentos de distaxia del Estado español, a finales del siglo XIX. Cataluña o País Vasco no son ducados o territorios incorporados por la nación española, sino que participan activamente en la formación de la misma cuando se constituye en nación política, moderna, como uno de los restos del Imperio Español. Participan en las Cortes en igualdad con el resto de las regiones de España, y no solo eso, sino que son las regiones más favorecidas por el cierre del mercado nacional. No son, por tanto, y esto es un aviso a navegantes, ejemplos equiparables a los que se puedan dar en Europa oriental también a finales del siglo XIX. Ni eran ni son colonias, ni ducados dependientes de una autoridad imperial, como tampoco regiones segregadas y disminuidas políticamente, sin opciones de representación en el parlamento nacional. No existe una historia nacional arrebatada, y sorprende que destacados comunistas en la historia de nuestro país se hayan tragado las mentiras nacionalistas porque se les han presentado como alternativas democráticas a la España oscura y autocrática. Si España es un artificio y una farsa histórica, debemos decir que vascos y catalanes han sido una parte fundamental de la misma, y es algo que ningún discurso puede borrar, como mucho ocultar.


Es cierto que en algunos momentos de la historia de España se cometieron barbaridades y abusos terribles para frenar a los movimientos nacionalistas de estas regiones, y no debemos caer en la apología de la represión con tal de no hacer ni una concesión a los nacionalistas. Sin embargo, represión contra movimientos políticos que hacen peligrar la integridad del Estado ha existido siempre, también en el socialismo, lo cual no convierte a los territorios reprimidos en colonias. La Guardia Civil y la Policía Nacional han reprimido huelgas y manifestaciones desde Coruña a Murcia y desde Girona a Cádiz. Es ahí, en la respuesta a la represión donde los nacionalismos fragmentarios tienen un componente de contrapoder, contestatarios, aunque en última instancia son el anclaje de ideas reaccionarias. Veamos por qué.


Mientras Lenin juzgaba a los populistas amigos del pueblo por considerar que las naciones son generalizaciones de los nexos gentilicios, sin tener en cuenta que la edificación nacional se sustenta principalmente sobre el intercambio entre regiones, en nuestro tiempo tenemos a quienes defienden la existencia de pueblos o naciones culturales en base a características étnicas «artificialmente generalizadas», siendo el pertenecer a ese pueblo una cuestión de pedigrí: tener apellido oriundo del lugar, participar de ciertos ritos o tradiciones o incluso adscribirse a cierto movimiento político de corte nacionalista. Como hemos visto en Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España» estas ideas son peligrosas, y desde luego incompatibles con un programa de acción internacionalista, pues establece unas barreras entre el «nosotros» y el «ellos» difíciles de salvar. Sin embargo, el repliegue identitario es una resistencia a la lógica universal del capitalismo, opera como rasgo anticapitalista, pero diríamos que en una dirección opuesta a la conveniente, pues como decimos es un repliegue, y no un avance.


Pongamos un ejemplo: en 2003 vio la luz el documental La Pelota Vasca: la piel contra la piedra, de Julio Medem. Es un documento audiovisual muy interesante, y altamente recomendable para nuestros lectores. Al principio del mismo aparece entrevistado un reconocido actor de la escena política española: Arnaldo Otegi. Plasma el líder abertzale una idea muy común y extendida entre los amigos de los pueblos:

El día que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías, y se oiga música rock americana, y todo el mundo vista ropa americana, y deje de hablar su lengua para hablar inglés, y todo el mundo en vez de estar contemplando los montes esté funcionando con Internet, pues para nosotros ése será un mundo tan aburrido tan aburrido que no merecerá la pena vivir.

Hagamos una serie de comentarios a este respecto:

1º. / Eres un aburrido y un ñoño, Arnaldo. En Internet puedes encontrar toda la información que quieras sobre los montes: rutas, sendas ciclables, fauna, flora, patrimonio... Eres un neoludita. Internet conlleva numerosos riesgos, pero nos acerca a propios y extraños, permite acciones conjuntas y compartir información y conocimientos a niveles nunca vistos.

2º. / Arnaldo, llegas tarde. En Zubieta y Lekeitio seguro que sonaba rock radical vasco, con influencias musicales del ska jamaicano (y por ende africano) y punk y heavy metal anglosajones, todo ello aderezado, eso sí, con euskera y letras sobre los problemas que concernían a los vascos. Por no hablar de lo ecléctica que ya de por sí es la música rock. Y mejor todavía: también sonaba en Madrid, Asturias, Andalucía... Sin darse cuenta, Otegi nos ha expuesto la idea de solapamiento entre culturas, objetos culturales que recorren todo el Globo, lenguas universales que no tienen una relación simétrica con las regionales, etc... no existen las «comunidades de cultura» estáticas y puras. Estamos constantemente culturizándonos en este totum revolutum, y la alternativa que nos ofrecen los amigos de los pueblos es una sustancia cultural vasca, asturiana, catalana... española... que merece el esfuerzo de restituir una especie de comunidad precapitalista, sin globalización, donde nos somos ajenos unos a otros, donde los asturianos celebramos el Samhain, no Halloween, porque nuestras raíces son celtas, y lo yanqui es algo postizo, no original: Ein Volk, ein Reich, eine Sprache, eine Folklore; un pueblo, un reino (Estado), una lengua, un folclore. Es el sueño húmedo de los amigos de los pueblos, altermundismo pseudoracista.

3º. / Como hemos comentado en nuestro anterior artículo, los amigos de los pueblos consideran que su cultura son sus rasgos particulares, los hechos diferenciales de su región, pero realmente en el mundo occidental —y no tan occidental— todos estamos inmersos en modos de vida y de ver el mundo notablemente estandarizados y extendidos por doquier: contamos nuestra vida por redes sociales, hacemos del móvil un apéndice del cuerpo, sacamos nuestro alimento de las estanterías del supermercado, escuchamos los diferentes estilos de música pop occidental, cada vez somos más ateos pero más fervorosos creyentes en los mercados y otras nuevas supersticiones, elegimos la ropa hecha en Birmania y la compramos cada vez más orientados a nuestro Personal Branding y no por funcionalidad, vemos el fútbol, leemos la prensa rosa, nos enganchamos a los minutos de odio del telediario, trabajo de día, sofá o gimnasio de tarde y sueño americano de noche. Esa es nuestra cultura, nuestro modo de vida, nuestro mundo. Eso es lo que nos define, y no tocar la txalaparta o la gaita. Nos hace menos especiales, pero ¿y qué?


No es casualidad que los amigos de los pueblos romanticen las comunidades rurales, sus tradiciones y el folclore. Hablamos de poblaciones más envejecidas, menos abiertas a las tendencias culturales más novedosas, donde más vestigios se ven de las formas de producción y vida tradicionales, así como también donde mejor se conservan las comunidades lingüísticas minorizadas por la acción holizadora de los Estados y el capitalismo. En realidad, la mayoría de la población española, salvo los extremeños, vive por norma en poblaciones urbanas o semiurbanas, donde los modos de vida y los hábitos están más estandarizados y son más intercambiables entre sí. De ahí que Otegi dirija la mirada a «los montes», porque mirar hacia Bilbao no es muy diferente de mirar hacia Gijón, y eso sería asumir que no son tan diferentes al resto. Con estas cuestiones analíticas no pretendemos convencer a todo el mundo, pero qué menos que los comunistas seamos conscientes de que arrastramos ideas de «cultura» y «pueblo» que mentalmente nos mantienen diferenciados de gente que en realidad es muy parecida a nosotros.


He aquí el engaño en el que muchos hemos caído y muchos caen; la defensa de las tradiciones, la cultura y la identidad se presentan como valores progresistas per se. Y ciertamente es fundamental que conservemos toda forma cultural, popular y tradicional, que nuestros antepasados han elaborado, pero para conocerla, no para considerarla acríticamente parte de nuestro patrimonio; no todo forma un patrimonio con el que debemos identificarnos y asimilarlo como parte de nuestra vida. Esto es algo que algunos nunca estarán dispuestos a asumir, y de asumirlo, lo harán, pero manteniéndose en su actitud onfalóscópica, siempre con un «¿Qué hay de lo mío?» en la boca ante cualquier propuesta política, sintiéndose siempre, como diría un amigo cubano de Otegi, como los últimos indígenas de Europa, resistiendo a la asimilación hispanoimperialista y preservando su personalidad nacional. Pero no debemos tener miedo a cometer agravio alguno contra estos etnicistas vestidos de rojo, pues toda concesión que hagamos ante su delirio identitario y altermundista será un agravio contra esa gente que ya está harta de que toda acción emancipadora tenga que pasar por el filtro nacional y tintada con los colores de una bandera. Así que, para terminar este apartado, recuerden que colocar estrellas rojas en las banderas no le exime a uno de ser poco menos que un racista.



III. Nacionalismo: agnosticismo y voluntad


Ya hemos visto a grandes rasgos quiénes son los amigos de los pueblos, ahora metámonos en cuestiones teóricas. A la hora de afrontar el problema de la cuestión nacional y los diferentes tipos de nacionalismo uno debe adoptar una postura agnóstica, no debe hacer suya una definición apriorística de lo que constituye una nación, como nos sugiere el historiador marxista británico Eric Hobsbawm en su obra de 1991 Naciones y nacionalismos desde 1790. ¿Y esto por qué? Porque el nacionalismo es un movimiento político donde a nivel sociológico no operan sujetos en posesión de definiciones objetivas de lo que es una nación. Los nacionalistas operan en términos vagos, y si bien podemos establecer una línea política donde se propugna una idea objetiva de nación (como hicieran los bolcheviques con la definición de Stalin), lo cierto es que las masas no se encomiendan a una concepción objetiva y pretendidamente materialista. Las masas se basarán en las manidas ideas de comunidad con una cultura especial, una lengua particular y que se identifica a sí misma como nación. La idea de nación imperante se parece bastante a lo que propone O. Bauer: la nación es una comunidad relativa de «carácter», entendiendo el «carácter nacional» como la suma de rasgos distintivos de los individuos que conforman esa nación. Queremos decir entonces que no se trata de tener una definición redonda y sin fisuras de nación, pues si no tenemos medios para influir en la conciencia de la clase trabajadora, el qué es una nación es un debate filosófico de mucho interés para académicos y tontulianos televisivos, pero no pasa de ahí.


Otro motivo para el agnosticismo nacional es la configuración de los movimientos nacionales, el nacionalismo no es una ideología que se manifiesta siempre de la misma manera, generándose una confusión que pocos teóricos marxistas han salvado. No es de la misma naturaleza ni tienen las mismas implicaciones políticas e ideológicas el nacionalismo doceañista de los padres de la Pepa, el nacionalismo de Sabino Arana, el de la filosofía Juche o el nacionalismo de los sandinistas nicaragüenses. Un ejemplo de confusión evidente es la reflejada por Daniel Bernabé en La Trampa de la Diversidad (2018), Bernabé plantea una obra donde analiza la atomización ideológica, considerando que la diversidad es una herramienta del capitalismo neoliberal. En su libro se considera a la religión, la clase y el nacionalismo como los principales agregadores de masas de los siglos XIX y XX. Y tiene razón en parte, los grandes Estados nación se configuran en el siglo XIX con el ascenso del capitalismo progresivo; pero Bernabé no se entera de la misa la media si no contempla los movimientos nacionalistas y regionalistas que también salpican esos dos mismos siglos, y que buscan la disolución de las naciones políticas consolidadas, atomizando en esferas identitarias a la clase trabajadora.


Preguntemos a los soviéticos o a los yugoslavos si el nacionalismo es agregador o disgregador; la respuesta siempre es depende de si nos situamos en el «nosotros» o en el «ellos», aunque podría decirse que el nacionalismo siempre es disgregador, pues en última instancia agrupa a las masas, pero siempre frente a terceros, y no con voluntad universal, como si hacen algunas religiones o el socialismo. Desde luego el nacionalismo es un movimiento político cuyo análisis requiere de superar las dicotomías del tipo «nacionalismo de nación oprimida» y «nacionalismo de nación opresora», pues existen proyectos políticos de nación pequeña desde luego mucho más nocivos y reaccionarios para el devenir de la clase trabajadora que los proyectos políticos de una gran nación. Si estamos de acuerdo en que la liberación nacional y luchas democráticas similares están supeditadas a la lucha de clases, siendo su función resaltar las contradicciones que se dan en la sociedad capitalista, la dicotomía opresora-oprimida es un eje importante, pero no puede ser el principal.


Debemos ser agnósticos, en definitiva, porque se tiende a considerar que la subjetividad de las masas es algo secundario. La política no es cuestión de sentimientos —se dice—, pero no debemos olvidar que la voluntad de amplias capas de la población, más o menos bien fundamentada, se materializa en proyectos políticos y en fluctuaciones sociales e históricas de todo tipo. Ciertamente las ideas emanan de la vida social, no al revés, pero eso no implica que las ideas tengan una importancia insignificante. Muy al contrario, y así nos lo recuerda Engels en su carta a José Bloch cuando dice que las ideas cohesionan y envalentonan a las personas, dejando su impronta en las sociedades de las que emanan. «Cultura» y «nación» son ideas fuerza, no necesitamos saber definirlas para estar dispuestos a derramar sangre propia y ajena por ellas. Por añadidura, la pregunta leninista que un comunista debe hacerse ante los conflictos nacionales es «¿Qué hacer para canalizar esa fuerza y organizar la revolución?»


Este es uno de los puntos fundamentales del debate marxista en torno a la cuestión nacional, pues a los movimientos nacionales se les presupone un componente democrático, chispazos de conciencia de clase, así como cierta funcionalidad de cara a una revolución socialista. Por ende, la voluntad y la subjetividad de las masas no debe ser algo desestimado. El tratamiento que debemos dar a la cuestión nacional es puramente tacticista, no seguir la corriente acríticamente. Esa es la tarea leninista, no el inventarse paralelismos entre 1917 y 2017 cogidos con pinzas y a partir de ahí sentenciar qué hacer. Lenin le da gran importancia al estado de ánimo de las masas, sabe de qué estado de conciencia parten, y no pretende resolver las contradicciones ni la conflictividad nacional en la sociedad burguesa, primero porque es imposible, y segundo porque le conviene dicha conflictividad de cara a organizar la revolución. De hecho, Lenin defiende el derecho de autodeterminación en cualquier etapa, ya sea antes o después de la revolución socialista, porque no le interesa alrededor de qué administraciones políticas se deben o no adscribir las comunidades, a Lenin le interesa la voluntariedad de adhesión y la igualdad entre las naciones. En su texto de 1916 Balance de la discusión sobre la autodeterminación, Lenin dice:

Los viejos “economistas”, que convertían el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para los marxistas “sólo” tiene importancia lo “económico”. Los nuevos “economistas” piensan o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sin fronteras (como un “complejo de sensaciones” sin la materia), o bien que las fronteras serán determinadas “sólo” de acuerdo con las necesidades de la producción. En realidad, esas fronteras serán determinadas democráticamente, es decir, de acuerdo con la voluntad y las “simpatías” de la población. El capitalismo violenta estas simpatías, agregando con ello nuevas dificultades al acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin la opresión clasista y asegurar el bienestar de todos los miembros del Estado, brinda plena posibilidad de manifestarse a las “simpatías” de la población y, precisamente como consecuencia de ello, alivia y acelera de modo gigantesco el acercamiento y la fusión de las naciones. (p.11)

En torno a este texto hay mucho que decir y mucho que matizar. El problema de apelar a la voluntad el pueblo como eje principal de un proyecto político, máxime si hablamos de poblaciones polarizadas, presenta ciertas lagunas, y nos puede incluso resultar contraproducente. Hagamos una pequeña chanza, la postura de Lenin en este texto podría evocar a la canción escrita por Walter Earl Brown y popularizada por Elvis Presley If I can dream. En la primera estrofa de dicha canción encontramos:

There must be lights burning brighter somewhere Got to be birds flying higher in a sky more blue If I can dream of a better land Where all my brothers walk hand in hand Tell me why, oh why, oh why can’t my dream come true

Debería saber Elvis, y por extensión Lenin, que lo que evita el sueño de que nuestros hermanos, proletarios de todo el mundo, se unan y vayan cogidos de la mano es la lógica de la dialéctica de Estados y de ideologías fraccionarias como el nacionalismo. El socialismo aparece en los textos como una especie de Deus ex machina que elimina las tensiones nacionales, o palia la lógica holizadora —y sus consiguientes resistencias— propia de los Estados nacionales. Pero hoy tenemos 100 años de perspectiva histórica que no tenía Lenin, nosotros sabemos que puede existir el conflicto fronterizo entre regímenes socialistas, o como ocurriera entre repúblicas y regiones de la URSS (Plokhy, 2017). Los movimientos nacionales y los separatismos no solo aparecen como opción reactiva a una opresión nacional evidente en un marco capitalista, sino que suelen asociarse a momentos de distaxia e inestabilidad política y económica de los Estados (en río revuelto, ganancia de pescadores). Han existido en la historia repliegues identitarios de carácter nacional en numerosos países socialistas y no siempre por la existencia de opresiones nacionales al uso, los casos más evidentes son los amagos separatistas que se dieron en la URSS a lo largo de toda su historia, precisamente en momentos de vulnerabilidad política. Por tanto, decir que el socialismo propiciará la simpatía entre pueblos por norma es una venta masiva de humo, máxime si en la fase socialista se transige con las reclamaciones de carácter identitario-nacional más allá de lo justo y necesario. De igual forma, como ocurre con la extinción del Estado, la idea de fusión de las naciones solo sabremos qué significa exactamente cuando efectivamente se produzca, si es que los amigos de los pueblos algún día lo permiten. Si las naciones son entes sujetos a las leyes de la dialéctica debemos asumir que tarde o temprano nuestra nación se disolverá —si es que no está disuelta ya—, llámese Catalunya, Asturies o España. Lo harán ya sea en capitalismo o en socialismo, y unas antes que otras. En torno al concepto de igualdad entre naciones no vamos a hacer grandes comentarios pues es pura metafísica, y quien no lo vea así es porque no ha entendido que las naciones son construcciones históricas, que se ven mutuamente influenciadas las unas y asimiladas las otras, y en esa medida es imposible una relación completamente simétrica entre naciones: unas tienen esferas de influencia mayores que otras, o parten de grados de evolución diferentes, tan simple como eso.


Se equivoca Lenin también al partir de una tesis de Engels que no es correcta. Lenin destaca en Balance de la discusión sobre la autodeterminación un pasaje de El Po y el Rin (1859) donde Engels afirma que las fronteras de los grandes Estados europeos históricamente viables están en buena parte determinadas por la lengua y las simpatías de la población. Realmente las fronteras no están autodeterminadas, sino codeterminadas por los Estados, he aquí la denostada dialéctica de Estados de nuevo. Los Estados son el instrumento que tienen las clases dominantes para apropiarse en primera instancia de un territorio y todo lo que hay en él. Por tanto, los límites de los Estados se marcan por la dialéctica entre distintas clases dominantes o facciones de las mismas y, por consiguiente, de Estados, no por las capas basales de la sociedad. ¿Cuántos ejemplos hay en Europa y en el mundo de comunidades lingüísticas partidas a la mitad por una frontera? ¿Y de comunidades con la misma lengua o muy similar entre las que no solo no hay simpatías, sino todo lo contrario? Además, error de bulto por parte de Lenin al separar las «simpatías» de las «necesidades de la producción» —o viabilidad económica—, como si no fueran ambas partes igualmente imprescindibles para la pervivencia de una sociedad política. No se trata de escoger entre priorizar la viabilidad económica o la simpatía entre las comunidades, porque la una sin la otra es efímera.


Por lo tanto, a la hora de afrontar el problema de la autodeterminación en España, no basta con lanzar un órdago del estilo «Cataluña no es una nación y por tanto no hay nada más que decir», ni tampoco «El pueblo catalán (siempre se les olvida decir una parte de) quiere separarse y por tanto los comunistas debemos defender el derecho a la autodeterminación para que vean que al menos los escuchamos». El primer órdago no aplaca a los nacionalistas, y el segundo órdago no tiene en cuenta todos los factores que debe valorar un marxista a la hora de establecer una táctica al respecto, está cayendo en seguir una corriente voluntarista. Parece que el conflicto nacional en España solo tiene dos partes, pero en el mismo participan agentes estatales y supraestatales de todo tipo. Así pues, y volviendo al principio, no basta con coger un ejemplo tratado por Lenin hace cien años y trasladar mecánicamente los razonamientos a nuestra época, estableciendo similitudes sin fundamento. Los acontecimientos históricos y las fluctuaciones que se dan en la política deben analizarse en su conjunto, estableciendo las conexiones pertinentes, analizando cada situación en su contexto. La tarea leninista es organizar la revolución socialista, y el derecho a la autodeterminación en España se defenderá si conviene o no, no en base a si desde un punto de vista analítico Cataluña o País Vasco son naciones, como tampoco por mor de las «simpatías», como si dada la situación actual diéramos por hecho que la única manera de que catalanes y madrileños se soporten —o tengan proyectos comunes— sea teniendo una frontera separándolos.


Así, la pregunta «¿Qué hacer para canalizar esa fuerza y organizar la revolución?» debe acompañarse de muchas otras, como «¿Conviene canalizar esa fuerza teniendo la certeza de que más pronto que tarde se dirigirá contra mí, como se ha visto en la Historia?», y otras preguntas no menos importantes: «¿Se puede canalizar a la vez la movilización de personas que defienden conceptos de patria mutuamente excluyentes? ¿Debe hacerse?». Si estamos dispuestos a transigir con la formación de nuevos Estados, elevar más fronteras, haciendo concesiones a relatos etnicistas e insolidarios, «¿Qué más podemos transigir?». Los bolcheviques criticaron con fiereza la denominada autonomía cultural-nacional en el plano organizativo, porque generaba una atmósfera nacionalista, desintegraba el partido obrero único, dividía a los sindicatos por nacionalidades, encerraba a los trabajadores en cúpulas nacionales y subrayaba las diferencias y no lo común. ¿No es acaso la formación de nuevos Estados un blindaje a estas diferencias, una concesión mayúscula a los que viven del aislamiento entre semejantes? He aquí los reparos que muchos tenemos ante la idea de defender el derecho a la autodeterminación para regiones gobernadas por etnicistas, sabemos que ante la posibilidad de separación tenemos mucho que perder y nada que ganar. Si la convivencia entre catalanes, vascos, asturianos, extremeños, andaluces, leoneses, castellanos y compañía fuera insostenible, si existieran terribles agravios por razón de origen, si viviéramos en una autocracia, muchos seríamos los primeros en defender la autodeterminación para esas regiones, sean naciones o no. Pero las fronteras y las divisiones en la organización, en la política y en la acción, no solamente lastran el trabajo práctico, sino que imprimen esas divisiones en la mentalidad de los trabajadores. Es por ello que mientras existan alternativas a la separación política nosotros no defenderemos la posibilidad de que se produzca la misma, muy al contrario, defenderemos la disolución de fronteras con naciones hermanas, aunque hoy resulte utópico. Como dice la canción... «Iremos juntos... dispararemos/ todo es mejor que quedarse a mirar».



IV. Conclusiones


Hemos presentado aquí un esbozo de por qué consideramos que la defensa del derecho a la autodeterminación en España es un error táctico, además de que conlleva unas implicaciones reaccionarias por la naturaleza ideológica de los nacionalismos existentes en España, pues no son emancipadores de comunidades oprimidas, sino etnicistas e insolidarios. Es una tarea más que necesaria estudiar los escenarios que se abren con motivo del conflicto nacional, no los que se abrieron hace cien años en otros lugares. Apremia estudiar las consecuencias geopolíticas, y en materia organizativa de los trabajadores, que supondría una hipotética separación política entre españoles antes de abrir la puerta a que la misma se pueda efectuar. Estudiar los textos marxistas-leninistas sobre la cuestión es importante, son una buena piedra de toque, pero hemos dejado caer aquí algunas contradicciones en las que se cae si incurrimos en una lectura dogmática.


De cara a la organización de una revolución es necesaria una gran unidad entre los trabajadores, y defender el derecho a la autodeterminación puede favorecer que los amigos de los pueblos y los captados por redes nacionalistas tengan mayores confianzas hacia nosotros. El problema es que consideramos que de poco sirve a medio y largo plazo si esos mismos se mantienen en cosmovisiones e ideas fraccionarias y reaccionarias, pues también pueden liquidar proyectos socialistas e internacionalistas; buscando alianzas podemos estar alimentando quintas columnas futuras, que nos carcoman por dentro. Tal vez sea un camino más arduo y largo, pero también más seguro, si atajamos de raíz esas mismas ideologías. Debemos tender más puentes entre comunidades, regiones y naciones, en vez de dar la opción de que se derrumben los ya tendidos.



Referencias bibliográficas

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