3.8- ¿Quiénes son los amigos de los «pueblos» y cómo engatusan a los comunistas?

Actualizado: 7 de mar de 2020

Por Iván Álvarez Díaz

Resumen: En este escrito se pretende poner encima de la mesa algunas ideas relacionadas con las ideologías nacionalistas, su disfraz democrático y la relación insana que se ha tenido con ella desde posturas marxistas. Se aboga en el texto por destapar las connotaciones reaccionarias que se ocultan bajo la retórica popular y populista de los nacionalistas de patria chica, así como también cribar los estándares de los clásicos marxistas a este respecto, ya sea en cuestiones teóricas o de acción práctica. La tarea de los comunistas españoles pasa por tener en cuenta las identidades y las ideas de los trabajadores españoles, pero evitando siempre caer en los vicios identitarios de los mismos. Ya no se trata por tanto de canalizar los movimientos nacionales de cara a una revolución, sino de canalizarlos a la vez que se disuelven en la proyección y acción comunes, algo que nunca se ha logrado eficazmente, contribuyendo a la liquidación de proyectos políticos socialistas.

Palabras Clave: amigos de los pueblos, dialéctica de clases y de estados, nacionalismo, cultura, globalización.



I. Introducción


Entre la primavera y el verano de 1894 V.I. Lenin escribió una de las primeras grandes obras de su temprano pensamiento político: ¿Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas? En esta obra Lenin se lanza contra los populistas, mostrando el carácter reaccionario de su ideología, sus tergiversaciones de la doctrina marxista y cómo frenaban la lucha del proletariado ruso. Podría hacerse un paralelismo en la actualidad, haciendo las críticas oportunas a la socialdemocracia —lo que queda de ella—, o a las izquierdas indefinidas. Sin embargo, quisiéramos continuar la línea trazada en el artículo Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España» (nº2 de La Razón Comunista), donde establecemos que a la hora de plantear la cuestión nacional no debemos partir de la impostura de contemplar la existencia, en el mundo occidental más desarrollado, de naciones culturales, pueblos, bien definidas y diferenciadas unas de otras. Concluimos en aquel texto también que el establecer la existencia de marcos culturales reducidos, de proyección regional, no se corresponde con la realidad del capitalismo global, y no puede ser la respuesta a un análisis que parta del método dialéctico. Esto es fundamental, pues debemos prevenirnos del repliegue identitario al que tienden muchos comunistas e izquierdistas varios cuando asumen categorías cada vez más obsoletas.


Un fino hilo que recorre ese mismo artículo apela al atrevimiento de atizar a los referentes, y confrontar nuestras ideas con las de los clásicos marxistas. Es necesario darle una vuelta de tuerca a lo ya escrito. Es lo que hemos hecho en Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España», si prestamos atención nos daremos cuenta de que hemos atajado la concepción de «comunidad de cultura» de Stalin, y lo hemos hecho con argumentos empleados por el propio georgiano. En ocasiones los árboles no dejan ver el bosque, el triunfo revolucionario de los bolcheviques les convierte en autoridad, pero no convierte en oportunos o acertados todos sus análisis y procederes en cuestiones tácticas. Debe decirse también que es lógico y normal que establezcamos paralelismos entre la sociedad que nos rodea y la sociedad que describían nuestros referentes. Si leemos un texto estaliniano sobre el nacionalismo ucraniano, por ejemplo, es normal que nos venga a la mente la problemática actual con el nacionalismo catalán, pero esto presenta una trampa a evitar a toda costa: puede que acabemos equiparando situaciones, y no comparándolas. Sofismo barato el que pretende tomar como ejemplo situaciones pasadas bien diferentes a las actualmente afrontadas, y trasladar mecánicamente análisis y conclusiones de unas a otras. Cada caso particular tiene sus antecedentes históricos concretos, y establecer paralelismos entre ejemplos arbitrariamente escogidos es una práctica tan estúpida como manida. Por lo tanto, comenzaremos este artículo dándole alguna vuelta a cuestiones tácticas y analíticas que deben debatirse.


De la misma manera que hay que destapar a los populistas de todo pelaje, como hiciera Lenin con los «amigos del pueblo», se debe desenmascarar a los nacionalistas que se visten de rojo y dicen luchar por la liberación de una nación oprimida, a «los amigos de los pueblos». Nos referimos pues a los «antisistema de bandera autonómica» que, partiendo de premisas etnicistas y esencialistas, se arrogan la facultad de ser los verdaderos internacionalistas y los que han comprendido la tesis leninista del derecho a la autodeterminación. En esta categoría no solo entran los abertzales («Patriota» en euskera, palabra tan afeada para los españoles como bien vista para nuestros amigos vascos), o los independentistas catalanes o gallegos, sino también los comunistas que se tragan con gusto la romantización de los pueblos, más o menos conscientemente. Urge desvelar la estafa del trile. La pelota en juego es una de las ideologías más reaccionarias de la historia —el nacionalismo étnico—, y se ocultará bajo cubiletes tintados con ideas y propuestas en abstracto cuyas connotaciones son positivas: soberanía, democracia, libertad, defensa de nuestra cultura o preservar nuestra identidad. Basta con hacer un juego de manos y nadie encontrará la pelota de la reacción.



II. Nacionalismo: identidad cultural y revolución


En El marxismo y la cuestión nacional (1913) Stalin nos brinda una idea reseñable: el proletariado consciente no puede colocarse bajo la bandera del nacionalismo; a mayor implicación con el nacionalismo, particularista y excluyente, menor conciencia de clase, universal e incluyente. Si bien es cierto que siempre han existido organizaciones y partidos comunistas, socialdemócratas radicales y de todo el espectro izquierdista, que han conjugado regionalismo o nacionalismo con socialismo (en todas sus acepciones), parece que siempre lo han hecho supeditando la emancipación obrera a la liberación nacional. Quien no tiene fuerzas para la revolución social, frena, y se conforma con la revolución nacional, donde no llega con el socialismo intenta llegar con el nacionalismo. Cuando no puede hacer frente al Estado por mor de la emancipación de la clase trabajadora, se enfrenta apelando a una minoría nacional.


Pero es cierto que en ocasiones la fórmula nacional tiene un carácter revolucionario, cumple una función aglutinante de amplias capas de la población y las moviliza (como señala Daniel Bernabé, aunque más adelante haremos un inciso), pero siempre cuando la clase no es un adhesivo suficientemente potente. Un ejemplo: los sandinistas estaban divididos en varias tendencias, de marxistas a liberales, el factor en común era la nación, a la que había que liberar del yugo somocista y sus amos estadounidenses. La lucha por la soberanía nacional es formalmente revolucionaria cuando sirve para sacudirse el yugo de un tirano o un régimen colonial. Nicaragua estaba sometida militarmente por una Guardia Nacional fundada, adiestrada y abastecida por el ejército yanqui, expoliada por las corporaciones americanas y con una democracia formalmente parlamentaria pero realmente tiranizada por Tachito Somoza. La reivindicación nacional aquí es pertinente, como en todos los procesos de descolonización.


En el caso español tenemos regiones donde el nacionalismo no funciona como reivindicación frente a una dictadura ni para recuperar una soberanía nacional perdida, por mucho que a algunos les guste remontarse a 1714 o 1512. Los nacionalismos vasco y catalán surgen en momentos de distaxia del Estado español, a finales del siglo XIX. Cataluña o País Vasco no son ducados o territorios incorporados por la nación española, sino que participan activamente en la formación de la misma cuando se constituye en nación política, moderna, como uno de los restos del Imperio Español. Participan en las Cortes en igualdad con el resto de las regiones de España, y no solo eso, sino que son las regiones más favorecidas por el cierre del mercado nacional. No son, por tanto, y esto es un aviso a navegantes, ejemplos equiparables a los que se puedan dar en Europa oriental también a finales del siglo XIX. Ni eran ni son colonias, ni ducados dependientes de una autoridad imperial, como tampoco regiones segregadas y disminuidas políticamente, sin opciones de representación en el parlamento nacional. No existe una historia nacional arrebatada, y sorprende que destacados comunistas en la historia de nuestro país se hayan tragado las mentiras nacionalistas porque se les han presentado como alternativas democráticas a la España oscura y autocrática. Si España es un artificio y una farsa histórica, debemos decir que vascos y catalanes han sido una parte fundamental de la misma, y es algo que ningún discurso puede borrar, como mucho ocultar.


Es cierto que en algunos momentos de la historia de España se cometieron barbaridades y abusos terribles para frenar a los movimientos nacionalistas de estas regiones, y no debemos caer en la apología de la represión con tal de no hacer ni una concesión a los nacionalistas. Sin embargo, represión contra movimientos políticos que hacen peligrar la integridad del Estado ha existido siempre, también en el socialismo, lo cual no convierte a los territorios reprimidos en colonias. La Guardia Civil y la Policía Nacional han reprimido huelgas y manifestaciones desde Coruña a Murcia y desde Girona a Cádiz. Es ahí, en la respuesta a la represión donde los nacionalismos fragmentarios tienen un componente de contrapoder, contestatarios, aunque en última instancia son el anclaje de ideas reaccionarias. Veamos por qué.


Mientras Lenin juzgaba a los populistas amigos del pueblo por considerar que las naciones son generalizaciones de los nexos gentilicios, sin tener en cuenta que la edificación nacional se sustenta principalmente sobre el intercambio entre regiones, en nuestro tiempo tenemos a quienes defienden la existencia de pueblos o naciones culturales en base a características étnicas «artificialmente generalizadas», siendo el pertenecer a ese pueblo una cuestión de pedigrí: tener apellido oriundo del lugar, participar de ciertos ritos o tradiciones o incluso adscribirse a cierto movimiento político de corte nacionalista. Como hemos visto en Consideraciones en torno al concepto de «pueblos de España» estas ideas son peligrosas, y desde luego incompatibles con un programa de acción internacionalista, pues establece unas barreras entre el «nosotros» y el «ellos» difíciles de salvar. Sin embargo, el repliegue identitario es una resistencia a la lógica universal del capitalismo, opera como rasgo anticapitalista, pero diríamos que en una dirección opuesta a la conveniente, pues como decimos es un repliegue, y no un avance.


Pongamos un ejemplo: en 2003 vio la luz el documental La Pelota Vasca: la piel contra la piedra, de Julio Medem. Es un documento audiovisual muy interesante, y altamente recomendable para nuestros lectores. Al principio del mismo aparece entrevistado un reconocido actor de la escena política española: Arnaldo Otegi. Plasma el líder abertzale una idea muy común y extendida entre los amigos de los pueblos:

El día que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías, y se oiga música rock americana, y todo el mundo vista ropa americana, y deje de hablar su lengua para hablar inglés, y todo el mundo en vez de estar contemplando los montes esté funcionando con Internet, pues para nosotros ése será un mundo tan aburrido tan aburrido que no merecerá la pena vivir.

Hagamos una serie de comentarios a este respecto:

1º. / Eres un aburrido y un ñoño, Arnaldo. En Internet puedes encontrar toda la información que quieras sobre los montes: rutas, sendas ciclables, fauna, flora, patrimonio... Eres un neoludita. Internet conlleva numerosos riesgos, pero nos acerca a propios y extraños, permite acciones conjunta